Balance de poder

El poder ejecutivo está al punto de cambiar a manos del FMLN. ¿Es realmente extraño que en esta coyuntura de alteración de la correlación de fuerzas a los partidos no les salga tan fácil negociar la presidencia de la Asamblea, la presidencia de la Corte, cinco nuevos magistrados de la Corte, la composición de la Cámara Constitucional, el fiscal general, el procurador general de la República, el futuro de la Corte de Cuentas y del Tribunal Electoral?

Están en movimiento muchas piezas. Está en juego el balance del poder.

Todos estamos exigiendo a la Asamblea Legislativa que esta vez elija a un fiscal general independiente que no corresponda al interés particular de ningún partido.

Pero hay que tomar en cuenta que en el balance existente de los poderes la fiscalía es una pieza. Removerla del esquema de balances y contra-balances cambia la correlación de fuerzas. Crear una Fiscalía independiente altera la correlación.

Quiere decir: La derecha no va a aceptar a un fiscal general independiente sin que simultáneamente se discutan y redefinan los criterios para la elección de los magistrados, la composición de la Cámara Constitucional y la presidencia de la Corte Suprema.

Esperar que ARENA, que está entregando el ejecutivo, al mismo tiempo esté entregando a la izquierda la fiscalía, es ingenuo. Igual sería ingenuo esperar que ARENA, al tiempo que cede su control de la Fiscalía a favor de un fiscal general realmente independiente, no exija la aplicación del mismo criterio para la Corte.

Es muy común la crítica a los ‘combos’ que arman en la Asamblea para interrelacionar todas estas decisiones. Pero de hecho no son, no pueden ser, decisiones aisladas. Cada decisión, cada elección de los funcionarios de segundo grado, cada reforma a una de las instituciones clave, afecta el equilibrio de poder. Por lo tanto, requiere negociaciones complejas que incluyan las demás instituciones. Porque cada una de esas decisiones altera el equilibrio de poderes. Criticar esto como expresión de una partidocracia, no sirve para nada. Es ingenuo o es cortina de humo quejarse que en una democracia los cargos claves para el equilibrio de poderes sean sujeto a negociaciones entre los partidos. Lo que hay que exigir es que las negociaciones sean transparentes.

El FMLN exige que para la elección del fiscal general se aplique el criterio de la independencia partidaria – pero que a la Corte se elijan magistrados que correspondan a su interés partidario. ¡O todos en la cama o todos en el suelo, camaradas!

Esto no significa que no hay que emprender la tarea de despartidizar las instituciones. Claro que sí. Pero de verdad, bien negociado, tomando en cuenta los intereses y los miedos de todos.

Igual que hay que rechazar el intento de algunos de canjear la Fiscalía, para asegurar la impunidad propia, por el control de la Corte, hay que rechazar el intento de otros de neutralizar la fiscalía y al mismo tiempo aumentar la influencia propia en la Corte, en la directiva de la Asamblea y en el Tribunal Electoral.

Si el FMLN realmente quiere una Fiscalía independiente, quitando influencia indebida a ARENA, que digan claramente dónde van a ceder ellos. Sólo se puede tener Fiscalía independiente si al mismo tiempo todos los partidos renuncian a su ‘derecho acumulado’ de meter magistrados ‘de ellos’ en la Corte.

El FMLN tiene que entender que los demás partidos, sobre todo los de oposición, no están dispuestos a aceptar la consigna ‘winner takes all’ o ‘todo cambia’, pero a nuestro favor. La futura oposición no tiene porque cederle al futuro partido de gobierno el control de la presidencia de la Asamblea + mayor influencia partidaria en la Corte + el tercer magistrado en el Tribunal + mayor influencia o incluso control en la Procuraduría General de la República, al tiempo que se desmonte el control que históricamente han tenido los partidos de derecha sobre Fiscalía y Corte de Cuentas.

Para lograr esto, el FMLN tendría que haber ganado las elecciones de enero en grande, terminando con mayoría clara y facilitando alianzas que le aseguren mayoría calificada. Afortunadamente esto no fue el caso y seguimos en una democracia que mantiene equilibrios y contrapesos.

Y los equilibrios requieren negociaciones. Por más que algunos traten de tildar de ilegítimos las negociaciones, los vetos, los condicionamientos de ciertas decisiones a otras para mantener el equilibrio, seguirán siendo el mecanismo de calibrar los equilibrios.

(El Diario de Hoy, Observador)

Una de dos...

El país necesita un partido reformista. Urge un partido suficientemente amplio y abierto para que quepan todos que estén comprometidos con las reformas políticas, institucionales y sociales que necesita el país para alcanzar prosperidad y equidad.

Donde quepan todos los que están cansados de la estéril polarización entre revolucionarios y conservadores que mantiene inmóvil al país. Para que el país avance, se necesita un partido capaz de romper la polarización y convertir la reforma en el denominador común de los sectores democráticos y progresistas de derecha e izquierda.

Si este partido necesario nace del proceso de renovación de ARENA, bienvenido sea. En este caso podrían seguir con ARENA los sectores desencantados con el conservadurismo y la falta de democracia de su partido, y además podrían acercarse los liberales, socialcristianos, socialdemócratas que nunca se sintieron atraídos por ARENA.

Si ARENA, en cambio, se queda a medias con la limpieza y la reorientación política, o si simplemente busca su salvación en revivir su pasado, posiblemente saldrá un mejor partido de derecha, pero nada más. En este caso, se vuelve impostergable la creación de una tercera fuerza que sea reformista, democrática, amplia, plural.

Miles de gentes antes de las elecciones han dicho: "Es la última vez que voy a apoyar a ARENA, sólo para evitar el mal mayor que es el Frente. O ARENA cambia de verdad, o hay que crear una alternativa". Los que han sostenido esta tesis y mostrado esa frustración, ahora deben actuar. De manera concertada y consecuente.

No deben conformarse con cambios cosméticos ni reformas tibias. Deben seguir insistiendo en un partido nuevo, salga de la transformación interna de ARENA o salga en competencia con ARENA.

La derecha perdió las elecciones y el poder, porque ARENA no tuvo ni la capacidad ni la voluntad de efectuar la apertura democrática necesaria.

Era sólo discurso, y además carente de credibilidad. Ahora que perdieron están en un profundo proceso de reflexión, y muchos empujan que de ahí salga una transformación irreversible de ARENA.

La opción de transformar ARENA a muchos les parece la más conveniente, porque evita los riesgos que significa la creación de una nueva 'marca' política.

Pero implica también seguir cargando con las hipotecas de 20 años de gobierno. Implica también seguir cargando con los sectores conservadores que quieren continuar con la ideología anticomunista y las prácticas autoritarias.

La opción de crear una fuerza nueva es la más radical. Tiene la ventaja de poder competir, sin consideraciones y concesiones a los sectores reaccionarios que siguen fuertes en ARENA, contra el proyecto partidario, con el cual Mauricio Funes (desde la presidencia y en división de trabajo concertada con el FMLN) tratará de llenar el vacío político en el centro de la sociedad.

Esa opción de crear un tercera fuerza tiene la desventaja que arrancaría su organización territorial desde cero, cosa que cuesta mucho dinero y tiempo.

Pero tiempo hay: luego de estas elecciones pasadas hay tres años sin tener que presentarse a elecciones. Y dinero también hay, tomando en cuenta el desencanto de muchos empresarios con ARENA. Sería la primera vez desde la fundación de ARENA que una fuerza nueva nazca con el apoyo de sectores poderosos del capital nacional.

Estoy hablando de los empresarios progresistas que han entendido la necesidad de crear un Estado moderno, transparente y eficiente que asuma su rol de regulación y su compromiso social.

En última instancia no importa si la fuerza política que necesita el país --yo lo llama el partido de la reforma-- nace dentro o fuera de ARENA. Pero su surgimiento es impostergable, porque corresponde a una necesidad de la sociedad, no a la ambición de poder de una clase política.

(El Diario de Hoy, Observador)

Revolución cubana hoy: el sueño de unos pocos

Una pregunta en torno a los 50 años de la Revolución Cubana es si se trata del aniversario de lo ocurrido hace medio siglo o del cumpleaños de algo que aún está vivo. Las revoluciones tienen ambiciones de inmortalidad, vocación de parte aguas, ansias destructivas de lo que hubo antes, prisa por el futuro. Cuando una de ellas se jacta de cumplir medio siglo, en realidad su certificado de defunción se ha firmado muchos años atrás. Prolongarse en el tiempo, aferrarse en el poder, tener sueños de eternidad, es la forma de suicidarse que tienen las revoluciones.

Para la generación que fue testigo consciente del triunfo revolucionario y protagonista de los años fundacionales, la palabra “antes” significa lo previo a 1959. Sin embargo los nacidos entre los 70 y los 80 la interpretan de una manera muy diferente; para ellos la revolución es su pasado. Las conquistas que este proceso logró, especialmente las alcanzadas en la época de la subvención soviética, no produjeron en la nueva generación el efecto de salvación mesiánica, porque ellos nacieron en medio de su mejor momento y fueron testigos de su decadencia. Al no sentirse rescatados de ningún mal del pasado, les cuesta identificarse como beneficiarios del socialismo y esto les permite ser más objetivos, lo que los lleva a ser más críticos. Esa es la generación que tendrá en sus manos la decisión de cómo será el futuro y no podrán contar para ello con la experiencia de un “antes”, que no vivieron.

