Carta a los próceres de la independencia

Caballeros:
Hoy los tataranietos de ustedes (o los nietos de ellos, no estoy seguro cuántas generaciones han pasado...) desfilan en las calles, celebrando la independencia que ustedes gestaron. En los discursos oficiales de presidentes, obispos, directores de colegio y otras autoridades, ustedes son los héroes, los padres de la patria. Aunque ya les metieron el cuchillo por la espalda.

Para mi, lo más importante de su gesta no es la independencia como tal, en el sentido de romper con el colonialismo y como país hacerse independiente del imperio, sino el paso que ustedes dieron de constituirse como república. Lo revolucionario de la independencia no es la conquista de la libertad como país, sino la conquista de a libertad como ciudadanos.

Docenas de países se han hecho independientes de los imperios coloniales, sólo para constituirse en monarquías o dictaduras independientes, a veces aún más represivos que los regímenes coloniales. Los ciudadanos pasaron de una esclavitud a otra. El país quedó “libre”, pero no los ciudadanos...

Las celebraciones, que cada año se hacen durante el mes de septiembre poco enfocan en la verdadera conquista del 1821, la revolución democrática y los principios republicanos: división e independencia de poderes; control ciudadano sobre el gobierno; el imperio de la ley y de Constitución; igualdad ante la ley; libertad de voto y de expresión...

Hablar de estos principios no es solamente alabar la historia (la gesta histórica de ustedes), sino exige pronunciarse sobre el presente y el futuro. Es hablar de lo frágil que todavía es nuestro sistema republicano. Ustedes declararon estos principios, pero nosotros todavía estamos peleando para darles plena vida y garantizarles estricta vigencia. Sobre todo por parte del gobierno y sus instituciones...

El reciente pleito sobre la Corte Suprema tuvo como origen un ataque de una parte de nuestra clase política y gobernante (incluyendo el presidente, algunos magistrados de la Corte, una mayoría de diputados y los partidos oficiales) a los principios republicanos de la división de poderes y la independencia de los jueces. Fue un vil ataque al legado de ustedes, los fundadores de República. Un cuchillo a la espalda de los héroes nacionales. La buena noticia: Este ataque fue derrotado, porque en el país y su ciudadanía se mantiene viva y combativa la idea de la república de hombres libres que ustedes sembraron.


Los herederos de ustedes no son los actuales “padres de la patria”, sino los jóvenes que se movilizaron para defender la Constitución; los académicos que se pronunciaron mayoritariamente contra el intento de suspender el balance de poderes; y los 4 magistrados de la Sala de lo Constitucional.

En este aniversario de la independencia y de la república, las ideas revolucionarias de ustedes son más vivos en El Salvador que nunca. A pesar de los discursos huecos que los presidentes de los órganos del Estado les van a dedicar en laza pública...

Descansen en paz, padres de la patria, su legado está en buenas manos rebeldes. Paolo Lüers
(Más!/EDH)

Carta a los que se lamentan que en el país sólo hay noticias malas

Estimados amigos:
Calma: No me voy a unir a la campaña “Hablemos bien de El Salvador” del presidente de un grupo radial, que tiene como único propósito elevarlo a otra presidencia. Pero sí quiero romper con el mitos que todo está perdido en El Salvador.

Muchos dicen que nuestra economía está mal, que ya no producimos otra cosa que emigrantes. ¡Paja! Producimos y exportamos al mundo en grandes cantidades y de alta calidad: atún, elementos electrónicos, zapatos, café, plantas, ropa... Damos servicio de mantenimiento a los jets de varias líneas aéreas internacionales. Los call centers salvadoreños dan servicio a clientes de multinacionales en todo el mundo y publican cada semana anuncios buscando más empleados.

No estoy diciendo que está bien nuestra economía, porque sería mentira, igual que decir que está mal. Lo que está mal es el gobierno y sus políticas públicas. Y no sólo a partir de la llegada de Funes y el FMLN al gobierno. Ejemplo: Dos gobiernos sucesivos no han logrado poner a trabajar al puerto de La Unión. Pero 8 años de políticas populistas y mal manejo de las finanzas públicas tampoco han logrado quebrar nuestra economía. La han debilitado. Han impedido que crezca. Pero no la han vencido.

Un día de estos fui al recién inaugurado “Centro Internacional de Cáncer” del Hospital Diagnóstico. Odio ir a estos lugares. Me invitaron y no quise ir, porque no me quería deprimir. Al fin me venció la curiosidad. Por suerte no tuve que ir como paciente, sino como periodista...

