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domingo, 12 de junio de 2011

El apostol de los indignados

Nació en 1917 en medio de los horrores de la Primera Guerra Mundial, y fue combatiente de la resistencia francesa contra el nazismo en la Segunda. Prisionero de guerra, fue enviado por la Gestapo al campo de concentración de Buchenwald. Dado que su vida se puede leer como una novela de suspenso, es pertinente consignar que logró escapar 48 horas antes del día de su ejecución.

Con tan prolongada y singular historia, cualquiera estaría resignado al retiro confortable. A los 93 años de edad, no obstante, Stéphane Hessel se ha convertido en el apóstol de los indignados. Nacido en Berlín, fue criado desde niño en Francia, y esto explica su participación en la resistencia. Para completar el perfil del personaje, baste anotar que fue uno de los 12 redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por Naciones Unidas en la Asamblea General celebrada en París, en 1948.

Un pequeño panfleto de 50 páginas, editado en varios idiomas, se ha convertido en una especie de biblia de los indignados que, en varias ciudades europeas, protestan contra las banalidades del debate político. No todo es obra de Hessel, desde luego, pero sus brevísimos textos pasan de mano en mano y parecen estimular o justificar a quienes acampan en la Puerta del Sol en Madrid y en otros lugares del Viejo Mundo.

El pequeño panfleto lleva por título ¡Indígnate! La edición que leo, Destino 2011, tiene prólogo del español José Luis Sampedro, también nacido en 1917, también indignado. Al terminar de leer los siete brevísimos textos de Hessel, la pregunta es obvia: ¿por quién doblan las campanas? Doblan contra la indiferencia, contra la pasividad, contra la resignación.

El primer capítulo se titula "Indígnate", y es como una autobiografía mínima pero intensa del personaje. Hessel no necesita demasiadas palabras. Leamos: "Noventa y tres años. Es algo así como la última etapa. El final ya no está muy lejos. ¡Qué suerte poder aprovecharlos para recordar lo que fueron los cimientos de mi compromiso político: los años de resistencia y el programa elaborado hace 66 años por el Consejo Nacional de la Resistencia".

Stéphane Hessel mira al pasado con absoluta confianza.

O mejor, con orgullo. Reivindica los principios sustentados y sostenidos entonces, cuando la democracia se contraponía al totalitarismo de Adolfo Hitler. Entre esos postulados, el de una prensa independiente era una condición indispensable para la democracia. "La resistencia ­anota Hessel­ propuso una organización racional de la economía que garantice la subordinación de los intereses particulares al interés general, libre de la dictadura profesional instaurada a imagen de los Estados fascistas".

Protagonista de su siglo, para él no fueron ajenas las tormentas políticas e ideológicas que florecieron a partir de la posguerra. Un dilema tras otro ponía a prueba a los demócratas franceses, vinculados con la izquierda. Primero la resistencia, que no planteaba dudas. Luego la independencia de Argelia. Y en lugar no deleznable, las relaciones o simpatías con la URSS.

Llegó un momento en que este dilema fue resuelto: "Desde que tuvimos noticia de los grandes procesos estalinistas de 1935, y aunque hacía falta un oído atento al comunismo para contrarrestar el capitalismo estadounidense, la necesidad de oponerse a esta forma insoportable de totalitarismo se impuso de manera muy clara".

Otros capítulos rezan: "La indiferencia, la peor de las actitudes". "Mi indignación a propósito de Palestina". "La no violencia, el camino que debemos aprender a seguir". Y, finalmente: "Por una insurrección pacífica".

La cuestión de la lucha pacífica enfrentó en un momento a Stéphane Hessel con su amigo Jean Paul Sartre. En un momento, el autor de Las manos sucias simpatizó con ciertas prácticas terroristas, pero terminó aceptando que eran a la larga totalmente contraproducentes. Ningún recurso es más poderoso que la rebelión pacífica.

