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martes, 31 de agosto de 2010

Manhattan, la mezquita, la estrella y la cruz

Los momentos de calma en mi ciudad natal, Nueva York, son escasos. La policía tuvo que separar a dos grupos opuestos de manifestantes en el lugar donde se ha previsto construir un centro para la comunidad islámica y que se llamará Cordoba Center. Está a dos manzanas de distancia del World Trade Center, pero para los enfurecidos defensores de la sagrada memoria del ataque del 11 de septiembre de 2001, si estuviera a dos millas estaría demasiado cerca.

El asunto no es precisamente de primordial importancia para la mayor parte de los ciudadanos, agobiados por el desempleo o por la amenaza de padecerlo, pero una mayoría de norteamericanos declara preferir que el centro esté en otro sitio. Lo que muy bien puede querer decir que en ningún sitio.

La CIA ha descubierto ahora otra amenaza de Al Qaeda en Yemen, lo que requeriría una ampliación de la guerra contra el islam que ya hay en Afganistán, Irak, Pakistán y Somalia. La amarga controversia sobre el centro islámico en Nueva York se ve reforzada por nuestra capacidad nacional para encontrar enemigos por todas partes. (¿Cuándo nos llamará la atención algún norteamericano itinerante sobre los peligros implícitos en la cocina de El Caballo Rojo de Córdoba..?).

La degradación de nuestros estándares intelectuales nacionales continúa. En su última edición, la revista Foreign Affairs concede su espacio a dos escritores hostiles al islam cuyo rasgo común es su ignorancia sobre el mismo. Pero "hay un método en su locura": estamos padeciendo una decidida campaña por parte de un sector de nuestra élite imperial en favor de la guerra contra Irán. Los europeos puede que estén perplejos. ¿Acaso no se les ha dicho (por fuentes norteamericanas, ya sean oficiales como extraoficiales) que somos un modelo de multiculturalismo, de integración de diversas corrientes de inmigración en un consenso nacional?

En realidad, solo a partir de 1964 han podido ejercer los afroamericanos de los Estados sureños un derecho al voto que nominalmente poseían desde hacía un siglo. Hasta que no tuvo lugar en 1945 una ardua campaña de la comunidad judía (ayudada por el sentimiento de culpa de nuestras informales leyes de Núremberg) a menudo y en diversos lugares se denegaba a los judíos el derecho a comprar propiedades, al empleo y a matricularse en la universidad. Ciudadanos norteamericanos de origenjaponés fueron encerrados en campos de concentración en 1942 y los tribunales rechazaron su reparación legal. Las mujeres obtuvieron el voto en 1919 pero los Estados sureños (claramente inquietos por si la pérdida de la supremacía del macho obraba en perjuicio de la supremacía del blanco) pusieron todo su empeño en bloquear el proceso. Toda una serie de Chinese Exclusion Acts impidió conceder la ciudadanía a los inmigrantes chinos desde 1882 hasta 1943.

El más antiguo de los filmes clásicos americanos, El nacimiento de una nación (1915), celebraba la resistencia a la concesión de los derechos civiles de los antiguos esclavos en el Sur, protagonizada por las figuras encapuchadas del Ku Klux Klan. Con el tiempo el Klan adquirió una dimensión nacional y en 1925 contaba con tres millones de miembros desplegados por todo el país, con capacidad para elegir a congresistas, senadores y gobernadores. Además de oponerse a los derechos para los afroamericanos, era virulentamente anticatólico y antisemita.

Cuando el reformista gobernador de Nueva York Al Smith, hijo de inmigrantes irlandeses, concurrió a la presidencia en 1928, fue derrotado de manera humillante. John Kennedy sigue siendo nuestro único presidente católico, pero no se presentó como tal, sino como un patricio de Harvard y un héroe de guerra.

La inmigración, durante el siglo XIX y comienzos del XX, de millones de católicos irlandeses, italianos y eslavos, así como de ortodoxos griegos y armenios, fue recibida con amargos prejuicios y, a veces, con violencia. Transcurrió un tiempo considerable antes de que los inmigrantes y sus descendientes se unieran en defensa de sus derechos a las oportunidades económicas y a la igualdad cívica, mediante el movimiento sindical y el New Deal de Franklin Roosevelt.

