¿Y con el golpista de Nicaragua qué va a hacer la OEA?

Viendo por la tele la maratónica sesión realizada por los presidentes y cancilleres de América Latina convocada en respuesta al golpe de Estado en Honduras, una no sabía si echarse a reír o a llorar. Toda la solemnidad y seriedad que imponían las circunstancias se fue por un tubo, nomás observar los gestos y oratoria de los dos personajes del día: el depuesto Mel Zelaya y Hugo Chávez. El primero contaba una y otra vez su drama y clamaba por la democracia, la legalidad y la legitimidad, como si alguna vez hubiese estado a favor de ellas. El otro, habló interminablemente como si estuviera en una transmisión de su Aló Presidente.

Era impresionante contemplar como la diatriba de Chávez iba de lo ridículo y anecdótico, a la retórica cuartelaria y al injerencismo: amenazó con declarar la guerra e invadir Honduras, ir a dejar él mismo al “hermano” Mel a Tegucigalpa; hablar contra los golpistas y los “gorilettis”, cuando él mismo es uno, llamar a la insurrección del pueblo hondureño, cuando reprime violentamente a quienes critican su mesiánico autoritarismo.

Viendo las caras de los ahí presentes, una se preguntaba qué estarían pensando realmente de lo que Chávez decía: Había sonrisas sardónicas y discretas del presidente de Costa Rica, la cara impávida del presidente de México, las cejas alzadas entre asombradas y divertidas del secretario general de la OEA, la cara adormilada y resignada del presidente de Bolivia, la cara asustada del presidente de Guatemala y la actitud distante del presidente de Panamá. Daniel miraba bobaliconamente a Chávez, mientras que en la silla de atrás la primera dama de Nicaragua mascaba intensamente un chicle y hablaba por celular. El cuadro estaba abigarrado de gente, banderas, discursos, plantas y flores y hasta en la pantalla daba asfixia.

En el club del Alba, Chávez es quien lleva la voz cantante y todos los demás repiten. Es una voz estentórea, grosera e irrespetuosa, que ofende la inteligencia de quienes no lo siguen. Un poco más y según Chávez, Mel Zelaya era un cruce de Mahatma Ghandi y Mandela. Esta bien rechazar el golpe de Estado y respaldar al socio depuesto, pero desde todo punto de vista la exaltación de la oscura y cuestionada figura de Zelaya fue todo un despropósito, tanto como el de Fidel Castro que ha llegado al colmo de compararlo con Salvador Allende!

Como sea, para los nicaragüenses vale la pena aplicar al gobierno de Daniel Ortega la declaración de los miembros del Alba destinada a los golpistas de Honduras, que le cae como anillo al dedo a propósito de sus constantes violaciones a la Constitución y a las leyes, así como el golpe perpetrado contra el pueblo de Nicaragua con el fraude electoral. El artículo de la Cn. Hondureña que los presidentes del Alba hacen suya dice textualmente: “Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador, ni a quienes asuman funciones o empleos públicos por la fuerza de las armas o usando medios o procedimientos que quebranten o desconozcan lo que la Constitución y las leyes establecen. Los actos verificados por tales autoridades son nulos. El pueblo tiene derecho a recurrir a la insurrección en defensa del orden constitucional”. Nunca mejor dicho.

Es justa y necesaria la invocación que tanto Ortega como Chávez han hecho de la Carta Democrática Interamericana para enfrentar la crisis en Honduras y el golpismo, aunque solo unas semanas antes se deshacían en improperios contra la OEA y sus instrumentos.

Sin embargo, algo de lo que deben tomar nota los nicaragüenses, la propia OEA y la comunidad internacional, es que no debe haber un doble standard para tratar a los golpistas. Daniel Ortega no tiene en contra aquí a los otros poderes del Estado como en Honduras, porque dio el “golpe” del pacto desde el año 2000 que lo ha llevado al poder sobre la base de componendas y violaciones a la Constitución. Aún no está claro si efectivamente ganó las elecciones del 2006, pues al día de hoy el Consejo Supremo Electoral no rinde cuentas de un 8% de los votos, mismos que pudieran hacer toda la diferencia y que lo convertiría en un usurpador. Por si faltara más, ahí están todas las denuncias y pruebas de todos los atropellos al orden democrático institucional y del fraude electoral mejor documentado de América Latina.

Así las cosas, lo que es bueno para Honduras, es también bueno para Nicaragua: la OEA debe activar el artículo 21 y 22 de la Carta Democrática Interamericana para ambos países y matar dos pájaros de un tiro:
El artículo 20 de la misma, de manera textual señala: “En caso de que en un Estado Miembro se produzca una alteración del orden constitucional que afecte gravemente su orden democrático, cualquier Estado Miembro o el Secretario General podrá solicitar la convocatoria inmediata del Consejo Permanente para realizar una apreciación colectiva de la situación y adoptar las decisiones que estime conveniente.

Por su parte, el artículo 21 de la norma dice que: “cuando la Asamblea General, convocada a un período extraordinario de sesiones, constate que se ha producido la ruptura del orden democrático en un Estado Miembro y que las gestiones diplomáticas han sido infructuosas, conforme a la Carta de la OEA tomará la decisión de suspender a dicho Estado Miembro del ejercicio de su derecho de participación en la OEA con el voto afirmativo de los dos tercios de los Estados Miembros. La suspensión entrará en vigor de inmediato.

Se supone que una vez que la OEA toma la decisión de suspender a un gobierno, debe mantener sus gestiones hasta el restablecimiento de la democracia en el Estado miembro afectado. Esta es una necesidad no sólo para Honduras sino también para Nicaragua. Así, la OEA puede respaldar los derechos de los ciudadanos y no sólo de presidentes electos, que no gozan de legitimidad.

Ni la OEA ni el resto de la comunidad internacional pueden mandar el mensaje de que sólo están para respaldar a autoridades civiles versus militares golpistas, sino también para defender a los ciudadanos de violaciones al orden democrático tanto por los unos como por los otros. De lo contrario, habrá que tomarle la palabra a la Declaración del Alba, que ha llamado a los ciudadanos de Honduras (y a lo cual se siente convocado todo mundo en Nicaragua) a insurreccionarse contra los usurpadores, mientras la OEA se habrá quedado defendiendo la legalidad sin legitimidad.

(Confidencial, Nicaragua)

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