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jueves, 30 de diciembre de 2010

La democracia en la pasarela

El socialismo del siglo XXI trae pocas novedades, porque parece más bien un viejo espejo de luna turbia, que repite las imágenes del siglo XIX, que es cuando aparecieron en el escenario latinoamericano los caudillos, derribando a sablazos los telones de la democracia. Y además de un juego de espejos, todo parece una representación teatral donde domina el absurdo que espanta y divierte a la vez, como ocurre en La Cantante Calva de Eugenio Ionesco, o en Dos Viejos Pánicos , de Virgilio Piñera.

Veamos, por ejemplo, las más recientes ocurrencias en Venezuela. La oposición al presidente Chávez gana por más de la mitad de los votos las elecciones para renovar la Asamblea Nacional, pero de antemano existe ya una ley que manda que el que pierde, gana, y así la mayoría de los asientos son adjudicados a los derrotados. Y antes de instalarse la nueva legislatura, con la mayoría convertida en minoría, la Asamblea saliente, que pertenece por unanimidad al presidente Chávez, emite una ley que habilita al Líder Supremo de la Patria a legislar por decreto en todas las materias de su gusto y antojo por espacio de año y medio, con lo que de un plumazo, o mejor, de un zarpazo, se arrebata a la Asamblea, que aún no se ha instalado, todas sus facultades. La cantante calva, se queda sin peluca.

He hablado de un juego de espejos, que copia las imágenes arcaicas del caudillo del siglo XIX paseándose orondo sobre el tablado, sable en mano para desgarrar todos los decorados constitucionales, pero quizás me equivoque. El espejo lo que devuelve son imágenes mejoradas, porque aquellos viejos caudillos no tenían tanta imaginación para pasar las leyes por los filtros y redomas que las vuelven dúctiles y maleables, de modo que pueden asumir cualquier figura que el taumaturgo en el poder quiera darles, y aún deslizarse debajo de los resquicios de las puertas como el Hombre de Goma , el superhéroe de las historietas cómicas de mi niñez, que hacía de su cuerpo lo que mejor le convenía.

El presidente Chávez ha anunciado que ya tiene un buen manojo de decretos listos, que una vez firmados de su puño y letra se convertirán en leyes de la República bolivariana, capaces de afrontar con ellos cualquier clase de emergencia, desde asonadas hasta huracanes. Una voluntad única sobre un conjunto de voluntades concertadas, que es lo que las cámaras legislativas se supone representan, lo cual no es sino una clausura virtual del recinto legislativo, las sillas de los diputados vacías, u ocupadas por sus propios fantasmas.

Volvamos otra vez al teatro del absurdo, e invoquemos Las sillas de Ionesco. En el escenario hay cada vez más sillas, todas vacías, tantas que ya no caben más. Entonces aparece el Gran Orador para decir su discurso, un discurso capaz de redimir a la humanidad entera. Comienza a hablar frente a las sillas vacías, pero de su boca no salen sino estertores y sonidos guturales, porque es sordomudo. ¿Estamos en el siglo XXI ante la democracia de las sillas vacías, o vaciadas, y de los redentores sordomudos?

Redentores sordomudos que firman decretos frente a las sillas vacías, una nueva técnica del golpe de Estado, arte éste que conoce infinitas variantes, tantas como la viciada imaginación del poder absoluto quiera. Ya lo habíamos visto antes, cuando fue electo alcalde de Caracas alguien que al Gran Orador no le gustaba. Lo despojó de sus funciones, también de un plumazo, o de un sablazo, y nombró por encima de él a un funcionario de facto que las asumió todas.

Ahora veamos a la democracia, desvestida y vuelta a vestir de falsos ropajes, recorrer la pasarela que termina frente al estrado del mago. El mago prestidigitador que en lugar de vaciar las sillas transforma a sus ocupantes con actos de ilusionismo, cambiándolos de sustancia. Para presenciar un acto semejante tenemos que cambiar de teatro, y de escenario. Al instalarse la Asamblea Nacional de Nicaragua en enero de 2007, el partido del presidente Daniel Ortega tenía 38 asientos de un total de 90, de acuerdo con los resultados electorales, muy lejos de la mayoría absoluta; hoy, sus artes de prestidigitación han elevado ese número a 52, al menos.

A la luz de los reflectores que lo siguen con su luz blanca, el mago va hasta los curules de la oposición, toma de las orejas a los conejos vociferantes e intransigentes, algunos de ellos verdaderamente rabiosos, regresa al escenario, los introduce dentro de la chistera, y cuando vuelve a meter la mano lo que saca son conejos risueños y complacientes, dóciles a más no poder, tanto que en lugar de conejos podríamos hablar más de bien de palomas. Pero dejémoslos mejor en su naturaleza de conejos, que son los que mejor se prestan a los experimentos científicos.

Porque aunque se trata aparentemente de un acto de magia, ya sabemos que los magos dependen de la ciencia con que manejan sus trucos, y las conversiones políticas de esta naturaleza siempre tienen trasfondos, resortes, palancas, y recovecos. ¿Cómo personas de cerrada reputación de derecha, que juraban hasta hace poco enemistad eterna al sandinismo en el poder, que fueron dirigentes de la contrarrevolución en los años ochenta, confiscados unos, exiliados otros, hoy se muestran convencidos de que el comandante Ortega, desde su estatura de líder preclaro, es el faro que ilumina con sus rayos potentes el destino de la nación?

Para alivianar el misterio, quizás sea mejor recurrir a la sabiduría siempre presente de don Quijote, que en su célebre discurso sobre las Armas y las Letras declara: “los hemos visto mandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura, su frío en refrigerio, su desnudez en galas, y su dormir en una estera, en reposar en holandas y damascos...”. ¿De dónde tela, si no hay araña?, preguntaría algún chusco.

Y allí estaría el buen Sancho Panza para responderle: “que no falte ungüento para untar a todos… porque si no están untados gruñen más que carretas de bueyes”.

(La Prensa/Nicaragua; el autor es escritor y fue vicepresidente del primer gobierno sandinista)

Carlos Andrés

En octubre de 1977 preparábamos la primera de las ofensivas guerrilleras para derrocar a Somoza y creíamos que Carlos Andrés Pérez, Presidente de Venezuela, era clave en aquellos planes. Pero no sabíamos cómo llegar a él, hasta que se nos ocurrió que la mejor puerta de entrada al Palacio de Miraflores era Gabriel García Márquez, y me fui a buscarlo a Bogotá.

Jamás antes nos habíamos visto. Le conté todo el plan, sin omitir los mil doscientos hombres sobre las armas que asaltarían las fortalezas de Somoza y que en verdad no existían sino en un redujo número, y él me escuchó sin perder palabra. Luego tomó el teléfono y preguntó a qué horas salía un avión hacia Caracas.