Al criticar los excesos de la sociedad contemporánea, lo que llama las políticas del "siempre más", Hessel reivindica el pasado. No alienta el nihilismo en su pensamiento ni en su actitud frente a la vida. Ni porque tenga 93 años y vislumbre el final de la aventura. Mira el mundo de 1948, cuando trabajó en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y anota los progresos y las grandes conquistas. Veamos algunos episodios: la descolonización, el fin del apartheid, el derrumbe del imperio soviético, la caída del Muro de Berlín. En la primera década del siglo XXI, el autor de ¡Indígnate! advierte retrocesos: la presidencia de George W. Bush, el 11 de Septiembre, etc. Y concluye: "Nos hemos encontrado con esta crisis económica, pero no hemos aprovechado la ocasión para iniciar ninguna nueva política de desarrollo".

En suma, indignarse, sí, pero no basta indignarse. Es preciso saber por qué nos indignamos, y también preguntarnos por qué somos o hemos sido indiferentes. La biblia de los indignados también los interroga. Para indignarse no bastan los gestos. Moraleja: Nadie espere que otros le saquen las castañas del fuego.
 
(El Nacional/Venezuela; el autor es subdirector de El Nacional. Como cancillero venezolano fue protagonista de los Acuerdos de Paz de El Salvador)

domingo, 18 de julio de 2010

El Santo Oficio de la "izquierda"

A los viejos dictadores de la década de los cincuenta, y a los del Cono Sur que en los setenta llevaron a cabo sus guerras genocidas ­Pinochet, los generales argentinos y brasileños­, los caracterizó el denominador común de su persecución contra los periodistas. Nada los perturbaba más que la libertad de expresión, y la combatieron a sangre y fuego.

Germán Arciniegas escribió por aquellos años Entre la libertad y el miedo, un libro ya clásico entre las historias de la época, que retrató personajes como Somoza, Trujillo y Pérez Jiménez. Los primeros integraron la "Internacional de las espadas", eran como una "fratellanza" diabólica que perseguía a sus adversarios donde quiera que estuvieran, mientras paralelamente se conjuraban contra los regímenes democráticos. Fueron los soldados de plomo del imperio, en los confusos tiempos de la Guerra Fría. Exterminaron a sus adversarios, vulneraron los derechos humanos e impusieron la más brutal censura de prensa. Para denunciar sus crímenes y sus desmanes financieros era preciso arriesgar la vida.

Los dictadores de los setenta actuaron en otros contextos, pero emularon a sus predecesores en brutalidad.

Fueron, unos y otros, déspotas conservadores, llamados de "derecha", impusieron el silencio en sus países en nombre de la soberanía. Nadie podía criticarlos porque eran "soberanos", y así aislaron sus países mientras reprimían y acallaban a los pueblos.

O sea, bajo la invocación de Torquemada, los generales restablecieron el Santo Oficio, y sus opositores o simples disidentes corrieron el mismo destino de los herejes españoles del siglo XV. Si no fueron quemados en la hoguera, les dieron el mar por sepultura, porque los lanzaban desde helicópteros sin identificación, como sucedió en Argentina.

El mayor crimen del Santo Oficio de los dictadores militares fueron los "delitos de opinión". Que se difundieran sus políticas de exterminio, sus manejos secretos de los dineros públicos, sus conspiraciones y sus conjuras, sus alianzas inconfesables, equivalía a graves "violaciones de la soberanía nacional". Los tiranos y sus aparatos de represión apelaron a todos los sofismas para acallar a la gente.

Los déspotas latinoamericanos de los cincuenta y los setenta fueron combatidos de frente por la izquierda democrática y por sectores sociales de distinto signo. En Venezuela enfrentamos a los dictadores de otros países y derrotamos la autocracia de Pérez Jiménez, y cuando se restableció la democracia, el país se convirtió en asilo de perseguidos.

La historia registra ahora una tergiversación obscena. Del término "izquierda" se apoderaron los impostores, y, como si fuera poco, partidos a los cuales no podría negárseles esa condición, se han convertido en los nuevos epígonos del Santo Oficio.

Un episodio reciente ilustra esta trágica mueca de la historia. Apenas 24 horas después de presentar su programa de gobierno, la candidata a la Presidencia de Brasil por el Partido de los Trabajadores se vio precisada a retirarlo porque había firmado cada una de sus 50 páginas sin leerlas, los estrategas del PT habían abusado de su confianza e incluyeron en el programa puntos no aptos para la "publicidad". Eran las cartas bajo la manga.