ImageLa revolución, el sistema, el proceso, esto, o como cada cual quiera llamarle, agotó hace mucho tiempo su combustible, su capacidad renovadora. Ya no le queda nada viejo por destruir, pero le falta mucho por hacer. Cincuenta años después del triunfo revolucionario, el país tiene más tierras improductivas que nunca y el más alto déficit habitacional de la historia. La moneda con que se paga el salario a los trabajadores carece de valor real y los dos renglones de mayor prestigio, la educación y la salud transitan por momentos de verdadera crisis. Se observa un índice demográfico en retroceso y una emigración creciente. La que una vez fuera la ideología oficial, el marxismo leninismo, es hoy una curiosidad arqueológica de la que solo se habla en círculos académicos. El Partido Comunista, el único permitido por las leyes, hace más de una década que no realiza un congreso. Nunca más se ha hablado de planes quinquenales y el sueño de contar en el siglo XXI con un hombre nuevo, fruto de una esmerada formación, no es ni siquiera una quimera, más bien parece una broma. Quien lo desee, puede comprobarlo preguntándole a cualquier adolescente sobre el ansiado arquetipo y ya verá cómo se ríe.

La crisis de los valores preocupa a todos, sobre todo la disminución de la responsabilidad ciudadana, la aceptación de lo ilícito como normal, incluso como forma de sobrevivir. Saltan a la vista la devaluación de las más elementales normas de la decencia, la falta de respeto por lo que es ajeno, sobre todo si es un bien común. Los cubanos convivimos con el vandalismo, el arraigo del racismo, el aumento del regionalismo, el culto creciente a todo lo foráneo, el desprecio desmedido a lo nacional, la falta de escrúpulos con el manejo de los recursos públicos, el soborno como método preponderante para solucionar un problema o cumplir una aspiración, las metástasis de la corrupción a todas las esferas de la sociedad. Campean libremente el nepotismo, el beneplácito popular al mercado negro, la pérdida de confianza en las instituciones y en los procesos de presumible solución que éstas generan. Con una población penal que ronda los 80 mil reclusos, Cuba se ha convertido en un país donde trabajar llega a verse como un absurdo y en el mejor de los casos como una formalidad.

Pero lo peor de todo no es la variedad ni la intensidad de estos problemas, sino la falta de perspectiva que hay para encontrarles solución. La sociedad civil está desmembrada y en los medios de difusión solo se proyecta un país que no tiene referentes con la realidad. No hay un debate estructurado sobre los males que aquejan al país. La oposición política, dispersa, perseguida, satanizada y muchas veces instrumentalizada o infiltrada, poco puede hacer para dar a conocer sus programas y propuestas.

ImageLos cambios que reclama la sociedad cubana son impostergables, pero tienen la dificultad de ser considerados pasos atrás, si se analizan desde el punto de vista estrictamente revolucionario. Esto último trae como consecuencia una enorme resistencia para aplicarlos de una vez por todas, fundamentalmente entre aquellos que emplearon sus mejores años en la construcción de un ideal al que nunca se arribó.

Los cambios que espera la sociedad cubana no se limitan al aspecto económico. En el campo de los derechos ciudadanos, la gente aspira a que el gobierno elimine el humillante trámite de “permiso de salida” que limita los viajes al extranjero. Especialmente que termine de una vez el concepto de “salida definitiva” que convierte a los emigrantes en extranjeros sin poder radicarse nuevamente en su propio país y con sus propiedades confiscadas a la salida. Ya se avanzó algo cuando fue permitido a los cubanos hospedarse en los hoteles y hacer contratos para telefonía celular. A mediados de este año se levantó la veda para la venta de algunos artículos electrodomésticos, como hornos de microondas, reproductores de DVD y computadoras, hasta entonces prohibidos, pero todavía queda mucho por conquistar. Entre las demandas en esa dirección están el hecho de que un ciudadano cubano pueda comprar libremente un auto o contratar servicios de Internet y televisión por cable.

Estas “aspiraciones de clase media” son poca cosa si las comparamos con las más esenciales. La necesidad de expresar libremente criterios y el derecho a asociarse alrededor de cualquier tendencia o preferencia, sin temor a represalias. Este es el punto más candente que coloca a Cuba en la lista de países ajenos a las normas democráticas, comúnmente aceptadas por la mayoría de las naciones civilizadas.

ImageLa revolución cubana cumple su medio siglo como el avión achacoso que logra surcar los aires con el piloto automático encendido. La retirada de su líder histórico y la sensación de indefinición sobre quién lleva realmente las riendas del país, se combina con una nueva administración norteamericana. Obama “amenaza” con desactivar al menos una buena parte de los argumentos tradicionales sobre los que se ha basado la represión a la diferencia.

Si el nuevo presidente demócrata se inclina por la tendencia de aflojar las tensiones con la isla, puede crearse un clima de diálogo que favorecería a los elementos más reformistas dentro del gobierno. La solución del diferendo entre Cuba y los Estados Unidos, o al menos la disminución de su perfil, parece una condición indispensable para sacar del juego a los fundamentalistas. Si a eso se sumara la aparición de una nueva generación de dirigentes políticos, podría desencadenarse algo más dinámico que una perestroika y menos controlado que el modelo chino de hacer el socialismo.

Lo que es hoy la Revolución cubana no se parece al sueño de nadie, ni de los que la construyeron y mucho menos de quienes la heredamos. Al menos ya sabemos que no hay tiempo ni deseos de empezar otra vez por el principio.

(descuba.com; la autora es editora del blog generaciony)

“Con frecuencia me decepciono de mis textos”

Desde hace treinta años, Alma Guillermoprieto —La Señora Crónica— se enfrenta a la vida con un cuaderno y un bolígrafo en la mano. Y desde entonces, también, tiene un vagabundo afán por descifrar a Latinoamérica. Lo hace, diría Kapuscinski, con los cinco sentidos del periodista: estar, ver, oír, compartir y pensar.

Alma se sabe emocionalmente vulnerable pero aprovecha la subjetividad para imprimirle a sus textos ritmo, colores, sabores, olores, murmullos, experiencias, sensaciones. “Si vives en crónica, entonces escribes en crónica. Si vives en declaración de funcionario, entonces escribes en declaración de funcionario”, sostiene.

Ella siempre va más allá de lo aparente. Retrata a la gente común y nos explica cómo sus destinos están regidos por una clase política sin escrúpulos. Si escribe sobre los pepenadores, también habla del subdesarrollo. Nos lleva a la guerrilla para revelarnos las obscenidades de la especie humana. Nos cuenta del tango y perfila una crisis económica.

Es su forma de vida. Es su pasión. Y la disfruta con toda la intensidad posible.

Pero ahora, sentada ante una pequeña mesa de una cafetería en la Ciudad de México, mientras bebe un capuchino descafeinado, Alma Guillermoprieto sufre. Su sonrisa se torna nerviosa y parece estresarse. Sufre porque no le gusta que la entrevisten. Sin embargo, su conciencia profesional y su generosidad pueden más.

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En México, Alma Guillermoprieto comenzó a estudiar danza moderna a los 12 años. A los 16 se fue a Nueva York con su madre, y siguió bailando. Fue discípula de Martha Graham, Twyla Tharp y Merce Cunningham. Para pagar las clases trabajó como mesera y vendedora de zapatos. Para el otoño de 1969 Merce le dijo que había una oportunidad de ir por un año a dar clases de danza a Caracas o a La Habana. No estaba segura de aceptar y consultó la proposición con Twyla: “Yo que tú, aceptaba. No vas a lograr nada quedándote acá”, le dijo. Lo pensó, decidió irse a Cuba y ese viaje le cambió la vida.

Daría dos clases al día en la Escuela Nacional de Arte Cubanacán durante un año a cambio de 250 dólares mensuales. Pero al final sólo se quedó seis meses en la isla.

Llegó a La Habana el primero de mayo de 1970. Pasó sus primeros días en el hospital por complicaciones en las vías respiratorias. Luego intentó adaptarse a la vida austera de la isla, a la escuela y a sus alumnos. Le costó interesarse en “la Revolución”. Se sentía muy sola e incluso llegó a tener pensamientos suicidas. Todo esto lo cuenta en La Habana en un espejo (Plaza & Janés, 2005), quizá su libro más íntimo.

Un noche, antes de ver Memorias del subdesarrollo en la Cinemateca de La Habana, vio el noticiario del Instituto de Arte e Industria Cinematográfica. Era la primera vez que veía un programa de noticias. Nunca lo había hecho y tampoco había leído un periódico completo (“el mundo de los bailarines es tan absorbente…”, explica ahora). Y era la primera vez, también, que ante sus ojos se proyectaban las imágenes de la guerra de Vietnam: los muertos, los incendios con napalm, la gente huyendo, el estruendo de las bombas al caer... Salió impresionada del cine. “Y yo sin hacer nada”, se reclamaba.

¿Ése fue el origen o la causa de que ahora usted sea periodista?

Yo creo que sí. Sí. Hasta ese momento comprendí que existía un mundo que no era el mundo del arte y que el arte no podía auxiliar y en el cual el arte era irrelevante. Fue un descubrimiento culposo, como tantas veces en mi vida. Y fue un descubrimiento válido, también. Sí, sin eso que me sucedió en La Habana tal vez no me hubiera convertido a este oficio.

Casi ocho años después de aquella experiencia en Cuba, Alma Guillermoprieto cambió las zapatillas por la pluma. En agosto de 1978 se fue a Nicaragua durante los días de la insurrección sandinista contra Anastasio Somoza y empezó a reportear a lado de la fotógrafa Susan Meiselas. Susan captaba imágenes con su cámara y Alma con sus cinco sentidos para luego forjarlas en palabras.

¿Por eso dice que aprendió a reportear como fotógrafa?