La sorpresa: No salí deprimido, sino todo lo contrario. Fíjense ustedes: De repente tenemos en El Salvador el centro de tratamiento al cáncer equipado con la tecnología más avanzada de toda América Latina. Con médicos especialistas, científicos y técnicos (salvadoreños) formados en las mejores universidades del mundo. Tan buenos los equipos técnicos y humanos que ya llegan pacientes de muchos países a curarse...

Hice a los médicos la misma pregunta que ustedes se van a hacer: ¿Y qué sirve esto a los que no pueden pagar, que somos la mayoría? La respuesta: “Podemos atender a muchos pacientes que jamás podrán pagar tratamientos en otros países, porque nuestros precios, aunque son altos, son menos de la mitad que en Estados Unidos, pero de la misma calidad. Es cierto, como empresa privada no podemos resolver el problema del retraso tecnológico en el sistema público de salud. Podemos atender a algunos pacientes gratis o a tarifas reducidas, para esto creamos una fundación.” En esta línea humanitaria han analizado el caso del periodista Santiago Leiva y pueden tratar su cáncer a un costo de 20 mil dólares. En Estados Unidos sería impagable. Pero 20 mil puede asumir la comunidad de periodistas y medios...


Además ofrecen un novedoso servicio gratis: el “Centro de Cáncer Virtual”. Cada paciente de cáncer y cada médico del país puede solicitarles un análisis de sus diagnósticos y recibir una segunda opinión, hecha por una junta de especialistas.

Existen buenas noticias en El Salvador. Son la excepción en un mar de malas noticias. Pero muestran que el país, por maltrecho que esté, sigue vivo y coleando.

No hay porqué tirar la toalla, dice Paolo Lüers
(Más!/EDH)

La resurrección del caudillo

La historia de la degradación de la democracia venezolana en un régimen autoritario por obra y gracia de Hugo Chávez se analiza aquí con dos voces complementarias: Guillermo Sucre enumera sus principales acciones políticas, mientras que Alberto Barrera Tyszka estudia los rasgos de una personalidad al límite.

Septiembre 2012, Ilustración: Mauricio Gómez Morín

“Me designaron para decir unas palabras a través de un microfonito.” Con esa frase Hugo Chávez recuerda su primera experiencia mediática. Era un niño, no tendría ni siquiera diez años. Vivía todavía en Sabaneta de Barinas, un pequeño pueblo rural de los llanos de Venezuela. El primer obispo nombrado para la región pasaba por el lugar y, en un breve acto, el niño Hugo fue elegido para hablar. La otra cara de esa experiencia podría ocurrir cincuenta años después, en cualquier día del mes de julio de 2012. Acaba de comenzar una nueva campaña electoral en el país. Chávez, convertido en un dios mediático que se multiplica en casi todos los espacios públicos del país, ha gobernado ya durante casi catorce años y aspira a ser reelecto por un nuevo período de seis años. Tiene delante muchos micrófonos. Habla frente a una multitud vestida de rojo. Grita: “Ya yo siento, a estas alturas, que Chávez no soy yo, que Chávez es un pueblo [...] Yo ya no soy yo, en verdad. Yo soy un pueblo, así lo siento, yo me siento encarnado en ustedes. Todos ustedes son Chávez [...] Todos somos Chávez.”
Entre estos dos momentos hay un tránsito que, cada vez más, resulta difícil de precisar, de conocer. Hay una vocación militar contundente, un afán de celebridad, un talento comunicacional prodigioso, un gran olfato político, un ansia de poder sin límites... Hay, además, un Estado a su servicio, convertido ya en una inmensa industria mediática dedicada a construir y a promocionar un mito que también se llama Hugo Chávez.