Un punto consagraba la "licencia" para que los Sin Tierra pudieran ocupar zonas privadas, y la otra, una declaración de guerra a los medios independientes. Incluir asuntos tan polémicos en un programa de gobierno más que una temeridad fue un juego sucio que sorprendió a la candidata de Lula. De ahí que Dilma Rousseff no dudó en rectificar el programa, pero la desconfianza de las cartas ocultas oscilará en la campaña. ¿Es que, acaso, no hay otro método de resolver el problema de la tierra que no sea la ocupación violenta, después de ocho años de gestión de Lula y del PT? Y, en cuanto a la libertad de expresión, ¿se afiliará a las corrientes antidemocráticas de los impostores? Vale la pena preguntarnos, ¿también Brasil entre los vicarios del Santo Oficio? Porque algo diferente son los impostores que apelan a la etiqueta de "izquierda" para cohonestar sus proyectos reaccionarios o anacrónicos.

Los países de la Alianza Bolivariana, Venezuela y Ecuador, como la Argentina de los millonarios Kirchner, no cesan en su guerra contra los medios. En la tierra del que dijo que la imprenta era la artillería del pensamiento lo que se pretende es que se elimine el pensamiento y predomine la artillería: la hegemonía comunicacional que ahoga y aniquila la libertad de expresión. El Centro de Estudio Situacional de la Nación es el más reciente intento de regimentar la opinión pública. No importa que la Constitución prohíba la censura, primero están los designios del proyecto que pretende convertir la nación en conejillo de Indias.

Ahogar el espíritu crítico de las sociedades en el mar muerto de la censura fue siempre el denominador común de todas las dictaduras. También las identifica el fracaso.

(El Nacional/Venezuela; el autor es historiador, fue canciller de Venezuela y actualmente es parte del directorio de El Nacional)

domingo, 22 de noviembre de 2009

Vuelta de pagina

Hay una cierta ironía, un sarcasmo un poco desafiante, en la posición del Congreso de Honduras de decidir sobre el regreso (o no) de Manuel Zelaya a la Presidencia de la República el 2 de diciembre, tres días después de las elecciones. En primer lugar, se trata de una respuesta a todos los intervencionistas del mundo, a la OEA, a Unasur, a la Unión Europea y, sobre todo, a los agitadores del Alba, que pretendieron alterar el proceso electoral negando de antemano su validez y proclamando que desconocerían sus resultados.

Es una decisión inteligente, adecuada, lógica, destinada a responder soberanamente sobre lo que es una prerrogativa exclusivamente hondureña. Si Zelaya es restituido en la Presidencia, lo será ya de un modo muy simbólico y para que entregue el poder en enero al presidente electo. ¿Quién será? Pues, Porfirio Lobo, Pepelobo, a quien Zelaya derrotó en las elecciones de 2005. Y, ¿cómo derrotó Zelaya, el revolucionario bolivariano de los últimos tiempos, a su contendor de entonces? Pues, mediante el fraude, según cuentan en Honduras. Y, ¿quién ayudó al presidente depuesto a adulterar los resultados? La respuesta parece cómica, pero no lo es, su nombre es Roberto Micheletti.

Los tres, Zelaya, Lobo y Micheletti, son grandes latifundistas de viejas raíces en Honduras. De modo y manera que la política puede ser una especie de divertimiento entre ellos.

La interferencia del presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, en los asuntos hondureños alteró el juego de rivales y de amigos al captar para la revolución al hombre del sombrero de jipijapa. Éste adoptó la tesis de la asamblea constituyente, o sea, la toma y la "ocupación" del Estado que permite dominar la sociedad y mantenerse en el poder por los siglos de los siglos. Los hondureños despertaron a tiempo y Zelaya fue destituido. De otra manera habría maniobrado para quedarse y allá estaría, bajo el paraguas bolivariano y el desconocimiento generalizado de la Carta Democrática Interamericana.