El resultado de su entrevista con Carlos Andrés colmó nuestras esperanzas. Apenas liberáramos la primera ciudad, Venezuela reconocería al gobierno revolucionario. Cuando poco después me tocó tratarlo, me di cuenta de que era un conspirador de agallas, dispuesto a correr los riesgos que nacen de un buen complot, y a dejarse seducir por sus atractivos. Quizás una de las cosas que más lo perjudicó en la vida, siendo un político bien curtido, fue precisamente su entusiasmo y su generosidad para ayudar a otros a ganar causas con futuro, o de antemano perdidas, sin llevar cuentas.

Desde entonces nos hicimos amigos, le visité muchas veces en el despacho presidencial de Miraflores, y no hay duda de que sin su respaldo no hubiera sido posible botar a Somoza. Fue un respaldo generoso, sin condiciones, y cuando vino el triunfo de la revolución, ese respaldo fue siempre generoso, pero crítico. Su preocupación por Nicaragua siempre fue angustiosa, ya la revolución disuelta en humo, y lo siguió siendo hasta su muerte. En abril de este año, cuando lo visité la última vez en su exilio de Miami, las palabras con que me saludó fueron precisamente las de siempre: “¿Cómo está Nicaragua?” Y Nicaragua estaba ya entonces, por desgracia, bajo los rigores de un nuevo autoritarismo, el autoritarismo del siglo veintiuno encarnado en Daniel Ortega.

Cuando lo juzgaron y derrocaron bajo múltiples acusaciones de malversación de dineros públicos y prevaricato, entre esas acusaciones faltó que de los fondos secretos que como presidente manejaba, nos entregó, por más de un año, hasta el fin de su mandato, cien mil dólares mensuales para la causa de la revolución. Lo digo ahora que ya está muerto, porque ya no pueden sumar ese delito libertario suyo a la causa todavía abierta contra él en Venezuela para pedir su extradición, en la que insistió el gobierno de Chávez hasta el último momento.

Su apoyo político y material fue esencial para que Somoza cayera y la revolución triunfara. Yo, al menos, nunca dejé de agradecérselo, y aún en medio de su desgracia, cuando tenía la casa por cárcel, y no pocos le daban la espalda, lo visité en Caracas, hablamos siempre de Nicaragua, preocupado por Nicaragua aunque tenía otras cosas graves de qué preocuparse, acosado por quienes pedían su cabeza.

Ahora aquí en Nicaragua, el silencio oficial sobre su muerte ha sido un espeso manto. Claro, los vínculos de Ortega con Chávez imponen el silencio. Ni una palabra para agradecer a este hombre que ha muerto en el exilio todo lo que hizo por ayudarnos a librarnos de una tiranía familiar obscena, sanguinaria y corrupta.

(La Prensa/Nicaragua; el autor es escritor y fue vicepresidente del primer gobierno sandinista de Nicaragua)

Lea también: Nicaragua y Carlos Andrés P.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Onofre

Discurso de Sergio Ramírez en la presentación del libro "Volver con el Frente Marchito" de Onofre Guevara

De entre mis recuerdos de infancia en Masatepe no se aparta nunca el taller de zapatería de los hermanos Sosa en la calle que llevaba al cementerio, donde las conversaciones entre bromas no cesaban nunca, y había allí encendidas discusiones teóricas, libros descuadernados que pasaban de mano en mano, unos pecaminosos, otros sediciosos, blasfemias pronunciadas alegremente, reservas severas acerca de la veracidad de los hechos narrados por el Antiguo Testamento, propuestas de ateísmo y cuando menos, profesiones de fe en el escepticismo, lo que se llamaba ser un libre pensador, calidad peligrosa que lindaba en la subversión de valores; alguien que lezna en mano explicaba los misterios del rito de la masonería, otro que lanzaba denuestos contra el falso celibato de los curas, y la palabra socialismo que saltaba de uno a otro banco como una piedra encendida.

Los hermanos Sosa trabajaban como dos zapateros más entre todos los operarios, y al final de la tarde, ya terminada la faena, se vestían de blanco con toda elegancia, los zapatos combinados en blanco y café, y se sentaban en los muros del parque central, después de desplegar el pañuelo perfumado, para continuar la tertulia sin abandonar los temas rebeldes que les habían ocupado todo el día, agudos en sus argumentos y locuaces en su iconoclastia.

¿Por qué, entre los artesanos de Nicaragua, los zapateros eran los intelectuales? Lo mismo decía de los talleres de zapatería de Estelí el comandante Francisco Rivera, el inolvidable Zorro de las insurrecciones legendarias, verdaderas forjas de autodidactas que aprendían de la lectura de los libros que caían en sus manos, de Víctor Hugo a Carlos Marx, y aprendían de la realidad, escuelas de dirigentes obreros, de líderes sindicales y de militantes revolucionarios.

Pero este es un asunto que los zapateros nicaragüenses llevaron más allá de las fronteras. En los años treinta del siglo pasado vivía en Costa Rica un zapatero de manos prodigiosas, originario de Chichigalpa, al que llamaban Caballón, alistador en la zapatería Record de la Avenida Central de San José. Mientras trabajaba en su banco del taller, al son del martillo cantaba un solo del coro de los gitanos de El Trovador con voz tan de trueno que hacía estremecer las vitrinas donde se exhibían los zapatos y detenía a las gentes en la acera; y con la misma voz urdía historias asombrosas, o las repetía al dedillo de cosecha ajena, escogidas de las novelas de Alejandro Dumas o Javier de Montepin, manteniendo en embeleso a los obreros. Era un gigante en estatura física y moral, y solía decir discursos completos mientras dormía, tan obsesionado se hallaba con la defensa de los derechos de los trabajadores. Organizó los sindicatos de zapateros en San José, y luego el partido Vanguardia Popular lo envió a Golfito para iguales tareas proselitistas, y allí falleció de una mordedura de serpiente terciopelo; pero como era tan gigante, el veneno tardó tres días en llevarlo a la muerte.

Es algo que pienso preguntarle a Onofre Guevara cuando tengamos una de esas tantas conversaciones que nos debemos. Por qué los zapateros, y no los albañiles, los carpinteros o los hojalateros, o por qué también los tipógrafos de antaño de los que conocí en la Imprenta La Antorcha de León, cuando imprimíamos allí la revista Ventana, y se llamaban entre ellos camaradas, no sé si por militantes comunistas o por costumbre bromista, porque todos eran bromistas de marca mayor, y discutían desnudos de la cintura para abajo en aquel calor de fragua mientras, de pie, sacaban los tipos de plomo de los chibaletes con velocidad de rayo para ir formando las galeradas, y dividían su mente entre el original colocado a su lado y los temas de la incesante conversación en la que Fernando Gordillo y yo entrábamos, tratados con el respetuoso título de bachiller.

Onofre, que conoció esos talleres de zapatería por oficio, sabe que fue en sus bancos y no en las fábricas, que no existían, donde se empezaron a formar los movimientos sindicales y los partidos de los trabajadores, quizás porque las zapaterías estaban conformadas como verdaderas aulas fraternales, con estrecha vecindad entre los zapateros, y no había ningún fragor de máquinas que se impusiera a la palabra, con lo que recuerdo las fábricas de puros habanos de Cuba donde el silencio era tan conventual que dio paso a la costumbre de un lector que se instalaba en un atril a leer en voz alta novelas que se sucedían por capítulos, dejando el suspenso para el día siguiente.

