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domingo, 12 de junio de 2011

Pedirle silencio a Vargas Llosa

En el primer momento, Vargas Llosa dijo que la disyuntiva planteada en la segunda vuelta en las elecciones de Perú equivalía a elegir por el sida o por el cáncer.

Se refería a que los dos candidatos enfilados a la recta final tenían antecedentes que permitían temer lo peor. Keiko Fujimori había sido funcionaria activa del gobierno de su padre, a quien acompañó como primera dama mientras su propia madre era encarcelada y torturada por denunciar los crímenes de Alberto Fujimori, hoy bajo condena de 25 años de prisión por haber encabezado un régimen de terror en cuyo imperio se registraron matanzas de civiles indefensos, esterilizaciones de mujeres indígenas, coacción y chantaje a empresarios, dirigentes y artistas. En suma, violaciones sistemáticas de la ley y las instituciones (incluido un golpe para disolver el Congreso), que la joven Keiko jamás cuestionó.

El otro mal lo representaba Ollanta Humala, también hijo de alguien... específicamente, del ideólogo radical Isaac Humala, abanderado de una tendencia étnico-nacionalista y de extrema izquierda. Ollanta, por su parte, tenía entre sus antecedentes haber encabezado un golpe de Estado sangriento, populista; además, desde luego, de constituir una franquicia del chavismo por estar rezagado en un izquierdismo estridente, mezclado con catecismo cuartelario y toda esa cursilería del autoritarismo carente de formación intelectual.

Frente a semejante oferta, lo más fácil y cómodo para Vargas Llosa, objeto de todos los honores que el mundo puede dispensar, era quedarse impertérrito en su torre de cristal, adonde llegan con embriagadora frecuencia los cheques por derechos de autor, traducciones y reediciones. Con mucha razón, por cierto, ha podido pensar: ¿Quieren atraso? Bueno, ahí tienen fujimorismo y chavismo para hartarse.

Ya sabemos cuál fue su opción.

La misma de siempre, por lo demás. El compromiso irrestricto con su país y sus convicciones en el que tiene cinco décadas de militancia. En plena conciencia del zarzal donde iba a meterse, comprometió su prestigio y credibilidad, así como el confort de su vida europea, en una operación llena de riesgos, que no le traería sino incordios y calamidades.

Eso tenía que saberlo Vargas Llosa antes de hacer la primera declaración a favor de Humala. Y, sin embargo, se pronunció. Con toda seguridad, las consecuencias estaban calculadas. No sólo fue blanco de insultos proferidos por una canalla convencida de que por arrojar una piedra a un gigante ya se igualan de talla con él; también tuvo que apechar con desfiles de esa misma morralla frente a su casa, amenazas a su hija y un alud de insultos en las redes sociales que no se limitaron a agredir al premio Nobel 2010, sino también a su familia.

Con todo, lo más aberrante ha sido la solicitud, proferida en todos los tonos, desde el grito hasta el susurro, de que se quedara callado. Esa era la corriente que tenía más adeptos, la que le pedía al autor de La ciudad y los perros que viera a su país en una encrucijada de tal dramatismo y escogiera el silencio. O, peor, que se pusiera cínico y dedicara columnas al fútbol (este es el expediente más socorrido de los oportunistas: mirar para otro lado mientras se cometen los crímenes y abusos, y despertar como un resorte cuando suena el pito inaugural de los partidos; entonces se ponen ingeniosos, cáusticos y parlanchines).

Ciertamente, la prudencia es una gran virtud, pero cuando es sinónimo de sensatez y modestia.

No cuando es coartada para poderosos que se reparten los bienes y derechos de los desvalidos.

Drama terrible es cuando una sociedad se divide entre víctimas de atropellos y testigos con mordazas. Quien contempla el sufrimiento de otro sin propender a su alivio o dar voces para que el agravio se detenga es tan culpable como el causante de ese dolor.

En Venezuela vimos 20.000 trabajadores de Petróleos de Venezuela despedidos de su trabajo y despojados de las compensaciones laborales que la Constitución les garantiza. Y cuántos de nosotros empeñamos nuestra palabra en repudiar aquel horror... Vimos a Franklin Brito adelgazando en su camino a la muerte, empujado por Hugo Chávez, Cilia Flores, Juan Carlos Loyo. Dormimos en nuestras casas mientras los policías que trataron de atajarle la mano al homicida de Puente Llaguno viven una larga noche de presidio e injusticia.

Los cobardes y los cómplices son mudos. El maestro Vargas Llosa es académico de la lengua.

Para eso, para empuñarla.