La naturaleza militar
La memoria sobre su propia vida que, ya desde el poder, el propio Chávez ha ido enriqueciendo da cada vez menos chance de saber quién es él realmente, cómo ha sido su historia. Su discurso siempre es autorreferencial. Para hablar de todo, habla de sí mismo. Día a día, edifica de manera oral una autobiografía que jamás se detiene. Su vida, a veces, parece una infinita posibilidad de ficciones.
Dentro de todo ese inmenso relato, existe sin embargo una seña de identidad contundente: Chávez se ve a sí mismo como un soldado. Su naturaleza es militar. Lo repite y lo demuestra cada vez que puede. Al evocar su entrada a la Academia Militar afirma: “Me sentí como pez en el agua. Como si hubiera descubierto la esencia o parte de la esencia de la vida, mi vocación verdadera.”
Desde esos mismos años, fraguado en la misma institución, nace su deseo de llegar al poder. Siendo cadete, asistió a un desfile en un acto oficial y pudo ver, más o menos de cerca, a Carlos Andrés Pérez, quien acababa de iniciar su primer período presidencial. El joven Chávez, que aún no cumplía veinte años, escribió entonces en su diario: “Después de esperar bastante tiempo llegó el nuevo Presidente. Cuando le veo, quisiera que algún día me tocara llevar la responsabilidad de toda una patria, la Patria del Gran Bolívar.”
La historia tiene también coincidencias caprichosas. Más de veinte años después, junto a otro grupo de oficiales, el teniente coronel Hugo Chávez intentó dar un golpe de Estado a Carlos Andrés Pérez, quien por segunda vez había logrado ganar la presidencia. La intentona nunca tuvo gran sustancia ideológica. Por más que el gobierno actual se empeñe en resemantizar esa fecha, celebrándola hoy como “El Día de la Dignidad” y el inicio de la “revolución”, quien se asome a los documentos del grupo golpista, encontrará invocaciones al nacionalismo bolivariano y mucha crítica moral a las élites políticas y económicas que dominaban el país. Más que una propuesta de país, tenían un proyecto de poder.
De hecho, tras ganar las elecciones en 1998, Chávez llega al gobierno con la certeza de que ha sido elegido no para ser presidente sino para cambiar la historia. Chávez sustituye rápidamente el término “gobierno” por el término “revolución”. La alternancia comienza a ser en el país un contenido cada vez más frágil. El sentido que empieza a otorgarle a la palabra “revolución” tiene una carga profundamente militar. En su equipo de gobierno abundan los oficiales o exoficiales de su generación. Distribuye en la sociedad un lenguaje y una nueva simbología que pertenecen al mundo castrense. Decreta que el país ha entrado en un proceso “cívico-militar” que no tiene retorno. Bajo el signo de la confrontación permanente –“quien no está conmigo, está contra mí”– Chávez desplaza cualquier posibilidad de debate y de negociación de la democracia venezolana. Le da a la fuerza armada una beligerancia que antes no tenía y crea una nueva “milicia bolivariana”, que le responde directamente a él y no a la jerarquía del ejército. Quien llegó con la promesa de acabar con la infame estructura que había creado la exclusión económica, terminó sustituyéndola por un nuevo sistema de exclusión política.
Chávez ha reordenado lentamente el poder alrededor de su persona. El mapa del Estado y de las instituciones se ha trabucado en una organización militar, casi religiosa, donde él es el único centro. Incluso la Asamblea Nacional, dominada totalmente por el oficialismo, le otorgó un poder habilitante, renunciando así a sus propias funciones y delegando en la figura del presidente la prioridad de crear una nueva legislación. De esta manera, muchos de los cambios constitucionales que fueron rechazados en el referendo del 2007 se han terminado imponiendo por la vía del decreto presidencial. La legalidad se ha trabucado en un trámite. Se trata, en el fondo, de la misma violencia que se propuso en 1992. Solo que ahora se ejerce de otra manera, por otros caminos, con procedimientos más sutiles y supuestamente legítimos. Chávez ha dado finalmente un golpe de Estado, esta vez desde el interior del Estado.
Aparece vestido con traje de campaña y boina roja. Levanta el puño y saluda. Cada vez más, de manera oficial, se hace llamar “Comandante”. Desde su esencia militar, entiende que el poder no es un cargo sino un rango. Dura para siempre. Vuelve a levantar el puño y la masa, al unísono, siguiendo el ritmo de una consigna, le grita: “¡Ordene, Comandante, ordene!”

