UNA BOFETADA A LA MEMORIA DE HERTY, A LA VIDA DE DORA MARIA

Creo que sabíamos que ya estaba escrito y mandado desde arriba que el CSE le retiraría a los partidos PC y MRS el equivalente a lo que nosotros conocemos como “la cédula de identidad”. Sin cédula de identidad estos partidos pierden todas sus atribuciones legales: no pueden funcionar, no pueden participar en las elecciones municipales, ni nacionales. Éste es, en otras palabras, un decreto de muerte civil para el partido por el que murió Herty Lewites, nada menos.

Es un escupitajo, una bofetada a la memoria de Herty. ¡Vergüenza debía de darles!

El CSE actúa el guión que le bajaron desde la cúpula: Se trata de borrar del mapa de la “legalidad” política a personas como Dora María Téllez. Se trata de demostrar que no les tiembla el pulso para decretarle la muerte. Se trata de la desaparición del Partido Conservador que, igual que el Partido Liberal, tiene una larga trayectoria en la historia de nuestro país.

Quienes dicen que no se meten en política, que piensen en el significado de esto, porque esto es muy serio. Es la culminación de un proceso amañado que ha dejado todo el espacio político copado única y exclusivamente por los agentes del pacto. De ahora en adelante, sólo tienen legalidad los partidos aliados del FSLN o el PLC. Todos los demás quedan fuera del juego. Si quieren seguir existiendo, sólo pueden hacerlo o en la clandestinidad, o bueno, a pura voluntad, pero sin derechos legales.

Los argumentos esgrimidos por el CSE, son tan absurdos que dan pena. En el caso del MRS, le quitan el derecho a existir porque dicen que no informó de cambios recientes en la estructura de su Junta Directiva, por no cumplir supuestamente con sus reglas internas. ¿Será posible que semejante minucia burocrática –cuando al PLC y FSLN han tenido fallas más flagrantes- sea argumento para hacer desaparecer un partido cuando ya hasta las listas de sus candidatos para las elecciones municipales habían sido publicadas por el mismo CSE en una separata que salió en los periódicos?

Como afirma el IPADE en un comunicado evaluando la actuación del CSE:
“El CSE al oficializar el calendario electoral diseño las reglas del juego para la competencia partidaria estableciendo etapas y plazos que en esta ocasión se habían venido cumpliendo de acuerdo a lo establecido, cerrando las posibilidades de cancelación de personalidad jurídica a los partidos o alianzas de partidos que el mismo CSE había oficializado…. Con posterioridad al período establecido en el Calendario Electoral, el CSE dio a conocer argumentos para cancelar la personalidad jurídica al Partido Conservador y del Movimiento Renovador Sandinista, decisión que de por si es sumamente grave, extemporánea, usando argumentos que son débiles y muy debatibles.”

Es evidente que preocupaba a estos magistrados el creciente apoyo de la población a Dora María Téllez y a su valiente posición. Por eso han adelantado su absurdo “fallo”. Nos han fallado a todos, con la idea de detener la ola de repudio, con la idea de desanimar a la gente que se ha ido sumando lenta, pero seguramente. Es evidente que la política clientelista tiene un efecto desmovilizador. La gente no quiere perder el favor del CPC que le da los frijoles baratos o que le promete esto o lo otro. El miedo es patente también. Algo que habíamos dejado de ver por algún tiempo. Pero hay mucho apoyo detrás de los ojos quietos de la gente. Y eso lo sabemos quienes ya hemos vivido situaciones semejantes. Como sabemos que estas absurdas patrañas legales serán apeladas por el MRS y el PC y después llegarán a la Corte Suprema, donde imperará sobre la ley, la misma voluntad que ha imperado esta vez: una voluntad obsesionada por el poder y ciega a las consecuencias que sus desmanes traerán consigo.

Igual que Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, desestimó la huelga de hambre de los miembros del IRA irlandés mandándolos a la muerte, así Daniel Ortega se ha hecho de oídos sordos al valiente llamado de atención de Dora María y ha echado en saco roto la memoria de su antiguo compañero Herty Lewites.

Como dijo alguna vez Jean Paul Sartre: “No creo en el revolucionario que es capaz de amar al pueblo y no es capaz de amar a los seres que tiene más cerca”

Este régimen ya se reveló. Y ahora es Dora María la que tiene que rebelarse contra una muerte temprana. Tiene que estar lista para el desafío que significa este guante en la cara que nos han tirado a todos y con el que nos están desafiando, al mejor estilo de los villanos feudales, imperiales y capitalistas, a un duelo.

Cartas a Siguiente Página

¿Libertad de prensa?
boris monroy <monroy_bs@yahoo.es>

Yo entiendo como impunidad periodística al hecho que la noticia sobrepase una posición partidaria fuera del espacio editorial de cada medio de comunicación.
Pero no logro entender que tu, no veas en algunas noticias lo tendencioso hacia el partido opositor, o el desbalance de cobertura, o tal vez no recuerdas que un periódico en la época más violenta de nuestro país, me refiero cuando los escuadrones de la muerte recorrían las calles de SS como tu las recorres en estos días, publicaba campos pagados arengando a estos personajes siniestros, y ahora en pleno periodo de "libertad de prensa" , por el simple hecho de que estos señores tengan el espacio de expresar sus opiniones se dan derecho de insultar, mentir, tergiversar la noticia, se les pueda defender como paladines de la libertad y la democracia.
Acepto tu posición, pues tenes el derecho desde el espacio que te permite EDH de hacerlo, pero tu opinión rescata únicamente las expresiones de Funes y me parece parcializado y justifica las posiciones de tus empleadores; y entonces, ¿donde esta la objetividad de un periodista de la calidad tuya?.
Yo esperaría una denuncia en tu espacio hacia EDH por el abuso que hace de su derecho; que la mejor forma que tiene el pueblo para descartar las opiniones de éstos, es que no compre ese periódico, no creo que sea valida, pues un periódico o cualquier medio, además, de hacer noticia cumple la tarea de llevar al conocimiento otro tipo de comunicación indispensable en nuestro medio, lo censurable es que estos medios aprovechen estos otros objetivos para hacer política partidaria.
Por otra parte, democracia es participación de todos, y si habrás observado, en los medios de comunicación es desproprcionado esa participación, pues queda para unos pocos y si el pueblo se expresa ya tenemos leyes que reprimen. Me pregunto, hacia donde crees tu que nos están conduciendo la tolerancia de un periodismo sin objetividad, ¿a una plena democracia? o a una dictadura de derecha o de izquierda.
ES RAZONABLE QUE LA FOMENTACION DE LA POLARIZACION ES CONVENIENCIA PARA ARENA, TAL COMO LO DIJO VILLALOBOS, Y AHORA QUE SE VEN AMEZADOS CON LA ALTERNACIA, ES NECESARIO UTILIZAR CUALQUIER MEDIO,Y PERSONAJES.
NUEVAMENTE TE PREGUNTO ¿HACIA DONDE NOS ESTAN CONDUCIENDO?
ELLOS TIENEN EL PODER, NO ES FUNES NI EL FRENTE, QUIEN CARGA CON MAYOR RESPONSABLIDAD DE PRESERVAR LAS BASES DE LA DEMOCRACIA.


Comentando columna "Machismo vrs. Racismo"
Gomez.Jose@canadianfreightways.com

Acabo de leer tu columna sobre el resultado final de las elecciones primarias del Partido Democrata de EEUU. Me parece que tu enfoque no es del todo atinado. Obama no gano porque Hillary Clinton fuera mujer, o porque ella fuera mas pragmatica. De
hecho, si vamos a los temas de importancia, casi no existe diferencia entre la oferta programtica de ambos. La realidad es que la politica norteamericana muy raras veces es determinado por el contenido de las propuestas. Usualmente, lo que determina
un gane en las primarias son tres cosas: dinero, personalidad, y que tus simpatizantes vayan a votar. Eso fue lo que determino el gane de Obama. Mientras Hillary Clinton se confio de los donantes tradicionales del Partido Democrata (muchos de ellos
millonarios), Obama le aposto a la novedad de las donaciones "online", donde la mayoria de donaciones no arrebasaban los $200.00. Al final, Hillary termino financiando su campaña con dinero propio, mientras que a Obama hasta le ha sobrado "pisto"
para gastar en la verdadera condienda presidencial. Eso por un lado.

Por otro lado, es innegable el carisma y la personalidad de Obama. Su capacidad oratoria es comparable con la de JKF, Martin Luther King, y el mismo Bill Clinton. Tu podras argumentar que la retorica no resuelve problemas; pero en este caso, todos,
incluyendo Hillary y John McCain, han hecho uso de ello. No estoy de acuerdo en que Obama haya convencido a los democratas de que el representa "los principios" y Hillary "el pragmatismo". De hecho, Obama muy pocas veces hizo referencia a los
"principios democratas"; y cuando lo hizo, los contextualizo en una coyuntura de "cambio" (como por ejemplo, cuando hablaba del cambio de direccion que Franklin Roosevelt le imprimio al pais a partir del Nuevo Pacto Social; y con JFK y la
re-afirmacion de los derechos civiles y minoritarios).