(El Nacional/Venezuela)

domingo, 22 de agosto de 2010

Los muertos de Caracas y la risa del presidente de Telesur



¿De qué habla Briceño León?

El patético ensayo general desplegado por el funcionario Izarra ante las cámaras de CNN para representar el personaje de Chávez ha competido en interés con lo dicho en ese espacio por el sociólogo Roberto Briceño León. La atención prestada a la caracterización del llanero sancochero, expresada en carcajadas de alcaraván y la reiteración de apelativos confianzudos como "compadre" y "hermano", ha superado lo relevante, que son las graves declaraciones del académico.

Anotemos, pues, de qué habla Roberto Briceño León.

El entrevistador recordó que Briceño había escrito en este diario que no tenía dudas de que Caracas es la ciudad más violenta del mundo. Y que la tasa de homicidios de Venezuela, una de las más altas de la región, es de 70 por cada 100.000 habitantes. El ancla de CNN quiso saber de dónde había obtenido Briceño esos datos; y éste explicó que tanto la tasa mencionada como la que recoge que Caracas tiene una tasa de homicidios de 200 por cada 100.000 habitantes, provienen de la Encuesta de Victimización, realizada este año por el Observatorio Venezolano de Violencia, cuyo informe definitivo todavía no ha concluido. "Puede resultar una exageración --admitió-- pero los datos que tiene el Gobierno son todavía peores".

Un cuadro del Cicpc indica que en 1999 hubo en Caracas 1.905 homicidios; y 6.583, en todo el país. Mientras que en 2009, se registraron 2.897 homicidios en la capital; y 16.094 en la totalidad del territorio.

Según esa misma fuente, en 2005, año de notable bonanza económica y reducción de la pobreza en los hogares, debido a los excepcionales recursos provenientes del petróleo, hubo en Caracas 1.975 homicidios, y 11.313 en todo el país.

Y en 2006, 2.301 homicidios en este valle; y, en la suma nacional, 13.382. Queda con esto abatida la tesis del funcionario Izarra, quien, en una pausa de la rochelita, culpó a la pobreza de la violencia.

En febrero de 2010 se divulgó el informe del OVV correspondiente al pasado. Roberto Briceño León dirigió este estudio, que daba cuenta de 16.047 homicidios en Venezuela en 2009. Obsérvese que, efectivamente, es un poquito menor a la del Cicpc. Pero registraba un alza espantosa frente a los 14.589 de 2008. El documento, titulado Una Década de Impunidad en Venezuela (19982009), señalaba la impunidad y la corrupción como principales causas de esta tragedia: entre 1998 y 2009 se perpetraron 123.091 homicidios. Y 91% de esos crímenes no derivó en ninguna detención. "Con Chávez se triplicaron los homicidios", de eso habla Roberto Briceño León.

Que "Caracas es, con creces, la capital más violenta de América Latina", ya lo había establecido el mismo catedrático, como parte del equipo que integra el Laboratorio de Ciencias Sociales (Lacso), autor en conjunto del libro Inseguridad y violencia en Venezuela - Informe 2008 (Editorial Alfa, Caracas, 2009). "Cuando se alcanzan las tasas de homicidios, como las de Venezuela, estamos hablando no de enfermos aislados, sino de una epidemia. Hace unos años, Venezuela no aparecía en los anales de violencia y hoy en día es, junto con El Salvador, uno de los dos países más violentos de América Latina".

"En Venezuela --dice Briceño León-, el período 2007--2008 estuvo marcado por un notable incremento de ingresos petroleros y de homicidios. En este corto tiempo, el país tuvo riqueza y asesinatos como nunca antes. Entre 1998 y 2008 los precios del petróleo se multiplicaron por 12 y el número de homicidios, por 3".

La tasa de homicidios a escala mundial --explica el informe Lacso 2008-- es de 8,8 muertes por cada 100.00 habitantes, muy inferior a los suicidios (14,5). Algunos países duplican la tasa mundial; en este grupo se encuentran Brasil y México (pues Venezuela, que hasta comienzos del nuevo siglo formaba parte de ese grupo, ahora está en el siguiente, el de los que triplican la tasa mundial). En el grupo de los que triplican la tasa de homicidios, además de Venezuela, está Colombia, que tiene una guerra interna; y El Salvador, que la tuvo.

En Venezuela, el homicidio es la primera causa de muerte en jóvenes de entre 15 y 24 años de edad. Y, si bien no hay estadística disponible sobre la condición social de las víctimas de homicidios, los estudios muestran que la mayoría de los muertos los aportan los pobres. De eso habla Briceño León.