Con las elecciones del próximo domingo, Honduras puede y debe retornar a la normalidad constitucional. Todos los países, con las excepciones beligerantes del Alba, deben reconocer al próximo presidente. Es una discreta manera de rectificar los errores inverosímiles que se fueron cometiendo desde el 28 de junio, cuando de manera injustificada Zelaya fue expulsado de su país. Si aquello fue injustificado, erróneo, contraproducente, universalmente criticado, ¿cómo registrará la historia de las relaciones internacionales y de las convenciones diplomáticas el hecho de que Brasil haya convertido su cancillería en Tegucigalpa en cuartel general de Zelaya? No es fácil imaginar las implicaciones de este precedente. No obstante, una pregunta puede ser útil para uso de antiimperialistas y otros seres airados: ¿Qué habría ocurrido en América Latina si la embajada que "alojó" a Zelaya en lugar de ser la de Brasil hubiera sido la de Estados Unidos? Probablemente, otra guerra de otros cien años. O sea, que pasaríamos la vida en guerra, según los colores de la bandera que flote.

Con la elección de presidente, la comunidad internacional tiene la ocasión de rectificar sus temerarias injerencias y sus reiteradas perturbaciones.

La (im)probable restitución de Zelaya sería ideal para cumplir con las fórmulas. Sin embargo, el presidente depuesto persiste en un clima belicoso y sus partidarios proclaman la tesis de la constituyente. La decisión del Congreso no es simple porque tras el simbolismo y la buena voluntad se ocultan algunos riesgos.

Quienes tienen la sartén por el mango son los diputados del Partido Liberal en cuyas filas militan Zelaya y Micheletti.

De los 128 diputados, 62 son de ese partido, 55 del Partido Nacional de Porfirio Lobo, y el resto de pequeñas organizaciones.

La decisión del 2 de diciembre será tomada necesariamente por acuerdo no sólo entre los diputados y los partidos, sino también entre el presidente electo y el depuesto. Zelaya dice que quiere regresar, pero "sin acuerdos, porque el acuerdo legitimaría el golpe de Estado". Dado que el personaje no ha mostrado disposición para el compromiso, el temor que abrigan algunos sectores dentro y fuera de Honduras tiene fundamentos. En una reciente carta al presidente Barack Obama, Zelaya registra esa intransigencia de manera muy enfática. A veces quiso que el imperio viniera en su auxilio y lo reinstalara en el poder. Confió más en las aguas del Potomac que en las del Guaire.

La elección del próximo domingo es la vuelta de página en Honduras. No obstante, el trauma de tantos episodios inesperados, de los cuales ha sido escenario la pequeña pero arrogante nación centroamericana, no desaparecerá sino mediante una toma de conciencia que haga de la política algo más que un juego de ambiciones personales y de campos de experimentación de profetas ajenos.

(El Nacional, Venezuela. El autor es ex-cancillero de Venezuela, y actualmente director adjunto de El Nacional)

sábado, 17 de octubre de 2009

La democracia bajo condena

En sus 60 años, la Organización de Estados Americanos (OEA) nunca expulsó a uno de sus miembros porque en él se hubiera dado un golpe de Estado, a pesar de que tales golpes fueron acometidos por personajes como Augusto Pinochet, los generales brasileños o los genocidas del Cono Sur.

Violando su propia Carta, la OEA acogió en su seno a los peores dictadores del hemisferio, a Somoza, Pérez Jiménez y Trujillo, el dictador dominicano que protagonizó La fiesta del chivo. La guerra fría y el anticomunismo fueron las primeras excusas, pero después vinieron otras hasta que, al fin, las dictaduras fueron dejadas atrás. De modo que la suspensión de Honduras el 4 de julio por el Consejo Permanente no tuvo precedentes. Si los equívocos y las contradicciones no fueran tantos, podría suponerse que, aunque tarde, la OEA comenzaba a redescubrir su propia Carta.

Al documento fundacional que imaginaba a la OEA como conjunto de Estados democráticos, se le añadió la Carta Democrática Interamericana que algunos Gobiernos, como el de Venezuela, suelen desdeñar con obstinación y buena fortuna.

A raíz de la destitución de Manuel Zelaya como presidente de Honduras, el 28 de junio, fue aplicada la Carta Democrática. Podría suponerse que con buenos fundamentos, pero no ocurrió así. La OEA se precipitó. Tenía que investigar las causas de la crisis. O, mejor, debió preverla, invocando la Carta a tiempo, antes, y no después.