A menudo los perseguidos respondían no con solidaridad hacia los otros grupos desfavorecidos sino con miedo hacia aquellos aún más despreciados que ellos mismos. Las tropas del victorioso Ejército del Norte en Gettysburg tuvieron que acudir a Nueva York en 1863 para detener los enfrentamientos entre los empobrecidos inmigrantes irlandeses y los negros. Quienes hayan visto la serie de televisión Los Soprano son conscientes de que a los ciudadanos norteamericanos de origen italiano no se les representa precisamente como a los descendientes espirituales de Dante. Sea por lo que fuere, las campañas xenófobas contemporáneas contra los emigrantes suelen estar dirigidas con frecuencia por americanos de ascendencia italiana.

Las figuras más toscas, moralmente hablando, de la política norteamericana, la ex gobernadora Palin, y el antiguo speaker de la Cámara, Newt Gingrich, se cuentan entre quienes denuncian a voz en grito el proyecto del centro islámico en Manhattan. Si bien es posible que Palin crea realmente lo que dice, Gingrich es absolutamente cínico.

A ellos puede añadirse un número impreciso de partidarios de Israel, para los que cualquier conflicto con el islam resulta útil. Luego están los viejos partidarios de la guerra de Irak que se agrupan en torno a Cheney. Los protestantes fundamentalistas, para quienes cualquier cruzada contra otros está teológicamente justificada, forman también parte de esta miserable procesión...

Un sector inteligente de nuestra élite imperial se queja de que uno no puede ganarse el apoyo de las poblaciones de los países islámicos si trata con desprecio a los inmigrantes islámicos en Estados Unidos. El argumento sería efectivo si nuestra darwiniana cultura no hubiera privilegiado las más profundas vetas de odio de nuestra psique nacional.

(El País/Madrid)

miércoles, 20 de enero de 2010

Tres Obamas y un año presidencial

La Casa Blanca, construida por esclavos en 1800 y reconstruida después de que los británicos la quemaran en 1812, es demasiado pequeña para la cantidad de oficinas y funcionarios que componen actualmente la presidencia de Estados Unidos (el equipo de Franklin Roosevelt durante el New Deal y la guerra era más pequeño que el de la actual primera dama). Resulta especialmente pequeña para Obama, porque, ahora que cumple un año en el cargo, hay tres Obamas que ocupan el edificio.

El primero es el Obama de las pesadillas republicanas. Los más primarios, que están a punto de arrebatar el partido a los últimos conservadores civilizados que quedaban, consideran que es ilegítimo. Insisten en que nació en Kenia y por tanto no puede elegírsele para el cargo, en que es musulmán y ajeno a una nación cristiana, un "socialista" empeñado en la expropiación total de la esfera privada, y un alfeñique que pide disculpas cuando nuestro país pretende ejercer la fuerza para defender nuestras evidentes virtudes. Esto lo piensa tal vez uno de cada cuatro estadounidenses. Hacen causa común con gente que está insatisfecha por otros motivos (culturales y económicos) y, entre todos, constituyen un frente de individuos que se sienten desposeídos espiritualmente. La elección de Obama con los votos de una coalición de afroamericanos, hispanos, mujeres, jóvenes, sindicalistas y la élite cultural fue, sin duda, un acontecimiento histórico, pero, por ahora, la nueva era pertenece a los blancos airados que odian por igual a quienes están por debajo y por encima de ellos. Mientras escribo estas líneas, un desconocido que es representante en la Asamblea Local del Estado de Massachusetts tiene serias posibilidades de ganar el escaño que ocupaba en el Senado Edward Kennedy, y eso sería una tremenda derrota para el presidente.

