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miércoles, 7 de octubre de 2009

Micheletti abronca al mundo

Qué bronca. No habían pasado más que unas cuantas horas desde que la multitudinaria misión de la Organización de Estados Americanos (OEA) había aterrizado en Honduras para impulsar el diálogo. El tiempo justo para llegar al hotel Clarion de Tegucigalpa -tomado por dentro y por fuera por la policía antidisturbios y el Ejército—, saludar a los negociadores designados por el presidente depuesto, Manuel Zelaya, y por el que ocupó su lugar tras el golpe, Roberto Micheletti, y tomar un ligero tentempié. Los representantes de la OEA, que habían llegado al país centroamericano a bordo de cuatro aviones, tenían prisa. La agenda contemplaba visitar en la Casa Presidencial a Micheletti y luego seguir hacia la embajada de Brasil para entrevistarse con Manuel Zelaya. Pero en la primera parada se encontraron con algo que no esperaban. Una bronca. Menuda bronca.

Micheletti los recibió amablemente, con toda la pompa y el boato que le fue posible, flanqueado por sus ministros más cercanos y alrededor de una mesa de madera oscura y noble. El presidente surgido del golpe dejó hablar a sus invitados, liderados por el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, y entre los que se encontraban cinco ministros de exteriores de la región -Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México y Guatemala-, además de altos funcionarios de Canadá, Jamaica, Brasil... También estaba presente el secretario español de Estado para Iberoamérica, Juan Pablo de Laiglesia. Micheletti dejó hablar a Insulza, con quien se había reunido unos días antes de forma secreta en una base militar hondureña. El secretario general de la OEA usó un tono comedido para apuntar sólo dos preocupaciones. La situación personal de Zelaya tras 17 días confinado en una legación diplomática sin las condiciones mínimas de habitabilidad, y el recorte de garantías provocado por el estado de sitio decretado días atrás [y revocado después] por el gobierno de facto. Y fue entonces cuando tomó la palabra Micheletti.

Más que tomar la palabra, la agarró, la blandió delante de todos y la arrojó con saña. Lo primero que dijo fue: "Ni ustedes saben toda la verdad, ni quieren escuchar toda la verdad". Así. Como para ir abriendo boca. Luego -subiendo el tono- dijo: "Ustedes tienen que investigar que pasó en este país antes del 28 de junio [el día que un comandó militar secuestró a Zelaya y lo sacó del país]. Porque ustedes nos condenaron sin escucharnos. Hemos hecho esfuerzos incontables por mantener la paz en Honduras. Pero el regreso de Zelaya provocó la comisión de muchos delitos. Y a través de las emisoras que estaban a su favor [y que ahora están clausuradas por una orden de su gobierno] se llamó a la sedición, se señalaron objetivos para que la gente los atacara. Fíjense lo que les digo: en este país no tememos a Estados Unidos, ni a Brasil... A lo único que tememos aquí es a Mel Zelaya. Tenemos pánico de Mel Zelaya. Ese señor que pagaba a los cuidadores y de sus caballos, y hasta sus alimentos, con fondos públicos. Ese señor que retiró de una joyería privada una cantidad de joyas no sabemos para quién..., pero sí sabemos con qué dinero, con el dinero del Estado. Les digo una cosa: aquí se van a celebrar elecciones el próximo 29 de noviembre. Y sólo hay una posibilidad de que no se celebren elecciones ese día: que nos invadan, que nos manden soldados y nos invadan... Así que no sean malos y no nos dejen sin elecciones. Háganme un favor: reflexionen sobre el daño que ustedes le están haciendo a Honduras".

Los periodistas nacionales y extranjeros presentes en la Casa Presidencial, y que sólo pudieron seguir el desarrollo de la reunión a través del canal nacional de televisión, se miraban sin dar crédito. Hasta ese momento, atardecer en Honduras, avanzada ya la madrugada en la península, todas las conversaciones habían girado sobre los puntos de un acuerdo que se consideraba por primera vez posible. Porque quien más y quien menos sospechaba que si Insulza había regresado a Honduras con tamaño séquito era porque todo estaba ya más o menos atado. Que la comunidad internacional, representada por la OEA, venía a apadrinar, a tutelar, a suscribir... un acuerdo, una salida. ¿Un acuerdo? ¿Una salida? La bronca de Micheletti parecía dejar a las claras que la solución al conflicto de Honduras sigue estando más verde y más lejano de lo que se suponía.