Al pretender llevar a cabo un referéndum ajeno al orden constitucional hondureño, el presidente Zelaya violó la Constitución de su país, y violó asimismo la Carta Democrática. Quiso abrirle espacio a la convocatoria de una Asamblea Constituyente de manera unilateral, con el propósito de hacerse reelegir, siguiendo el manual de los presidentes de la Alianza Bolivariana, Venezuela, Bolivia y Ecuador. ¿Por qué no reaccionó entonces la OEA? Porque había perdido la fe en la Carta, y el mismo secretario general José Miguel Insulza, requerido en cierta ocasión, respondió con total desdén y, como excusa, que "más de siete países la violaban".

El presidente Zelaya no fue destituido por un golpe militar, sino por una decisión unánime de los otros poderes del Estado. Admitiendo los errores cometidos, en particular su expulsión del país, la OEA estaba frente a una situación que exigía ponderación y cautela.

En lugar de la mediación, la organización optó el 4 de julio por la exclusión de Honduras del sistema, por el ultimátum, las retaliaciones económicas, y por último y absolutamente inaceptable, la declaración de ilegitimidad de las elecciones del 29 de noviembre, ya en curso con seis o siete candidatos que representan el espectro político del pequeño país. Obviamente, la única salida constitucional a la crisis, con lo cual se despoja al pueblo hondureño de su soberanía.

¿Quién decide el destino de los hondureños, ellos o la comunidad internacional, la OEA, Unasur, la Unión Europea que nunca miró a estas crisis? Todos a una, y ciegamente, como movidos por extraños compromisos, se unieron contra el Gobierno interino, reclamando la restitución del presidente Zelaya. Hasta el Consejo de Seguridad tomó cartas en el asunto como si el pequeño país amenazara el orden mundial.

Los errores han sido tan grandes que la propia OEA ha querido obviarlos acogiéndose al Acuerdo de San José. El miércoles 7 de octubre se puso de manifiesto el equívoco de suspender del sistema al interlocutor necesario.

Al viajar a Honduras una misión de cancilleres con el secretario general para dialogar, y ahora, sí, mediar, en lo que ya no es una crisis sino un conflicto, la OEA reconoce que "para bailar tango se necesitan dos".

Concentrar el rompecabezas en la suerte de Manuel Zelaya o de Roberto Micheletti es otro error. El tiempo que les quedaría no vale la pena para ninguno de los dos. Ambos estorban. Quizás el presidente Zelaya, "hospedado" desde el 21 de septiembre de manera tan heterodoxa por Brasil, no renuncie a su proyecto de una Asamblea Constituyente que le abra el camino del regreso. De ahí su intransigencia en descalificar las elecciones. Un proyecto obviamente vinculado a la Alianza Bolivariana.

El duelo de los antagonismos está a la vista. A la comunidad internacional, comprometida de manera tan inverosímil, no le será fácil encontrar la salida del laberinto. Conviene, en suma, propiciarle a los hondureños la búsqueda de sus propias soluciones, con el cese de las interferencias, abiertas o secretas.

(El País, Madrid. El autor, editor adjunto de El Nacional en Caracas, socialdemócrata, es ex-canciller de Venezuela y participante de las gestiones de paz en Centroamérica)

martes, 22 de septiembre de 2009

El país inexistente

La república de Honduras ilustra la tragedia de ser un país pobre.

Uno cae en la tentación de hacerse algunas preguntas, tal vez ociosas, no se sabe. Preguntar, por ejemplo, si la nación centroamericana tuviera petróleo, ¿habría tomado el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero la decisión de prohibirles la entrada a España a los responsables del régimen de facto? Si la pequeña república de Honduras tuviera petróleo, persiste uno con la obsesión de las preguntas, ¿tomaría, acaso, Estados Unidos medidas tan drásticas como la de anularle la visa al Presidente (encargado) Roberto Micheletti, a un alto número de magistrados, a empresarios tradicionalmente vinculados con ese país, profesores, estudiantes y periodistas? ¿O de suspenderle al país de Morazán toda ayuda (siempre modesta), o de influir para que el FMI o el BID le suspendan los créditos? Sí, ser pobre es una doble desgracia. Se toman demasiado fácil las decisiones que afectan a una república sin dolientes.