Yo nunca fui a una conferencia de prensa y, hasta la fecha, no voy a las conferencias de prensa porque para mí no explican nada esencial. Es como ir a ver a un autor en vez de leer su libro. No entiendo qué se gana con eso. Los fotógrafos solamente pueden producir como material de trabajo lo que ven. Y yo, como reportera, sólo producir como material de trabajo lo que he visto. Dicho lo cual, los fotógrafos llegan al lugar y hacen clic después de lecturas, estudios, entrevistas... no es posible tomar las fotos llegando nada más al lugar. Y yo tampoco. Antes he procurado nadar en el material.

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Alma Guillermoprieto ha vivido en Los Ángeles, Nueva York, La Habana, Managua, San Salvador, Río de Janeiro y a mediados de los noventa regresó a México para establecer su “base de operaciones” y planear sus constantes viajes. ¿El nomadismo como búsqueda de arraigo? “Vivo aquí y rara vez —y con pésimos resultados— he escrito sobre otra cosa que no sea América Latina, porque si bien hay cosas que me apasionan, no hay nada más que me pertenezca”, contó en el prólogo de su libro Al pie de un volcán te escribo (Plaza & Janés, 2000).

Para hacer sus crónicas, antes de subir al avión lee sobre el lugar al que va. Al llegar camina libremente y sin propósito para atrapar aspectos de la ciudad y de la gente. Entonces define cuál es el camino que podrían andar con ella sus lectores. Así, delimita el tema y comienza a identificar personajes y a reportear.

“Para ir a reportear me levanto más temprano de lo que quisiera. Si me ha ido bien, tengo unas cuatro citas o sé a dónde ir. Veo que tenga suficientes lápices y plumas, que tenga un cuaderno y que no lo haya perdido (alguna vez me ha tocado) y voy al lugar donde tengo que estar. Y si tengo la oportunidad de ir a un lugar que a mí me conmueva pues voy lo más temprano que me acepten y procuro estar ahí hasta que me corran. La pila se me puede acabar a la media hora, pero yo procuro estarme seis. Cuando puedo, me hago a un ladito y escribo todo lo que se me ocurre a lo largo de ese día”.

“A los hechos hay que acercarse con el cuaderno y con el corazón”…

Sí. Yo, como cronista, no puedo escribir si no estoy profundamente conmovida. Por eso estoy muy agradecida con Colombia. Ahí, lo que sucede es siempre profundamente conmovedor. Ése es mi punto de partida. No es nada intelectual ni de observación diletante. Es arriesgar en ocasiones hasta el pellejo. Pero no quiero dramatizar.

En efecto, el país donde se sitúan la mayoría de los textos de Alma Guillermoprieto es Colombia. “Colombia —explica— es un país que amo por muchas razones: por verde, por alucinantemente hermoso en su geografía. Lo amo porque, los bogotanos en específico, son devotos de dos cosas que me fascinan: la rumba y la lectura. Quiero a mucha gente allá y me quieren mucho a mí. Y tal vez lo amo principalmente porque me ha dado material para pensar. Como escritora amo los lugares que me dan ese material como para masticar, elaborar, reflexionar, meditar. El largo proceso de reflexión sobre los fracasos civiles de América Latina se me ha dado más ricamente en Colombia”.

¿Cómo le hace para establecer empatía con sus interlocutores?

Es un conflicto moral eterno: uno no quiere que sus entrevistados queden desprotegidos o sufran. Pero mi problema es el contrario: ¿cómo hago para que no me cuenten todo? Yo tengo una cara de enfermera o no sé... porque me cuentan todo, todo. El gran secreto para un reportero es confiar en que todos queremos contar nuestra historia. Todos. Todos queremos ser comprendidos. Escuchados. Y los reporteros, la mayoría de las veces, no escuchan. Van en busca del entrecomillado y no en busca de la verdadera historia que hay detrás del entrecomillado. Pero si uno va en busca de la verdadera historia, el entrevistado percibe eso y lo agradece más de la cuenta.

En la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside Gabriel García Márquez, dicen que Alma “tiene la virtud de hacer que los lectores avancen por sus historias sin tropezar con palabras mal puestas ni verbos enredados”. Basta leer cualquiera de sus textos para toparse con una prosa llena de ritmo, vocabulario y una musculatura verbal que propicia unos cadenciosos movimientos narrativos.

Desde niña comenzó a “atesorar palabras”. Leía, en la biblioteca de su madre, los libros de Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Ramón López Velarde, César Vallejo, Octavio Paz… Pero también leía con especial entusiasmo, número tras número, el New Yorker.

¿De ahí proviene su estilo literario?

En gran parte, sí.

¿Quién es su mayor influencia como escritora?

Mi mamá [la periodista Lita Paniagua]. Tardé muchos años en reconocerlo, pero es así… Mi mamá escribía en una revista un poco frívola, digamos. Escribía sobre su vida y lo que le interesaba. Yo creo que hubiera sido una gran bloguera en esta época. Era muy chistosa, muy ocurrente... El registro trágico no lo manejaba. Tenía mucha fluidez. Estudió en Estados Unidos y yo creo que sus grandes lecturas fueron en inglés, antes de descubrir a los hispanoamericanos. En Nueva York era secretaria. Finalmente logró graduarse en la universidad y conseguir la maestría. Sus últimos años en Nueva York trabajó en un programa sobre los barrios marginales de Harlem. Y eso también fue una gran influencia para mí: la cultura negra, el jazz.

Escribió en la revista Kena hasta que murió, a principios de los ochenta. Tenía un estilo muy personal, muy bonito. Yo creo que, inconscientemente, tengo mucho de ella en mi escritura. Y mucho del New Yorker. También gracias a mi mamá, uno de nuestros grandes placeres era la suscripción a The New Yorker. Cuando llegaba, los miércoles, el gran placer era sentarnos juntas primero a ver las caricaturas y luego a leer la entrada de la revista. Pero en ese momento ni siquiera pensaba en ser escritora. La danza para mí era lo único que importaba. Realmente jamás me pasó por la cabeza ser periodista o escritora. Sin embargo, yo creo que esas lecturas que me daban tanto placer se me quedaron grabadas. Los grandes textos de la revista eran reportajes. Ahí leí Hiroshima, A sangre fría... Sin duda eso fue una influencia profunda.

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Durante tres décadas, Alma Guillermoprieto nos ha contado con espíritu etnográfico las tragicomedias latinoamericanas: las guerras de Nicaragua, El Salvador y Colombia; las características de los pepenadores y los mariachis mexicanos; la violencia y la corrupción en Brasil, Argentina, Perú y México; las vidas de Marcos, Evita, el Che, Fidel, Vargas Llosa; nos ha hablado de las muertas de Juárez y de los videoescándalos detonados por un payaso, de las cholitas luchadoras en Bolivia y del culto a la Santa Muerte en México. Cada uno de sus textos es “de largo aliento”: “Tardo como un mes para escribir una historia. Ahora los textos son mucho más cortos de lo que eran antes, pero no soy capaz de hacerlo más rápido. Me tardo tanto porque lo que más me cuesta son los enlaces entre los párrafos. Puede pasar un día y no le encuentro”.

Dice que nunca ha escrito más de cuatro textos al año. Siempre lo ha hecho en inglés, pues los publica en las revistas The New Yorker, The New York Review of Books y National Geographic. Lo único que ha hecho en español es su libro La Habana en un espejo. “Tenía que desenterrar recuerdos muy añejos. Me pareció que si no lo hacía en el idioma en que lo viví, no iba a lograr una buena reconstrucción. Por otro lado, me pareció que si lo escribía en inglés iba a entrar en un debate que me ha parecido siempre imbécil sobre Cuba: si es dictadura o no es dictadura, Fidel o no Fidel y el comunismo... y no fue así como viví esa experiencia. Entonces, obligadamente tenía que escribirlo en español para evitar entrar en ese discurso. Pero fue muy difícil. Creo que no lo volvería hacer. Llevaba 25 años escribiendo en inglés y perfeccionando el idioma con el que trabajo. Al tercer capítulo me quedé sin verbos, sin adjetivos, sin adverbios... era desesperante. No tenía el vocabulario, los recursos, el idioma, para seguir adelante. Yo creo que ésa es una de las fallas de ese libro. Es un libro hecho a hachazos en vez de utilizar un cuchillo de filetear. Me siento más a gusto en inglés. Soy muy irónica y el inglés permite unos vericuetos y unas cuchilladas bajas que quizá el español, más declarativo, no permite”.

Alma tiene sus puntos débiles a la hora de escribir y no le importa descubrirlos: “Siento que me falta estructuración. Muchas veces doy noticias y la gente ni se da cuenta porque lo integro demasiado al texto literario. Tengo una obsesión por los mismos temas. Tengo una cierta tendencia hacia el sentimentalismo. Siempre pienso que tendría que haber reporteado más. Y eso que nos preocupa y nos obsesiona tanto a todos: cómo integrar la información pura y dura en un texto literario... Frecuentemente me decepciono de mis textos. Mi primer libro, Samba, tardé años en quererlo. Me duele el hecho de no haber reporteado nunca bien a los malandros, a los narcotraficantes del barrio... creo que porque me dio miedo. Me falta orden. Y yo creo que mi escritura... carece de esa seguridad que tienen principalmente los hombres, aunque no quiero dividir por género, de decir: yo soy importante, léanme. Siempre tengo entradas sinuosas y yo quisiera poder entrar de una manera más declaratoria. Pero no sé hacerlo. Siempre que empiezo un artículo o que voy a la mitad, siento que no me va a salir. Entonces necesito leer un artículo mío para comprobarme a mí misma que alguna vez pude. Leo, de preferencia, un artículo viejo y digo: caray, no está tan mal... si alguna vez pude, puedo otra vez”.

