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miércoles, 9 de diciembre de 2009

2/3 valen un Evo entero

Dos tercios de los escaños al Congreso valen por todo un Evo. El líder indigenista boliviano hizo el domingo mucho más que asegurarse una triunfante reelección presidencial. Con al menos 24 senadores sobre 36 y 84 diputados de 130, es el amo democráticamente elegido del país, que puede reconstituir a su antojo los grandes poderes del Estado: los tribunales Electoral, Constitucional y Supremo, y ni siquiera precisa reformar la Constitución para optar a un tercer mandato, porque en 2015 sólo sería candidato por segunda vez con el presente texto legal, que contempla una reelección. Hoy dice que no piensa en ello, pero habrá tiempo. Lo que interesaría conocer, sin embargo, son los límites de ese Evo total que nos aguarda.

Y la respuesta se encuentra en la naturaleza que adopte el Estado Plurinacional; si esa plurinacionalidad va a ser una extensión de lo preexistente -el abusivo dominio del criollato- para incluir a todo el pueblo, es decir, a la masa indígena; o si los indios, como pueblos originarios, poseen derechos especiales, como apunta la autonomía que se les reconoce, y por ello lo plurinacional, partiendo de esa autoctonía, se limita a incluir a los criollos. La Bolivia que persigue Evo es otra Bolivia, pero no sólo porque el indio pese con su sufragio para jubilar a una gobernación blanca de siglos, sino porque el país es tierra políticamente quemada. Si había sistema de partidos, el líder aimara lo ha dinamitado, dejando en su lugar sólo una formación con hechuras de partido-Estado, el MAS, entre un sarpullido de clubes electorales, sobre todo de los antiguos dueños del país, con escasos votos, fragilísima estructura y ningún programa.

En ese erial es donde el presidente quiere implantar su Bolivia, de la que no es problema menor el establecimiento de una autonomía de las comunidades que no sólo va a solaparse temáticamente con la municipal y provincial, sino que puede ser un galimatías geográfico porque en tres siglos de colonia y dos de independencia el indio quechua y aimara, posincaico y naturalmente pro-Evo, se ha desparramado del altiplano a las tierras bajas para mezclarse con las diferentes etnias guaraníes, que carecen de un pasado imperial que conjurar.

¿Cuál es el instrumento que ha transportado a Morales de un 54%, ya altísimo, en las elecciones de diciembre de 2005 al arrasador 62% de este 6 de diciembre? El factor étnico ha tenido que contar, pero no había servido para ganar elecciones hasta comienzos del siglo XXI; necesitaba que se le adjuntara un designio. Y Evo, respaldado por la novedosa cobertura internacional que le procuraba el viraje radical del chavismo en Venezuela, osó decirle a las comunidades indias que era tiempo de reapropiarse del país, y de recrear una presunta edad de oro precolombina, propósitos en los que, cualesquiera que fuesen sus mejores intenciones, flotaba la amenaza revanchista. Pero igual o más importante ha sido la extensión de subsidios a los más desfavorecidos, de nuevo mayoritariamente indígenas, hasta crear una vasta red de agradecimientos clientelares, de estupendo rendimiento electoral; así es como se ha repartido el bono Juancito Pinto, de 20 euros anuales, a 1.800.000 escolares; Juana Azurduy, de 20 euros cada dos meses, a embarazadas y lactantes; y la renta dignidad, de 20 euros mensuales, a los mayores de 60 años. Eso sólo como muestra asistencial de un Estado que quiere controlar la economía y el desarrollo del país.

Un buen baremo de las intenciones, democráticas o no, de un gobernante suele ser su actitud ante los medios de comunicación. Morales, al igual que Rafael Correa en Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela, tiene a casi toda la prensa fuertemente en contra y no atesora paciencia ni acompañamiento intelectual para crear órganos de información que, cumpliendo con los requisitos propios de una mínima profesionalidad, puedan competir con los medios clásicos, siempre en manos de la tradicional minoría dirigente. Y, a la posible calentura de la victoria, el presidente alentaba el lunes a los periodistas a rebelarse contra propietarios y directores de publicaciones. Bolivia es hoy el gran proyecto revolucionario latinoamericano: en lo legal, con las autonomías indígenas; en lo económico, con la aplicación de un estatismo desarrollista sobre los bienes del subsuelo, que ya ha olvidado el mundo; y en lo histórico, con la, seguramente utópica, reparación del pasado de la que se derive un nuevo país prolongación de lo que era hace cinco siglos; ¿será capaz de hacerlo con libertad de prensa?