Los países de la OEA, los de Unasur y de la Unión Europea, todos, de manera poco responsable y, desde luego, arbitraria, han decidido que ninguno de ellos reconocerá al Presidente que resulte triunfador en las elecciones de fin de año. De modo que el castigo por la destitución de Manuel Zelaya Rosales trascenderá a los directamente responsables, y el pueblo soberano de Honduras no tendrá ocasión de normalizar su proceso político mientras el reloj no vuelva atrás, y sean los hondureños los únicos que asuman las culpas de la crisis, se den golpes de pecho y le pidan perdón a quien pretendió alzarse con el poder, el latifundista revolucionario Manuel Zelaya.

Es algo demasiado absurdo, demasiado cómodo, demasiado inconsistente. Esto de condenar a un país a la inmovilidad carece de lógica, pero al mismo tiempo implica una gran "hipocresía democrática", esa adhesión a un orden institucional irrespetado y roto por el presidente Zelaya. Este violó la Constitución y desató una crisis irreversible al convocar a un referéndum no previsto, desafió todos los poderes del Estado y las instituciones, generando un proceso que probablemente hubiera podido tener solución si la OEA actúa como mediador y no como tercero en discordia.

El golpe de Estado que destituyó a Zelaya tuvo características no comunes en los golpes militares, como el de aquel grotesco 4 de febrero de 1992 en Venezuela. En Honduras, todos los poderes del Estado tomaron las decisiones pertinentes en defensa del orden constitucional. No fue un teniente coronel el que por su cuenta y riesgo lo envió al exilio. ¿Por qué no se toman en consideración los hechos y las causas de la crisis, sin cerrar los ojos ante las responsabilidades de Zelaya y de sus cofrades? ¿Por qué se persiste en los graves errores cometidos por el secretario general de la OEA y por los presidentes de la Alianza Bolivariana en la célebre cumbre de Managua, cuando optaron por las tácticas del ultimátum y de las amenazas guerreristas? Cuando el presidente de Costa Rica presentó un esquema de negociación, haciendo lo que la OEA no fue capaz de hacer, lo primero que se le ocurrió a los estrategas de la ALBA fue afirmar que era "una carta de Washington jugada por Oscar Arias". Pero en los hechos, los unos y los otros se dan la mano al cuestionar la salida electoral ya en curso.

¿No es absurdo, no es inaceptable, no es intervencionista negarle a un país que resuelva sus problemas de modo soberano? Con su peculiar manera de entender las cosas, el canciller Miguel Ángel Moratinos declaró que "España prohibirá la entrada a personalidades del Gobierno de facto de Honduras que impiden el retorno del orden constitucional en ese país". Palabras evidentemente vacías, complacientes, poco responsables. Cuando Zelaya alteró ese "orden", ¿dónde estaban los guardianes de la Constitución, y por qué tan celosos, sólo abogan por la Constitución del pequeño país, y cierran los ojos cuando sus intereses lo aconsejan? Esos ejercicios de hipocresía erosionan la política internacional. O hay consistencia o lo mejor es callar. Las acrobacias deben dejarse al circo.

Como el único interlocutor de los factores en conflicto, el presidente Oscar Arias conversó el miércoles 16 con cinco de los seis candidatos a la presidencia de la República, incluidos Elvin Santos, del Partido Liberal, (antiguo partido de Zelaya) y Porfirio Lobo del oposicionista Partido Nacional. Arias insiste en el Acuerdo de San José que implica el retorno de Zelaya al poder, con un gabinete de unidad.

Una solución improbable para una crisis agitada por intereses oscuros. Honduras, ¿un país inhabilitado? ¿Quién tiene competencia para cuestionar que los hondureños elijan a su presidente, prolongando la inestabilidad más allá de los cien o tantos días que restan del periodo, cortejando el caos y la guerra civil en América Central?

(El Nacional, Venezuela. El autor, director adjunto de El Nacional, fue canciller de Venezuela y participante de la iniciativa Contadora y de las negociaciones de paz para El Salvador)

domingo, 25 de enero de 2009

"Aquí nadie se haga ilusiones"

Si el presidente Barack Obama hubiera hablado 8 horas en su discurso inaugural, los hospitales de Washington, Virginia y Maryland habrían colapsado. De los dos millones de estadounidenses que acudieron a celebrar el ascenso a la presidencia de la gran potencia mundial de un negro nacido en Hawai, de padre keniano y madre de Kansas, probablemente no menos de 100.000 se habrían desmayado, acosados por una temperatura bajo cero, verdaderamente infernal.