Aqui no hay que ignorar tampoco el sentimiento y el estado animico del pueblo norteamericano. La gran mayoria de americanos creen que el pais va por el rumbo equivocado (que coincidencia con la politica salvadoreña local, no crees?), y quieren
CAMBIO. No es coincidencia que en estos ultimos meses, los tres candidatos a la presidencia (Clinton, Obama, y McCain) hayan tomado esa palabra como tema central de sus respectivas campañas (Nuevamente, que coincidencia, no te parece?). Al final de
cuentas, fue Obama quien logro posicionarse (dentro del partido Democrata) como "cambio real", y no simplemente retorico. Y aqui jugo un papel importantisimo la brecha generacional de la que hablabamos. Muchos jovenes ven a Obama como un revelo
generacional, y una nueva clase y forma de hacer politica en Washington. Lo que ha caracterizado la politica nacional gringa en estos ultimos 20 años han sido las posturas partidistas y la falta de consenso (que coinciden....) Obama es practicamente
nuevo en Washington. Y por lo tanto, su IMAGEN representa lo nuevo, mientras que la imagen de Clinton representa el pasado. Si de algo se puede acusar a Obama es de concencer a los democratas que el representa, no los principios, sino el cambio
REAL.

Ahora vamos a los numeros. Las encuestas suelen ser manipuladas, distorcionadas, y usadas dependiendo de quien o a quien se quiere beneficiar. Pero obviemos eso por el momento. La mayoria de encuestas que yo he visto hasta el momento, ponen a Obama
arriba de McCain. La diferencia entre ambos oscilan entre el 2% hasta el 8%, dependiendo de la agencia encuestadora. Incluso, hay algunas encuestas (de dudosa procedencia a lo mejor) que ubican a Obama arriba del 50% de las preferencias. O sea,
ganando con mayoria simple.

Lo cierto es que bastante se ha hablado de que muchos simpatizantes de Hillary no votarian por Obama. Yo le puedo dar una explicacion simple. Recien terminada las primarias, es logico que estas bases todavia esten re-calentadas a raiz de lo reñido de
la contienda. De aqui hasta noviembre habra mucho tiempo para re-encausar esos votos. Y aqui, la capacidad dirigencial de Hillary Clinton jugara un papel preponderante. Cerrar las heridas internas del partido no solo dependen de Obama. Hillary
tambien tendra que cerrar filas y respaldar la candidatura de Obama por el bien del partido. Lo hara? Eso todavia esta por verse... Pero por ahora, todo indica a que esta dispuesta a apoyar al candidato democrata; y posiblemente, negociar la
vice-presidencia.

Y aqui haria un parentesis sobre tu comentario de que McCain es un republicano "relativamente cercano a posiciones democratas". Eso talvez pueda ser cierto en la politica social de McCain. Pero los temas de importancia, y donde se va a concentrar el
debate presidencial, son la economia, y la guerra en Irak. Y ahi es donde McCain es mas vulnerable por su afinidad con Bush Jr. McCain favorece la politica fiscal de Bush Jr (recortar impuestos a los ricos, y recortar el presupuesto del gasto
social); y favorece la permanencia indefinida de las tropas americanas en territorio iraqui. En esos dos puntos, McCain representa el continuismo ( o en palabras de Obama, el tercer termino de Bush Jr).

Criticando al artículo "Posmodernidad: el debilitamiento de la verdad"
Carlos van Enschot carlosvanenschot@gmail.com

Aunque el artículo es un análisis de la postmodernidad, posee dentro de él errores conceptuales que invalidan por completo el análisis que ahí se hace, por lo cual reduciré mi crítica a esos errores y no me enfocaré en la postmodernidad como tal…. Espero que esta crítica sea vista como un aliciente para que mantengan la calidad de discurso de este Blog que he leído ya desde hace unos cuantos meses.

El artículo ya de por si empieza por una premisa falsa, la critica a la sociedad moderna no proviene principalmente en su "falta" de capacidad de explicar la realidad, sino más bien de el desigual acceso entre países y grupos a los conocimientos científicos y los posibles beneficios prácticos de la tecnología…. y en los análisis más críticos de todos, en las posibles consecuencias del mal uso de la ciencia y la tecnología, así como en los alcances, límites o incluso la traducción pragmática que saltos cualitativos concretos en la ciencia y la tecnología realmente logran cubrir en términos de necesidades sociales, sean materiales o espirituales, lo que es distinto y no se escribe igual…. Simplemente no se puede criticar a un paradigma de realidad que genera un visible aunque naturalmente "imperfecto" éxito científico, filosófico y tecnológico, y después pedir los beneficios espirituales y materiales que este mismo paradigma aporta, eso no es coherente.

Decir algo tan simple como que la "la ciencia se ha quedado corta explicando lo complejo de la realidad", justo en un momento donde la ciencia está viviendo una edad dorada es completamente absurdo si primero no se sustenta dicha afirmación antes de empezar a elaborarla. Si algo nos ha enseñado la experiencia, es que cada vez que es criticada la ciencia por sus "alcances y límites" en la generación de nuevos cuerpos conceptuales (incluyendo la historia como una forma de ciencia), entonces la ciencia termina por responder generando nuevas y mejores herramientas metodológicas, corrigiendo antiguos errores, complementando las viejas disciplinas con el surgimiento de nuevas, y aumentando el estudio de fenómenos que antes eran considerados inabordables o hasta vestigiales, lo que a su vez genera resultados concretos en la tecnología que cuando son bien aplicados han visible y indiscutiblemente aumentado la calidad de vida de la humanidad que los ha generado, lo cual es una verdad de Perogrullo que si bien no se aplica a todos por igual, es justamente por que no todas las sociedades han querido asumir la responsabilidad de que para participar en los beneficios de algo, deben ser actores de ese algo, no simples espectadores que piden su cuota de beneficios, copian deficientemente conceptos que bien aplicados si les serían realmente útiles, y reiteradamente se niegan a participar en la generación y implicación de este paradigma de realidad, enfocándose en la crítica, un arte que no genera ningún valor agregado que ayude a mejorar al hombre y a la sociedad…

Qué quiero decir con esto, obviamente un análisis filosófico parte desde premisas (axiomas), y a partir de ellas se generan las especies nominativas, géneros nominativos, ordenes nominativos, etc… lo que implica a vistas luz que si la base axiomática es falsa, todo el edificio conceptual cae, y como no existe algo así como una crisis de paradigma de la realidad, sino a lo sumo un conjunto variopinto de metodologías cualitativas y cuantitativas perfectibles y todas ellas unidas por una visión de ciencia y filosofía de la ciencia que sanamente "compiten" entre ellas para encontrar sus respectivas aplicaciones de cómo debemos acceder la realidad antes de valorizarla, simplemente iniciar un artículo diciendo que la realidad está en "crisis" se nos muestra como una falacia no sustentada por evidencia alguna fuera de una "exégesis muy personal" …

La racionalidad o al menos la creencia de "racionalidad" es la base que obviamente sustenta todo análisis filosófico, científico, metodológico, histórico, etc… así que sostener que la racionalidad es negativa en una exégesis sobre la postmodernidad, solamente nos deja con la contraparte dicotómica, a saber, la irracionalidad… lo que hace de este análisis sumamente peregrino, peligroso y fuera de contexto… si se critica la racionalidad, entonces se debe explicar primero cómo es que la irracionalidad puede sustituir la racionalidad. El autor redunda en este aspecto especialmente en un punto de interés, afirmando que la "verdad surge de la negación", lo que es malentender la más elemental falsación, cuando toda falsación implica inherentemente como mínimo dos partes, un componente que niega y otro que afirma, así que no hay forma de construir cuerpos conceptuales apoyándose únicamente en negaciones no si no se recurre a su vez a la afirmación… la negación usada por si sola no revela "universales" a partir de conjuntos vacíos.

Otra parte importante en este artículo es la crítica a la categorización como si esta fuera negativa, y más aún pudiésemos erradicarla… Obviamente usar lenguaje es categorizar, toda la comunicación por más "primitiva" que esta sea implica categorizar, a lo cual la ciencia y la tecnología no se salvan, comunicar como mínimo requiere de símbolos, y cada símbolo implica un concepto cerrado o cuando mínimo parcialmente cerrado, así que categorizar, sea en forma de dicotomías, conjunto de discretas, o de un continuum dentro de una categoría, es no solamente necesario, sino completamente natural.... negar esto es caer en una falacia conceptual bastante obvia.