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Al preguntarle sobre el actual periodismo latinoamericano, Alma comenta: “Los periódicos en América Latina, me da pena decirlo, no son muy buenos. Hay contadísimas excepciones. Los reporteros jóvenes y muchas veces brillantes se quejan de sus editores, del sueldo... con toda razón. Pero tampoco son tremendamente imaginativos a la hora de proponer textos y enfoques para la realidad. La realidad latinoamericana es infinitamente rica, es mágica e increíble. Al periodismo latinoamericano le falta descubrir la forma de transmitir eso. Está el mundo por descubrir y está todo por escribir. Pero no se comprometen plenamente con eso. Tampoco los periódicos latinoamericanos se plantean todos los días cuáles son los seis temas que pueden cambiar un país, una ciudad”.

¿Qué es lo que más hace falta en los medios de la región?

Abordar temas absolutamente pendientes, como la ecología. Eso da para todo: para crónica, para reportaje científico o político. Pero todo el mundo lo asume sólo como un tema que hay que cubrir porque es bueno para la salud y le dedicamos media página. Entonces los lectores perciben eso y dicen: “la ecología es una hueva”. ¿Cómo va a ser una hueva nuestro futuro? Las grandes decisiones de la ciencia se toman fuera de nuestros países y nosotros no estamos ni siquiera en condiciones de entender qué son. Tampoco aparece el narcotráfico más que en su dimensión criminal, y nadie se ocupa del reportaje empresarial... ¿quién le ha hecho el gran reportaje a Carlos Slim? Con esos me quedaría nada más para arrancar.

Hace tiempo también hablaba acerca del periodismo quieto en contraposición al periodismo estridente…

Sí. Fue a raíz de una carta de un amigo mío que fue editor nacional del Washington Post. En América Latina tenemos la tradición del periodismo contestatario que cumplió un papel histórico muy importante en las luchas de independencia o contra las dictaduras... Pero desgraciadamente el periodismo contestatario se hace con la voz muy alzada y lo que queda después es un periodismo gritón. El periodismo gritón aburre a los que les gusta pensar, aturde y crea un público populista acostumbrado a las respuestas extremas siempre. El periodismo callado da explicaciones que permiten reflexionar y pensar, que es un paso necesario para la adultez cívica.

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“Todos mis artículos son bastante apasionados y guardan cierto veneno para con los políticos, porque me parece que la falta de decencia en la política latinoamericana es una tragedia”, dice Alma Guillermoprieto.

Después de 30 años de recorrerla, ¿cómo define hoy a América Latina?

América Latina es una región más próspera. Los pobres son hoy menos pobres que en mi niñez y que hace 30 años, las tasas de mortalidad han descendido, la desnutrición es menos común... América Latina es hoy una región más esperanzadora. ¿Qué es lo que me desespera? Que haya dado a los tumbos con un camino a la modernidad que es en gran parte un camino hacia la cultura chatarra de Estados Unidos. Yo quisiera vernos independientes culturalmente, abocados a la búsqueda de las respuestas importantes y no al consumo en todos los sentidos: el consumo cultural, el consumo comercial de lo fácil, de lo frívolo, del oropel, de lo desechable.

A pesar de que durante algunos años trabajó de planta en el Washington Post y en Newsweek, prefiere ser periodista freelance. “Es que soy una persona complicada y supongo que aventurera, aunque la palabra me disgustó muchísimo durante años. Dependo mucho de mi propia libertad y fácilmente me siento muy encerrada. La rutina de depender de un jefe, de un sueldo, siempre me ha pesado mucho. Como freelance claro que asumo ciertos riesgos que con la edad se vuelven más amenazantes, pero a cambio tengo la libertad de crear. Entre las dificultades de ser freelance está, por supuesto, la económica... Pero levantarse todas las mañanas e inventarse la vida de pe a pa, no es poca cosa. Resolverse existencialmente todos los días, no es poca cosa. Es una gran posibilidad. Yo creo profundamente en las posibilidades de la libertad. Creo que es la manera más plena de vivir como ser humano, para mí. Y ése es el camino que elegí”.

Pero en la vida de Alma Guillermoprieto también hay tiempo para cuidar el jardín de su casa, salir a comer con sus amigos e ir al cine. “Las pelis y el internet son una distracción absorbente… ¡paso horas navegando!”, dice con una sonrisa. Ya han transcurrido casi dos horas desde que comenzó a responder preguntas y cuando contesta la última, mira fijamente al interlocutor y ella misma apaga la grabadora y suspira de alivio. La Señora Crónica ha dejado de sufrir.

(Milenio, México; entrevista hecha por Víctor Núñez Jaime)

The Accountability Question. The right way to deal with torture's legacy

THE APPARENT confusion within the Obama administration about whether to prosecute officials of the previous administration for committing torture is not surprising. Two fundamental principles are colliding in this matter, and it's not easy to achieve a fair outcome that reconciles both.

On one side, you have the sacred American tradition of peacefully transferring power from one party to another every four or eight years without cycles of revenge and criminal investigation. It's one thing to investigate Richard Nixon for authorizing wiretaps and burglaries in secrecy, outside the normal channels of government, for personal political gain. It's another to criminalize decisions authorized through all the proper channels, with congressional approval or at least awareness, for what everyone agrees to be the high purpose of keeping Americans safe from terrorist attack. Once you start down that road, where do you stop? Should Bill Clinton, Sandy Berger and their team have been held criminally or civilly liable for dereliction of duty 3,000 people died in the Sept. 11, 2001, attacks, given that they knowingly allowed Osama bin Laden to flee Sudan for sanctuary in Afghanistan? What if the next administration believes that Barack Obama is committing war crimes every time he allows the Air Force to fling missiles into Pakistan, killing innocent civilians in a country with which we are not at war?

Such concerns are heightened when the country is at war, as we in fact are, though in the daily life of most Americans it might not seem so. Al-Qaeda terrorists still plot to inflict great damage, perhaps on a scale far larger than in 2001, and the country needs its guardians in the armed forces, the CIA and elsewhere to focus on defending the country against that threat, not themselves against legal action. The Obama administration needs to attract the best possible talent into government, and then expect from those who serve unflinching advice on hard calls. Neither will happen if public service routinely is followed by the need to hire private attorneys and empty one's bank account.

AND YET, on the other side, we have this: American officials condoned and conducted torture. Waterboarding, to take the starkest case, has been recognized in international and U.S. law for decades as beyond the pale, and it was used hundreds of times during the Bush years. Eric H. Holder Jr., the attorney general of the United States, has stated flatly that it is illegal. In a country founded on the rule of law, a president can't sweep criminality away for political reasons, even the most noble. When the United States sees torture taking place in other parts of the world, it issues some pretty simple demands: Stop doing that, and punish -- or at least identify, and in some way hold accountable -- those responsible, so that the practice will not be repeated. How can a country that purports to serve as a moral exemplar ask any less of itself?

The answer does not lie with those congressional Democrats who are eager to put the entire Bush administration on trial. Nor, as President Obama has discovered this week, can it be found in his own wishful calls to look forward rather than dwelling on the past. As other nations have discovered, the past will haunt the present until it is investigated and openly dealt with. And although we have misgivings about international justice intruding on the sovereignty of democratic governments, it's also true that if the United States doesn't examine its own record, other nations will have a better claim to do so.

To an extent, such an examination is going on all around us. The Senate intelligence committee is conducting a review. The Senate Armed Services Committee, having been mostly AWOL when it could have made a difference, has issued a useful report. The Justice Department's Office of Professional Responsibility is examing the conduct of Bush administration lawyers. It may seem, after a week of constant news coverage and newly published legal memos, that there isn't much left to learn.

But wide holes remain in public knowledge of how torture came to be official U.S. policy and how that policy was implemented. The efficacy of "enhanced interrogation techniques" remains in dispute. We don't know if some interrogations went beyond even what the Justice Department had approved. The extent of congressional knowledge and approbation remains unclear. And as former defense secretary Donald H. Rumsfeld might note, we don't know what we don't know.

SO THERE remains, as we have long argued, a need for a bipartisan commission composed of respected leaders to conduct a thorough review. Mr. Obama should take the lead in forming such a panel. It should conduct its work deliberately and issue its findings publicly.

In the end, no such panel can answer every question. We will never know what detainees might have disclosed if interrogators had persisted with more humane techniques. We can't measure precisely the damage inflicted on the United States and its soldiers by the fallout from Abu Ghraib and Guantanamo. But a presidential commission could produce the fullest, least-heated account possible.

Once it did so, prosecutions would not be the only option. Based on what we know today, we do not believe they would be the best option. For reasons laid out at the beginning of this editorial, we would be extremely reluctant to go after lawyers and officials acting in what they believed to be the nation's best interest at a time of grave danger. If laws were broken, Congress or the president can opt for amnesty. In gray areas, the government can exercise prosecutorial discretion. But the work of the commission should not be prejudged. And the prudence of not prosecuting, if that proves the wisest course, would earn more respect, here and abroad, if it followed a process of thorough review and calm deliberation.

(The Washington Post)

Reclaiming America’s Soul

“Nothing will be gained by spending our time and energy laying blame for the past.” So declared President Obama, after his commendable decision to release the legal memos that his predecessor used to justify torture. Some people in the political and media establishments have echoed his position. We need to look forward, not backward, they say. No prosecutions, please; no investigations; we’re just too busy.

