Populismo de derecha versus populismo de izquierda

Estas son las elecciones del empleo, dijo alguien. Suena bien. Acaso no ha señalado el PNUD, en su último informe sobre el desarrollo en El Salvador, que el empleo es la clave. Entonces, hablar del empleo es políticamente correcto... Felicitaciones a los candidatos.

El tema empleo puede ser muy de moda, en sintonía con lo políticamente correcto y con lo que la gente espera escuchar - pero esto no da sentido a lo que dicen los candidatos sobre el empleo. Ninguno. Adoptan el empleo como discurso, pero lo que dicen no tiene sentido, ni económico ni común. Ni ‘sentido humano’, porque juega con las angustias de la gente.

Rodrigo Ávila promete crear 250 mil empleos. No sé en qué país vive y pretende gobernar. Donde sobrevivimos los mortales, hay una ola de despidos. Las empresas ya han realizado los primeros despidos para prepararse a los dos años duros que vienen y para preservar los demás empleos. Las empresas grandes preparan despidos masivos para la marcha cuesta arriba. En vez de hablar de un pacto nacional para defender y proteger el empleo, con sacrificios de todos los sectores y con apoyo del Estado, Ávila promete un cuarto de millón de empleos nuevos. No es que no haya recibido advertencias. Los mejores economistas del país se le han dada asesoría gratis, pero muy seria: Ya estamos perdiendo empleo, y el primer paso indispensable para la solución es reconocer el problema, su carácter y su gravedad. Le han urgido enfocar en la defensa del empleo, y a empezar a negociar pactos con la empresa privada para lograrlo.

Es cierto, siempre hay que crear nuevos empleos, es parte de una estrategia de defender el empleo. Hay sectores de la economía donde es hasta necesario perder empleos, y hay que impulsar nuevas actividades para compensar. Pero hablar de crear empleos fuera del contexto de una estrategia de defensa del empleo es simplemente irresponsable. De todos modos, no funciona como estratagema electoral, porque nadie lo cree.

El discurso de ARENA -un presidente que sigue diciendo que todo está bien en la economía del país de las maravillas; un candidato que promete un cuarto de millón de puestos de trabajo nuevos, su compañero de fórmula que promete aumento de salario mínimo- es tan burdo que el FMLN y su candidato, si no fueran tan cegados ideológicamente, fácilmente lo podrían desarmar. Por suerte de ARENA, sus contrincantes tampoco viven en el país de la realidad, sin en el país de su himno adoptado de las casas de cartón. En este país donde viven el FMLN y su candidato, en veinte años no ha habido ni crecimiento, ni han mejorado las condiciones de vida, ni se han creado empleos. Esto es lo que está diciendo el candidato: ARENA en 20 años no ha creado empleo, sino desempleo.

Esto es tan falso como la promesa de Ávila de crear 250 mil empleos. Decir que en El Salvador no se han creado empleos en veinte años sólo se le puede ocurrir a alguien con la vista tan nublada por resentimientos y prejuicios ideológicos que ya no logra ver la realidad. Alguien incapaz de ver logros en el período antes de llegar él para salvar El Salvador, porque significaría reconocerle méritos a sus adversarios ideológicos. Por tanto, es alguien que como presidente sería incapaz de identificar dónde hay que dar continuidad a las estrategias y políticas que han sido exitosas.

A esta altura ya está claro que ni la pareja Ávila-Zablah ni la pareja Funes-Sánchez Cerén van a someter a discusión del electorado las estrategias, los pactos y los sacrificios indispensables para diseñar y consensuar una política de defensa del empleo y para adecuar el rol que tiene que asumir el Estado.

Es preciso que en este debate asuman su responsabilidad los académicos, los forjadores de la opinión pública, los empresarios, los dirigentes de la sociedad civil. El asunto del empleo y del modelo de desarrollo y crecimiento es demasiado importante para dejarlo a los populistas de derecha y izquierda que continúan secuestrando el sistema político partidario.

(El Diario de Hoy, Observador Electoral)

Hugo pulverizado

Las estimaciones de los analistas, tanto del lado del oficialismo como de la oposición, fueron atinadas en la mayoría de los casos, como se comprobó luego del primer boletín del CNE. Pero del lado de los voceros del Gobierno, empezando por el Presidente, sólo se gritaron durante la campaña mentiras y exageraciones sobre la gran victoria que obtendría el PSUV en estos comicios regionales y municipales.

"Los vamos a pulverizar", chillaba a cada rato el Presidente refiriéndose a la oposición, y para risas y mamaderas de gallo de los venezolanos, apenas pudo pulverizar a sus antiguos aliados civiles y compinches militares. De manera que aquí cabe muy bien el refrán de que la culpa no es del ciego sino de quien le da el garrote. Y el garrote lo entregaba bien engrasado el propio Chávez.

