Carta a David Munguía Payés, ministro de Defensa

Estimado ministro:

Usted sabe que tuve mis dudas cuando le nombraron ministro. Hubiera preferido a un civil en Defensa. Hoy tengo que decir: ¡Mi respeto! No tomando en cuenta (por razones obvias) a una señora octogenaria, usted es el único con cojones en este gabinete...

Como muchos advertimos (incluyendo usted), el presidente decidió sacar al ejército a la calle, pero lastimosamente con las manos atadas. Sin plan. Sin control de las cárceles, donde funcionan los puestos de mando de las pandillas. Sin tener el valor de declarar un Estado de Emergencia...

Usted tiene razón: O hay emergencia - entonces hay que declararla, con todo lo que significa. O no hay emergencia - entonces no tiene sentido movilizar al ejército.

Todos sabemos que hay emergencia. Hace falta recuperar el control que las autoridades han perdido a las pandillas en varios municipios.

Usted ha mostrado paciencia. Después de tres meses de tener a sus tropas en el territorio, pero con las manos atadas, tiene el derecho (es más, ¡el deber!) de hablar fuerte y exigir al presidente que no les deje solos en la calle.

Tiene razón en exigir que declaren el Estado de Emergencia en los municipios donde quieren que el ejército entre a disputarle el control a las pandillas. Tiene razón de exigir que exista un plan integral de combate a la delincuencia. Tiene razón en demandar al presidente que asegure que PNC y Dirección de Cárceles hagan lo suyo.

Todo esto requiere valor. Y como nadie más en el gobierno lo está mostrando, usted habló fuerte. Ojala le escuchen.

¡Qué triste (y típico) que en un gobierno de izquierda el único que se atreve a hablar a calzón quitado de Seguridad sea un militar...!

Saludos, Paolo Lüers

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Cero tolerancia

Cuando el vicepresidente de la República Salvador Sánchez Cerén declaró que "las normas pétreas en materia constitucional son una aberración jurídica", muchos inmediatamente saltaron en defensa de nuestra democracia.

Que bueno, porque uno de los tres hombres que concentran el poder dentro del FMLN estaba clasificando de "aberración" el hecho que nuestra Constitución dicta que "no podrán reformarse en ningún caso los artículos de esta Constitución que se refieren a la forma y sistema de gobierno, al territorio de la República y a la alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia de la República".

Pero en el mismo discurso del 16 de enero, el vicepresidente dijo una frase que casi pasó desapercibida: "Al pueblo no se puede negar si por voluntad mayoritaria decide reformar la Constitución".

¡Equivocado, señor vicepresidente! ¡Reprobado, señor ministro de Educación! Se puede negar. Se debe negar. Es mandato de la Constitución.

No es la 'voluntad mayoritaria' que tiene derecho de cambiar la Constitución. Es precisamente el propósito de nuestra Constitución evitar que cualquiera que en dado momento disponga de una 'voluntad mayoritaria' pueda alterar la Constitución.

Por esto, la Constitución, en el artículo 248, dice: "La reforma de esta Constitución podrá acordarse por la Asamblea Legislativa, con el voto de la mitad más uno de los Diputados electos.

Para que tal reforma pueda decretarse deberá ser ratificada por la siguiente Asamblea Legislativa con el voto de los dos tercios de los diputados electos".

Es privilegio de los diputados, no del pueblo como tal en votación directa (por ejemplo, un referéndum), reformar la Constitución. Con el candado de la mayoría calificada de dos tercios de los diputados, o sea la reforma constitucional requiere de una concertación entre varios partidos. O sea, tiene que haber un amplio consenso que va mucho más allá de una mayoría coyuntural.

Esa es la mera esencia de nuestro sistema político (el mismo que la Constitución no permite alterar): la democracia representativa que deja las decisiones trascendentales no en manos directamente del electorado, sino de representantes elegidos, las toman en base de su conciencia, del interés común, tomando en cuenta no sólo 'la voluntad mayoritaria' y coyuntural del pueblo, sino igualmente los intereses de las minorías y las necesidades del país a largo plazo.
¿Está funcionando bien este sistema de la democracia representativa? Obviamente que no.

Pero esto no es razón para desechar este sistema y sustituirlo por otro que pretende ser 'democracia directa' o 'democracia popular', pero que resulta tener mucho menos garantías contra el autoritarismo y el populismo demagógico.