(El Nacional/Venezuela)

lunes, 9 de agosto de 2010

Un fascistoide banal

El nuevo libro de Teodoro Petkoff se titula El chavismo como problema. Mañana mismo comienza a circular, con el sello de Libros marcados, la editorial que dirige Fausto Masó. Se trata de un repaso a lo que ha sido el gobierno de Chávez, antes incluso de ganar las elecciones de 1998; puesto que, en su afán por cuestionar la naturaleza izquierdista del régimen y del propio líder, el autor deja dicho desde el principio que, aunque en los años 80 Chávez había tenido esporádicos contactos con "grupúsculos residuales de la izquierda insurreccional de los 60", el foco de sus acciones era "un proyecto militar golpista al cual dotó de una cosmogonía bolivariana".

La pesquisa de las marcas propias de un discurso de izquierda es uno de los leit motiv del libro de Petkoff, quien, como buen conocedor de los resortes de la narrativa, va a esperar hasta el final de su relato para recordarnos que, aunque carente de una teoría y de un proyecto alternativo al petroeconómico, a partir de 2008-2009 comienzan a hacerse notar en la retórica de Chávez "algunos clásicos estereotipos marxistoides, que lo pintan como un converso de reciente data". Y más adelante, establece que el Presidente se proclamó "marxista" el 15 de enero de 2010. Sin embargo, el libro es una demostración de que ni Chávez es marxista ni su "revolución" es tal. Una precisión que interesa especialmente a Petkoff por sus antecedentes, pero, sobre todo, por el rédito internacional que Chávez ha obtenido de la impostación.

El chavismo como problema es, básicamente, un gran reportaje. Es la exposición, documentada y analizada, de hechos recientes que vuelven a contarse y a ponerse en contexto. ¿Es un libro para extranjeros?, cabe preguntarse. Creo que sí: exige inmediata traducción. Pero es, más que nada, un libro para el extranjero en que nos convierte la desmemoria y ese aturdimiento al que nos empuja la vertiginosa sucesión de hechos, a cual más impactante y escandaloso. Teodoro Petkoff se da a la tarea de evocar lo que ha ocurrido desde la irrupción de Chávez en la escena pública. Cada episodio merece una indagación de la categoría que le cuadra, porque las palabras no son intercambiables. El texto está movido por la búsqueda de la verdad en el contexto de la "terrible polarización de la sociedad venezolana", a la que, desde luego, el propio Petkoff no es inmune.

"El afán de precisión", apunta, "no es mero preciosismo intelectual sino muy concreta necesidad política". Los lectores de sus editoriales en Tal Cual saben que hay una línea que enhebra todas sus entregas y es ese tanteo en la quincalla verbal para dar con las frases que mejor describen el devenir venezolano. A veces se decanta por giros coloquiales, otras veces echa mano de su acervo marxista y, en general, de la teoría política; pero siempre trata de llamar las cosas por su nombre para esclarecerlas, aun cuando esto le acarree los ataques de los extremistas que solo aceptan diagnósticos que desahucien al otro. Como sabemos, Petkoff se mantiene en su posición de llamar al régimen de Chávez cuasi dictadura. Su libro establece las diferencias entre ésta y los estados terroristas, torturadores y asesinos selectivos. Pero no por ello es favorecedor el retrato del régimen, en palabras de Petkoff, autoritario, autocrático, no existe separación de poderes, militarista, con vocación totalitaria, burocrático, "el más incompetente de 1900 para acá", incapaz de exhibir obras de infraestructura, un fracaso estrepitoso en vivienda... En suma "aquí no ha habido lo que ha sido denominado `destrucción creadora' sino destrucción por afán simple y llano de destruir, escudándose en la coartada sedicente revolucionaria". En cuanto a Chávez, le atribuye elementos psicopáticos, talante "primitivo, chocarrero y agresivo", personalista con vocación absolutista, "ignorancia oceánica, auspiciar un ambiente de adulación y temor en su entorno, manipulador de la historia, permisivo con la corrupción al tiempo que lleva un récord minucioso de la actuación delictiva de cada uno de sus subalternos... Para resumir: "En su discurso y en su comportamiento hay muchos elementos fascistoides, de derecha [...] ese que hunde sus raíces en la psiquis social".

Una curiosidad: jamás lo alude como Chacumbele ni como Atila. Le atribuye una cierta originalidad y le augura una salida democrática precedida, claro está, por una reducción a la minoría. Con todo, es un libro optimista.

(El Nacional/Venezuela)