Estas gobernaciones "rescatadas" de manos de los mentados "traidores al chavismo" no constituían ni habían constituido en el pasado territorios de la oposición, ni mucho menos. En todo caso, tanto Sucre como Aragua se trataba de dos gobernadores regionales cuyos liderazgos y mandatos eran anteriores a la llegada del chavismo al poder. Cuando Chávez inventó la trampa de "relegitimarse" para así prolongar indebidamente su tiempo en la presidencia, tuvo que permitir la reelección de todos los gobernadores, y así se hizo.

Desde ese momento se dio inicio a una alianza política que se mantuvo por años, y que sólo se rompió cuando Chávez les quiso pasar militarmente la aplanadora a la hora de escoger a sus dos candidatos. Ahí no hubo consulta alguna. Ni Didalco Bolívar ni Ramón Martínez aspiraban a la reelección, de manera que en Aragua y en Sucre ganaron los candidatos más apreciados por los votantes, como era lógico, y los venezolanos hoy deben respetar ese criterio mayoritario. Entonces, ¿quién pulverizó a quién? Quizás, a lo mejor, o tal vez, se pulverizaron entre ellos.

Pero el Presidente de la República no impidió que la oposición pulverizara a Diosdado Cabello, el hombre que le cargaba el maletín a Chávez y lo esperaba, pacientemente, en la parte de afuera de las reuniones mientras Chávez cuadraba alianzas con la oligarquía. Como para que no hubiera testigo militar de sus trapisondas. A su hombre de confianza no le bastó el paraguas presidencial y le llovieron tantos votos en contra que provocaron un deslave en el corazoncito de Hugo. Ojitos lindos se volvió ojitos feos.

Y en Petare ahora resulta que los votos de la clase media son venenosos, le hacen daño a la revolución bolivariana, no tienen el equivalente real e igualitario respecto a los otros votos de los venezolanos. Según el "demócrata" Hugo Chávez, sólo su gente "sabe votar", y el resto del país sufraga a tientas y a locas, guiado por las malas influencias de los medios de comunicación, de la CIA o de la oligarquía y los terratenientes. ¿Y cuantos terratenientes hay en Petare? ¿Y cuantos ladrones y corruptos hay en el PSUV y en Pdvsa? Sería bueno saberlo.

Del diccionario de la barbarie

Al sólo colapsar la dictadura nazi en 1945, tres escritores alemanes comenzaron a publicar una serie de artículos que luego salieron como libro bajo el título “Aus dem Wörterbuch des Unmenschen” (Del diccionario de la barbarie). Este libro cambió para siempre la manera como los alemanes usamos y entendemos nuestro idioma, creando conciencia de que ciertas palabras o expresiones son reflejo y cómplice de la tiranía y de la barbarie.

Hasta la fecha no puedo usar el término alemán ‘Volk’, que en español significa ‘pueblo’, por el uso que Hitler y sus nazis han hecho de este término, llenándolo con contenidos nacionalistas, racistas y excluyentes. Lo mismo pasa con las palabras alemanas ‘Vaterland’ (patria) o ‘Heimat’ (terruño, tierra natal). No tengo el mismo problema cuando hablo o escribo en español o inglés. Sea cual sea el idioma empleado, siempre tendré cuidado con concepciones como ‘la patria’, ‘el pueblo’, pero hablando alemán hay palabras vetadas. El otro día estuve traduciendo del español al alemán un artículo mío. En el original, no me costó usar términos como ‘dirigente’ o ‘líder’ – pero cómo iba a decir en alemán ‘Führer’, que fue el título que llevó Adolf Hitler y que expresa, para siempre, la concepción reaccionaria y totalitaria del liderazgo político. Tuve que usar el anglicismo ‘leader’, porque el alemán, hasta la fecha, no ha generado un término nuevo e insospechoso.

Que yo sepa, nadie ha hecho una versión ampliada de este diccionario de la barbarie, incorporando la palabras claves de barbarie estalinista. Un colega alemán, Josef Joffe, escribió en el semanario Die Zeit sobre este vacío. Llama la atención Joffe que el término ‘Abweichung’ (desviación) y ‘Verrat’ (traición) siguen en uso en las discusiones de la izquierda alemana de hoy, como si bajo este término no se hubieran decretado las ejecuciones de miles de disidentes.

Tiene razón Josef Joffe. Hay que señalar y vetar ciertas palabras y las concepciones autoritarias que en ellas se expresan. Si no excluimos de los debates términos como ‘traidor’, ‘infiltrado’, ‘vendepatria’ y todas las variaciones de estos conceptos que están de moda en ciertos movimientos de izquierda en Venezuela, Nicaragua y El Salvador, no podemos estar seguros de no ver traidores muertos o encarcelados. Son palabras de exclusión, de amenaza, de violencia. Hay que incluirlos en el diccionario de la barbarie.

Basta leer los testimonios sobre la matanza de ‘infiltrados’ que tuvo lugar entre 1996 y 1990 al interior de una de las organizaciones guerrilleras de El Salvador, las FPL comandados por los actuales dirigentes máximos del FMLN, para entender que no estamos hablando de algo hipotético ni de algo de nuestra prehistoria. Los testigos reportan que unos mil combatientes y colaboradores fueren torturados y ejecutados por sus propios ‘dirigentes’, bajo la acusación de ‘desviación’, ‘infiltración’ y ‘colaboración con el enemigo.’