And there are indeed immense challenges out there: an economic crisis, a health care crisis, an environmental crisis. Isn’t revisiting the abuses of the last eight years, no matter how bad they were, a luxury we can’t afford?

No, it isn’t, because America is more than a collection of policies. We are, or at least we used to be, a nation of moral ideals. In the past, our government has sometimes done an imperfect job of upholding those ideals. But never before have our leaders so utterly betrayed everything our nation stands for. “This government does not torture people,” declared former President Bush, but it did, and all the world knows it.

And the only way we can regain our moral compass, not just for the sake of our position in the world, but for the sake of our own national conscience, is to investigate how that happened, and, if necessary, to prosecute those responsible.

What about the argument that investigating the Bush administration’s abuses will impede efforts to deal with the crises of today? Even if that were true — even if truth and justice came at a high price — that would arguably be a price we must pay: laws aren’t supposed to be enforced only when convenient. But is there any real reason to believe that the nation would pay a high price for accountability?

For example, would investigating the crimes of the Bush era really divert time and energy needed elsewhere? Let’s be concrete: whose time and energy are we talking about?

Tim Geithner, the Treasury secretary, wouldn’t be called away from his efforts to rescue the economy. Peter Orszag, the budget director, wouldn’t be called away from his efforts to reform health care. Steven Chu, the energy secretary, wouldn’t be called away from his efforts to limit climate change. Even the president needn’t, and indeed shouldn’t, be involved. All he would have to do is let the Justice Department do its job — which he’s supposed to do in any case — and not get in the way of any Congressional investigations.

I don’t know about you, but I think America is capable of uncovering the truth and enforcing the law even while it goes about its other business.

Still, you might argue — and many do — that revisiting the abuses of the Bush years would undermine the political consensus the president needs to pursue his agenda.

But the answer to that is, what political consensus? There are still, alas, a significant number of people in our political life who stand on the side of the torturers. But these are the same people who have been relentless in their efforts to block President Obama’s attempt to deal with our economic crisis and will be equally relentless in their opposition when he endeavors to deal with health care and climate change. The president cannot lose their good will, because they never offered any.

That said, there are a lot of people in Washington who weren’t allied with the torturers but would nonetheless rather not revisit what happened in the Bush years.

Some of them probably just don’t want an ugly scene; my guess is that the president, who clearly prefers visions of uplift to confrontation, is in that group. But the ugliness is already there, and pretending it isn’t won’t make it go away.

Others, I suspect, would rather not revisit those years because they don’t want to be reminded of their own sins of omission.

For the fact is that officials in the Bush administration instituted torture as a policy, misled the nation into a war they wanted to fight and, probably, tortured people in the attempt to extract “confessions” that would justify that war. And during the march to war, most of the political and media establishment looked the other way.

It’s hard, then, not to be cynical when some of the people who should have spoken out against what was happening, but didn’t, now declare that we should forget the whole era — for the sake of the country, of course.

Sorry, but what we really should do for the sake of the country is have investigations both of torture and of the march to war. These investigations should, where appropriate, be followed by prosecutions — not out of vindictiveness, but because this is a nation of laws.

We need to do this for the sake of our future. For this isn’t about looking backward, it’s about looking forward — because it’s about reclaiming America’s soul.

(The New York Times)

Morning-After Pills

In a further break from the Bush administration’s ideologically driven policies on birth control, the Food and Drug Administration has agreed to let 17-year-olds get the morning-after emergency contraceptive pills without a doctor’s prescription. It is a wise move that complies with a recent order by a federal judge, based on voluminous evidence in F.D.A. files that girls that young can use the pills safely.

For much of the Bush administration, the agency — ignoring the advice of its own scientists — refused to let the pills be sold over the counter to anyone. It insisted that women obtain a prescription, a time-consuming process that could often render the pills useless. The morning-after medication, actually two pills taken in sequence, blocks a pregnancy if taken within 72 hours of intercourse and is most effective within the first 24 hours.

Facing intense Congressional and legal pressure, the F.D.A. finally relented in 2006 and made the pills available to women 18 and older without a prescription. So far there has been no measurable effect on abortion or teenage pregnancy rates. But individual women in distress have surely benefited from easier access.

Now the agency has announced that it will not appeal a federal judge’s ruling that it must lower the age limit by another year. Still to be determined is how the F.D.A. will respond to the judge’s additional order that it consider removing any age restrictions, as recommended by health authorities. There is no indication that the manufacturer plans to seek the agency’s permission to market to girls 16 or younger.

(The New York Times)

Immigration and the Unions

The very idea that unions would endorse legalizing illegal immigrants, as the country’s two big labor federations did this month, strikes some as absurd. Americans have a hard enough time competing with cheap foreign labor. Why undercut them within our own borders? Especially with millions of citizens losing their jobs?

These questions deserve an answer since the bad economy will only strengthen the stiff winds of opposition that President Obama will have to fight if he is going to win the sweeping immigration overhaul he has promised. Legalization was already politically treacherous thanks to the tireless work of restrictionists who have spent years denouncing illegal immigrants as harmful to the country’s health. They have long compared the undocumented to invaders and parasites; it’s a very short distance from there to scabs.

To understand why that view is misguided, it helps to remember that the country has largely bought that argument and spent decades and billions to seal the border as tightly as possible.

It stages raids to pull people off assembly lines and out of their beds and cars. It has added hundreds of thousands of prison beds to hold illegal immigrants and enlisted local police officers to enforce federal laws. It has done everything it can to make illegal immigrants miserable in the hope that they will abandon their jobs, houses and citizen-children and tell everyone back home to forget about America. And how has that worked? It hasn’t.

The agricultural work force is still overwhelmingly undocumented, as are the workers doing other dirty or dangerous jobs in places like hotels, carwashes and restaurants. Soaring unemployment has hit both skilled and unskilled workers hard. But laid-off construction workers have not been lining up to plant onions or pick tomatoes, and a hidden population of 12 million undocumented immigrants has not begun a mass exodus anywhere.

Nor have the forces of global economic migration magically adjusted to fit the American mood. Thousands of workers still cross the border, although the numbers are down — a sign of the downturn, particularly in home building. When the economy recovers, the flow will revive. (Economic forces are dynamic, even if our immigration policies are not.)

The unions, at least, understand that there is a better way. They see immigration reform as an issue of worker empowerment. If undocumented immigrants undercut wages and job conditions for Americans — and many do, by tolerating low pay and abuse and bolstering an off-the-books system that robs law-abiding employers and taxpayers — it is because they cannot stand up for their rights.

“Workers don’t depress wages. Unscrupulous employers do,” said Terence O’Sullivan, president of the Laborers’ International Union of North America. Unemployment in his industry is above 21 percent. Nearly two million construction workers are out of work. So what does Mr. O’Sullivan want? Reform that allows immigrants to legalize. “If we can free them so they can come out of the shadows, we can not only improve their lives, but all workers’ lives,” he said.

Eliseo Medina, the international executive vice president of the Service Employees International Union, agreed. “First and foremost, this is an economic argument,” he said.

Making the pro-union case for reform is not necessarily going to be easy. Even as immigration has changed the face of many American unions, hostility to foreigners remains a problem among some of the rank and file. Mr. Medina said union leaders were going to have to work hard to make members understand that false populism was not on their side.

“You may not want to do this because you like José Rodríguez,” Mr. Medina said, “but this affects you. Your standard of living is not going to improve, and you’re not going to be in a stronger position to solve your problems as long as you have all of these people out there without any rights — without any ability to contribute. Things will only get worse, not better.”

(The New York Times Editorial)

Columna transversal: Paciencia es la madre de la vajilla


Me alegra que Mauricio Funes, al participar como invitado en la Cumbre de las Américas, no se haya incorporado al club de presidentes bayuncos encabezado por los comandantes Hugo Chávez y Daniel Ortega. En Puerto de España lo vimos decente, sobrio, respetuoso, no buscando pleitos con nadie.

No se materializaron las pesadillas de muchos, a quienes nos atormentaba la imagen de un Mauricio Funes aplicando en cumbres presidenciales su estilo arrogante e intolerante de debatir, que conocemos de su carrera periodística y su campaña electoral. En Costa Rica y en Trinidad y Tobago vimos a un Mauricio Funes que en nada emulaba los discursos embarazosos de presidentes como Evo Morales y Rafael Correa anunciando el fin del capitalismo, ni los berrinches que varias cumbres han armado Daniel Ortega y Hugo Chávez.

Nada de eso. Por lo contrario, el presidente electo se mantuvo a distancias seguras de estos personajes. Y nada de soberbia. Más bien, casi pasó desapercibido.

Claro, todavía no estaba participando con plenos derechos de presidente constitucional, sino como invitado, como presidente electo. Habría que ver si esta actitud cambia a partir del 1 de junio. Hasta ahora todo parece indicar que Mauricio Funes habla en serio cuando dice que no adoptará, por preferencias ideológicas de su partido, políticas y alianzas internacionales que comprometan intereses nacionales, por ejemplo en las relaciones con Estados Unidos.

Si es así, nos evitamos escenas como el presidente Mel Zelaya aplaudiendo a Hugo Chávez, cuando en plaza pública hondureña tildaba de “vendepatrias” a los hondureños que se oponen a la entrada de su país al ALBA.

El nuevo gobierno debería desde el principio intercambiar embajadores con Cuba y con Venezuela, como una muestra de normalidad, no de una nueva alianza. Obama dejó claro en la cumbre que esto no constituirá obstáculo ninguno para las buenas relaciones con Estados Unidos.