El trópico tiene ventajas, aunque pocos las reconozcan. Aquí se puede hablar 8, 10 o 12 horas y no pasa nada. La gente ni se desmaya.

Al presentar su mensaje a la Asamblea Nacional el Presidente de la República y del PSUV habló 7 horas 55 minutos, a lo cual, para ser justos, habría que descontar la hora y quince que duraron los aplausos que interrumpían al orador cada vez que daba cifras de cómo desde La Marqueseña y otras empresas socialistas se producen tantas toneladas de alimentos que ya se exportan. ¡Uh, Ah! Al presidente del PSUV no le gustó el discurso de Obama porque, en primer lugar, había sido tan breve que no llegó a los veinte minutos, y con discursos así, suponiendo (negado) que decidiera reducir los suyos al tiempo que dicta la retórica clásica, no le daría ocasión a los diputados de la Asamblea de aplaudirlo todas las veces que ellos quisieran y que él, sin duda, ¡merece! Tengo la sospecha de que el Jefe Supremo se indignó con ese discurso por otras razones que, probablemente, no confesará. Eso de comenzar un discurso con la palabra "humildad", una palabra tan humilde que no vale la pena. Eso de proclamar que el día del ascenso a la presidencia sea día de renovación y reencuentro, puede ser un mal ejemplo.

Además, ¿cómo es posible decir eso de que estamos reunidos "porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia"? ¿Es que alguien puede vivir sin conflictos y sin discordias? El Jefe Supremo leyó otro párrafo y pensó que Obama no era hombre de este mundo. Subrayó con lápiz rojo, y más que subrayar lo rayó, como si quisiera borrarlo. En el papel se leía: "Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política". Pasó por alto eso de disputas y promesas, pero donde rayó con más fuerza fue allí donde se alude a los "dogmas gastados". Ahí se molestó porque adivinó una alusión personal.

Dijo para sí: "Si en el imperio también se gastan los dogmas, estamos perdidos".

Mientras el Jefe Supremo (de la República y del PSUV) estrujaba las cinco páginas del discurso inaugural, se incomodaba cada vez más. "Parece mentira ­exclamaba­ que un hombre piense que con un mensaje de veinte minutos se puedan arreglar las crisis del mundo". Avanzó en las páginas y de pronto se detuvo, con señales de muy mal humor. "Definitivamente ­dijo mientras golpeaba la mesa sin piedad­ aquí hay un mensaje subliminal. Esto es contra la revolución bolivariana, directo al mentón, a otro perro con ese hueso". Leyó en voz alta el párrafo de Obama que decía así: "Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era".

Esto de la incapacidad colectiva para tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era le pareció el colmo del intervencionismo. "Aquí hay gato encerrado", pensó en silencio. Y siguió pensando en silencio pues aquellas ideas de que la gente se porte como gente tenían un contenido subversivo. ¡Sería el fin del mundo! A pesar de que cada palabra lo incomodaba más, buscó algo que se refiriera al petróleo, y lo encontró ahí mismo, sin voltear la página: "Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas".

­Me lo imaginaba ­exclamó­.

No perdonan.

El hombre no abandonó la lectura porque vio que Obama castigaba a los que abusan del mercado, cuando tropezó con el siguiente párrafo: "A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño".

­Esto debe ser contra Evo ­ dijo, y cerró los papeles.

De inmediato, el Jefe Supremo envió un mensaje en clave a todos sus batallones: "¡Nadie se haga ilusiones! Es falso que todo eso se pueda hacer en cuatro años!".

(Columna publicada en El Nacional, Venezuela. Simón Alberto Consalvi, ex-canciller de Venezuela, es director adjunto del periódico El Nacional. Como canciller era protagonista del Grupo Contadora y de los países amigos del Secretario General de la ONU en apoyo del proceso de paz en El Salvador. Es tío de Carlos Henríquez Consalvi -"Santiago"- de Radio Venceremos.)