Basta escuchar las respuestas que del seno del FMLN y en sus órganos de difusión están recibiendo estos testigos y los que han recopilado sus testimonios, para darse cuenta que el lenguaje no han cambiado, los conceptos no han cambiado, la intolerancia no ha cambiado, la incapacidad de ver a disidentes sin pensar en traidores no ha cambiado.

Quiero recomendar -más bien urgir- a mis lectores buscar y leer el libro “Grandeza y miseria en una guerrilla” de Geovani Galeas y Berne Ayalá, que contiene los mencionados testimonios. Para los que hemos participado en el movimiento guerrillero es lectura obligada. Para asumir con dignidad y orgullo nuestro papel en la transformación del país, tenemos que enfrentar la verdad. Toda la verdad, no sólo la que nos conviene.

At last, the party of social justice has woken up

The New Labour era is over - welcome to social democracy. Following in Obama's footsteps, it is suddenly safe to tax the rich and spend to protect jobs. Keynes and Roosevelt are the world's spirit guides through this crisis, because in a crisis social democracy is what works. Yesterday that faith allowed Labour to shed its disguise and follow its nature in a £20bn shower of spending. Yesterday saw the Conservatives strip off their sheep's clothing too, as George Osborne tore into the "unexploded tax bombshell" with gusto, merrily defending the aspirations of the wealthy. Now we can see both parties naked as nature intended, and at last comfortable in their own skins.

Symbolism is everything in the volatile irrationality of these times. When markets zigzag between exuberance and despair, confidence is the only currency. The language, the mirage, the smoke and mirrors, it all matters as much as the substance. No one alive has ever lived through such a crisis or faced the danger of a slump so deep, so if enough people say that the right thing was done yesterday, then it was. The stock market rewarded Alistair Darling with the biggest ever one-day rise - so for now, it worked.

For years New Labour has forgotten about the power of symbolism. As wealth at the top soared, Tony Blair and Gordon Brown had no word of reproof for gross greed and excess. Relaxed about the filthy rich, they "celebrated" vast salaries that spilled over to contaminate the public sector too. On Labour's watch the top 10% consumed nearly a third of national earnings and 54% of personal wealth. This comes too late to check the bonus culture that wrecked the economy, but better late than never. The words are spoken: "Those who have done best in the last decade will pay more" - an average of £3,168 more for earners over £140,000 in 2011.

And the sky has not fallen in after all. On the contrary, some sense of the rightness of things begins to be restored. Of course the mega-rich should pay a fairer share of tax. Of course low earners deserve a fairer share of rewards - the cleaners, caterers and carers who earn too little to keep their families above the poverty line - though they didn't get it this time.

In poll after poll, from British Social Attitudes to the Guardian ICM, three-quarters of voters say that the income gap is too wide. The Sun tries a feeble jab at Gordon Brown for "turning his back on wealth creators" - but it lacks conviction. Odd how it has taken near calamity to shake Labour from its craven fear of the hyper-rich. The Tories and their press, who inhabit a world where "everyone" earns over £100,000, forget at their peril what "ordinary" really is: only 2% of taxpayers earn more than £100,000 a year. Only 1.3% earn more than £150,000.

High earners are always in denial about how exceptional they are, while Labour over the years has colluded by failing to tell the true story about the distribution of wealth and earnings. Here is a reminder of the shape of national incomes now: only 10% of people earn more than £40,000, to reach the top tax bracket. Half the working population earns under £23,000. A couple need £11,000 to rise above the poverty threshold - and over a fifth of people fall below, with a third of children born poor.

So now let's hear Labour remind itself and all other opinion formers how little most people have shared in the boom. Labour doesn't need the votes of the top 2% so long as the other 98% see fairness done - but Labour does need to get the facts across, as most people are woefully ignorant of where they stand on the earnings scale. The richest 2% will protest because they think their earnings are ordinary, refusing to believe most people earn so little. Sadly, even the poor think they are nearer the middle than they are.

But don't imagine Britain has become Sweden overnight, for this was less redistributive than the symbolism suggests. Alistair Darling had promised "help to every household" - and that's what his VAT cut did. But was it wise and necessary - or even populist? This money would be better spent on the poorest children and pensioners, instead of scattered thin and wide. Out there in the high street - where economists rarely venture - shop windows offer discounts of 20% and 30%, so what chance of a mad rush for 2.5% off VAT? Will people notice? £12.5bn is a huge sum to squander without provable results when it is just not true that every household needs help. Even if unemployment reaches 3 million, that still leaves 90% in secure jobs. Most people will suffer not at all in this recession: on the contrary they will do well as prices fall and the real value of their earnings rises. Though the VAT cut may ease the climate of fear when fear itself is the risk.