Lo que está en crisis en todo caso son las interpretaciones dogmáticas en donde se empieza el razonamiento haciendo una "tabula rasa" de un fenómeno complejo como si hacer esto fuera la "gran solución parsimoniosa", que por ser "parsimoniosa", tiene por fuerza mayor que ser "verdadera"… La verdad es que escribir a partir de dos o tres dogmas de fe sin sustentarlos primero como si constituyesen e una suerte de "lapis philosophorum" que permitiera traducir todo "imput" en un razonamiento "limpio", "real" y hasta necesario, es caer una peligrosa reducción al absurdo.

atte
Carlos van Enschot

La palabra clave

(El País, Madrid, 8 de junio 2008)
Me pasé los últimos dos o tres meses leyendo páginas sobre el Mayo del 68 en París. En mayo de 2008, nada menos que 40 años después, era un tema cantado. El presidente Sarkozy, durante su campaña electoral, había criticado con singular y hasta sorprendente pasión el espíritu del 68 francés. Y las reflexiones diversas fueron a veces interesantes, originales, aun cuando no terminaron de convencerme. Entre otros motivos, porque estuve en París, en el corazón del barrio de Montparnasse, durante todo ese mes de mayo; porque vi a Daniel Cohn-Bendit encaramado en los hombros de mármol de la estatua de Augusto Comte, dirigiéndose desde esa altura a sus amigos, frente a la puerta principal de la Sorbona, y asistí en persona, bajo los frescos simbolistas de Pubis de Chavannes, a la defensa dialéctica de un Jean-Paul Sartre que daba la impresión de estar acorralado por la artillería verbal de sus jóvenes interlocutores.

Los textos de estos días, en general, me parecieron aproximados, siempre aproximados, pero algo desubicados. Ahora no pretendo enfocar el tema de Mayo del 68 en su conjunto: me siento más inclinado a escribir una novela que un ensayo sobre el asunto, salvo que mi novela sería necesariamente ensayística, y mi ensayo tendría una inevitable corriente narrativa. Pero voy a contar una anécdota preliminar y que puede ayudar a que nos situemos en el tiempo y en el espacio.


Yo venía del Congreso Cultural de La Habana, el de enero de ese año, y había pasado dos o tres días de fines de febrero en Praga, en los comienzos mismos de aquello que poco después sería conocido como la Primavera de Praga, primavera política, se entiende, uno de los primeros deshielos ideológicos de Europa del Este. Siempre sentí después que aquellos aires, que en Cuba habían llevado a un brusco retroceso, que en Praga provocaban un despertar prematuro y fallido, soplaban también, con fuerza extraordinaria, en el París de la ribera izquierda del Sena. Pues bien, me encontraba una tarde de fines de abril en La Coupole, en las mesas que dan al bulevar de Montparnasse, en compañía de Carlos Fuentes y de una amiga chilena. El tiempo se presentaba espléndido, con todos los sonidos y los perfumes de la tradición poética simbolista. Y nosotros hablábamos con vivacidad, con euforia, creo que con optimismo, de los sucesos recientes: de Praga y Dubcek, de las discusiones de Cuba, de un Chile agitado y en vísperas de cambio, de escritores como Octavio Paz, Julio Cortázar o un joven checo que se llamaba Milan Kundera. En la mesa de al lado había un hombre grueso, de pelo entrecano, de cara grisácea, de vestimenta oscura, que tomaba apuntes en una hoja de bloc, parapetado detrás de un verdadero muro de libros ypapeles, y que de repente levantaba la vista y nos miraba de reojo. ¿Quiénes son ustedes?, preguntó de repente el hombre de aspecto gris. Nos presentamos y nuestro vecino, entonces, dijo que él era Lucien Goldman, el crítico, profesor, ensayista. Había estado hacía muy poco en México y allá había escuchado hablar mucho de Carlos Fuentes. Después había viajado a California y había conversado largamente con su amigo el filósofo Herbert Marcuse. El filósofo describía un movimiento estudiantil que tenía sus orígenes en la Universidad de Berkeley, que ya había llegado a Italia y Alemania y que muy pronto se manifestaría en París. La palabra clave de este movimiento, explicó Lucien Goldman, autor de un texto célebre de sociología de la novela, surgió en Roma y es la palabra contestazione. En medio de las disertaciones profesorales, típicas de los viejos recintos académicos, los alumnos se ponían de pie y pedían explicaciones. Ya no estaban dispuestos a aceptar los argumentos de autoridad: ¿por qué sostiene usted tal cosa o tal otra, por qué nos trata de imponer sus dogmas sin la menor forma de crítica? Era una revolución de nuevo cuño, diferente de las revoluciones y contrarrevoluciones en boga, que cruzaba y atacaba en una línea transversal los esquemas de bloques de la Guerra Fría. Tenía aspectos seudoanarquistas, pero también tenía el mérito de atacar por su base el orden establecido de Occidente y a la vez, sin la menor concesión, el de las burocracias estalinistas. En lugar de cambiar el mundo, proponía cambiar la vida, y por eso Jean-Arthur Rimbaud, junto a un Che Guevara recién muerto en la selva de Bolivia, serían figuras emblemáticas en todos los desfiles de los sesentayocheros (soixantehuitards).


Goldman nos invitó a comer a su casa y siguió desarrollando lleno de furia pedagógica sus teorías, relacionadas más bien con la estructura de la obra literaria, y las de su amigo Marcuse, que anunciaban una revolución mundial diferente.


A los tres o cuatro días, el vagón del metro en el que viajaba a casa de unos amigos se detuvo en la estación de Saint-Michel y entraron algunos muchachos que lloraban y a la vez se reían a carcajadas. Junto con ellos entró una nubecilla que picaba en los ojos y que tenía un olor característico: era el gas lacrimógeno que anunciaba que el movimiento descrito por Marcuse desde California ya había llegado a los bulevares del Barrio Latino. Al día siguiente me acerqué al sector de La Coupole y me tocó asistir a un espectáculo extraordinario. Masas de jóvenes estudiantes habían ocupado la calle y saltaban, cantaban, gritaban con los puños en alto, observados con atención por algunos personajes marginales. Entre ellos, el inevitable Lucien Goldman, con sus mechones entrecanos, conmovido porque los anuncios suyos y de su amigo Herbert Marcuse se confirmaban en las realidades callejeras. Mientras él miraba con fruición, un gimnasta de mediana edad, de camiseta a rayas horizontales y de largos mostachos, hacía flexiones y levantaba pesas, imperturbable, directamente salido de una pintura del Aduanero Rousseau. Porque la rebelión estudiantil tenía más de algo que ver con la vanguardia estética y con el surrealismo de los primeros tiempos. Y a medida que mayo avanzaba, me tocaba asistir a escenas tragicómicas que nunca he olvidado. Me acuerdo, por ejemplo, de una vieja vendedora de periódicos instalada en una esquina. Al comienzo protestaba, furiosa, porque le habían llegado algunas pedradas y algunos chorros de agua a su quiosco. Después ya no tenía ni quiosco y estaba obligada a vender sus diarios y sus revistas en el suelo. Al final no tenía nada que vender, pero seguía en la misma esquina, dedicada a contemplar los sucesos, de brazos en jarra, mientras cadenas de jóvenes sacaban los adoquines y los transportaban hasta los techos de los edificios. Pronto, anunciaban, debajo de los adoquines, empezaría a verse la playa. Después de mayo, el movimiento se descompuso en diferentes formas. El impulso original, espontáneo, de permanente invención, desapareció, y no podía ser de otra manera. Uno regresaba a París y se encontraba con los veteranos y hasta con los inválidos del 68, dedicados, por ejemplo, a atender algún pequeño restaurante vegetariano o alguna librería alternativa. De todos modos, pienso que algo quedó en alguna parte. La contestazione, la palabra clave según el profesor Goldman, de alguna manera, con la lentitud propia de los verdaderos procesos históricos, se impuso.


Cuando me tocó ver en la televisión, alrededor de 20 años más tarde, las imágenes de los jóvenes que saltaban encima del muro de Berlín y lo derribaban, tuve la vaga impresión de que Mayo del 68, el llamado espíritu de mayo, había vuelto. Son los brotes libertarios cíclicos, que siempre vienen de muy atrás, que en un primer momento suelen parecer inútiles, pero que son tan necesarios como el oxígeno que respiramos.

(Publicado en El País)

Nadie le va a pedir permiso, señor candidato

El FMLN instaló mesas de trabajo para generar insumos para la elaboración de su programa de gobierno. Mauricio Funes recibió la semana pasada las recomendaciones de una llamada “mesa de comunicaciones y libertad de expresión.” Si un partido decide encargar al sector más ideologizado, resentido y parcializado entre los comunicadores sociales del país el diseño de sus “políticas públicas” a implementar en el terreno de la comunicación, no puede esperar resultados muy racionales. en el Mauricio Funes prometió que “esto no cae en un saco roto, esto será retomado en la elaboración de nuestra plataforma programática”. Si las recomendaciones de este documento se convierten en política pública, nos esperan tiempos difíciles a los periodistas y los medios: Múltiples intentos de intervención a la labor mediática, desde el Estado y desde el partido y las bases organizadas – “observatorios de medios, por parte de la ciudadanía organizada...”