Una vez que asuma la presidencia, sería útil que Funes -más allá de evitar codearse con colegas como Daniel Ortega, Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales- se distancie explícitamente de sus posiciones. Llegará el momento cuando sea necesario saber, de boca del presidente, que no comparte las posiciones de sus homólogos sobre la necesidad de abolir instancias multilaterales como la OEA, el Fondo Monetaria y el Banco Mundial, y que está dispuesto a colaborar en hacer más eficientes esas instituciones.

El único error que cometió Funes en Trinidad y Tobago fue referirse, en su discurso en la cumbre presidencial, a Tony Saca como “presidente en funciones”, así como ya lo había hecho aquí, incluso en su primera visita a Casa Presidencial. Le guste o no al presidente electo, Tony Saca será presidente constitucional hasta el último segundo de su mandato, con todos los derechos y deberes que esto implica. Un funcionario “en funciones” es otra cosa. Ahora tenemos a un fiscal general “en funciones” - y vean el vacío que esto está creando. En los regimenes parlamentarios europeos, cuando el primer ministro renuncia, se queda como jefe de gobierno “en funciones” hasta que el parlamento haya nombrado a quien asuma el cargo. El poder de un mandatario “en funciones” siempre es limitado.

Dado la manera amigable como se está dando hasta la fecha la transición del viejo gobierno al nuevo, el comentario de Mauricio Funes no parece un intento de cuestionar el poder del presidente saliente, sino más bien una confusión. Podríamos preguntarnos si se trata de un lapso freudiano, causado por algún deseo inconsciente. En este caso, totalmente hipotético, aplica perfectamente una moraleja alemana: Geduld ist die Mutter de Porzellankiste - paciencia es la madre de la vajilla de porcelana...

Aplica también a todos que queremos ver en hechos lo que trae el gobierno entrante.

(El Diario de Hoy/páginas editoriales)

La credibilidad de ambos está en juego


Todo el mundo interpreta que el voto popular, en las elecciones de enero y marzo de este año, les dio a los dos partidos grandes el mandato de ponerse de acuerdo. Puede ser cierto, aunque en primer plano el votante dio al FMLN el mandato de gobernar y a ARENA el mandato de ejercer la función indispensable de oposición.

Otra cosa es el hecho que para ciertas decisiones, como la ratificación de reformas constitucionales y la elección de ciertos funcionarios claves- se necesita mayoría calificada. Esto si obliga los partidos a ponerse de acuerdo para reunir los 56 votos en la Asamblea.

Pero dejemos las cosas claras: Ponerse de acuerdo no significa repartirse los cargos., aunque hasta ahora esto ha sido el contenido de la concertación. El sentido de la mayoría calificada, que pone la Constitución como requisito para la elección del fiscal general y de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, no es la repartición equitativa del poder entre los partidos, sino lo contrario: es para evitar que a estas funciones lleguen representantes de los partidos.

Diferente es la presidencia de la Asamblea Legislativa, donde por naturaleza tiene que llegar un representante de un partido, no un profesional independiente. Por eso, la junta directiva de la Asamblea se elije con mayoría simple.

No así los magistrados de la Corte y del Tribunal Electoral o el fiscal general. En vez de buscar formas de repartir equitativamente entre los partidos el poder en estas instituciones, los diputados deberían optar por la otra vía: elegir a los menos comprometidos con partidos, a los más independientes.

En este sentido, es muy favorable para la democracia salvadoreña que por el caso Silva-Tórrez haya caído al suelo la negociación ya casi consumada entre FMLN y ARENA de canjear el control de la Fiscalía General contra el control de la Corte Suprema de Justicia.

Sería fatal que las actuales negociaciones entre los partidos trataran de buscar otra fórmula de repartición o canje de cargos e instituciones. Sería absurdo que un pacto de este tipo se justifique por un supuesto mandato emanado de las elecciones. Sería desastroso para la institucionalidad del país que a la fiscalía, para evitar posibles investigaciones de corrupción en el gobierno saliente, llegue una ficha de ARENA, con los votos del FMLN, y que en cambio ARENA de los votos para que el FMLN pueda asumir el control de la Corte Suprema.

Ambos partidos grandes están en una situación muy delicada, aunque el FMLN, a la hora de saborear su triunfo, tal vez no lo perciba. Pero ellos ganaron las elecciones con la promesa del ‘cambio’. Durante años en la oposición hablaron de la necesidad de cambiar la manera de hacer política.

Y ARENA se encuentra en un proceso de catarsis y de transformación. Si no logra salir de este proceso con credibilidad y con una verdadera renovación, no tiene ningún futuro político.

Quiere decir que ninguno de los partidos grandes se puede dar el lujo de seguir operando de la misma manera. Si continúan repartiéndose entre ellos las instituciones del Estado, pierde credibilidad tanto el ‘cambio’ que prometió el FMLN como la ‘renovación’ interna que anunció ARENA. Las consecuencias para el sistema político serían muy serias.

¿Cómo salir de este dilema? Muy fácil: armando para la Fiscalía General y la Corte Suprema de Justicia un ‘combo’ concertado entre los partidos, pero esta vez eligiendo a los candidatos más idóneos por su independencia partidaria, su capacidad profesional y su vocación de fortalecer la institucionalidad. Tiene que ser un combo, al elegir al fiscal general con el criterio de independencia tiene que asegurarse que este mismo criterio se aplique a las elección de los magistrados de la Corte, y luego a la elección de los magistrados del Tribunal Electoral y de la Corte de Cuentas.

Así los partidos podrían ponerse de acuerdo de limpiar la mesa, y marcar el inicio de una nueva era de institucionalidad. Si no tienen el valor y la voluntad que esta revolución requiere, de antemano se convierten en engaño la promesa de ‘cambio’ del FMLN y la promesa de ‘renovación’ de ARENA. Hoy es cuando pueden, en la práctica, mostrar que todos estos cambios no son para que toda siga igual.

(El Diario de Hoy, Observador Electoral)

Carta al Papa Benedicto XVI.


Su santidad:


Usted viajó a África para decir a los 22 millones de enfermos del SIDA que viven en este continente: “La guerra contra el SIDA no se puede ganar con condones.”

Correcto. Y tan equivocado. Correcto lo que usted dice, que para ganar esta guerra, se necesita amor, responsabilidad y respeto frente a la pareja. Es importante decirlo. Trágicamente equivocado, porque sin condones -sin las campañas permanentes que incentivan al uso del condón- la epidemia mata a millones más.

Decir lo que usted dijo en África, donde ya murieron 17 millones del SIDA, es irresponsable. No es muestra de misericordia, sino de crueldad. Si lo dice el Papa con su inmensa autoridad moral, corre el peligro de provocar un retroceso en la difícil tarea de la educación sexual. Que también es educación a ser más responsable.

La educación sexual y el amor no son excluyentes. El uso del condón y el respeto a la pareja no son excluyentes. Son complementarios. Si Usted dice esto al mundo, puede salvar vidas.

Tschüss, su paisano Paolo Lüers

(Publicado en Más)

Los premios Pulitzer de periodismo 2009

Public Service
Las Vegas Sun, and notably the courageous reporting by Alexandra Berzon

Breaking News Reporting
Staff of The New York Times

Investigative Reporting
David Barstow of The New York Times

Explanatory Reporting
Bettina Boxall and Julie Cart of Los Angeles Times

Local Reporting
Detroit Free Press Staff, and notably Jim Schaefer and M.L. Elrick

Ryan Gabrielson and Paul Giblin of East Valley Tribune, Mesa, AZ

National Reporting
Staff of St. Petersburg Times

International Reporting
Staff of The New York Times

Feature Writing
Lane DeGregory of St. Petersburg Times

Commentary
Eugene Robinson of The Washington Post

Criticism
Holland Cotter of The New York Times

Editorial Writing
Mark Mahoney of The Post-Star, Glens Falls, NY

Editorial Cartooning
Steve Breen of The San Diego Union-Tribune

Breaking News Photography
Patrick Farrell of The Miami Herald

Feature Photography
Damon Winter of The New York Times

Pulitzer Prize Board

Members
The board overseeing the prizes

When Slapped, Slap Back


It's hard to argue with the results thus far from President Obama's "no drama" approach to campaigning and governing, but I think he should learn to chew a little scenery when the occasion demands. Theatricality is one of the weapons in any leader's arsenal, and a well-timed glower or growl can have more impact than a sheaf of position papers.

Obama's critics are upset that at the recent Summit of the Americas, held in Trinidad and Tobago, he treated his fellow leaders from around the hemisphere as peers. Obama's collegial attitude was, indeed, a break from tradition -- and was long overdue. Nothing would have been gained by barking orders at our neighbors and reinforcing the old image of insufferable yanqui arrogance.

There were a couple of moments at the summit, however, when Obama would have been right to throw off a little heat.

One was his encounter with Venezuelan President Hugo Chávez, whose public persona is the polar opposite of Obama's. Chávez is all theater, all the time. He made the most of his introduction to the new American leader, enfolding him in an all-smiles handshake and presenting him with a book that harshly indicts the long, painful history of U.S. intervention in Latin America.

Any idea that Chávez is some sort of threat to the United States is absurd. It's hard to see his fiery anti-American rhetoric as anything more than performance art, given that he has been scrupulously careful to avoid even the slightest disruption of the U.S.-Venezuela economic relationship. Venezuela owns Citgo, among other concerns, and is a reliable supplier of oil to the thirsty U.S. market.