Some of that great VAT cut should have paid instead the £3bn in child tax credits that would have seen Labour hit its child poverty target, raising half of all poor children over the line. Oddly, Darling promised to set that pledge in law instead of giving the money to fulfil it. The Institute for Fiscal Studies says there will now be no extra children lifted above the poverty line in 2010-11 and the target will be missed. What a missed political chance to challenge the Tories on their compassion. Sadly, the VAT cut will help the poorest least: apart from in their energy bills, they spend least on non-food items while the big spenders get most benefit. The IFS says the VAT cut will only spur the buying of the "most expensive, infrequent items" like white goods and furniture.

Good news is capital spending of £3bn dragged forward to create jobs. Good news too is extra spending on helping people find work. Help for small businesses that employ 60% of the workforce is just what was needed. Here is a plethora of good measures, but a huge gamble. Will this send the economy upwards by halfway through next year? Darling risked his reputation in that prediction. Will he be able to prove Labour's action made the difference and all this spending saved the day?

But whatever the details and the fine print, history will judge yesterday was the turning point when Labour unfurled its old battle banner for social justice and the Conservatives chose to ride full tilt against it. There is danger for both in abandoning their centre-ground hug of death - but now there is real choice for voters.

(The Guardian, London)

El discurso del marero y la fuerza de la razón


El peor error que podemos cometer los nicaragüenses que aspiramos a una paz con justicia y libertad es tratar de combatir la violencia con más violencia. A la violencia discursiva del gobierno de Daniel Ortega hay que responder con la fuerza de la razón y con un discurso que se nutra del drama de los que viven en la miseria y que proyecte sus justas ambiciones. Ese discurso debe distinguir entre la mara gobernante y la población que esa pandilla controla.
La disputa de las calles es una idea que se enmarca dentro de la lógica marera de los que nos gobiernan. a los que siguen a Daniel Ortega hay que disputarles la conciencia. y eso hay que hacerlo armados con la verdad.

Andrés Pérez-Baltodano

Toronto. “Si el comandante Daniel Ortega dispusiera llamar a las calles no quedaría piedra sobre piedra sobre este país y sobre ninguna emisora y sobre ningún canal, de este país, gracias a Dios no lo ha hecho”, afirmó el Procurador General de la República, Hernán Estrada hace dos semanas, invitándonos a agradecer la “generosidad” del presidente Daniel Ortega.

Es difícil articular una crítica contra una declaración como la anterior, sin descender a los niveles de oscurantismo y torpeza que en ella se reflejan; o bien, sin terminar dignificando al que la hizo. La respuesta que merece Estrada solamente puede articularse en palabras que no son publicables y que contribuirían a nuestro embrutecimiento. Por otra parte, responder a una aberración haciendo uso de un lenguaje razonable, es darle forma a la amorfia y elevar el nivel de personas que merecen vivir a la altura de sus palabras.

Frente a una encrucijada como esta, es preciso recurrir a la palabra iluminada de nuestros mayores. En un pequeño libro que me regaló Pablo Antonio Cuadra al final de una inolvidable conversación a finales de los 1980s, encontré lo que buscaba. En ese libro, El hombre: un Dios en exilio, editado por Pedro Xavier Solís, PAC dice algo que adquiere relevancia frente a las declaraciones de Hernán Estrada en los momentos de dictadura que vivimos: “Lo peor de una tiranía no es el tirano —que trata de ser más—sino los serviles —que tratan de ser menos—”.

Las palabras crean la realidad

Estrada es apenas una de las voces del coro de violencia discursiva que dirigen Daniel Ortega y Rosario Murillo. La responsabilidad de esta pareja puede constatarse en el portal informativo de la Presidencia de la República (http://www.presidencia.gob.ni/). En ese espacio virtual se puede observar, por ejemplo, la venenosa violencia verbal descargada contra la brillante feminista Sofía Montenegro por un gobierno que en ese mismo espacio insiste en llamarse “de Reconciliación y Unidad Nacional”.

En el mismo portal puede leerse el discurso de celebración del 29 aniversario del “Repliegue” en el que Daniel Ortega, en declaraciones aún más bárbaras que las de Estrada, amenazó a los ciudadanos nicaragüenses que lo adversan con palabras propias de un faraón enardecido: “Donde nos busquen nuestros enemigos, allí nos van a encontrar; donde nos busquen los vendepatria, allí nos van a encontrar; donde nos busquen los traidores, allí nos van a encontrar; donde nos busquen los financiados por la Embajada yanqui, allí nos van a encontrar, dispuestos, como decía nuestro gran poeta Rubén Darío, a levantar el acero de guerra o el olivo de la paz”.

El acero de la guerra puede materializarse porque las palabras construyen la realidad. Ellas condicionan nuestra existencia y organizan el “sentido común” dentro del que articulamos nuestras definiciones de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo moral y lo inmoral. Esas definiciones, cuando se consolidan en el imaginario colectivo de la sociedad, legitiman el sentido de lo que queremos hacer.

Las palabras de Martín Luther King, las de Gandhi y las de Sandino, para citar algunos ejemplos, fueron cinceles que moldearon el sentido y la realidad de sus países y del mundo. Igual cosa puede decirse, desafortunadamente, de las palabras de Adolfo Hitler.