Tipógrafo fue Pancho Bravo, personaje legendario en las luchas sociales de Nicaragua, y zapatero fue Emilio Quintana, autor de la novela Bananos, porque también fue trabajador de las plantaciones bananeras en Costa Rica junto con Manolo Cuadra, y zapatero Onofre Guevara, que se forjó como intelectual en las lides obreras, y pronto pasó al periodismo combatiente, que es otro de los caminos misteriosos acerca de los que me gustaría averiguar. De los tallares de tipografía a las mesas de redacción, pase, porque eran a veces lugares vecinos, y oficios de manipular letras ambos. ¿Pero de los talleres de zapatería a los periódicos? ¡Qué mejor contradicción al viejo adagio conservador de “zapatero a tu zapato”, que recuerda la inamovilidad en la corporación de oficios de la edad media!

No hay que olvidar que estamos de cara al intelectual que ha entrado al mundo de las letras por una puerta poco acostumbrada, que no es la de la academia, o la de la universidad, sino la del taller donde todos aprenden y enseñan, el ágora que huele a cuero y a pegamentos; de cara al autodidacta que aprende a formarse solo, dueño de su propio programa de lecturas porque leer es la única manera de aprender a escribir, eso ya se sabe, y sin aprender a escribir bien, nadie puede hacerse nunca periodista verdadero, así se venga de las aulas.

Del banco de zapatería a la mesa de redacción, y al mismo tiempo a la militancia, un camino arduo que se abre en la vida de Onofre a través del compromiso, de las convicciones, de los principios, de esas escogencias que se hacen en la juventud y ya nunca cambian, y cuando cambian, convierten la existencia en un verdadero descalabro moral. De eso tenemos, por desgracia, numerosas pruebas en la Nicaragua contemporánea asechada por los demonios de la dualidad y del engaño.

A Onofre la revolución lo halló en plena madurez, y la entendió como un fenómeno que habría de cambiar para siempre su vida, como habría de cambiar la vida de muchos otros. No era una circunstancia política más en la historia de Nicaragua, sino la oportunidad de que el país cambiara desde sus raíces en base a una propuesta que era antes de nada ética, y quiero subrayar desde ahora esta palabra clave. Él la entendió como lo que era, una oportunidad de lograr que la historia dejara atrás su fatídico comportamiento regresivo y repetitivo, lleno de constantes falacias y mentiras. Una historia que hasta entonces no era ética, y por eso se hallaba preñada de falsedades, de histrionismos de la peor calaña, de corrupción y de veleidades.

Una de las maneras de pensar la historia con esperanza en tiempos de conmociones, como ocurre en una revolución, es que todo cambie de manera que la historia nunca vuelva a repetirse como antes, y que los viejos presupuestos sean sustituidos para siempre por otros nuevos hasta que, y ésta es la desgracia, esos viejos presupuestos de conducta que se han quedado agazapados vuelven a surgir con vigores renovados para terminar imponiéndose otra vez. Un cambio de actores, nada más, que vuelven a vestir los mismos disfraces. Y, Onofre lo sabe, es algo que nos ha ocurrido en el curso de nuestras propias vidas, para nuestro propio asombro, de modo que hemos sido testigos, al mismo tiempo, del amanecer y del ocaso, sin que la historia haya aguardado a poner distancia entre la esperanza y la decepción. Esto es lo que debemos llamar la catástrofe ética.

La ética, que a muchos ha llegado a parecer pasado de moda, sigue siendo un concepto vital para entender los fundamentos de la revolución, y, obviamente, los fundamentos de nuestras propias vidas. Una revolución no es sino vidas en movimiento. Una revolución que en su momento representó una verdadera epifanía, un encuentro con el milagro, que recogió en su fundamento moral una corta pero intensa tradición formada en los cuarteles guerrilleros clandestinos donde la guía de conducta era el desapego a cualquier otro interés que no fuera la revolución misma, con toda su cauda seductora de futuro ante el que había que sacrificar el pasado oneroso que los jóvenes habían recibido en herencia.

Fue el tiempo cuando los jóvenes tenían mucho que enseñar a sus mayores, y lo hacían procurando, como el más intransigente de sus empeños, que la prédica calzara con los actos, lo primero de todo la renuncia a los bienes materiales, lo que quería decir, a la vez, la renuncia a la riqueza injusta, a la acumulación de poder económico, a la cultura del dinero fácil, de los negocios amañados, de las coimas, del provecho de los negocios con el estado. Vivir como los santos, según el santo decir de Leonel Rugama, era la única manera de hacer posible la revolución. Cuando el espejo nos devuelve la imagen contraria, y todo se vuelve rapiña, ventaja, arribismo, ambición de acumular cada vez más, la idea ética de la revolución viene a resultar ultrajada y humillada, y se vuelve fácilmente una caricatura. A alguien he escuchado decir por allí que en esta etapa del regreso al poder del Frente Sandinista, toca crear una burguesía verdadera para que la historia pueda seguir su curso, de modo que las nuevas fortunas que vemos crecer como los hongos después de la lluvia, tienen una justificación dialéctica.

Onofre ya traía consigo esa sustancia ética en sus huesos cuando entró en la revolución, se reconoció en ella, y lo que era la propuesta de su vida, la aceptó como la propuesta de la sociedad, que debía de cambiar de manera radical, un verdadero cambio moral. Y defendió y promovió el nuevo orden de cosas desde su trinchera de parlamentario, y desde su trinchera de periodista, y, claro está, desde su conciencia de clase afirmada en la brega de las luchas obreras, que era parte de todo su presupuesto ético personal.

A lo largo de los años de la revolución, inmerso en todos sus desafíos, Onofre no fue un testigo simplemente, sino un actor. Y desde el fin de los años de la revolución, cuando han pasado ya veinte años, también ha seguido siendo un actor. Un terco actor que regresa siempre a un escenario ya en ruinas y no cambia el sentido de su pensamiento, ni de las palabras que responden de manera estricta a ese pensamiento. Y cuando lo oímos hablar, y leemos lo que dice, podemos identificar una preocupación central y muy profunda que tiene que ver con la ética del poder.

Hay quienes ven el asunto de la ética como algo pasado de moda, y otros como algo que corresponde a los valores tradicionales, valores burgueses, se dice, que no son compatibles con los valores revolucionarios. A alguien he oído decir también que los revolucionarios no tienen por qué caer en el juego de sus enemigos que rechazan la corrupción, porque eso de la ética pertenece a los valores burgueses, y no se puede caer en ese juego. Lo importante es la acumulación de poder, y no hay poder verdadero sin el sustento del poder económico.