El talante mediático
La otra definición sustantiva a la hora de retratar a Hugo Chávez tiene que ver con su relación con el espectáculo. Desde sus tiempos en el ejército, siempre fue un animador de actividades recreativas. Organizaba actos, bailes, concursos, celebraciones, festejos... Hay una anécdota especial que retrata muy bien esta pulsión en el joven militar. El propio Chávez la contó, durante la campaña electoral de 1998, a un conocido presentador en un programa de televisión. La escena transcurre en la ciudad de Maracaibo, mientras se transmite en vivo un clásico programa de variedades y concursos llamado Súper Sábado Sensacional. En el momento crucial de la elección de una miss  en una competencia de belleza, desde el cielo descienden, en paracaídas, dos o tres soldados trayendo un presente para la nueva reina. Uno de ellos era Hugo Chávez.
La anécdota ilustra la complejidad del personaje. Es algo que su memoria actual ya no registra. El relato que se promueve, desde el presente, propone a un joven militar lleno de inquietudes, en luchas conspirativas, escuchando clandestinamente los discursos de Fidel Castro.
Al parecer, incluso los recuerdos pueden ser un espectáculo.
Pero, aparte de su vocación personal, Hugo Chávez está obligado a tener una hiperconciencia de la importancia de los medios. Sin duda alguna, su carrera se debe, en gran medida, a la televisión. Sin los pocos segundos que tuvo frente a las cámaras, al momento de rendirse tras el fracaso del intento de golpe de Estado en 1992, probablemente su historia habría sido otra. Su ingreso a la vida política y pública del país tiene ese importante componente mediático. Chávez fracasó militarmente pero triunfó en la televisión. Quizás ahí entendió que ese era el verdadero campo de batalla.
Para 1999, cuando comenzó su gobierno, el Estado venezolano solo poseía dos canales de televisión abierta, dos emisoras radiales públicas y una agencia oficial de noticias. Casi catorce años después, Chávez cuenta con lo que se conoce como el “Estado comunicador”. El proceso ha sido profundo y tiene muchas aristas: desde la ampliación de todos los medios públicos, logrando controlar la mayoría del espectro radioeléctrico, hasta la creación de un nuevo instrumento legal que regula los contenidos que se transmiten en los medios; desde el lanzamiento de la cadena transnacional Telesur hasta la no renovación de la concesión al canal de televisión privada RCTV; desde la compra y la instalación de un satélite propio hasta la regulación que obliga a todos los medios a transmitir de manera gratuita la publicidad oficial; desde la promoción de una amplia red digital de páginas web dedicadas a apoyar al gobierno hasta la inmensa cantidad de “cadenas” en las que el presidente hablaba durante varias horas seguidas... En mayo de 2012, el gobierno anunció que la seguidora número tres millones de la cuenta de Twitter de Chávez recibiría como premio una casa. El Estado y las instituciones públicas son agencias permanentes de publicidad. Su único producto se llama Hugo Chávez, convertido ya en mercancía-fetiche, en una presencia que se multiplica en todas las pantallas del país.

La épica petrolera
Detrás de todo el complejo proceso político y cultural, respira una vieja tradición latinoamericana. Chávez ha refundado el caudillismo. Ha resucitado el viejo fantasma del militarismo y le ha otorgado una nueva retórica, una contemporaneidad simbólica distinta, que combina la solemnidad del poder y la versión melodramática de la historia con la que el continente se entiende a sí mismo, se conmueve y se expresa. “Amor con amor se paga” es una de sus consignas favoritas. Chávez es, a su manera, una telenovela, un bolero, una canción ranchera... y también un reality show. Ha convertido la política en una experiencia afectiva. Lo que mejor administra es la esperanza de los pobres.
Nada de esto, probablemente, se podría dar sin la condición petrolera que define de manera crucial a Venezuela. Ese rasgo crea una diferencia enorme con el resto de los países de la región. Se trata de un país donde llenar un tanque de combustible resulta más barato que comprar una pequeña botella de agua envasada. Este simple hecho debería ser un valor sociológico, un indicador cultural. Establece relaciones totalmente diferentes con nociones como “riqueza”, “trabajo”, “Estado”, “política”... Chávez también representa una versión exitosa de la identidad venezolana. El hombre que no necesita cambiar para tener éxito. El hombre que por fin recupera la riqueza lejana, que le pertenecía pero que desde siempre le había sido negada.
José Sarney, con puntual exactitud, señaló esta característica al comparar a Chávez con Fidel Castro: “Le falta historia y le sobra petróleo.” Frente a sus pretensiones y a su aguerrida temperatura verbal, el presidente venezolano se encuentra con un vacío inmenso: la ausencia de épica. Un hombre que, en la actual campaña electoral, declara que él es “la buena nueva de Cristo”, necesita más que dinero y una eficaz industria mediática para entrar en el firmamento de las leyendas de la izquierda latinoamericana.
Hasta ahora, sin embargo, su mayor épica ha sido la batalla contra el cáncer. No podía ser de otra manera: Chávez también ha incorporado su enfermedad a la industria publicitaria que se empeña en convertirlo en mito. Entre el misterio, el secreto y la burda manipulación, la salud de Chávez es –al mismo tiempo– un show  mediático y un secreto de Estado. Incluso en la adversidad más íntima, no se ha olvidado del rating. El jueves santo de 2012, en una misa privada, transmitida por el canal del Estado, Chávez toma el micrófono y habla. Les habla a los presentes, al país, al mundo. Incluso le habla a Dios: “Dame tu corona, Cristo, dámela que yo sangro, dame tu cruz, cien cruces, pero dame vida porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y por esta patria. No me lleves todavía, dame tu cruz, dame tus espinas, dame tu sangre, que yo estoy dispuesto a llevarlas pero con vida.”
La muerte consagra a los mitos. La televisión resucita a los caudillos. ~