La demonización discursiva del pueblo judío fue el preámbulo del Holocausto. Antes de las cámaras de gases y los hornos de Auschwitz, el discurso de Hitler y sus serviles se encargó de deshumanizar a los seis millones de personas que perecieron en los campos de concentración de la Alemania Nazi.

La masacre de casi un millón de Tutsis en 1994 en Rwanda, también tuvo como preludio la deshumanización de ese grupo por parte de los líderes Hutus. Tanto la prensa escrita como la radio fueron utilizadas para ese propósito mucho tiempo antes de la masacre.

En el Tribunal Internacional Penal para Rwanda, creado en noviembre de 1994 para investigar el genocidio, se mostraron numerosas evidencias que muestran como la violencia discursiva fue la antesala de la violencia física perpetrada por las milicias Hutu en contra de la población Tutsi. Una de esas evidencias —por la coincidencia que muestra con el discurso del gobierno de Daniel Ortega—, nos obliga a contemplar lo que podría suceder el día de mañana en Nicaragua.

Haciendo uso de una lógica de continuidad “revolucionaria”, parecida a las que utiliza Ortega para justificar su violencia, el gobierno de Juvenal Habyarimana controlado por los Hutus distribuyó en 1992 (dos años antes de la masacre), una papeleta en la que aparecía el dibujo de un amenazante machete. En esa misma papeleta se preguntaba: “¿Qué debemos hacer para completar la revolución que iniciamos en 1959?” La “revolución” en referencia había sido, en realidad, otra masacre en la que perdieron la vida miles de Tutsis.

La furia discursiva desatada por el gobierno de Daniel Ortega contra la oposición nicaragüense anuncia nuevas tragedias. Lo saben los que nos gobiernan. Algunos de ellos hasta lo gritan envalentonados. Edén Pastora, funcionario del gobierno de Ortega, declaró recientemente, después de que su residencia fuese apedreada por personas contaminadas por el veneno de la violencia, que después de ese incidente se sentía autorizado a matar:

“Con esta acción”, dijo Pastora refiriéndose al ataque del que fue víctima, “me están autorizando a que, al que venga a joder, lo mato. Al que vuelva a venir aquí le disparo. Apuntalo”, sentenció, dirigiéndose al periodista que lo entrevistaba frente a su casa.

Los rostros de las rotondas

El peor error que podemos cometer los nicaragüenses que aspiramos a una paz con justicia y libertad es tratar de combatir la violencia con más violencia. A la violencia discursiva del gobierno de Daniel Ortega hay que responder con la fuerza de la razón y con un discurso que, como señalaba hace una semana, recoja las necesidades del pueblo y sus preocupaciones; un discurso que se nutra del drama de los que viven en la miseria y que proyecte sus justas ambiciones.

Ese discurso debe distinguir entre la mara gobernante y la población que esa pandilla controla. Más aún, debe ser capaz de reconocer la humanidad que se esconde en cada tira-morteros y en cada una de esas personas que hoy blanden sus machetes en las calles de Managua.

Esos rostros sudados que insultan y amenazan no son los rostros de la corrupción. Esos no son los rostros henchidos de los que viajan en aviones privados y poseen mansiones mal habidas dentro y fuera del país. Esos nicaragüenses son —démonos cuenta antes de que sea demasiado tarde—, los instrumentos de un gobierno que aprovechándose de la miseria de nuestro pueblo, les ofrece pan a cambio de su dignidad.

A esos nicaragüenses no hay que disputarles las calles. La disputa de las calles es una idea que se enmarca dentro de la lógica marera de los que nos gobiernan. La calle es para ellos, la representación de la Nicaragua-barrio que el Estado Mara trata de controlar, bajo la premisa de que el control territorial les otorga el derecho de posesión y control de todo aquello —bienes y personas— que existe dentro del territorio conquistado.

A los que siguen a Daniel Ortega hay que disputarles la conciencia. Y eso hay que hacerlo armados con la verdad. Esa verdad nos obliga a reconocer que los rostros de las rotondas representan nuestro fracaso como nación. Ellos son la violenta representación de un pueblo pobre que se aferra hoy —a cualquier precio—, a la mentirosa esperanza de justicia e igualdad que les ofrece el FSLN. Agarrados de esa esperanza nos agraden, porque el discurso de la llamada oposición democrática no ha sido capaz de reconocer —sin ambigüedades— la desesperada condición de pobreza y marginalidad en la que vive la mayoría en nuestro país.

Frente a esos rostros también tenemos que reconocer que, desde 1990, Nicaragua ha seguido un rumbo político equivocado. Nos equivocamos porque descartamos —en vez de corregir— el proceso de transformaciones sociales que emprendió el pueblo de Nicaragua en julio de 1979. Nos equivocamos porque lo que el pueblo rechazó en 1990 no fue el ideal de la justicia, ni el ideal de la solidaridad que alimentaron ese proceso.