Pero tomando en cuenta a quienes el FMLN encargó estas recomendaciones, todo esto no extraña. Lo que sí extraña es la actitud del candidato frente a estas recomendaciones. Que los activistas de los medios “alternativos” y “comunitarios” sueñan con un Estado que, como el venezolano, les dé decretos y dólares para sacarlos de su insignificancia, es una cosa. Nadie los toma en cuenta. Pero que un aspirante a la presidencia exprese intenciones de intervenir contra los medios independientes, es otra cosa. Ya no es pura retórica, es un programa de gobierno.

Mauricio Funes dijo, al recibir en la UES los resultados de la “consulta ciudadana” sobre “política pública de comunicación”:

“No podemos tolerar la impunidad de algunos medios de comunicación en El Salvador que se olvidan de su responsabilidad social, que publican cualquier cosa, dicen cualquier cosa frente a los acontecimientos de la vida nacional, frente a los personajes que tenemos alguna dimensión pública, con el único propósito de descalificarlos, de desacreditarlos.”
“No voy a permitir, ni el FMLN, que el director propietario de un medio de comunicación, que ha escrito por años con impunidad, le falte el respeto a una fuerza política que tiene la segunda bancada más numerosa del país.”

De esto exactamente se trata la libertad de expresión: Un periodista, un medio, pueden publicar “cualquier cosa” --a menos que el contenido viole una ley--, y el Estado, el gobierno, el presidente de la República lo tienen que aguantar. Es más, el Estado, el gobierno y el presidente están obligados a defender este derecho.

Lo anterior es válido incluso --yo diría sobre todo-- si esta “cualquier cosa” es escrita “con el único propósito de descalificar, de desacreditar” a un partido o a un gobierno. ¿No es esa la prueba de la libertad de expresión y de la independencia de la prensa?

Ojo, no digo que no hay que criticar esta tendencia de muchos medios de desacreditar, descalificar, tergiversar. Yo he escrito docenas de columnas criticando los medios por malas prácticas, incluyendo a los medios donde publico. Pero Funes ya no es periodista. Como candidato, puede y debe seguir criticando, pero tiene que medir sus palabras. Criticar es una cosa. Negarles a los medios el derecho a publicar libremente es otra cosa. Y anunciar medidas de intervención estatal contra los medios es aun más grave.

¿Que significa que un candidato a la presidencia diga “No podemos tolerar la impunidad de algunos medios...”, o cuando diga: “No voy a permitir que el director propietario de un medio, que ha escrito por años con impunidad, le falte el respeto” a un partido?

Impunidad significa la comisión de delitos sin ser debidamente sancionado. Funes está convencido que algunos medios están impunemente cometiendo delitos. Si un ciudadano común --o incluso un periodista-- dice “ya no voy a tolerar tal y tal cosa” o “no voy a permitir tal otra cosa”, uno puede entenderlo como manera de criticar algo. No es amenaza, porque como ciudadano y periodista no disponemos de poder coercitivo. Pero en la boca de alguien que pretende ser presidente, estas expresiones son amenazas. Significan que va emprender medidas legales contra los medios que según el cometen delitos impunemente. ¿Cuáles? ¿Con que tipo de legislación?

Y cuando el candidato dice a los periodistas “Me van a tener que tratar de presidente”, ¿qué quiere decir? Un mal pensado lo puede entender como amenaza. Cuidado con las palabras. Cuando uno es candidato a la presidencia, algunas palabras pesan más que en la boca de cualquier ciudadano. Se entienden ya en el contexto del poder que el candidato quiere ejercer. “Tratar de presidente” - ¿que quiere decir? ¿Que le tenemos que decir ‘señor presidente’? Con gusto. ¿O quiere el candidato, con esta frase, decir que quiere redefinir la forma en qué hay que tratar al presidente? ¿Qué hay preguntas y criticas que no se podrá hacer? Que hay actitudes frente al presidente que le podrán acarrear sanciones a un medio?

Pues, le tengo malas noticias al candidato: Mejor se acostumbre a la idea que va a tener que tolerar que los medios y los periodistas le critiquen, incluso en caso que se convierta en presidente, incluso con falta de respeto y con intenciones de desacreditarlo. Lo va a tener que tolerar, a menos que quiere tomar medidas anticonstitucionales.

Y a lo que “permitir” se refiere --ya que dice “no voy a permitir que falten el respeto...”-- también le tengo que decepcionar: Nadie le va pedir permiso. Lo permite la Constitución.

(Publicado en El Diario de Hoy, 10 de junio 2008)

Columna transversal: Algunas preguntas a los candidatos sobre su política exterior

Muy poco hemos preguntado a los dos candidatos sobre la política exterior que proponen poner en marcha a partir del 2009. Es obvio que las elecciones presidenciales no se van a definir en este campo, pero necesitamos abrir un debate sobre las relaciones internacionales de El Salvador.

1. ¿Qué pasará con la presencia militar salvadoreña en Irak? ¿Hasta qué fecha usted la mantendrá? ¿Cómo piensa negocia con EE.UU. la retirada o la permanencia de nuestras tropas?
2. ¿Cuál será la futura política salvadoreña frente a Taiwán y la República Popular de China? ¿Mantener relaciones diplomáticas con Taiwán y desarrollar convenios comerciales con China continental – o ruptura con Taiwán, en base de qué acuerdos con China continental?
3. ¿Cuándo, bajo qué condiciones y con qué objetivos se abrirán relaciones diplomáticas con Cuba?
4. ¿Cómo proteger de manera efectiva los intereses de los migrantes salvadoreños en EE.UU.? ¿Cómo lograr convenios para la concesión de visas laborales y el incremento de becas universitarias en EE.UU.?
5. Bajo su mandato, ¿El Salvador ampliaría los mecanismos bilaterales y multilaterales con EE.UU. en materia de cooperación militar, seguridad regional, combate el terrorismo, política contra el narcotráfico, etc.?
6. ¿Cuál debería ser la posición salvadoreña en el debate sobre un Consejo Suramericano de Defensa propuesto por Brasil y sobre la creación de una fuerza militar regional latinoamericana propuesta por Venezuela?
7. ¿El Salvador debería unirse a la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y a iniciativas como Petrocaribe?
8. ¿Apoyaría una iniciativa de reintegrar Cuba a la OEA?
9. ¿Qué piensa de la idea de formar una OEA sin Estados Unidos y Canadá?
10. ¿Debe la OEA pronunciarse en favor o en contra de estatutos de autonomía en países miembros, por ejemplo en Bolivia?
11. Bajo su gobierno, ¿qué iniciativas propondría o apoyaría El Salvador para fomentar la paz en Colombia?
12. ¿Cómo piensa avanzar en las negociaciones con la Unión Europea sobre libre comercio, visas laborales, perspectiva de asociación, cooperación con la integración centroamericana?
13. ¿Cuáles serán sus pasos concretos, en los próximos 5 años, en la integración de Centroamérica?
14. Como presidente, ¿cómo reaccionará en casos como el reciente de la cumbre del SICA de Managua, donde el país anfitrión y países invitados desde fuera de la región cambian el carácter de la cumbre y de la declaración final? ¿Usted firmaría una declaración como la de Managua?
15. Si Usted como presidente salvadoreño participa en una cumbre (OEA, iberoamericana, AL-Europa, etc.), ¿qué rol tomaría ante enfrentamientos como el de Hugo Chávez con los españoles, o como los que se dieron entre Correas y Uribe?
16. Si en una cumbre un presidente da declaraciones como la reciente de Evo Morales ante la ONU que hay que "erradicar el capitalismo" y sustituirlo “por un socialismo comunitario", si se quiere salvar al planeta de peligros como el cambio climático (El País, 22 de abril 2008), ¿cómo reaccionaría Usted como presidente salvadoreño?

DOS DÉCADAS DE NACIONALISMO

Este primero de Junio se cumplió el cuarto aniversario de Elías Antonio Saca como Presidente de la República de El Salvador y como tal, ofreció su ultimo informe a la nación.


Los salvadoreños durante dos décadas de gobiernos nacionalistas, hemos esperado pacientemente por el cumplimiento de las promesas fundamentales que con convicción fueron realizadas por cuatro presidentes de la república en diecinueve años. Promesas de trabajo digno, seguridad ciudadana, bienestar común, que aun no han sido cumplidas.