It should also be noted that Chávez has acquired his extraordinary executive powers -- he obviously wants to be president-for-life -- through the ballot box. Americans may not like him, but Venezuelans do -- a majority of them, at least. However, it's impossible to overlook his anti-democratic methods of silencing his critics and neutralizing any potential opposition. Even though he uses Venezuela's oil to bolster the Castro regime in Cuba, Chávez is hardly a by-the-book socialist. He's more of an old-style Latin American strongman, a caudillo, and that's no model for the 21st century.

Chávez can be charming. But when Obama shook the man's hand, he should have telegraphed clearly, through posture, expression and language, that he was not amused. Chávez's gift of the book was meant to affront, not to enlighten, and I would have advised Obama to reciprocate in kind.

The other moment for presidential theatrics was Nicaraguan President Daniel Ortega's 50-minute speech excoriating, yes, the long and sordid history of U.S. meddling in Latin America. Asked later about Ortega's peroration, Obama replied curtly that "it was 50 minutes long."

Obama was correct not to walk out on the speech. But as was the case with Chávez's tendentious present, Ortega's speech was intended as a slap. When Obama spoke later, he should have prefaced his promising call for an "equal partnership" with other countries in the hemisphere with some strong pushback against those who would rather relive the insults of the past than move forward.

Granted, the history of U.S. involvement in Latin America is pretty sordid. And granted, Obama made clear that he intends no abdication of American leadership but rather a new atmosphere of mutual respect. Most of the assembled heads of government -- including Presidents Luiz Inácio Lula da Silva of Brazil and Felipe Calderón of Mexico, leaders of Latin America's two biggest economies -- responded to Obama's initiative graciously and with an eye toward the future.

Chávez, Ortega and a few others, however, made a show of being rude. A flash of presidential anger from Obama would have been in order.

My argument isn't that Obama should try to be someone he's not. It's that he's declining to use one of the tools at his disposal. As public anger over the U.S. bank bailouts was rising, a well-timed burst of presidential outrage might have allowed him to get out in front of it.

Obama was right to show respect for the leaders of neighboring countries big and small at the Summit of the Americas. Those who were not gracious enough to show respect for him deserved to be given -- metaphorically, of course, and in the spirit of hemispheric cooperation -- the back of the presidential hand.

(The Washington Post)

Nuevas tiranías

Las tiranías del siglo XXI ­me refiero a gobiernos como los de Fujimori, Ahmadinejad, Lukashenko, Putin o Hugo Chávez­ colocan a los factores democráticos ante el enigma de cómo enfrentar con éxito a un tipo de regímenes que no terminan de actuar con la severidad asesina de las dictaduras militares del XX pero tampoco con el respeto por los derechos y las libertades propias de los sistemas democráticos.

Son híbridos difíciles. Como los partidos políticos no han sido prohibidos y no hay toques de queda, asesinatos y torturas en masas, no es necesario optar ­todavía­ por la organización y la lucha clandestina. Pero, como no hay reglas de juego claras, y la institucionalidad y las libertades personales igual están amenazadas, tampoco se puede actuar con la tranquilidad y transparencia con la que se hace política en las democracias "normales".

Las tiranías del siglo XXI, y Venezuela es un modelo, a pesar de su legitimidad de origen electoral, violan sistemáticamente y sin pudor alguno las constituciones, utilizan el sistema de justicia como aparato de persecución ideológica, ofician descomunales abusos de poder, instauran sistemas de apartheid laboral, desconocen la autonomía de poderes, cercenan el periodismo libre, criminalizan la disidencia, rinden culto a la personalidad de un hombre y, a la manera del nazismo, recurren a violentas bandas de civiles armadas como instrumento de intimidación.

En un contexto como ese no se puede hacer oposición con la "inocencia" con la que se hace por ejemplo en Chile, Brasil, Uruguay o como se hacía en Venezuela antes del arribo de Hugo Chávez. Sería como jugar póker honestamente con alguien que pone en la mesa un mazo de cartas marcadas.

La oposición hay que hacerla, es lo que creo no hemos entendido bien, ineludiblemente de manera tan novedosa como la tiranía. Se requiere por tanto de un gran esfuerzo de imaginación política, sacrificio, preparación anímica y, sobre todo, dotarnos de la serenidad y humildad ­pero también la la fortaleza­ para no caer en las tentaciones de la violencia, de una parte, y del miedo, de la otra, que el gobierno y sus aparatos propagandísticos, judiciales, policiales y parapoliciales, tratan de sembrar.

Si a la gente de tu bando la van encarcelando poco a poco mientras a los oficialistas se les perdona toda canallada, incluyendo el asesinato del opositor; si a los gobiernos locales de oposición legítimamente electos se les sabotea desde el gobierno central; si la Asamblea Nacional por órdenes del tirano aprueba leyes fraudulentas para recuperar el gobierno en los espacios donde han sido derrotados; si el Estado petrolero atiborrado de petrodólares desata una guerra contra toda forma de economía privada; obviamente no se puede hacer política democrática "normal".

Por eso el reto del presente es jugar con ambas manos, encontrar nuevas tácticas para defendernos, sin caer en la desesperación y la violencia, que es el pretexto que el gobierno necesita para decretar el sueño mayor de Hugo Chávez: un estado de excepción.

No es fácil. Pero tampoco es imposible encontrar un nuevo camino que no consista sólo en colocar la otra mejilla ni seguir esperando, sin actuar, como rumian algunos por "el día que haya un nuevo levantamiento militar". Hay fuentes de inspiración. La desobediencia civil según Gandhi o Luther King.

La persistencia en el camino electoral con nuevas reglas de juego a la manera de Mandela. Los movimientos de masas conducidos por Havel y Walesa. O los levantamientos populares que pusieron fin a los gobiernos de Bucaram, Collor de Mello o el propio Fujimori sin disparar un solo tiro.

Cada vez son más grandes las cucharadas del amargo jarabe de autoritarismo que el chavismo nos hace tragar. ¿Dejaremos pasivamente que nos atraganten la botella completa hasta que no seamos otra cosa que guiñapos? ¿O tendremos el talento para impedirlo a tiempo? Nuevas tiranías, nuevas resistencias.

(El Nacional, Caracas/Venezuela)

Hasta aquí

El Presidente quiere convertir el 13 de abril en una histórica Bahía de Cochinos, pero a la hora del té no moja las botas en la playa

Pocos días después del infame golpe militar que derrotó a Salvador Allende, Octavio Paz escribió: "La indignación puede ser una moral pero es una moral a corto plazo. No es ni ha sido nunca el sustituto de una política".

Traigo esa frase hasta esta esquina de la página porque, en estos días, la indignación parece ser una forma de parálisis, un no puede ser congelado sobre el clima, un asombro que se ha vuelto de pronto ceremonia inmóvil.

No es para menos: la llamada revolución bolivariana ha dejado de administrar la esperanza y ha comenzado a administrar el miedo.

La justificación de toda esta "ofensiva", que ha convertido al Estado en el arma privada de un grupo, es una ficción heroica.

Pienso que las palabras del presidente Chávez, esta semana en la concentración del Palacio de Miraflores, pasarán a la historia como uno de los momentos más delirantes de la fabulación oral venezolana.

No sólo comparó el 13 de abril del 2002 con el 19 de abril de 1810 sino que, además, afirmó que lo ocurrido hace 7 años "no tiene precedentes en la historia de este continente".

Inventa una revuelta popular de dimensiones desbordadas y, de paso, minimiza el peso definitivo de la maniobra militar que no permitió que se reprimiera al pueblo, frustró el golpe y lo devolvió a la Presidencia. Un detalle: el líder de esa épica democrática se encuentra hoy en prisión. Tuvo la osadía de cuestionar el proyecto del líder supremo. Es un peligro para el poder.

Porque detrás de toda la hojarasca verbal de los actos públicos, lo que en verdad sorprende es que el valiente y aguerrido comandante en jefe dirija una ofensiva revolucionaria a control remoto, desde la trinchera de un hotel de lujo en el oriente del planeta. Mientras su gobierno cerca a la oposición, acosa a Rosales, encarcela a Baduel, le da un golpe a Ledezma, presiona a la justicia para dictar sentencias o para perseguir a los medios...

Chávez está de viaje, corriendo el terrible riesgo de hablar por teléfono con el canal 8. El programa Dando y Dando es una suerte de medium: siempre te puede comunicar con el más allá.

El Presidente quiere tener su propia Bahía de Cochinos, pero a la hora del té no moja las botas en la playa. Su épica es más digital. Es un héroe de las ondas herzianas. Es un líder que siempre pelea vía microondas.

Ya no sabemos si se trata de una aguda estrategia militar, de una rutina más del espectáculo, de un parpadeo en su ánimo, o de todas las anteriores, juntas y revueltas. Pero lo cierto es que, entre otras cosas, los venezolanos nos encontramos ante un insólito caso de malversación de fondo públicos: el proyecto religioso de Hugo Chávez.

Se trata de una inversión multimillonaria, de un insondable gasto de fe. "Dios utilizó como instrumento al pueblo. Los mártires de puente Llaguno dieron su vida por mí", volvió a gritar.

"Mi vida ya no es mía: ¡es de ustedes!", repitió. "Esta revolución es eterna", exhaló, en la renovación sacramental de todos sus actos públicos.

Él es el nuevo Mesías. Petrolero y todopoderoso. Su naturaleza es mediática: está en todos lados y en ninguna parte. Distribuye los castigos a su antojo, jamás se queda con ninguna culpa. Es inasible e infinito. Sólo con él podremos alcanzar nuestro glorioso destino: "De nosotros depende el futuro de los pueblos de este continente". Así habla el Señor.