En 1990 teníamos que haber seguido luchando por esos ideales, sin el autoritarismo y la arrogancia de los 80s, sin la corrupción de los 80s, sin los crímenes de los 80s, y sin la incompetencia de de los 80s. En vez de hacer eso, decidimos recrear Nicaragua a la medida de los deseos de los que por tenerlo todo, aspiramos a construir una suerte de social-democracia sueca en medio del mar de miseria que es nuestro país.

A los pobres de Nicaragua —los pobres de los 1980s y los herederos de esos pobres que hoy blanden sus machetes frente a nuestros rostros— los insultamos en 1990 con la tranquilidad con la que, sandinistas y no sandinistas, aceptamos como “necesarias” las políticas neoliberales que masacraron los sueños de justicia de millones de nicaragüenses. Los ofendimos nuevamente con la chabacana opulencia de un Arnoldo Alemán, producto de una democracia sin alma. Los volvimos a ofender con los sueldos y la insensibilidad de la tecnocracia de un Enrique Bolaños, el presidente que los llamó “patas de hule”, por ser humildes y desgraciados.

Y los seguimos ofendiendo hoy, con la foto de campaña de un Montealegre ridículamente disfrazado de “pueblo” en un bus de Managua. Los ofenden las declaraciones de Mundo Jarquín, quien nos invita a ver el drama de Nicaragua como una lucha entre los “indecentes” y los “decentes”, en un país sin sentido de moralidad social.

Pecaríamos de ilusos si pensáramos que un llamado a la razón de Daniel Ortega podría cambiar el peligroso rumbo que han tomado las cosas en nuestro país. Daniel Ortega es un hombre firme; en el peor y más lamentable sentido de la palabra: es un hombre que no cambia, que no madura, que no aprende. Por sus grandes limitaciones y por sus desmedidas ambiciones, no resulta difícil entender que muchos hayan llegado ya a la conclusión de que sólo la violencia parará la violencia que azota a nuestro país. Enfrentar el fuego con el fuego, sin embargo, sería caer en la trampa construida por la mara gobernante. Evitar esa trampa es nuestra obligación. La palabra veraz y la fuerza de la razón deben prevalecer. En ellas, sólo en ellas, debemos cifrar nuestras esperanzas.

(Publicado en Confidencial, Managua)



Nicaragua: de revolución a farsa

Para defender los fraudulentos resultados de las recientes elecciones municipales del 9 de noviembre en Nicaragua, Daniel Ortega no encontró mejor salida que instaurar la anarquía en varios sitios del país. Para acallar las protestas de la población al conocerse las evidencias del fraude, mandó a sus seguidores para que impidieran con lluvias de piedras y amenazas de palos que ésta se manifestara.

Para quienes siguieron de cerca la Revolución Sandinista en los años 80, resulta difícil entender lo que sucede. Figuras emblemáticas de aquellos años, como Ernesto Cardenal, Dora María Téllez, Sergio Ramírez, han denunciado que en el país se está gestando otra dictadura. A menudo, he comprobado el desconcierto de quienes apoyaron con su solidaridad lo que semejaba entonces una gesta de David contra Goliat. Preguntan sorprendidos: ¿qué le ha pasado a Daniel Ortega? ¿Cómo fue que cambió tanto? Confieso que me da un poco de vergüenza responderles. Para muchos de los que formamos parte de aquella masa intrépida que derrocó a la tiranía somocista el 19 de julio de 1979, los bandazos y arbitrariedades de Ortega eran un secreto a voces que guardábamos en casa. Atribuíamos ese comportamiento a su falta de experiencia, al poco don de gentes de su inescrutable personalidad, al impacto psicológico de los siete años que pasó en la cárcel. Lo aclamábamos en medio del fervor idealista, pero en la intimidad criticábamos su constante necesidad de ser desafiante sin medir las consecuencias. Nuestro consuelo era saber que, aunque el mundo lo considerara el líder de la revolución, en realidad él era solamente uno más.

La dirección del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y del Gobierno revolucionario era colectiva y varios de los nueve hombres que conformaban el directorio eran personas capaces e ilustradas cuya autoridad era un contrapeso a la peculiar manera del presidente de hacer política. Recuerdo incluso una conversación que sostuve, antes del triunfo de la revolución nicaragüense, con Fidel Castro. Cuando le reclamé su aparente preferencia por la facción dirigida por los hermanos Ortega, Humberto y Daniel -el FSLN se encontraba dividido entonces en tres grupos-, Fidel me contestó diciendo que precisamente porque las ideas y la disposición de los Ortega era menos predecible, él consideraba que no podía dejarlos solos. No sé qué pensará Fidel ahora.

La supremacía de Daniel Ortega entre aquel grupo de primus inter pares fue asentándose gracias, en gran medida, al poder indiscutible que la llamada Guerra de la Contra, confirió a su hermano, Humberto, el comandante en jefe del Ejército Popular Sandinista. Más astuto que Daniel, su habilidad para salirse con la suya a cualquier costo le había ganado el sobrenombre de Puñal. Durante los 10 años que duró la Revolución, Humberto Ortega fue inclinando el fiel de la balanza a favor de su hermano hasta asignarle un protagonismo que justificaba con el argumento de que la autoridad de un presidente confería institucionalidad a la revolución. Ni él mismo, creo, imaginó lo aventajado que resultaría su hermano como aprendiz de sus mañas.

