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lunes, 15 de junio de 2009

Refundación

La evidencia de que Fukuyama se equivocó al anunciar el fin de la historia no es un punto de partida. Tampoco sirve de mucho recordar que Marx advirtió de que el capitalismo engendraría sus propias crisis. Más útil resulta, por mucho que moleste, una recomendación de Lenin: comprender la realidad es la primera obligación de un revolucionario. No hay mejor opción para la izquierda mientras el auge de la ultraderecha crea un espejismo de déjà vu, asimilando la Europa de 2009 a la de 1930 en unas condiciones radicalmente distintas.

Quien mire a su alrededor e intente comprender la realidad verá, en primer lugar, que el margen para hacer política desde la izquierda es hoy más estrecho que nunca. Factores ni siquiera exclusivamente ideológicos, como la globalización económica, la expansión de las multinacionales y las estrategias de los grupos de comunicación -que han dejado de servir a los intereses de los partidos para poner a los partidos al servicio de sus intereses-, han creado una realidad contra la que se estrellan las viejas recetas. Mientras la socialdemocracia languidece por doquier, parece que a su izquierda no hay futuro, y no se sabe. No se sabrá mientras en la izquierda nadie haga el esfuerzo de comprender lo que está pasando.

Un nuevo partido. No una coalición, ni una plataforma, ni una síntesis imaginativa, sino un partido, una estructura única con un programa concreto, realista, unos pocos puntos muy claros, defensa incondicional de los espacios públicos, universalización de los derechos sociales, integración de los inmigrantes, asunción de los valores republicanos, políticas de igualdad real, laicismo, solidaridad, y la ambición de influir en una realidad donde ni las dictaduras ni el proletariado son lo que parecen. Yo estoy segura de que esta apuesta tiene futuro. Y me cuesta trabajo creer que soy la única.

(El País, Madrid)

lunes, 1 de septiembre de 2008

Pasos

Que conste que ya sé que me van a llamar antigua, ingenua, radical, provinciana, o cosas aún peores. Que conste también que, hace un mes, ignoraba la existencia de Abjazia, de Osetia del Sur y de las reivindicaciones que comparten. Que conste por último que Medvédev me inspira tan poca confianza como Putin, su mentor. Pero hechas todas estas salvedades, quiero manifestar mi estupor por la crisis de Georgia.

En pocas palabras, resulta que los kosovares tienen derecho a no ser serbios porque no se sienten serbios, pero los abjazos y los surosetios, en una situación idéntica, no tienen el mismo derecho frente a Georgia aunque no se sientan georgianos. ¿Por qué? Porque Georgia es un país reconocido por EE UU y por la UE. ¡Ah! ¿Y eso qué tiene que ver con los sentimientos?, me pregunto yo. No, me contestan, pero es que además hay una resolución de la ONU. ¡Ah!, sigo preguntándome, ¿pero es que las resoluciones de la ONU sirven para algo? En ese caso, ¿cómo es posible que Israel lleve décadas pasándoselas por la entrepierna simbólica de los territorios ocupados, y reciba como premio el derecho a participar en Eurovisión y en los torneos deportivos europeos?

La alusión al deporte no es gratuita, porque el Comité Olímpico Internacional es todo un espejo del mundo. ¿Recuerdan la final de baloncesto, a la que el equipo de EE UU acudió sin haber pasado ningún control de dopaje, porque todos los norteamericanos se niegan a someterse a esa humillación? ¿Recuerdan que los árbitros no se atrevieron a pitarles pasos ni una sola vez? Aquel día, los españoles jugamos con otro reglamento. Ahora, después de Irak, los aliados de Bush condenan "el uso excesivo de la fuerza militar" por parte de Rusia, y digo yo... ¿No lo entenderíamos mucho mejor si los árbitros del partido reconocieran que no pitan con uno, sino con dos silbatos diferentes?

(El País)