Alguien transhistórico, iluminado, con el sagrado designio de completar el firmamento de Bolívar, puede ignorar las formas, los acuerdos, las reglas. Para un Dios, la democracia sólo es un trámite burocrático.

Aquel "Por ahora", pintado en las vallas publicitarias de la ciudad, unos días después del rechazo popular al referéndum constitucional, era tan sólo la profecía, el anuncio de un proyecto que está dispuesto a pasarse por el forro la voluntad de los ciudadanos y las letras de la Constitución. Los planes divinos no se consultan con nadie.

La agenda de Chávez la conocemos desde hace mucho.

Es la misma que se inició el 4 de febrero de 1992. Desde ese día, hasta hoy, ha seguido empeñado en dar un golpe de Estado.

Aun siendo presidente, y teniendo bajo su control la mayoría de los poderes públicos, insiste en lo mismo, trabaja en la sombra, conspira, asalta, invade, ocupa...

El problema, entonces, no es lo que quiere Chávez, lo que él desea.

Eso ya lo sabemos. El problema es lo que queremos los demás venezolanos, lo que estamos dispuestos a permitirle. El problema no es el "Por ahora", el problema es el "Hasta aquí". La indignación también puede transformarse en política.

(El Nacional, Caracas/Venezuela)

La cumbre del calipso

El cambio de la política de Estados Unidos hacia Cuba no es ni lo más sorprendente ni lo más importante de la V Cumbre de las Américas. Esto iba a suceder aunque la cumbre no hubiese tenido lugar. De hecho, tal como lo anticipé en estas páginas hace más de un mes (ver Raúl Castro en la Casa Blanca), la liberalización de la política de EE UU hacia Cuba es un proceso ya en marcha y que poco tiene que ver con la reunión en Trinidad y Tobago. Lo más importante y menos discutido de esta cumbre son las profundas divergencias políticas que hoy separan a los Gobiernos latinoamericanos.

Un dato revelador acerca de la V Cumbre de las Américas es que ningún país quería ser la sede de esta reunión. Una de las pocas decisiones concretas que se toman en estos cónclaves presidenciales es dónde van a reunirse de nuevo. Pero hasta esta decisión resultó ser demasiado exigente para los Gobiernos que en 2005 participaron en la tumultuosa IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata (Argentina). Nadie se ofreció a hospedar la siguiente reunión y sólo después de un complicado proceso de consultas y negociaciones, el Gobierno de Trinidad y Tobago accedió a invitar a los 34 mandatarios del continente a reunirse en su capital. Y así llegamos a la cumbre del calipso, el espectáculo de contorsiones retóricas al son de las maravillosas steel bands del Caribe inglés.

La reticencia a hospedar la cumbre americana no se debe ni a la flojera ni a la súbita austeridad de los Gobiernos. Más bien es porque en los tiempos que corren, reunir a los gobernantes de las Américas equivale a organizar una convención de perros y gatos. Muchos de ellos no se llevan bien, y salvo el consenso en pedir a Washington que levante el embargo a Cuba, son pocas las convergencias entre los mandatarios. Muchos están políticamente más cerca de Estados Unidos que de sus países vecinos. El brasileño Lula da Silva se lleva mejor con Barack Obama que con la argentina Cristina Fernández de Kirchner; el mexicano Felipe Calderón, el colombiano Álvaro Uribe y la chilena Michelle Bachelet están mucho más cerca de las posiciones de Estados Unidos que de las de sus colegas de Venezuela, Ecuador o Nicaragua. Las políticas de Perú o Uruguay tienen más afinidades con las estadounidenses que con las de Bolivia o Paraguay. Lo mismo se puede decir de las diferencias entre Costa Rica y Honduras.

Las diferencias surgen por visiones y conductas muy distintas en la lucha contra la pobreza, la desigualdad y la exclusión; en el papel que deben tener el Estado y el mercado; en cómo tratar a los inversionistas nacionales y extranjeros; en cómo relacionarse con Estados Unidos y cuáles son los países de otros continentes con los que hay que aliarse. También hay entre los mandatarios latinoamericanos divergencias acerca de la concepción misma de la democracia, sobre la independencia que deben tener en la práctica el Poder Judicial y el Legislativo, y en la manera de tratar a la oposición política.

A pesar de los discursos enfatizando la integración y los abrazos presidenciales frente a las cámaras, la realidad es que América Latina y el Caribe están divididos en dos grandes bloques, y lo que hemos visto en la cumbre del calipso ha sido la utilización de la denuncia del embargo a Cuba como una excusa para evitar conversaciones que hubiesen puesto en evidencia el choque entre estos dos bloques. Uno de ellos lo forman Brasil, México, Colombia, Chile, Perú y Costa Rica, mientras que los principales miembros del otro son Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Paraguay y Honduras.

A veces pequeñas anécdotas dicen mucho: el mismo día que Barack Obama se reunía en México con Felipe Calderón de camino a Trinidad, Hugo Chávez presidía en Venezuela la reunión de la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA) con líderes de Cuba, Bolivia, Nicaragua, Dominica y el canciller de Ecuador. "Preparamos la artillería que llevamos a la cumbre", dijo Chávez. En la reunión adoptaron también una nueva moneda, el sucre, para el comercio entre ellos. Chávez, además, anunció la incorporación al ALBA de un nuevo país: San Vicente y las Granadinas (población: 120.000; territorio: 389 kilómetros cuadrados). Mientras todo esto sucedía, Lula y Obama conversaban por teléfono para coordinar sus pasos en el calipso de Trinidad.

(El País, Madrid)

Definir prioridades

La Asamblea Legislativa no discute las cosas importantes y pierde tiempo con las cosas menos importantes. Incluso con pendejadas.

Las únicas iniciativas de ley que debería discutir y aprobar la Asamblea saliente en los pocos días que le queda, son las nuevas reformas constitucionales. Son las únicas que son impostergables. Pasar estas reformas a la siguiente Asamblea significa perder tres años, ya que necesitan la ratificación de la siguiente Asamblea.

Quiere decir: Si esta Asamblea, cuyo mandato vence el 30 de abril 2009, no aprueba las reformas constitucionales necesarias para subsanar las deficiencias institucionales del Tribunal Supremo Electoral y de la Corte de Cuentas, estas reformas no se pueden ratificar y poner en práctica antes del año 2012.

Todas lo demás iniciativas de ley pueden perfectamente esperar hasta que la nueva Asamblea Legislativa asuma en dos semanas.

El tiempo que se pierde si la actual Asamblea no ratifica la reforma constitucional de las escuchas telefónicas o si no elige al nuevo Fiscal General, se mide en semanas, no en años.

El caso más claro de la total perversión de prioridades es la reforma constitucional promovida por el PDC para anclar en la Constitución la prohibición de los matrimonios gay. Esta iniciativa está en la agenda de la Asamblea, y el bloque de derecha está convirtiendo su ratificación en esta Legislatura en punto de honor. A pesar de que no hay ninguna prisa, porque esta ratificación igual la puede dar la Asamblea nueva que asume en mayo.

Los matrimonios gay no están permitidos en este país. No existe ninguna iniciativa legislativa de permitirlos. No existe cola de parejas gay esperando casarse. Simplemente, el problema no existe. Y dan prioridad y urgencia impostergable a la iniciativa de cambiar la Constitución para que en algún futuro ni siquiera visible imposibilitar una hipotética ley de permitir matrimonios gay...

En cambio, las reformas de dos instituciones, cuya democratización y fortalecimiento es clave para nuestra democracia -Corte de Cuentas y Tribunal Electoral-, no está en la agenda. Todo el mundo coincide en la necesidad de estas reformas. Hay coincidencia sobre cómo reformarlos. En el caso de la autoridad electoral, separando las funciones administrativas-logísticas de las funciones jurisdiccionales, y separando ambas nuevas instancias del ámbito partidario. En el caso de la Corte de Cuentas, transformándola en una Controlaría, cuyos funcionarios se elijan con mayoría cualificada en la Asamblea.

Como no hay mucha discrepancia, sería factible discutir y aprobar estas reformas, aun en el corto tiempo que queda. Sin embargo, no hay voluntad. No hay sentido de urgencia. No hay sentido de responsabilidad. Ni por parte de la derecha ni por parte de la izquierda. Tampoco por parte de los predicadores del cambio. Lo que confirma mi sospecha que ‘cambio’ y ‘reforma’ son dos intenciones muy diferentes. Lo que en este país hace falta es reformismo. Y parece que esto no cambia con al cambio de gobierno...

Para salvar la situación, los diputados deberían convocarse a una sesión ininterrumpida que dure de lunes 20 al jueves 30 de abril. Deberían hacer tres cosas solamente: Primero, rechazar la ratificación de la reforma que intenta a hablar en la Constitución de los matrimonios gay. Para que sus promotores aprendan que no es legítimo confundir las prioridades del primer órgano del estado con iniciativas frívolas.

Segundo y tercero: discusión y aprobación de las reformas constitucionales impostergables para reformar hacernos de autoridades confiables en materia electoral y de controlaría.

Los únicos dos puntos adicionales que deberían considerarse debatir y aprobar son dos reformas constitucionales que propone FUSADES: Cambiar los requisitos que dicta la Constitución para los magistrados de la Corte Suprema, para evitar que se elijan candidatos que representen intereses partidarios. Y eliminar de la Constitución el requisito de secretividad de las declaraciones patrimoniales que deben rendir los funcionarios públicos al inicio y al final del desempeño de su cargo.

Todo lo demás, al archivo o a la próxima Asamblea. Es una cuestión de prioridad y de responsabilidad.

(Publicado en El Diario de Hoy/Observadores)