Paradójicamente, la hora más alta de Daniel Ortega no sobrevino en ninguno de sus momentos de triunfo, sino ante la inesperada derrota del FSLN en las elecciones de 1990, las más vigiladas en la historia del país. En el discurso en que concedió la victoria a su contrincante, Violeta Chamorro, destacó la trascendencia de aceptar la voluntad popular, aun cuando la guerra financiada por Ronald Reagan, hubiese puesto al pueblo de Nicaragua a votar con una pistola en la sien. No quedó ojo seco entre quienes lo escuchaban, fuera por tristeza o por alivio. Al día siguiente, sin embargo, Ortega cambió su tono conciliador y ante una azorada multitud prometió "gobernar desde abajo".

El debate sobre lo que esto significaba para un FSLN en la oposición fue el origen de la primera gran fractura interna del sandinismo. Ortega y tras él las disciplinadas estructuras partidarias reclamaban que jamás renunciarían al derecho a ejercer la violencia "revolucionaria", que hacerlo era traicionar al pueblo. La otra posición planteaba que el partido debía adaptarse a las nuevas condiciones del mundo. La caída del bloque socialista demostraba el fracaso de la "dictadura del proletariado". El país requería una izquierda moderna que descartara la violencia como método de resolver diferencias y se apuntara con brío a radicalizar la democracia y abogar por los intereses populares respetando la diversidad y las leyes.

Las acusaciones de los sectores más dogmáticos contra quienes sosteníamos estas ideas no se hicieron esperar. A los disidentes se nos endilgaron adjetivos que iban desde cobardes hasta traidores. Daniel Ortega dirigió la embestida y se erigió como el único capaz de preservar la amenazada unidad. Renovó así el discurso de confrontación de los años 80, esta vez contra los miembros de su propio partido. Mientras tanto, en la práctica, él y otros dirigentes como Bayardo Arce y Tomás Borge, se encargaban de asegurar la supervivencia económica del FSLN y de ellos mismos, distribuyendo propiedades del Estado y otros recursos y acumulando fortunas personales.

La llamada piñata sandinista fue vergonzosa. Si bien la propiedad de la tierra fue legalizada a las cooperativas, en un acto de democratización del área propiedad del pueblo compuesta por los bienes confiscados a Somoza y la dictadura, cuadros sandinistas alertados sobre el valor de estas tierras, las compraron a los cooperados y pasaron a ser dueños, entre otras cosas, de las anchas costas del Pacífico nicaragüense que hoy son vendidas a inversores europeos y norteamericanos por millones de dólares. La piñata causó nuevas deserciones en el interior del FSLN por desacuerdos éticos, pero generó, al mismo tiempo, complicidades estrechas ya no basadas en ideales y sueños, sino en negocios o en el mutuo encubrimiento. El FSLN se apropió de emisoras de radio y equipos de televisión. Fundó un banco y formó empresas usando los nombres de cuadros leales que también se enriquecieron.

Esta incursión en el mundo de los negocios no impidió, sin embargo, que continuara el discurso populista. Y fue este divorcio entre el discurso y la práctica lo que, en 1999, le permitió pactar la división del país con el entonces presidente y jefe máximo del Partido Liberal Constitucionalista, Arnoldo Alemán. Acusado de corrupción, Alemán se encontraba en una posición de debilidad. Para asegurar su supervivencia política aceptó el pacto con Ortega. Se amplió el número de magistrados y miembros de la Corte Suprema, del Consejo Electoral, de la Contraloría, de la Asamblea Nacional para incluir a los sandinistas y se inició un cogobierno. Eventualmente, Ortega le arrancó a Alemán la concesión clave: bajar el porcentaje de votos necesario para ser electo presidente de un 45% a un 35%.

Hecho esto, Ortega escenificó el regreso del hijo pródigo a los brazos de la Iglesia católica, a quien atribuía una influencia decisiva en sus previas derrotas electorales. Empezó a visitar a su antiguo némesis, el cardenal Miguel Obando y Bravo. Poco después, éste ofició la misa en que el líder sandinista se casó por la iglesia con su compañera de vida, Rosario Murillo (cuya hija lo acusó en 2003 de abuso sexual desde los 11 años), y sus discursos se llenaron de frases bíblicas y alabanzas a Dios. Como ofrenda final, Ortega apoyó la revocación de una disposición constitucional del siglo XIX que autorizaba la interrupción del embarazo si hacía peligrar la vida de la madre.

Tras tres intentos fallidos, el tozudo comandante logró coronar su ambición de regresar a la presidencia el 10 de enero de 2006, al alcanzar una votación del 38%. Su actitud desde entonces y en las recientes elecciones municipales parece indicar que esta vez no está dispuesto a jugarse el poder más que en simulacros democráticos cuyos resultados le favorezcan.