Estos no son más que adornos de la máscara de plomo que asfixia a Nicaragua en estos días. Si la revolución se perdió como proyecto de redención, fue precisamente porque su sustento ético resultó carcomido y ahora lo que se representa en el escenario donde se libró una vez la gesta más trascendental de la historia de Nicaragua, es una parodia. La palabra revolución, despojada de toda su sustancia, suena con ecos de falsedad, de engaño, a veces de burla. Es como un gran hueco por el cual se cuelan los pactos políticos obscenos, la repartición de cargos públicos y de granjerías, el atropello a las instituciones del estado, la concentración ilegal de poder personal, la corrupción en todo su abanico de manifestaciones degradantes.

Y de todas las preguntas que la pregunta fundamental de Onofre abre, acerca de la ética del poder, hay una que siempre me inquieta, desde una perspectiva ideológica, siguiendo el hilo de sus propias reflexiones: ¿se puede dejar de un lado la ética y seguir siendo de izquierda? ¿Es la izquierda compatible con el enriquecimiento ilícito, los fraudes electorales, los abusos de poder, la burla al sistema democrático, las ambiciones del poder para siempre a través de sucesivas reelecciones, el caudillismo de aura populista? No se puede. La única izquierda real posible es la que se asienta en un cúmulo de principios de sustancia ética entre los cuales se haya, de manera infaltable, el respeto a la voluntad popular libremente expresada. Esa voluntad de los ciudadanos no puede ser sustituida ni malversada.

Lo contrario es despojar a la izquierda de su sentido de lucha por un mundo distinto más justo y más solidario. ¿Cómo se puede aspirar a construir un mundo justo y solidario en el frágil terreno sembrado de los vicios del pasado, de los vicios de siempre? La izquierda no tiene que ver tampoco nada con la mentira. Y la peor de las mentiras es tratar de ofrecer un mundo falso envuelto en la vieja retórica revolucionaria.

La tiranía, cualquier clase de tiranía, o de intento de tiranía, no tiene nada que ver con la izquierda. Ni la corrupción. Ni las fortunas nacidas de la noche a la mañana. Ni el afán de silenciar a quienes critican los actos de poder y critican a los poderosos a través de los medios de comunicación. Ni el vasallaje. Ni el culto a la personalidad. Ni la megalomanía. Ni el servilismo cortesano.

Es el sustento moral en la política el único que puede crear verdaderos estadistas, capaces de transformar la realidad, y transformar sus valores. Es la ética la única capaz de ofrecer una visión de nación, una visión de largo plazo.

A diferencia de la justicia, a la que se representa con los ojos vendados, la historia mantiene siempre los ojos bien abiertos y no se equivoca en sus juicios a la hora de escoger a quienes de verdad la hacen cambiar de curso. Y quiero poner un ejemplo con el que sin duda Onofre estará de acuerdo. El de Nelson Mandela, versus el de Robert Mugabe.

Mugabe, preso por diez años en las cárceles de la antigua Rodesia, fue aclamado como un héroe nacional durante la lucha armada en contra del régimen racista, al que terminó derrotando en 1980 para crear la república de Zimbawe y convertirse en el líder del país, primero como primer ministro y luego como presidente por los últimos treinta años tras sucesivas elecciones en las que no han faltado los fraudes electorales. A los 86 años de edad sigue sin querer apartarse del poder, y lejos ya de las hazañas de la lucha de liberación nacional, se sostiene gracias a la represión brutal y a la lealtad de un partido corrupto, y en su haber se haya la destrucción de la economía, y el empobrecimiento cada vez mayor de la población.

Mandela pasó en la cárcel 27 años de su vida en castigo por su lucha en contra del régimen racista de Sudáfrica, vecina a Zimbawe, hasta que fue electo el primer presidente negro de su país tras una de las luchas populares más heroicas y trascendentes de que el siglo veinte tuvo memoria. Mandela se encarnó en la conciencia de su pueblo oprimido como un líder natural, más allá de los votos, y pudo hacerse quedado en la presidencia todo el tiempo que hubiera querido, hasta hoy mismo, cuando ha llegado a los 92 años de edad, y como líder indiscutido del Congreso Nacional Africano, su partido.

Sin embargo, al término de su período presidencial de cinco años, Mandela dio paso a la escogencia de su sucesor, renunciando a la reelección, y dejó el poder en la plenitud de su prestigio mundial. Se apartó con humildad, y en su cuenta no hay abusos de poder, ni actos de corrupción, sino la visión de un hombre que quiso construir un país democrático y unido, más allá de las fronteras raciales. Un estadista verdadero, que basó su sentido del poder en la ética, y en la lealtad a sus principios, el mismo cuando estaba en la cárcel que cuando estaba en el palacio presidencial.

La historia no recordará a Mugabe sino como un tirano corrupto, de los que hay muchos, que frustró un proyecto de nación y falseó la palabra liberación y la palabra revolución en el más abyecto de los sentidos. Mientras tanto Mandela es un símbolo. La más valiosa de los figuras mundiales del siglo veinte, una figura ética por sobre todas las cosas.

¿Cómo puede hacerse una revolución sin un Mandela a la cabeza? Y peor que eso, ¿cómo puede pretender repetirse una revolución, lejos de lo que Mandela encarna?

Esa es la lección que estamos oyendo constantemente de los labios de Onofre Guevara cuando insiste en ligar la ética a los actos de poder. Sin la ética, todo se viene abajo.

Vale la pena haber vivido ochenta años en la forma en que Onofre Guevara lo ha hecho. Por la fidelidad de su conducta personal con sus ideas. Por la fidelidad de sus ideas con sus palabras. Por la ética de su vida, en armonía con su propuesta ética para la vida política.

Una vida que produce gozo al contemplarla, unas ideas que producen esperanza al leerlas en sus escritos. Cuando este país encuentra un día los cauces de la justicia, de la equidad y de la democracia, cuando el poder sea un instrumento que sirva para dar un sentido moral a la nación, habrá que recordar cuánto le debe Nicaragua a la lucidez de Onofre, a su visión de país democrático, a su terquedad de espíritu, a su dedo señalando el vicio público y reclamando las virtudes.

Un ciudadano fuera de época y fuera de serie que nos recuerda que si el poder se ha corrompido, y ha corrompido a sus protagonistas, abajo yace una nación a la que él representa con su pensamiento, que nunca ha perdido la guía de sus valores fundamentales, y que volverá por ellos, reclamándolos, a la hora llegada.

Sé que todo esto es demasiado para la modestia de Onofre, pero también sé que es poco para la justicia que debemos a los actos de su vida.

Escuchemos entonces a este hombre que no clamará en el desierto mientras nosotros no aceptemos ser el desierto.


miércoles, 20 de enero de 2010

Haití en el corazón

Cuando en marzo del año pasado el avión se alejaba de Puerto Príncipe para poner proa hacia el mar Caribe iluminado por los fuegos de la mañana, sentí, no sin melancolía, que dejaba atrás un territorio de sombras y desesperanza.