(El País, Madrid)

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El golpe gana en Honduras

Aunque Manuel Zelaya vuelva a la presidencia de Honduras un día de éstos, como él pretende, o después de que se elija presidente el 29 de noviembre y con la anuencia del Congreso, como quiere el presidente de facto Roberto Micheletti, la crisis se habrá resuelto con la victoria, quizá a los puntos pero victoria al fin, de la cábala golpista.

El Ejército sacó de la cama a Zelaya el 28 de junio pasaportándole en avión a San José, en lo inmediato porque quería organizar una consulta sobre un futuro referéndum para enmendar la Constitución, que posiblemente no eran, ni una ni otro, constitucionales; pero la razón de fondo era que el presidente estaba llevando el país al chavismo, término que suele pronunciarse como si fuera tan definitivo como tomar los hábitos o un rito iniciático lindante con lo tenebroso. ¿Cómo se gestó ese proceso?

Honduras es el segundo país más subdesarrollado de América, sólo precedido por Haití, y del que dijo el presidente en una ocasión que para poder construir una carretera tenía que pedir un préstamo al Banco Mundial; Zelaya había promovido la adhesión al ALBA -la alternativa bolivariana (chavista) de integración para América Latina-, donde los préstamos son más rápidos y menos onerosos, y a Petrocaribe, que le facilitaba 20.000 barriles diarios de crudo venezolano a precios preferenciales; había elevado el salario mínimo cuando las estadísticas nacionales contabilizan en una población de siete millones un 50% de pobres, de los que una mayoría son indigentes; había pedido perdón por un "programa de limpieza social" perpetrado por el poder en los años ochenta, cuyas víctimas eran mendigos, niños sin techo y vagabundos, entre otros indeseables; y había permitido la venta de la píldora del día después. Con ese abanico de iniciativas se había malquistado con todos los poderes que adornan desde tiempos de la colonia el sistema hondureño.

Pero Zelaya ha tenido que aceptar todo aquello que deja sin efecto su presidencia para poder abandonar la Embajada de Brasil en Tegucigalpa, donde se halla refugiado desde el 21 de septiembre, y ni siquiera así está claro que recupere el cargo. Ha renunciado a seguir promoviendo una revisión constitucional que contemplara la reelección; ha reconocido la validez de las elecciones del 29 de noviembre, que probablemente consagrarán la victoria de su adversario Porfirio (Pepe) Lobo, del Partido Nacional, o, en su defecto, la de su ex vicepresidente Elvin Santos, del Partido Liberal, que tampoco juega a su favor; y el retaco de presidencia que asuma, desprovisto de poder porque tendrá que formar un gobierno de coalición con los dos grandes partidos, se prolongará sólo hasta el 29 de enero, fecha en que deberá dar paso a su sucesor. Y a cambio de ello sólo obtiene una declaración de legitimidad retroactiva de la presidencia a ese 28 de junio en que lo defenestraron, que salva la liturgia democrática y reduce el gobierno de los golpistas a un paréntesis inconstitucional, pero manteniendo todas sus consecuencias. Micheletti habría preferido ahorrarse el regreso incluso pro forma de Zelaya, pero la diplomacia de Barack Obama logró esa victoria menor, que deja, de paso, en el aire la suerte de los que lo derrocaron, si tienen algo o no de que responder ante la justicia.

Y junto a Zelaya el otro gran derrotado es el presidente venezolano, Hugo Chávez. El líder bolivariano sabía de sobra que su compañero de viaje nunca recuperaría la plenitud del poder, pero podía darse por satisfecho con que se pudriera la situación mostrando al mundo la impotencia de Estados Unidos para solucionar el problema, y seguir, así, castigando el mitigado entusiasmo con que la secretaria de Estado Hillary Clinton defendía el restablecimiento de la democracia en Honduras. Pero, sea porque Zelaya ya no aguantaba más asfixiado en la legación o porque Washington, como se dice, tenía medios para presionarle en relación a supuestos quehaceres de su hijo que estudia en Estados Unidos, firmó el acuerdo de Tegucigalpa.

Micheletti, el de la sintaxis desbaratada, capaz de decir blanco y negro en la misma oración, embrollón y maniobrero consumado, sabía que el tiempo y la realidad profunda de cualquier presidencia norteamericana jugaban a su favor. Para Estados Unidos, y no menos para el Brasil del presidente Lula, que quiere tener cerca al chavismo para vigilarlo mejor, aunque no pare de darse ósculos con Chávez, ésta es la mejor solución. Reposición de Zelaya cuando ya no puede hacer daño. Honduras vuelve donde solía.

(El País, Madrid)