Micheletti dejó de hablar. Los delegados de la OEA pusieron cara de póquer. Le tocaba el turno al embajador de Brasil, que hizo un discurso muy claro, diciendo que lo que hiciera Zelaya mientras fue presidente no es competencia de la comunidad internacional: "No nos toca juzgar sus actos. No tenemos jurisdicción sobre eso. Para eso ya están los tribunales hondureños. Pero sí es competencia nuestra denunciar la violación de la Carta Democrática Iberoamericana". La OEA considera que la Carta fue violada de forma flagrante cuando Zelaya fue sacado del país a punta de pistola y en pijama para ser abandonado en Costa Rica, y por eso el primer punto del Acuerdo de San José -auspiciado por el presidente Óscar Arias con la bendición de la comunidad internacional- pretende la restitución de Zelaya en el poder. Pero Micheletti no quiere ni oír hablar de esa posibilidad. Tan es así que, mirando fijamente a Insulza, terminó su bronca acusándolo: "Nosotros creíamos que ustedes venían de buena fe, y que iban a escuchar lo que decidieran los hondureños. Pero no. Los discursos que han hecho son totalmente diferentes. Porque ustedes quieren volver a poner a Zelaya, sin escuchar siquiera lo que digan los negociadores".

Al terminar de embestir, Micheletti pidió a los delegados de la OEA: "No se me molesten. Es mi forma de hablar".

(El País, Madrid)

martes, 22 de septiembre de 2009

Una extraña visita en la noche

El avión venezolano de Zelaya aterrizó sin permiso en El Salvador y fue multado con 30.000 dólares.

A las diez de la noche del domingo (ocho horas más en España), un avión de la fuerza aérea venezolana contactó con la torre de control del aeropuerto internacional de El Salvador y pidió autorización para aterrizar. "Se la negamos", explica un oficial salvadoreño, "porque su petición no estaba basada en ninguna de las situaciones de emergencia que contemplan los convenios internacionales". Aun así, la aeronave, procedente de Nicaragua, inició la maniobra de descenso al tiempo que una caravana de vehículos con matrícula oficial llegaba a la terminal de San Salvador. Para sorpresa del personal del aeropuerto, quien bajó del avión venezolano, seguido de un pequeño séquito, era nada más y nada menos que el depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya.

De forma casi simultánea, de los oscuros vehículos oficiales que acababan de llegar al aeropuerto se fueron apeando dirigentes del partido que desde hace tres meses gobierna en El Salvador, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), con el diputado Sigfrido Reyes a la cabeza. Reyes, que además ostenta los cargos de vicepresidente de la Asamblea Legislativa y secretario de comunicaciones del FMLN, reconoció ayer a este periódico que estuvo durante un buen rato conversando con Zelaya sobre sus planes de regreso a Honduras. "Pero por el momento no le puedo dar muchos detalles", declaró anoche Reyes a este periódico, "sólo le puedo decir que el presidente Zelaya llegó en avión y se fue en avión...".

Lo más curioso es que, pese al apoyo explícito del FMLN, el avión que el presidente venezolano Hugo Chávez puso a disposición de Zelaya fue multado. "Tuvo que pagar 30.000 dólares", explica el oficial, "es lo que estipula la ley". Se cumplía así, de forma escrupulosa, la orden que el propio presidente de El Salvador había cursado a los dirigentes del FMLN. Los dirigentes de la antigua guerrilla salvadoreña disponían de la libertad -y hasta de la obligación moral- de apoyar a Zelaya en su regreso a Honduras, pero procurando no crearle un conflicto diplomático a El Salvador. Ante la insistencia de los periodistas, el presidente Funes contestó: "¿Que cómo entró a Honduras? ¿Por qué medios? ¿Quién le dio la autorización...? Yo lo ignoro".

Hasta que Zelaya decida contar los detalles de su regreso a Honduras, lo único cierto son las especulaciones. Se sabe que su avión salió de Nicaragua, hizo escala en San Salvador y ahí se perdió el rastro. ¿Hacia dónde fue? ¿Es posible que el avión militar venezolano entrara en territorio aéreo hondureño y aterrizara en una pista secreta? ¿Qué países estaban en el ajo de la operación? ¿Qué hará Micheletti para sobreponerse al tremendo ridículo de declarar que Zelaya estaba en una suite de un hotel de Managua cuando en realidad lo tenía dos calles más allá? Y el general en jefe del Ejército de Honduras, ¿qué papel va a asumir en la nueva situación, a cuál de los dos presidentes va a obedecer ahora?

San Salvador se convirtió anoche en el destino no deseado de los periodistas que, desde México, se dirigían en avión hacia Honduras. El presidente de facto, Roberto Micheletti, volvió a decretar el toque de queda y anunció el cierre de los aeropuertos de Honduras. De esta forma consigue, por el momento, que los informadores no entren en el país -nunca a los golpistas les gustaron ni la luz ni los taquígrafos, pero aún le queda la tarea más difícil: expulsar a Manuel Zelaya de la embajada de Brasil, en el mismísimo centro de Tegucigalpa, de donde lo sacaron los militares hace ahora 86 largos días, a punta de fusil y en pijama.

(El País, Madrid)