Había pasado allí una semana, empeñado en preparar un reportaje bajo encargo del diario EL PAÍS y Médicos sin Fronteras (MSF), dentro de la serie Testigos del horror, y horror había encontrado suficiente al recorrer las calles desbordadas de gente en convivencia con las cloacas y los mares de basura; al visitar los mercados y los puestos callejeros de alimentos donde se venden tortas de lodo aderezadas con sal y margarina, que es un alimento corriente de los más pobres entre los pobres en Haití; al visitar las escuelas derruidas por la vejez, los hospitales hacinados y mal equipados, las clínicas de MSF sembradas en medio de la miseria desolada donde los médicos y enfermeras hacían esfuerzos sobrehumanos por procurar salud a miles de visitantes cada día.

Hoy, tras la tragedia inconmensurable del terremoto, pienso en Haití en medio de sus carencias, ya damnificado de antemano por décadas de injusticia y de pobreza, de dictaduras, la última de ellas la de la familia Duvalier, y de violencia, de corrupción, de anarquía, de golpes de Estado, de proyectos mesiánicos, de intervenciones militares.

El terremoto no ha hecho más que alzar ese lienzo de olvido y desinterés tendido sobre el cuerpo lacerado del país, para enseñarnos sus heridas multiplicadas por la nueva tragedia causante de miles de muertos y millones de víctimas que se vienen a sumar a las muertes y damnificados que ya habían dejado los últimos huracanes en serie tras los cuales quedaron viviendo en campamentos más de 300.000 personas en el área rural, destruidos sus hogares.

Los problemas políticos crónicos, las contradicciones entre líderes de facciones, las penurias y las carencias, la falta de recursos, habían hecho que el Estado haitiano no pudiera afrontar los graves problemas de seguridad nacional, y dejara los asuntos de orden público en manos de una policía internacional al mando de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), a cargo de lidiar con el narcotráfico, con las pandillas juveniles violentas y con los secuestros, tres grandes males del país.

Ahora, el jefe de esa misión, el diplomático tunecino Hédi Annabi, con el que me entrevisté largamente en su despacho del quinto piso del Hotel Christopher, su cuartel general, ha muerto al derrumbarse el edificio entre cuyas ruinas quedaron atrapados decenas más de miembros de la MINUSTAH. Sus palabras, al terminar la entrevista, cuando le pregunto por el fin de la misión que encabeza, fueron, como consigno en mi reportaje: "Habrá que irse, pero irse para no regresar".

Es decir, irse cuando el gobierno del presidente René Préval hubiera conseguido los elementos de estabilidad suficientes, cuando existiese un nivel aceptable de consolidación de las instituciones y de funcionamiento pacífico del Parlamento, cuando el sistema judicial dejara de ser el remedo que es, cuando el Estado pudiera asumir las funciones policiacas, incluido el control de las cárceles. Todo esto estaba previsto que fuera revisado en el año 2011. ¿Y ahora?

El terremoto resquebraja las posibilidades de conseguir un gobierno estable y consolidar la existencia de un Estado nacional, capaz de organizar la Administración pública y de tener poder coercitivo. En semejantes circunstancias, la palabra soberanía se borra por sí misma.

El gobierno no ha podido siquiera, en estas condiciones trágicas, ejercer el control del aeropuerto internacional de Puerto Príncipe, en manos ahora de Estados Unidos, ya no se diga ejercer el control de la ayuda humanitaria. A los 8.000 soldados de la MINUSTAH se han agregado ya 10.000 más de Estados Unidos, que se quedarán cuanto sea necesario, según declaraciones de la Casa Blanca.

Para Washington, además, las emigraciones masivas desde Haití son consideradas un problema de su propia seguridad nacional, y buscará evitar que se den nuevas avalanchas de expatriados hacia su territorio.

Lo peor falta aún por venir, con millones de hambrientos, sin electricidad ni agua potable, sin viviendas, sin hospitales ni escuelas.

Los reflectores fijados hoy sobre Haití se apagarán necesariamente, y las cámaras de televisión se irán reclamadas por otros asuntos sensacionales en el mundo. Toda ayuda humanitaria es temporal, y llegará un momento en que para los países que han acudido en auxilio de Haití se acabará la situación de emergencia. Pero el país seguirá impotente, inválido, destruido, y sin posibilidad ninguna de subsistir por sus propios medios. Ésta es una tragedia aún mayor, la del olvido.

Es entonces cuando habrá que escuchar a Haití, esa tierra doliente y sombría.

(El País, Madrid)

viernes, 11 de septiembre de 2009

Un vuelo de gansos mancha el azul celeste

Algunos piensan que hay reelecciones buenas y reelecciones malas en América Latina, dependiendo del color del cristal ideológico con que se mire. Que lo que hace el ganso no tiene nada que ver con lo que hace la gansa. Me parece un error.

De acuerdo con la tradición agitada del continente, toda reelección ha dejado siempre un rastro negativo de violencia y desconcierto, quizás porque la voluntad arbitraria sigue oponiéndose tercamente al ideal en nuestra historia, y lo que se consuman son siempre los hechos aciagos. Pero el ideal suele volver por sus fueros, y nunca de manera pacífica ni ordenada. Es una especie de cadena perpetua, que va repitiendo sus eslabones, como si nunca se aprendiera de las lecciones de la realidad.

Es lo mismo con los golpes de estado. No hay golpes buenos y golpes malos. No hay asalto militar a los palacios presidenciales que merezca aplausos, ni nobleza alguna en sacar de su cama a un presidente. Porque cuando los sables se alzan contra la democracia, cualesquiera que sean las circunstancias, las instituciones sufren heridas graves que cuesta mucho sanar, no importan los deméritos de los presidentes derrocados.

Estamos, por desgracia, en una etapa de nuestra historia en la que los cambios constitucionales, que pretextan reformar las estructuras políticas para volverlas más abiertas, pasando de la democracia representativa a la participativa, llevan consigo necesariamente la prolongación de la estancia en el poder de los mismos presidentes que promueven esas reformas, una prolongación que se vuelve indefinida. Es como decirles a los pueblos que la pretendida modernidad constitucional lleva siempre al cuello la rueda de molino de la tiranía. Porque no hay prolongación de poder a largo plazo que no termine sacrificando la libertad.

¿Por qué no puede haber proyectos políticos que representen cambios justos de fondo, apertura de las estructuras institucionales, ampliación de los espacios de participación ciudadana, y que al mismo tiempo aseguren la alternancia en el poder?

La presencia indefinida del caudillo corrompe las aguas de la democracia, cualquiera que sea el contexto ideológico en que se dé la prolongación del mandato presidencial forzado por medio de reformas constitucionales. Es la ambición mesiánica de poder la que hace al caudillo buscar como quedarse a toda costa, sea de izquierda o de derecha, crea en el populismo benefactor o en el orden público y la seguridad nacional, sea en una situación de paz o de guerra. Es su idea obsesiva de que sin su presencia en la presidencia el proyecto que él representa se verá frustrado, porque nadie más tendrá la habilidad, o las agallas, para llevarlo adelante.