Su informe fue egocentrista, lustrado en buenas noticias, formidable de retos, infinito en esperanza, loable en compromisos, pero realizado por un estadista que no puede ver mas allá de su propia nariz, quien ignoró el esfuerzo que ha realizado el pueblo salvadoreño en dos décadas. Con este hecho que demuestra que no le importa el alcance de sus actos, el presidente Saca, desvirtuó además totalmente la contribución de los salvadoreños al progreso de la patria, al omitir en su discurso el impacto que el trabajo de la diáspora y los hermanos en las fronteras patrias, ha tenido durante dos décadas para respaldar los resultados positivos en la economía, la sociedad y el desarrollo del país del que hace alarde el partido ARENA.


El Presidente Saca no reconoce que durante este tiempo, la Diáspora ha colaborado para el progreso de la patria, a través de un compromiso patriótico con nuestro país y nuestras familias, en el que asumimos responsabilidades ciudadanas con la visión y propósito de aunar esfuerzos que faculten a nuestro país del financiamiento necesario por medio de las remesas para poder reducir la pobreza extrema, mejorar el nivel educativo, extender el sistema de salud, reconstruir la infraestructura nacional debido a la guerra o desastres naturales y procurar el bienestar común en nuestros lugares de origen.


Al cumplirse su cuarto aniversario como mandatario de la República, también se cumple el decimonoveno aniversario de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) administrando el poder ejecutivo y legislativo del país, por lo que hace este discurso a la nación extraordinariamente relevante debido a la dirección que la ciudadanía debe seguir en preparación para las próximas elecciones generales en Marzo de 2009.


Su discurso detalla avances concretos en determinadas áreas, promesas importantes cumplidas e ingeniosas iniciativas creadas para financiar objetivos importantes de su plan de gobierno, lo cual es coherente a la continuidad del plan integral que la plataforma política y socio-económica de ARENA ha ejecutado por dos décadas y que continúa encaminada hacia los fines que determinaron la fundación del partido político: Proteger los intereses de los que tienen más.


La interpretación realista de este informe es que, aún mientras los avances del país han sido positivos, las políticas publicas adoptadas no han permitido satisfacer la demanda mínima de empleo formal, la seguridad ciudadana y la repartición ecuánime de la riqueza. Es muy difícil aceptar que en dos décadas de gobierno de ARENA, el bienestar de la mayoría del pueblo ha sido la motivación de su servicio publico como institución política.


Mañana una cantidad importante de ciudadanos continuará emigrando mientras los que no puedan hacerlo continuarán subsistiendo las durezas que el actual esquema económico implementado por ARENA ofrece al pueblo salvadoreño; a ello se sumarán las consecuencias del incremento en los combustibles y la actual crisis alimenticia mundial, lo que se traduce a menor poder adquisitivo y mayor necesidad de empleo para mantener sus condiciones de vida.


El fortalecimiento de los cuerpos de seguridad en dos décadas, no fue el apropiado y suficiente para que se liberaran de delincuentes los centros comerciales, las calles de los mercados, los pasajes de las colonias, pueblos y cantones del país, de manera que, las familias pudieran ser libres de discernir en actividades sanas con sus vecinos; además, tampoco fue una prioridad el invertir en la apertura de programas vocacionales que instruyeran a los jóvenes que purgaron condenas en las cárceles para preparar su reinserción a la vida productiva de la nación al ser liberados.


Las cifras positivas del incremento a la industria del turismo que Saca atribuye a la labor de su gobierno, se deben al incremento de las visitas de los salvadoreños en el exterior que han sido beneficiados por diferentes leyes migratorias en sus países de residencia, las cuales les han permitido regresar a la patria para consumir los productos y servicios que esa industria ofrece.


El Salvador es aún un país con problemas profundos, a través de los años, ARENA no cambió la burocracia corruptible heredada, sino que la puso al servicio de los círculos de poder histórico y casi monopólicos que controlan el comercio, la industria y vendieron la banca, acaparando fuentes de riqueza que detienen la distribución ecuánime de las oportunidades de bienestar económico hacia la mayoría de ciudadanos.


Este es el legado que obtenemos, debido a que una mayoría de la población destinó democráticamente nuestro futuro a ARENA por dos décadas.


A través de la historia, el pueblo cuscatleco ha sido sometido a la muerte por masacres desde el conquistador Pedro de Alvarado, el directorio cívico del General. Maximiliano Hernández Martínez y los subsecuentes dictadores militares del PCN, y finalmente la guerra civil; ahora el pueblo es masacrado, extorsionado y oprimido por la delincuencia común, el crimen organizado y políticos traidores e inmorales.


Las dificultades económicas de muchos ciudadanos se mantienen y para otros se han agudizado. Diecinueve años de políticas publicas de ARENA son responsables por estas condiciones. El legado histórico de ARENA hasta este momento se traduce a muertes y hambre generada por victimas de la violencia, delincuencia, miseria, corrupción, trafico de drogas, educación mediocre y exilio, lo que opaca considerablemente logros como el fin de la guerra y la implementación de la apertura democrática bajo un sistema de libre mercado.


Las encuestas públicas demuestran que el gobierno del Presidente Saca no ha sido eficiente y que el candidato presidencial de su partido no cuenta con el apoyo de la mayoría de quienes le otorgaron el privilegio de servirles y le emplearon para dirigirles.


El Salvador necesita cambio en su dirección política, sin embargo, un cambio positivo para el país no esta a la vista, el partido opositor controlado por comunistas que idolatran a regímenes dictatoriales como el venezolano y fomentan el terrorismo internacional de las FARC, no ofrece garantías creíbles de democracia y eso no augura nada bueno para los ciudadanos en las fronteras patrias. ¿Es esta una razón suficientemente valedera para permitir que ARENA gobierne cinco años mas? Las encuestas a diez meses de las elecciones demuestran que no y la responsabilidad histórica es exclusiva de Elías Antonio Saca.

The Rise of the Rest

(NEWSWEEK, May 3, 2008)
Americans are glum at the moment. No, I mean really glum. In April, a new poll revealed that 81 percent of the American people believe that the country is on the "wrong track." In the 25 years that pollsters have asked this question, last month's response was by far the most negative. Other polls, asking similar questions, found levels of gloom that were even more alarming, often at 30- and 40-year highs. There are reasons to be pessimistic—a financial panic and looming recession, a seemingly endless war in Iraq, and the ongoing threat of terrorism. But the facts on the ground—unemployment numbers, foreclosure rates, deaths from terror attacks—are simply not dire enough to explain the present atmosphere of malaise.

American anxiety springs from something much deeper, a sense that large and disruptive forces are coursing through the world. In almost every industry, in every aspect of life, it feels like the patterns of the past are being scrambled. "Whirl is king, having driven out Zeus," wrote Aristophanes 2,400 years ago. And—for the first time in living memory—the United States does not seem to be leading the charge. Americans see that a new world is coming into being, but fear it is one being shaped in distant lands and by foreign people.

Look around. The world's tallest building is in Taipei, and will soon be in Dubai. Its largest publicly traded company is in Beijing. Its biggest refinery is being constructed in India. Its largest passenger airplane is built in Europe. The largest investment fund on the planet is in Abu Dhabi; the biggest movie industry is Bollywood, not Hollywood. Once quintessentially American icons have been usurped by the natives. The largest Ferris wheel is in Singapore. The largest casino is in Macao, which overtook Las Vegas in gambling revenues last year. America no longer dominates even its favorite sport, shopping. The Mall of America in Minnesota once boasted that it was the largest shopping mall in the world. Today it wouldn't make the top ten. In the most recent rankings, only two of the world's ten richest people are American. These lists are arbitrary and a bit silly, but consider that only ten years ago, the United States would have serenely topped almost every one of these categories.

These factoids reflect a seismic shift in power and attitudes. It is one that I sense when I travel around the world. In America, we are still debating the nature and extent of anti-Americanism. One side says that the problem is real and worrying and that we must woo the world back. The other says this is the inevitable price of power and that many of these countries are envious—and vaguely French—so we can safely ignore their griping. But while we argue over why they hate us, "they" have moved on, and are now far more interested in other, more dynamic parts of the globe. The world has shifted from anti-Americanism to post-Americanism.

I. The End of Pax Americana
During the 1980s, when I would visit India—where I grew up—most Indians were fascinated by the United States. Their interest, I have to confess, was not in the important power players in Washington or the great intellectuals in Cambridge.

People would often ask me about … Donald Trump. He was the very symbol of the United States—brassy, rich, and modern. He symbolized the feeling that if you wanted to find the biggest and largest anything, you had to look to America. Today, outside of entertainment figures, there is no comparable interest in American personalities. If you wonder why, read India's newspapers or watch its television. There are dozens of Indian businessmen who are now wealthier than the Donald. Indians are obsessed by their own vulgar real estate billionaires. And that newfound interest in their own story is being replicated across much of the world.