Vea el original en Letras Libres: http://www.letraslibres.com/revista/dossier/la-resurreccion-del-caudillo?page=full

Otras partes del Dossier "Venezuela-Hora del Cambio" de Letras Libres:

http://letraslibres.com/revista/reportaje/venezuela-6-estampas-6  

http://letraslibres.com/revista/dossier/henrique-capriles-cronica-de-una-travesia

http://letraslibres.com/revista/dossier/la-vida-sin-chavez de Ibsen Martínez

httphttp://letraslibres.com/revista/dossier/democratura

Entrevista a Moises Naim:
http://letraslibres.com/revista/dossier/la-disfuncional-venezuela

Carlos Montaner:http://letraslibres.com/revista/dossier/la-ansiosa-espera-de-dos-velorios

Carta a los candidatos a presidente

Estimado Salvador, estimado Norman:
Les voy a dar un consejo que a lo mejor no les va a gustar. Lo hago de todas formas, porque así como otros dicen que lo último que se pierde es la esperanza, no quiere perder la confianza en la racionalidad.

Abro los periódicos y están llenas de fotos de ustedes dos vestidos de rojo uno, de tricolor el otro. Ustedes y todos a su alrededor. Dos partidos que se presentan al público como si fueran columnas de pinta y pega. Dos hombres como si no fueran candidatos a presidente sino a jefe paramilitar.

¿No se dan cuenta que viajando así de pueblo en pueblo están creando distancia a los ciudadanos? Más de la que ya existe, que es abismal...

Mi consejo: Quemen estos ridículos disfraces y enfrenten al pueblo dándole la cara como ciudadanos. Háganse acompañar de gente que se presenten como lo que son: mecánicos, ingenieros, profesores, amas de casa, estudiantes, empresarios, campesinos... ¡y dejen de uniformarlos! Una vez uniformada, una multitud pierde lo más rico: su pluralidad, la unión de individuos autónomas que se juntan para un fin común, no para formar una masa uniformada gritando consignas huecas.

Uniformar a los candidatos, dirigentes y a todo el partido es una estrategia tan absurda como pintar todos los postes del país.

Seguimos esperando que los partidos dejen de ser círculos cerrados, que se desmarcan de los ciudadanos uniformándose, dejando afuera a los que nunca nos vamos a poner sus cachuchas, chalecos y camisetas. Seguimos esperando que un partido se transforme de partido de activistas, militantes y cuadros en partido de ciudadanos. En partido que en vez de apostar a uniformidad apueste a pluralidad, en vez de apostarle a militantes, apueste a ciudadanos. Este partido ganará las elecciones.

¿No me lo creen? Bueno, Funes ganó las elecciones no por el mar de banderas y camisas rojas que desplegó el FMLN en 2009, sino por su camisa blanca. Y el hecho que Funes todavía, a pesar de su mal gobierno, es bien visto por la ciudadanía, algo tendrá que ver con su negación de disfrazarse y con su insistencia de presentarse como civil...


Pero la de Funes fue la decisión de un hombre solitario y su actitud confrontativa y arrogante en nada corresponde a su imagen civil. ¡Imagínense el impacto cuando todo un partido asuma vestimenta, discurso y actitud de ciudadanos! Los que se desviven por sus colores y canciones de todas formas votarán por su candidato. Todos los demás sentimos el excesivo uso de los colores como frontera que nos sigue separando de los partidos.

¿Necesitan otro argumento más? Si ustedes no se presentan como ciudadanos, tengan por seguro que Toni Saca lo hará. No porque le guste, sino porque no le conviene presentarse con la bandera tan manchada de GANA.

Saludos, Paolo Lüers
(Más!/EDH)