Es lo que he pensado ahora que se plantea, en apariencia ya de manera irreversible, la reelección por segunda vez del presidente Álvaro Uribe, fin para el cual se está moviendo toda la maquinaria institucional de Colombia. Un triple mandato que no se repite desde los tiempos del presidente conservador Rafael Núñez, quien pudo concentrar en sus manos todo el poder posible en los finales del siglo XIX.

Electo por primera vez en 2002, el presidente Uribe hizo pasar ya a la Constitución Política de Colombia por una reforma que le permitió la primera reelección, y ahora lleva adelante otra, mediante el complejo proceso de dictámenes de la Corte Constitucional y de la Corte Suprema de Justicia, y votaciones en ambas cámaras del poder legislativo, para hacer posible un tercer mandato. Todo el poder del estado ha sido puesto al servicio de esta causa, un esfuerzo que merecería mejores motivos.

Y sucede entonces lo inevitable. Que comienzan a alzarse rumores de corrupción, de compra de votos entre los diputados y senadores, de violencia en contra de la libre voluntad de quienes están llamados por la ley a decidir. El dirigente del Partido Liberal, adverso a Uribe, Rafael Pardo, aspirante él mismo a la presidencia, ha denunciado que se están invirtiendo más de cien millones de dólares en la compra de votos legislativos para allanar el camino a la reelección.

En este contexto, las reformas terminan siendo legales pero no llegan a ser legítimas, por mucho que se amparen en el respaldo popular. Porque nadie duda de que el plebiscito que se necesita para sancionar las reformas sería ganado ampliamente por el presidente Uribe, quien tiene un apoyo cercano al 70% en las encuestas de opinión; y que lo mismo ganaría las elecciones presidenciales de 2010, seguramente en la primera vuelta.

Pero es allí donde reside precisamente la calidad del estadista, en saber rechazar las tentaciones del poder en la cumbre del poder mismo, y en la plenitud de la popularidad, como ocurre con el presidente Ignacio Lula da Silva del Brasil, que no tendría, sin duda, ningún problema para perseguir su tercer periodo, con más respaldo de los electores que el propio Uribe. Ya ha dicho que no, sin embargo, con gran sabiduría.

Frente a las necesidades éticas de América Latina, y en tiempos en que lo que se requiere son ejemplos de recta conducta en la política, ¿qué diferencia separa entonces al presidente Chávez del presidente Uribe, si ambos buscan quedarse en el poder a toda costa?

Si la reelección es mala para el ganso, tiene que serlo también para la gansa.

(El País, Madrid. El autor es escritor y ex-vicepresidente de Nicaragua)

viernes, 20 de febrero de 2009

Con los ojos abiertos

Este año se cumple el 75 aniversario del asesinato de Sandino, ocurrido el 21 de febrero de 1934. Tenía 39 años de edad, con lo que entró en el panteón de los héroes que mueren jóvenes, siendo un requisito de la leyenda la muerte en plena juventud. Eran los años de su juventud madura, o de su juventud pletórica. Y esto de que el héroe, para serlo de verdad, no puede traspasar el umbral que lleva hacia la vejez, y así hacia el deterioro físico, y no pocas veces mental, lo deja claro Joseph Campbell, quien apunta con lucidez clásica cuáles son las etapas que se deben cumplir para trascender en la memoria, y quedarse para siempre como arquetipo del heroísmo. Primero, la purificación, a la usanza de los caballeros andantes, paso que el mismo don Quijote da al velar toda la noche sus armas en el patio de la primera posada en que para, antes de seguir por los caminos a cumplir sus hazañas; luego, la entrega total, a brazo partido, a la causa que mueve al héroe; y por último, la muerte temprana. Lo demás, queda para el mito que construirán las venideras generaciones, una especie de resurrección permanente. Y a todo este proceso, ¿cómo llamarlo sino la pasión, a la manera en que los evangelios entienden el término pasión? Pasión y muerte.

Treinta y tres años tenía Eva Perón cuando murió, y si hubiera terminado sus días en la vejez, seguramente el mito se habría derrumbado, carcomido por la polilla de los años, como a lo mejor se hubiera derrumbado también el del Che Guevara si no cae en combate a los 39, exactamente la edad de Sandino a la hora de su propio sacrificio.

¿Quién puede imaginar a Sandino a los 70, o al Che a los 80, desgastados por la edad y por la acción implacable de los años que arrastran cambios de escenarios y circunstancias, y acumulan la cauda de errores, debilidades y fracasos que son la piel de la longevidad? Morir joven es el privilegio de los amados de los dioses, y la pena de los dioses es no morirse nunca, recuerda Rubén en el Coloquio de los Centauros.

Quedan en el catálogo de Joseph Campbell quienes mueren a traición tras haber cumplido su hazaña en defensa de la soberanía nacional de un pequeño país, como Sandino, o empuñando el fusil ya sin esperanzas, como el Che en Bolivia, o en una cama de hospital, como Eva Perón, amada por las masas y desfigurada por la agonía; pero también entran en ese catálogo Marilyn Monroe, la empleadita de tienda que llegó a ser estrella de cine, tal como la ensalza Ernesto Cardenal en su poema, o James Dean, el héroe de la rebeldía sin causa de los años cincuenta, o John Lennon, asesinado por un fanático. Por eso es que están juntos en las tiendas que venden souvenirs con sus efigies: Marilyn Monroe, o John Lennon, o el Che Guevara, no importa, ya todos son estrellas pop. Son la leyenda entre los jóvenes, porque eran jóvenes a la hora de su muerte.

Pero de manera esencial, está de por medio la rebeldía en el camino marcado hacia el heroísmo. Durante sus vidas cambiaron algo en la sustancia de su tiempo, se rebelaron contra algún tipo de conducta establecida, fijaron para siempre su imagen en base al rigor de una hazaña, o de un puñado de hazañas, que los llevaron a la eternidad esquiva, no importa que luego sean convertidos en símbolos comerciales, afiches, camisetas, amuletos, marcas, o que se hagan películas y se escriban libros sobre ellos. Todo esto del culto comercial podríamos verlo más bien como consecuencia de la heroicidad, ese consenso que se transmite de generación en generación, esa chispa mágica sin la que ningún aparato publicitario que se empeñara en mantener viva una figura podría sobrevivir.

Sandino, que peleó a la cabeza de un puñado de hombres humildes, artesanos y campesinos iletrados, para expulsar a las fuerzas de ocupación de la Marina de Guerra de los Estados Unidos entre 1927 y 1933, seis años de una dura guerra desigual, David contra Goliat, está en ese panteón de los héroes que murieron jóvenes, sacrificados por su ideal de rebeldía, pero no brilla su nombre en las marquesinas mundiales como debería, olvidado por unos, tergiversado por otros. Pero no le falta ninguno de los requisitos del heroísmo de los elegidos de los dioses.