Mientras escribo esto, la carretera de acceso a mi casa está cortada por grupos de choque orteguistas. Apostados allí, intentan impedir que medios y diplomáticos lleguen a una iglesia donde Eduardo Montealegre, el candidato a alcalde de Managua por la oposición, mostrará las actas de votación que demuestran el fraude perpetrado en su contra. Aparentemente, para salirse con la suya, Daniel Ortega también está dispuesto a incendiar el país. Lo mismo hizo Somoza en 1979. El revolucionario se ha convertido en su propia antítesis.

Varapalo

Visto de lejos, el resultado de las elecciones regionales venezolanas podría juzgarse como una ratificación de dominio político. Tal juicio sería erróneo: lo que Chávez ha recibido es un verdadero varapalo.

La división política de Venezuela -23 Estados y más de 300 alcaldías- no va de la mano con su demografía: los cinco Estados donde ganó la oposición concentran más de la mitad de la población del país, la mayor parte de la industria petrolera y el grueso de la actividad industrial del país.

Pero el resultado de mayores consecuencias políticas ha sido, sin duda, el triunfo de la oposición en la zona capital al alzarse con la Alcaldía Mayor de Caracas y con la gobernación del vecino Estado de Miranda, uno de cuyos municipios, el de Sucre, forma parte de la zona metropolitana de Caracas y es el más poblado del país, con más de millón y medio de habitantes.

Precisamente en este municipio del este de Caracas se halla Petare, el barrio más populoso de la capital y el más violento: unos 700 homicidios registrados en el año 2007.

Junto con el de Catia, su homólogo del oeste de Caracas, Petare fue durante todos estos años bastión del chavismo puro y duro capitalino.

Pues bien, Chávez los ha perdido a ambos, y de un modo que no deja lugar a dudas de que la base social de su Partido Socialista Unido de Venezuela se concentra en las zonas rurales, más despobladas y deprimidas. Y, por lo mismo, más sujetas al caciquismo y a las muchas formas que cobra la extorsión del voto en mi país.

Con todo, afirmar que existe una Venezuela urbana opositora y otra Venezuela rural y oficialista también sería engañoso.

Estos resultados muestran, más bien, que una mitad de los venezolanos repudia el grotesco autoritarismo militarista de Hugo Chávez. Buena parte de la otra mitad también, pero no se olvide que Venezuela es, hoy por hoy, un petro-Estado populista donde el Gobierno es el mayor empleador del país y dueño de la chequera.

Para decirlo con palabras del dirigente opositor Teodoro Petkoff, director del matutino Tal Cual, los resultados del domingo entrañan la "derrota de la prepotencia, de la arrogancia, del desprecio por los que opinan distinto, de la política entendida como agresión, insulto y ofensa al adversario".

Ganar en la capital, y con indiscutible ventaja en las barriadas más populosas y marginadas, donde viven los presuntos beneficiarios de los tan cacareados programas sociales del vociferante y pugnaz Hugo Chávez, ha sido el modo caraqueño de decirle: "¿Por qué no te callas?".

Caracas es Caracas; lo demás es monte y culebra.

(El País, Madrid. El autor es un escritor venezolano)

The eco machine that can magic water out of thin air

Water, Water, everywhere; nor any drop to drink. The plight of the Ancient Mariner is about to be alleviated thanks to a firm of eco-inventors from Canada who claim to have found the solution to the world's worsening water shortages by drawing the liquid of life from an unlimited and untapped source - the air.

The company, Element Four, has developed a machine that it hopes will become the first mainstream household appliance to have been invented since the microwave. Their creation, the WaterMill, uses the electricity of about three light bulbs to condense moisture from the air and purify it into clean drinking water.

The machine went on display this weekend in the Flatiron district of Manhattan, hosted by Wired magazine at its annual showcase of the latest gizmos its editors believe could change the world. From the outside, the mill looks like a giant golf ball that has been chopped in half: it is about 3ft in diameter, made of white plastic, and is attached to the wall.

Siguie en: http://www.guardian.co.uk/environment/2008/nov/23/water-mill-eco-invention

Let's Be Clear About Obama

There are some interesting conversations and debates underway at   thenation.com (see especially Chris Hayes at Capitolism, "Left Out")   and in the progressive blogosphere (see Glenn Greenwald, Jane   Hamsher, Digby and David Sirota about why Obama has so few   progressives among his cabinet picks.) It's worth checking them out.

  I think that we progressives need to be as clear-eyed, tough and   pragmatic about Obama as he is about us.

  President-elect Obama is a centrist at a time when centrism means   energy independence and green jobs and universal health care and massive economic stimulus programs and government intervention in the   economy. He is a pragmatist at a moment when pragmatism and the   scale of our financial crisis compel him to adopt bold policies. He   is a cautious leader at a time when, to paraphrase New York Times   columnist Paul Krugman, caution is the new risky.The great traumas of   our day do not allow for cautious steps or responses.

Sigue en http://www.thenation.com/blogs/edcut/385749