How much? Well, consider this fact. In 2006 and 2007, 124 countries grew their economies at over 4 percent a year. That includes more than 30 countries in Africa. Over the last two decades, lands outside the industrialized West have been growing at rates that were once unthinkable. While there have been booms and busts, the overall trend has been unambiguously upward. Antoine van Agtmael, the fund manager who coined the term "emerging markets," has identified the 25 companies most likely to be the world's next great multinationals. His list includes four companies each from Brazil, Mexico, South Korea, and Taiwan; three from India, two from China, and one each from Argentina, Chile, Malaysia, and South Africa. This is something much broader than the much-ballyhooed rise of China or even Asia. It is the rise of the rest—the rest of the world.

We are living through the third great power shift in modern history. The first was the rise of the Western world, around the 15th century. It produced the world as we know it now—science and technology, commerce and capitalism, the industrial and agricultural revolutions. It also led to the prolonged political dominance of the nations of the Western world. The second shift, which took place in the closing years of the 19th century, was the rise of the United States. Once it industrialized, it soon became the most powerful nation in the world, stronger than any likely combination of other nations. For the last 20 years, America's superpower status in every realm has been largely unchallenged—something that's never happened before in history, at least since the Roman Empire dominated the known world 2,000 years ago. During this Pax Americana, the global economy has accelerated dramatically. And that expansion is the driver behind the third great power shift of the modern age—the rise of the rest.

At the military and political level, we still live in a unipolar world. But along every other dimension—industrial, financial, social, cultural—the distribution of power is shifting, moving away from American dominance. In terms of war and peace, economics and business, ideas and art, this will produce a landscape that is quite different from the one we have lived in until now—one defined and directed from many places and by many peoples.

The post-American world is naturally an unsettling prospect for Americans, but it should not be. This will not be a world defined by the decline of America but rather the rise of everyone else. It is the result of a series of positive trends that have been progressing over the last 20 years, trends that have created an international climate of unprecedented peace and prosperity.

I know. That's not the world that people perceive. We are told that we live in dark, dangerous times. Terrorism, rogue states, nuclear proliferation, financial panics, recession, outsourcing, and illegal immigrants all loom large in the national discourse. Al Qaeda, Iran, North Korea, China, Russia are all threats in some way or another. But just how violent is today's world, really?

A team of scholars at the University of Maryland has been tracking deaths caused by organized violence. Their data show that wars of all kinds have been declining since the mid-1980s and that we are now at the lowest levels of global violence since the 1950s. Deaths from terrorism are reported to have risen in recent years. But on closer examination, 80 percent of those casualties come from Afghanistan and Iraq, which are really war zones with ongoing insurgencies—and the overall numbers remain small. Looking at the evidence, Harvard's polymath professor Steven Pinker has ventured to speculate that we are probably living "in the most peaceful time of our species' existence."

Why does it not feel that way? Why do we think we live in scary times? Part of the problem is that as violence has been ebbing, information has been exploding. The last 20 years have produced an information revolution that brings us news and, most crucially, images from around the world all the time. The immediacy of the images and the intensity of the 24-hour news cycle combine to produce constant hype. Every weather disturbance is the "storm of the decade." Every bomb that explodes is BREAKING NEWS. Because the information revolution is so new, we—reporters, writers, readers, viewers—are all just now figuring out how to put everything in context.

We didn't watch daily footage of the two million people who died in Indochina in the 1970s, or the million who perished in the sands of the Iran-Iraq war ten years later. We saw little of the civil war in the Congo in the 1990s, where millions died. But today any bomb that goes off, any rocket that is fired, any death that results, is documented by someone, somewhere and ricochets instantly across the world. Add to this terrorist attacks, which are random and brutal. "That could have been me," you think. Actually, your chances of being killed in a terrorist attack are tiny—for an American, smaller than drowning in your bathtub. But it doesn't feel like that.

The threats we face are real. Islamic jihadists are a nasty bunch—they do want to attack civilians everywhere. But it is increasingly clear that militants and suicide bombers make up a tiny portion of the world's 1.3 billion Muslims. They can do real damage, especially if they get their hands on nuclear weapons. But the combined efforts of the world's governments have effectively put them on the run and continue to track them and their money. Jihad persists, but the jihadists have had to scatter, work in small local cells, and use simple and undetectable weapons. They have not been able to hit big, symbolic targets, especially ones involving Americans. So they blow up bombs in cafés, marketplaces, and subway stations. The problem is that in doing so, they kill locals and alienate ordinary Muslims. Look at the polls. Support for violence of any kind has dropped dramatically over the last five years in all Muslim countries.

Militant groups have reconstituted in certain areas where they exploit a particular local issue or have support from a local ethnic group or sect, most worryingly in Pakistan and Afghanistan where Islamic radicalism has become associated with Pashtun identity politics. But as a result, these groups are becoming more local and less global. Al Qaeda in Iraq, for example, has turned into a group that is more anti-Shiite than anti-American. The bottom line is this: since 9/11, Al Qaeda Central, the gang run by Osama bin Laden, has not been able to launch a single major terror attack in the West or any Arab country—its original targets. They used to do terrorism, now they make videotapes. Of course one day they will get lucky again, but that they have been stymied for almost seven years points out that in this battle between governments and terror groups, the former need not despair.

Some point to the dangers posed by countries like Iran. These rogue states present real problems, but look at them in context. The American economy is 68 times the size of Iran's. Its military budget is 110 times that of the mullahs. Were Iran to attain a nuclear capacity, it would complicate the geopolitics of the Middle East. But none of the problems we face compare with the dangers posed by a rising Germany in the first half of the 20th century or an expansionist Soviet Union in the second half. Those were great global powers bent on world domination. If this is 1938, as some neoconservatives tell us, then Iran is Romania, not Germany.

Others paint a dark picture of a world in which dictators are on the march. China and Russia and assorted other oil potentates are surging. We must draw the battle lines now, they warn, and engage in a great Manichean struggle that will define the next century. Some of John McCain's rhetoric has suggested that he adheres to this dire, dyspeptic view. But before we all sign on for a new Cold War, let's take a deep breath and gain some perspective. Today's rising great powers are relatively benign by historical measure. In the past, when countries grew rich they've wanted to become great military powers, overturn the existing order, and create their own empires or spheres of influence. But since the rise of Japan and Germany in the 1960s and 1970s, none have done this, choosing instead to get rich within the existing international order. China and India are clearly moving in this direction. Even Russia, the most aggressive and revanchist great power today, has done little that compares with past aggressors. The fact that for the first time in history, the United States can contest Russian influence in Ukraine—a country 4,800 miles away from Washington that Russia has dominated or ruled for 350 years—tells us something about the balance of power between the West and Russia.

Compare Russia and China with where they were 35 years ago. At the time both (particularly Russia) were great power threats, actively conspiring against the United States, arming guerrilla movement across the globe, funding insurgencies and civil wars, blocking every American plan in the United Nations. Now they are more integrated into the global economy and society than at any point in at least 100 years. They occupy an uncomfortable gray zone, neither friends nor foes, cooperating with the United States and the West on some issues, obstructing others. But how large is their potential for trouble? Russia's military spending is $35 billion, or 1/20th of the Pentagon's. China has about 20 nuclear missiles that can reach the United States. We have 830 missiles, most with multiple warheads, that can reach China. Who should be worried about whom? Other rising autocracies like Saudi Arabia and the Gulf states are close U.S. allies that shelter under America's military protection, buy its weapons, invest in its companies, and follow many of its diktats. With Iran's ambitions growing in the region, these countries are likely to become even closer allies, unless America gratuitously alienates them.

II. The Good News
In July 2006, I spoke with a senior member of the Israeli government, a few days after Israel's war with Hezbollah had ended. He was genuinely worried about his country's physical security. Hezbollah's rockets had reached farther into Israel than people had believed possible. The military response had clearly been ineffectual: Hezbollah launched as many rockets on the last day of the war as on the first. Then I asked him about the economy—the area in which he worked. His response was striking. "That's puzzled all of us," he said. "The stock market was higher on the last day of the war than on the first! The same with the shekel." The government was spooked, but the market wasn't.

Or consider the Iraq War, which has produced deep, lasting chaos and dysfunction in that country. Over two million refugees have crowded into neighboring lands. That would seem to be the kind of political crisis guaranteed to spill over. But as I've traveled in the Middle East over the last few years, I've been struck by how little Iraq's troubles have destabilized the region. Everywhere you go, people angrily denounce American foreign policy. But most Middle Eastern countries are booming. Iraq's neighbors—Turkey, Jordan, and Saudi Arabia—are enjoying unprecedented prosperity. The Gulf states are busy modernizing their economies and societies, asking the Louvre, New York University, and Cornell Medical School to set up remote branches in the desert. There's little evidence of chaos, instability, and rampant Islamic fundamentalism.