Dejó su vida común de trabajador petrolero en México para regresar a Nicaragua al llamado de esa voz que desde los cielos reclama a los héroes entrar a cumplir su destino, cuando Nicaragua fue invadida por las tropas extranjeras. Veló sus armas una noche triste en el cerro del Común, en absoluta soledad, preguntándose si debía emprender la lucha contra un ejército mil veces más grande en poderío que su pobre columna de 30 hombres mal comidos y peor armados, y la voz de los cielos le respondió que sí, porque "el hombre que de su patria no exige más que un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo ser oído, sino también ser creído". Palabras simples pero cargadas de verdad. Y cuando las palabras simples están cargadas de verdad, es que surge la poesía.

Y tras seis años de combates, deshaciendo entuertos, emboscando malandrines y descabezando marionetas, al salir el último soldado de las tropas de ocupación entregó sus armas como caballero andante que siempre fue, fiel a sus promesas, y entonces, el peor de todos esos malandrines contra los que había luchado, Anastasio Somoza, que empezaba a consolidar el poder de medio siglo que heredaría más tarde a sus hijos, mandó emboscarlo y ordenó asesinarlo. En las historias de los héroes hay siempre un verdugo. El héroe y el rufián.

Si pequeña es la patria uno grande la sueña, alza la voz Rubén en un recóndito extremo del paisaje natal. No hay patria pequeña a la hora de defenderla, responde Sandino desde otro confín oscuro del mismo paisaje en el que las fantasmagorías del vicio político se repiten sin fin, miasmas de un pantano que parece inagotable, y donde deambulan las quimeras lanceadas en el costado por los malandrines.

Un sueño siempre interrumpido por las peores pesadillas. Pero el héroe joven siempre vigila, es su oficio para siempre, porque la inmortalidad consiste en eso, en dormir con los ojos juveniles abiertos.

(El País, Madrid)

miércoles, 15 de octubre de 2008

La escena del crimen

Este domingo, muy temprano en la mañana, fuerzas de la Policía Nacional de Nicaragua, actuando bajo las órdenes de un juez, rompieron con mazos y barras las puertas del pequeño edificio que aloja las oficinas de la Fundación Cinco que preside el periodista Carlos Fernando Chamorro, como si se tratara de entrar al cuartel de unos traficantes de drogas. Ya allanado el local, el fiscal que encabezaba el operativo procedió a requisar los archivos de la fundación.

Una operación parecida se había consumado la noche anterior en las oficinas del Movimiento Autónomo de Mujeres (MAM), y otras 15 organizaciones de mujeres, derechos humanos, promoción del voto y defensa de los derechos políticos de los ciudadanos.

Un amplio perímetro alrededor de la sede de la fundación fue rodeado por destacamentos policiales mientras duró el operativo, impidiendo el ingreso de personas y el tráfico de vehículos, y las calles de acceso fueron cerradas con cintas amarillas en las que se leía "escena del crimen".

¿Cuál es el crimen cometido, que merece semejante despliegue y el secuestro de los archivos de organizaciones como la Fundación Cinco y el Movimiento Autónomo de Mujeres? Oponerse al régimen de Daniel Ortega, la corrupción, y los abusos de poder.

La Fundación Cinco, que preside Carlos Fernando, se dedica a promover estudios e investigaciones sobre la comunicación y problemas sociales y ciudadanos, y lo hace con recursos donados por organizaciones internacionales, entre ellas Oxfam. Y algunas veces, esas investigaciones se realizan en colaboración con otras organizaciones, como el Movimiento Autónomo de Mujeres. Son actividades normales en cualquier país normal. No en Nicaragua.

Los medios oficiales de propaganda, a cargo de la primera dama Rosario Murillo, empezaron a acusar hace semanas a Carlos Fernando Chamorro de triangular ilícitamente fondos, y lo declararon de antemano culpable de lavado de dinero, como parte de una feroz campaña de descrédito. A esta campaña siguió la acción de la Fiscalía General, que ya había citado a declarar a Chamorro, durante cinco horas, sin que en ningún momento se le señalara el delito por el cual se le investigaba, algo que viola las garantías del proceso penal justo que manda la Constitución.

El fiscal que consumó el allanamiento y el secuestro de los archivos de la Fundación Cinco tampoco explicó cuáles eran los delitos investigados, y se llevó un total de 15.000 folios, entre estudios, proyectos, correspondencia, estados contables, además de cinco computadoras, cuyos datos no fueron sometidos a comprobación en el acto del secuestro, y podrán ser falseados. ¿Por qué todos estos atropellos?

Carlos Fernando Chamorro, hijo de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el legendario director del diario La Prensa asesinado por la dictadura de Somoza en enero de 1978, es el conductor de Esta Semana, el programa de televisión de información y análisis político que tiene el mayor índice de audiencia. Dirige también el semanario Confidencial, y la Fundación Cinco. Y en su trabajo de periodista es culpable del delito de exponer, a través de rigurosos trabajos de investigación, negocios ilícitos que se consuman al amparo del Gobierno.

Uno de estos casos fue la formación de una compañía fantasma, con gente del círculo de Ortega como verdaderos dueños, organizada para explotar plantas térmicas de producción de energía eléctrica, que sería vendida al Estado a precios sobrevalorados. El otro, el chantaje ejercido, también por gente del círculo de Ortega, sobre empresarios de una compañía de desarrollo turístico en las playas del Pacífico, para obligarlos a darles una tajada en el negocio, un chanchullo que Chamorro expuso con grabaciones de las conversaciones entre los implicados.

¿Y el delito de las dirigentes del Movimiento Autónomo de Mujeres? Su campaña constante y sostenida en contra de la prohibición del aborto terapéutico, una prohibición medieval impuesta por el régimen de los esposos Ortega.

La represión contra Carlos Fernando Chamorro no termina con el allanamiento violento de la Fundación Cinco. No hay duda de que la Fiscalía General está preparando la acusación criminal en contra suya, si no está ya redactada y lista para ser presentada a los jueces penales, en su inmensa mayoría fieles a los mandatos de Ortega, tan fieles como los fiscales.

No importa que no haya bases jurídicas, no importa que se violenten las leyes, no importa que no se respeten las garantías procesales. El objetivo es convertir a Carlos Fernando en rehén, para buscar cómo acallar el ejercicio de su periodismo crítico con la amenaza de la cárcel, o meterlo en la cárcel para escarmiento suyo y de los que se atrevan a denunciar la corrupción y la ilegalidad.

Asunto que tampoco termina allí. Ya que Ortega pretende quedarse en el poder, reformando la Constitución Política que prohíbe la reelección, necesita silencio y sumisión, y las voces que disienten y critican resultan contrarias a su proyecto de control, que no se extiende sólo a las instituciones públicas, control que ya tiene, sino también a las entidades de la sociedad civil, empezando por los medios independientes de comunicación. Pronto veremos a toda Nicaragua rodeada por la cinta amarilla en la que se leerá "escena del crimen".

(Publicado en El País)

domingo, 20 de julio de 2008

Todos menos uno

García Márquez relata que uno de los diputados que viajaban con los guerrilleros hacia el aeropuerto, pues allí serían entregados a cambio de los prisioneros políticos traídos des las cárceles en todo el país, se mostró asombrado ante aquella explosión de júbilo popular en las calles. "Y entonces, el comandante Uno, que viajaba a su lado, le dijo con el buen humor de alivio : ya ve, esto es lo único que no se puede comprar con plata".