El segundo es el Obama que pintan sus partidarios iniciales más fervientes y más decepcionados: un político calculador con una larga lista de principios que ha traicionado de manera sistemática. Nombró a leales representantes de Wall Street para los principales puestos económicos, defiende la reforma de la sanidad como una cuestión de gestión económica prudente y no de justicia social. Acepta que la reducción presupuestaria es una prioridad, lo cual hace imposible ampliar los programas oficiales destinados a ofrecer un estímulo económico inmediato o a subsanar nuestras crecientes desigualdades. Proclama que el país está en guerra con el "terror", con lo que, en la práctica, prosigue la guerra de Bush contra el islam. Deja decisiones en manos de nuestros generales como si mandaran un ejército de ocupación. Los militares mantienen 1.000 bases en más de 100 países y permanecen relativamente inmunes a las restricciones presupuestarias. Obama ha hecho poco para impedir que se atenúen y se anulen las libertades constitucionales. Y además, es con frecuencia un personaje remoto, que vive en un país mitificado en el que reina el consenso, y no unas disputas enconadas. Estos argumentos tienen algo -no todo- de verdad, así que no podemos despreciarlos.

Ahora bien, existe un tercer Obama, el verdadero presidente, que se enfrenta a una pesada herencia y a un sistema político disfuncional. Encabeza un Partido Demócrata desunido, con una mayoría por muy poco margen en la Cámara de Representantes y 60 votos (el mínimo necesario para poder someter leyes a votación) nada seguros en el Senado. El poder legislativo está inundado de grupos de presión económicos, étnicos, ideológicos y religiosos. Los medios de comunicación son agentes sistemáticos de la ignorancia y la desinformación. El aparato militar y de política exterior es experto en negar a los presidentes cualquier libertad para cambiar la inercia del imperio americano y, al mismo tiempo, aficionado a hacerles responsables de la catástrofe permanente que es nuestra presencia en el mundo. Hay sectores mayoritarios de ciudadanos que se aferran firmemente a dos creencias fundamentales. La primera es que todos les engañan y los explotan, tanto desde el sector privado como por parte de políticos corruptos y mentirosos. La segunda, que viven en "el mejor país de la tierra". En esas circunstancias, a un presidente le resulta extremadamente difícil ejercer el liderazgo, sobre todo si, al hablar, expone ideas de más de una sílaba y defiende cambios que amenazan los intereses existentes.

Si tenemos en cuenta esos obstáculos al ejercicio racional de la política, Obama no lo ha hecho demasiado mal. Su programa de estímulos ha salvado la economía de la quiebra. Si consigue una mínima reforma de la sanidad, habrá evitado que sigamos descendiendo hacia la desintegración social. Aumentar las inversiones en educación y ciencia y las infraestructuras sociales son sus prioridades en su búsqueda de un capitalismo socialmente responsable, un proyecto que resulta difícil por la escasez de capitalistas con responsabilidad social. Pero ahora ha empezado a regular de nuevo los bancos.

Al entablar unas tortuosas negociaciones con Irán y bloquear un ataque israelí, ha impedido que haya un caos total en Oriente Próximo y ha permitido que la oposición iraní gane tiempo. Se ha atrevido a criticar a Israel, aunque todavía no a ejercer serias presiones sobre un Estado satélite autodestructivo cuyos partidarios incondicionales en Estados Unidos ya no pueden contar con el apoyo absoluto de otros norteamericanos. Se ha negado al enfrentamiento con China y Rusia y ha consolidado una alianza con India. En Latinoamérica ha sido excesivamente precavido sobre la idea de abandonar la actitud hostil hacia Cuba. Gran parte de la opinión pública informada está harta de los exiliados cubanos intransigentes. Es ridículo que tengamos relaciones normales con Vietnam y no con Cuba. En cuanto al resto, ha reconocido que los latinoamericanos tienen derecho a gobernarse a sí mismos. En medio ambiente, está luchando por sacar adelante un proyecto a largo plazo ante la ignorancia de la población y la cínica oposición del capital. De Europa no le han llegado más que discursos serviles de Barroso y Rasmussen. El problema de los europeos también es nuestro: en su día nos ayudó contar con las opiniones independientes de Fischer y Vedrine, Chirac y Schroeder, De Gaulle, Brandt y Schmidt.

Nadie está preparado para la presidencia: noten de qué forma tan visible ha envejecido el joven presidente en un año. Su capacidad de aprender es evidente, y es muy posible que se recupere del hoyo en el que se encuentra ahora. Entonces tendremos a un cuarto Obama.

(El País, Madrid; el autor es catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. )