The underlying reality across the globe is of enormous vitality. For the first time ever, most countries around the world are practicing sensible economics. Consider inflation. Over the past 20 years hyperinflation, a problem that used to bedevil large swaths of the world from Turkey to Brazil to Indonesia, has largely vanished, tamed by successful fiscal and monetary policies. The results are clear and stunning. The share of people living on $1 a day has plummeted from 40 percent in 1981 to 18 percent in 2004 and is estimated to drop to 12 percent by 2015. Poverty is falling in countries that house 80 percent of the world's population. There remains real poverty in the world—most worryingly in 50 basket-case countries that contain 1 billion people—but the overall trend has never been more encouraging. The global economy has more than doubled in size over the last 15 years and is now approaching $54 trillion! Global trade has grown by 133 percent in the same period. The expansion of the global economic pie has been so large, with so many countries participating, that it has become the dominating force of the current era. Wars, terrorism, and civil strife cause disruptions temporarily but eventually they are overwhelmed by the waves of globalization. These circumstances may not last, but it is worth understanding what the world has looked like for the past few decades.

III. A New Nationalism
Of course, global growth is also responsible for some of the biggest problems in the world right now. It has produced tons of money—what businesspeople call liquidity—that moves around the world. The combination of low inflation and lots of cash has meant low interest rates, which in turn have made people act greedily and/or stupidly. So we have witnessed over the last two decades a series of bubbles—in East Asian countries, technology stocks, housing, subprime mortgages, and emerging market equities. Growth also explains one of the signature events of our times—soaring commodity prices. $100 oil is just the tip of the barrel. Almost all commodities are at 200-year highs. Food, only a few decades ago in danger of price collapse, is now in the midst of a scary rise. None of this is due to dramatic fall-offs in supply. It is demand, growing global demand, that is fueling these prices. The effect of more and more people eating, drinking, washing, driving, and consuming will have seismic effects on the global system. These may be high-quality problems, but they are deep problems nonetheless.

The most immediate effect of global growth is the appearance of new economic powerhouses on the scene. It is an accident of history that for the last several centuries, the richest countries in the world have all been very small in terms of population. Denmark has 5.5 million people, the Netherlands has 16.6 million. The United States is the biggest of the bunch and has dominated the advanced industrial world. But the real giants—China, India, Brazil—have been sleeping, unable or unwilling to join the world of functioning economies. Now they are on the move and naturally, given their size, they will have a large footprint on the map of the future. Even if people in these countries remain relatively poor, as nations their total wealth will be massive. Or to put it another way, any number, no matter how small, when multiplied by 2.5 billion becomes a very big number. (2.5 billion is the population of China plus India.)

The rise of China and India is really just the most obvious manifestation of a rising world. In dozens of big countries, one can see the same set of forces at work—a growing economy, a resurgent society, a vibrant culture, and a rising sense of national pride. That pride can morph into something uglier. For me, this was vividly illustrated a few years ago when I was chatting with a young Chinese executive in an Internet café in Shanghai. He wore Western clothes, spoke fluent English, and was immersed in global pop culture. He was a product of globalization and spoke its language of bridge building and cosmopolitan values. At least, he did so until we began talking about Taiwan, Japan, and even the United States. (We did not discuss Tibet, but I'm sure had we done so, I could have added it to this list.) His responses were filled with passion, bellicosity, and intolerance. I felt as if I were in Germany in 1910, speaking to a young German professional, who would have been equally modern and yet also a staunch nationalist.

As economic fortunes rise, so inevitably does nationalism. Imagine that your country has been poor and marginal for centuries. Finally, things turn around and it becomes a symbol of economic progress and success. You would be proud, and anxious that your people win recognition and respect throughout the world.

In many countries such nationalism arises from a pent-up frustration over having to accept an entirely Western, or American, narrative of world history—one in which they are miscast or remain bit players. Russians have long chafed over the manner in which Western countries remember World War II. The American narrative is one in which the United States and Britain heroically defeat the forces of fascism. The Normandy landings are the climactic highpoint of the war—the beginning of the end. The Russians point out, however, that in fact the entire Western front was a sideshow. Three quarters of all German forces were engaged on the Eastern front fighting Russian troops, and Germany suffered 70 percent of its casualties there. The Eastern front involved more land combat than all other theaters of World War II put together.

Such divergent national perspectives always existed. But today, thanks to the information revolution, they are amplified, echoed, and disseminated. Where once there were only the narratives laid out by The New York Times, Time, Newsweek, the BBC, and CNN, there are now dozens of indigenous networks and channels—from Al Jazeera to New Delhi's NDTV to Latin America's Telesur. The result is that the "rest" are now dissecting the assumptions and narratives of the West and providing alternative views. A young Chinese diplomat told me in 2006, "When you tell us that we support a dictatorship in Sudan to have access to its oil, what I want to say is, 'And how is that different from your support of a medieval monarchy in Saudi Arabia?' We see the hypocrisy, we just don't say anything—yet."

The fact that newly rising nations are more strongly asserting their ideas and interests is inevitable in a post-American world. This raises a conundrum—how to get a world of many actors to work together. The traditional mechanisms of international cooperation are fraying. The U.N. Security Council has as its permanent members the victors of a war that ended more than 60 years ago. The G8 does not include China, India or Brazil—the three fastest-growing large economies in the world—and yet claims to represent the movers and shakers of the world economy. By tradition, the IMF is always headed by a European and the World Bank by an American. This "tradition," like the segregated customs of an old country club, might be charming to an insider. But to the majority who live outside the West, it seems bigoted. Our challenge is this: Whether the problem is a trade dispute or a human rights tragedy like Darfur or climate change, the only solutions that will work are those involving many nations. But arriving at solutions when more countries and more non-governmental players are feeling empowered will be harder than ever.

IV. The Next American Century
Many look at the vitality of this emerging world and conclude that the United States has had its day. "Globalization is striking back," Gabor Steingart, an editor at Germany's leading news magazine, Der Spiegel, writes in a best-selling book. As others prosper, he argues, the United States has lost key industries, its people have stopped saving money, and its government has become increasingly indebted to Asian central banks. The current financial crisis has only given greater force to such fears.

But take a step back. Over the last 20 years, globalization has been gaining depth and breadth. America has benefited massively from these trends. It has enjoyed unusually robust growth, low unemployment and inflation, and received hundreds of billions of dollars in investment. These are not signs of economic collapse. Its companies have entered new countries and industries with great success, using global supply chains and technology to stay in the vanguard of efficiency. U.S. exports and manufacturing have actually held their ground and services have boomed.

The United States is currently ranked as the globe's most competitive economy by the World Economic Forum. It remains dominant in many industries of the future like nanotechnology, biotechnology, and dozens of smaller high-tech fields. Its universities are the finest in the world, making up 8 of the top ten and 37 of the top fifty, according to a prominent ranking produced by Shanghai Jiao Tong University. A few years ago the National Science Foundation put out a scary and much-discussed statistic. In 2004, the group said, 950,000 engineers graduated from China and India, while only 70,000 graduated from the United States. But those numbers are wildly off the mark. If you exclude the car mechanics and repairmen—who are all counted as engineers in Chinese and Indian statistics—the numbers look quite different. Per capita, it turns out, the United States trains more engineers than either of the Asian giants.

But America's hidden secret is that most of these engineers are immigrants. Foreign students and immigrants account for almost 50 percent of all science researchers in the country. In 2006 they received 40 percent of all PhDs. By 2010, 75 percent of all science PhDs in this country will be awarded to foreign students. When these graduates settle in the country, they create economic opportunity. Half of all Silicon Valley start-ups have one founder who is an immigrant or first generation American. The potential for a new burst of American productivity depends not on our education system or R&D spending, but on our immigration policies. If these people are allowed and encouraged to stay, then innovation will happen here. If they leave, they'll take it with them.

More broadly, this is America's great—and potentially insurmountable—strength. It remains the most open, flexible society in the world, able to absorb other people, cultures, ideas, goods, and services. The country thrives on the hunger and energy of poor immigrants. Faced with the new technologies of foreign companies, or growing markets overseas, it adapts and adjusts. When you compare this dynamism with the closed and hierarchical nations that were once superpowers, you sense that the United States is different and may not fall into the trap of becoming rich, and fat, and lazy.

American society can adapt to this new world. But can the American government? Washington has gotten used to a world in which all roads led to its doorstep. America has rarely had to worry about benchmarking to the rest of the world—it was always so far ahead. But the natives have gotten good at capitalism and the gap is narrowing. Look at the rise of London. It's now the world's leading financial center—less because of things that the United States did badly than those London did well, like improving regulation and becoming friendlier to foreign capital. Or take the U.S. health care system, which has become a huge liability for American companies. U.S. carmakers now employ more people in Ontario, Canada, than Michigan because in Canada their health care costs are lower. Twenty years ago, the United States had the lowest corporate taxes in the world. Today they are the second-highest. It's not that ours went up. Those of others went down.