La plata entonces no estaba de por medio, y ningún guerrillero de aquel comando veía el asalto al Palacio Nacional como un negocio. Los que sobreviven siguen viviendo sin medios de fortuna, y los que ya murieron, vivieron siempre pobres. Ninguno de ellos fue corrompido por el trastorno de los valores éticos, como años después, desgraciadamente, no pocos de sus camaradas de armas. Es la diferencia entre el ideal y el cinismo. El tráfico de drogas equipara al jefe guerrillero con el narcotraficante, y al anularse los ideales, se echa al trasto de la basura la ética, y no hay más romanticismo posible.

La guerrilla sandinista de aquel entonces ganó en el mundo respeto, apoyo diplomático, respaldo de gobiernos, de parlamentos, de escritores como Garcia Márquez, Graham Greene, Julio Cortázar. Hoy, en lugar de alegrarse nadie porque las FARC retenga aún rehenes, todo el mundo les exige que los libere de manera incondicional, desde Fidel Castro al Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos, donde están representados los gobiernos latinoamericanos.
Un voto unánime, salvo por el del gobierno de Nicaragua, para que tomen nota.

viernes, 11 de julio de 2008

Canciones confiscadas

Carlos Mejía Godoy, el más célebre de los cantautores nicaragüenses, ha decidido prohibir que sus canciones sirvan a la propaganda oficial en los actos públicos del Gobierno que presiden Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, y ha dirigido una carta a esta última donde hace valer esta prohibición al amparo de sus derechos legales, que se hallan bajo la custodia de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) de España.

Sus razones son simples, y así dice: "En el contexto dramático que vive nuestro pueblo, amenazado nuevamente con otra dictadura familiar, réplica sórdida de la tiranía de los Somoza, no puedo permitir que las canciones, inspiradas precisamente en el sacrificio e inmolación de miles de hermanos nicaragüenses, sirvan de fondo musical, para continuar -desde las tarimas enfloradas- la tragicomedia más vergonzosa de los últimos años".

No puede haber otra ofensa más grave para el matrimonio Ortega, dueño absoluto del poder, que el cantor mismo de la revolución les niegue su música, y al mismo tiempo les niegue la condición de revolucionarios que cada día proclaman en sus dilatados discursos. Y ha sido claro en decir que no quiere dinero, porque su música no está en venta para propaganda oficial. Solamente quiere que no se use.

Y entonces, una tempestad de vituperios se ha desatado en su contra en los medios de comunicación bajo control del Gobierno, y se repiten las acusaciones de treinta años atrás de los voceros de la dictadura de Somoza, cuando las creaciones de Carlos abrían el camino de la insurrección popular, la de plagiario la de menor tamaño. Y hay quienes exigen que su música sea expropiada por vía de un decreto presidencial, como si se tratara de una hacienda de ganado, de un banco, o de una fábrica de productos lácteos.

Las respuestas de arriba, envueltas en edulcorada cursilería, no esconden la justificación a la atrocidad de demandar la confiscación de la obra artística del compositor, formada por más de doscientas canciones; así se lee en un escrito de unos de los allegados del matrimonio Ortega, el comandante Tomás Borge, antiguo ministro del Interior: "Es mi opinión que la formalidad legal, la cual puede dar origen a una demanda -respaldada por la sociedad de autores españoles- no debe obligarnos a renunciar a esa obra que, quiérase o no, pertenece a la sangre de los caídos, tan respetada por los centenares de miles de nicaragüenses integrantes del FSLN, a quienes se les pretende callar y olvidarse de esas canciones revolucionarias".

Esta vieja concepción atrabiliaria, de que los creadores individuales no son dueños del fruto de su talento, sino que lo es el pueblo que inspiró con sus gestas al artista (y aquí debe leerse por pueblo un partido político), parecería inofensiva hoy en día, cuando los partidos únicos, dueños del pensamiento único, han venido siendo despojados en todas partes de sus viejas majestades.

Pero no en Nicaragua, donde la historia parece retroceder a los oscuros ámbitos del monopolio del poder que también quiere imponerse sobre las mentes, sobre la manera de sentir y de pensar, y sobre la imaginación. La señora Murillo no deja dudas de esa voluntad que quiere dominarlo todo, cuando dice, al referirse a la demanda de Carlos: "En la vida hay cosas que no nos pertenecen personalmente. Que no tienen dueño. Que no son de propiedad, ni particular ni privada. Los muertos, por ejemplo. La esperanza colectiva, la creación colectiva, el dolor colectivo. Los triunfos colectivos".

El viejo peso de lo colectivo. Y en la inmovilidad histórica que el poder total demanda, todo se congela. Los muertos, por ejemplo, que de esta manera también resultan confiscados. La gesta de la revolución que mi generación hizo partió de la honda convicción en unos valores éticos que representaban el desapego a los bienes materiales, la solidaridad ilimitada con los demás, y un sentimiento de compasión por los más humildes, para crear un mundo diferente, de justicia y equidad. Y todo eso hacía que la vida propia no fuera sino un instrumento para conseguir ese nuevo mundo, con lo que a la hora del triunfo sobre la dictadura de Somoza, quienes llegaron a las tribunas fueron sobrevivientes, convencidos de que nunca terminarían de pagar su deuda con los muertos.

Pero hoy, los papeles se han trocado de manera dramática, y de aquella gesta, que es la que precisamente Carlos Mejía Godoy ilumina en sus canciones, sólo quedan las bambalinas y los telones desgarrados, el escenario comido por la polilla. Los muertos que fueron a morir por aquella causa despertarían hoy asombrados de lo que es el nuevo escenario de poder, que representa todo lo contrario de lo que aquellas canciones exaltan. Y sobre esas canciones, lo que se quiere imponer es el viejo sello ya sin tinta de lo colectivo: esperanza colectiva, creación colectiva, dolor colectivo, triunfo colectivo, toda una fantasmagoría que se agita en contorsiones patéticas, desprovistas sus figuras de sustancia, y de sentido ético. Es otra vez la épica de los héroes convertida en comedia de esperpentos, y que si en algún lugar permanece íntegra es en la música de Mejía Godoy.

Este concepto de que el pueblo, visto como una totalidad unánime en la abstracción, se encarna en el partido total, lo dice sin ocultamientos la señora Murillo: "El canto de Carlos, a pesar de él mismo, seguirá siendo del Frente. Del Frente Sandinista que hizo la Revolución, y que desde esa lucha mítica, los inspiró y dictó. Del Frente Sandinista, que seguirá, además, revolucionando la historia". Razones más que suficientes para confiscar el patrimonio creativo de un artista, en nombre de un partido al que se le da el papel imposible de dueño de la historia, y el más imposible aún de seguirla revolucionando.

(Publicado en El País, el 5 de julio 2008)