American parochialism is particularly evident in foreign policy. Economically, as other countries grow, for the most part the pie expands and everyone wins. But geopolitics is a struggle for influence: as other nations become more active internationally, they will seek greater freedom of action. This necessarily means that America's unimpeded influence will decline. But if the world that's being created has more power centers, nearly all are invested in order, stability and progress. Rather than narrowly obsessing about our own short-term interests and interest groups, our chief priority should be to bring these rising forces into the global system, to integrate them so that they in turn broaden and deepen global economic, political, and cultural ties. If China, India, Russia, Brazil all feel that they have a stake in the existing global order, there will be less danger of war, depression, panics, and breakdowns. There will be lots of problems, crisis, and tensions, but they will occur against a backdrop of systemic stability. This benefits them but also us. It's the ultimate win-win.

To bring others into this world, the United States needs to make its own commitment to the system clear. So far, America has been able to have it both ways. It is the global rule-maker but doesn't always play by the rules. And forget about standards created by others. Only three countries in the world don't use the metric system—Liberia, Myanmar, and the United States. For America to continue to lead the world, we will have to first join it.

Americans—particularly the American government—have not really understood the rise of the rest. This is one of the most thrilling stories in history. Billions of people are escaping from abject poverty. The world will be enriched and ennobled as they become consumers, producers, inventors, thinkers, dreamers, and doers. This is all happening because of American ideas and actions. For 60 years, the United States has pushed countries to open their markets, free up their politics, and embrace trade and technology. American diplomats, businessmen, and intellectuals have urged people in distant lands to be unafraid of change, to join the advanced world, to learn the secrets of our success. Yet just as they are beginning to do so, we are losing faith in such ideas. We have become suspicious of trade, openness, immigration, and investment because now it's not Americans going abroad but foreigners coming to America. Just as the world is opening up, we are closing down.

Generations from now, when historians write about these times, they might note that by the turn of the 21st century, the United States had succeeded in its great, historical mission—globalizing the world. We don't want them to write that along the way, we forgot to globalize ourselves.

Discurso oficial e identidad nacional

Al concluir el cuarto año de gobierno del Presidente Elías Antonio Saca en su mensaje a la nación pronunciado el 1 de junio de 2008, tiene como hilo conductor el trabajo. El trabajo que se ha hecho, el que se está haciendo y el que falta por hacer. El trabajo nos dice es “nuestro gran capital”. El concepto trabajo es remarcado porque según el discurso oficial es una de nuestras características fundamentales como salvadoreños, nada más alejado de la realidad.

Para argumentar su posición cita a un gran pensador (Justo Sierra Méndez “El trabajo es una plegaria que el cielo no desatiende nunca”) y luego dice que esa frase “describe con exactitud la esencia salvadoreña de la entrega decidida a la familia y la absoluta confianza en Dios. Expresa la fe de los salvadoreños en nuestras capacidades”. Me pregunto que significa que un pueblo sea trabajador, será que hay pueblos que no son trabajadores. Creo que es un atributo que se le puede adjudicar a cualquier pueblo.

Generalmente la noción del salvadoreño trabajador es aquel que inicia su día con los primeros rayos del sol y lo acaba cuando este se oculta y justamente pasa esas 12 horas trabajando. La novela, Un día en la vida del escritor nacional Manlio Argueta justamente recrea ese salvadoreño trabajador, la novela inicia con el testimonio de Lupe que dice: “No hay día de dios que no esté de pie a las cinco de la mañana…[para preparar] café y tortilla tostada con sal para el desayuno, [ya que José y] los cipotes andan con los machetes listos para irse a la finca”.

Si damos cuenta esta característica de trabajador más bien es producto de la necesidad de sobrevivir en la pobreza y que es perfectamente extensible a cualquier pueblo subdesarrollado del mundo. Donde la vida es un trabajo continuo de sol a sol. Lupe remata diciendo: “Así es nuestra vida y no conocemos otra. Por eso dicen que somos felices. Yo no sé. En todo caso esa palabra de “feliz” no me cuadra nada. Ni siquiera sé lo que significa verdaderamente. De esta manera parafraseando a Lupe podríamos decir: Por eso dicen que somos trabajadores. Yo no sé. En todo caso esa palabra de “trabajador” no me cuadra nada. Ni siquiera sé lo que significa verdaderamente, lo que sé es que tengo que vivir.

Más adelante en el discurso el señor Presidente nos dice: “hemos construido una base sólida para que el país siga prosperando con la fe y el incansable trabajo de todos”. Me pregunto quién prospera en El Salvador, será como nos cuenta Lupe: “De la finca nos viene el trabajo pero también los malos vientos. Aquí cerca está la finca, menos de media legua, de ella hemos vivido todo la vida, es cierto. También es cierto que esa finca ha progresado gracias a nosotros, la hemos hecho caminar. Antes ni siquiera estaba pavimentada la carretera, era un camino de polvo en verano y de lodazal en invierno, ni siquiera los mulos podían pasar en la época del temporal, allí por septiembre. Quedábamos aislados. Y vamos a ver ahora las fincas, todas las fincas de estos lados están unidas por carreteras pavimentadas. Por ahí pasa bien aventados en sus carros”.

También esa esta identidad salvadoreña oficial se toca el tema de la fe en Dios, pero a qué tipo de Dios se está refiriendo. Al analizar el discurso llegamos a la respuesta, hace alusión a un Dios que se inmiscuye en nuestros asuntos, a un Dios que ejerce su influencia sobre la vida de los hombres, un Dios que ciertamente no mueve los hilos, o sí, pero que coloca los escenarios para que se desarrollen ciertas circunstancias. El señor Presidente nos dice: “colocamos en las manos de Dios nuestro proyecto de servicio a la nación”. Pero qué tiene que ver Dios con nuestras decisiones de nación, y el libre albedrío dónde queda. Agradece “las bendiciones y la guía generosa que hemos recibido del todopoderoso”, más adelante indica que el trabajo “ha sido posible solo con la ayuda del creador”, pareciera que esta rescatando las nociones místicas de Dios, donde éste le habla a los líderes y les dice qué hacer, implícitamente el Presidente se vuelve el vocero de Dios, ¡que no te jode!, o sea que Dios nos guía y también no da libre albedrío, contradicción insuperable.

Es preocupante está noción de Dios y más alarmante es recalcarnos que los salvadoreños tenemos esa noción, y eso ¿qué significa? Que sino la tenemos en qué nos convertimos, dejaremos de ser salvadoreños por eso o en cambio será que la esencia del salvadoreño se encuentra en otras características.

Está noción de Dios es preocupante porque permite justificar nuestros males a la voluntad ininteligible de Dios. Como lo escribe magistralmente Manlio Argueta a través de Lupe: “El que es, es. Cada quién traía su destino… si uno era pobre, pues así es la vida, qué le vamos a hacer, si dios no nos premio con una mejor vida, debíamos darle gracias por tenernos sanos y con lo suficiente para el maíz, la sal y los frijoles”. Así, “uno come cuando hay, para nosotros la pobreza es una bendición”. Qué cosas, ¿verdad?

También nos dice el señor Presidente que “somos desde siempre gente de fe y de optimismo”. Pues como dice Lupe: “no hay que creer ni dejar de creer. Esa es la clave. Ahí está el milagro”. En cuanto al optimismo, es algo que pongo en duda, tal cual lo escribe Manlio en su novela, cuando habla María Romelia: “Así se pone mamá de pesimista”, más adelante dice: “así habla mi mamá, siempre quejándose y con esperanzas, la pobre”. Más bien diría que en lugar de optimista, el salvadoreño es alguien pesimista pero con esperanza, siempre está a la espera de algo diferente. Así al salvadoreño “lo hacen vivir: arroz, a veces, cuando hay. Maíz, para hacer tortillas. Sal para que la comida no quede insípida, y para acompañar la tortilla en las horas de pobreza que no alcanza para el conqué. Y por último la esperanza”.

Pero no vayan a creer que el salvadoreño habla de cosas tristes y de pesimismo. También cuenta cuentos y tiene gracia para cantar, es bromista y no puede estar sin putear a la gente, todos somos en bien o mal sentido, dependiendo de la entonación: hijos de puta, cabrones, culeros, pendejos, repisados. Más bien, son estas características, tanto el lenguaje como el humor o la capacidad de reírse de la vida lo que describe con mayor exactitud la esencia del salvadoreño. Por supuesto, no hay que caer en el error que el tema de la identidad se agota en este par de características, más bien, lo que he intentado es deconstruir la noción oficial de “lo salvadoreño” y comenzar a construir una idea de identidad salvadoreña basado en aspectos que nos son comunes e incluyentes.