Las evidentes deficiencias de nuestro sistema de democracia representativa son razón para una urgente reforma política. Urge mejorar la manera que funciona esta representación.

Urge una ley de partidos políticos que asegura el carácter democrático de los partidos así como regula y transparenta sus finanzas y campañas. Urge una reforma electoral que permita que el electorado pueda elegir libremente a cada uno de los diputados.

O sea con listas abiertas donde no depende de las cúpulas partidarias quién entre a la Asamblea, sino de los electores.

Si para lograr todo esto hay que hacer enmiendas constitucionales, hay que consensuarlas, aprobarlas y, en la Asamblea Legislativa siguiente, ratificarlas con mayoría calificada. Nada de buscar un atajo o un bypass.

Nada de trucos chucos. Nada de cambiar o pervertir con elementos plebiscitarios el sistema, sino agotar todas las medidas para reformar y perfeccionarlo. Nada de aventuras a la venezolana o nicaragüense...

Es grave que el partido de gobierno -así lo expresan no sólo las declaraciones de Sánchez Cerén, sino de casi todos sus dirigentes- tiene otra concepción de la democracia.

Siempre me ha asustado cuando partidos o líderes políticos de corte autoritaria, que además se sienten 'vanguardia' y expresión de los verdaderos intereses del pueblo, hablen de 'voluntad mayoritaria' o 'voluntad popular'.

No importa que sean de izquierda o de derecha o de esas nuevas mezclas de izquierda/derecha (como Hugo Chávez, Mel Zelaya o los peronistas de Argentina), hay que tenerles cuidado y no permitir que perviertan las constituciones.

Cero tolerancia con los que juegan fuera de la Constitución. Siempre cuando salgan a la luz declaraciones e intenciones como las de Sánchez Cerén (o Daniel Ortega o Mel Zelaya), todos los sectores democráticos tenemos que unirnos en defensa de nuestro sistema político. Y la mejor forma de defensa es la reforma.

(El Diario de Hoy)

Carta a William Walker, ex-embajador de Ronald Reagan en El Salvador

Mr. Ambassador:

Usted vino a explicarnos lo que hasta ahora era un misterio: el verdadero carácter de nuestro nuevo gobierno: “El de Funes es un gobierno de centro, imitando a la izquierda.” Dicho por el ex-embajador de Reagan en El Salvador.

Pero surge otro misterio: ¿Qué diablos significa que usted fue el invitado de honor en el lanzamiento del llamado ‘Partido Popular’ de personajes como Orlando Arévalo y Ronal Umaña?

¿Cómo explicarnos esta atrevida definición de ‘centro’ por parte de un prominente soldado de la guerra fría de Ronald Reagan?

El de Funes es, a todas luces, un gobierno de izquierda imitando al centro. Y el de Arévalo y Cia. es, a todas luces, un partido de la derecha lumpen y corrupto disfrazado de ‘centro’ y apoyando al gobierno Funes, también de ‘centro’...

Formar un gobierno de izquierda no tiene nada malo. Tampoco formar partidos de derecha como GANA, MANA, LANA y PP. Lo sospechoso es el disfraz. Funes dio oxígeno al FMLN, que nunca hubiera llegado a gobernar sin el discurso ‘centrista’ de Funes y sus amigos.

Usted no lo entiende. De hecho, los guerreros fríos nunca entendieron nada. Cuando la izquierda salvadoreña estuvo librando su guerra, no entendieron que se trataba de una lucha por la democracia y contra el autoritarismo militar. La vieron como parte de la estrategia soviética. Había que eliminarla.

Y hoy, en tiempos de paz y democracia, el FMLN de la posguerra es parte de una estrategia real de Cuba y Venezuela – y ustedes se dejan engañar de un disfraz centrista. Hoy que la izquierda va contra la historia, usted le tira flores. Cuando la izquierda tenía razón de pelear, les tiró fuego. Equivocado entonces, equivocado hoy...

Resulta que al fin de cuentas, ya un poco senil, el arquitecto de la guerra fría se convirtió en otro tonto útil.

Goodbye, Paolo Lüers

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Haití: Un desafío internacional

Miro una foto de una tristeza, dolor, crueldad y violencia inmensas: un hombre toma del pie el cadáver de un niño y lo arroja al aire. El cuerpo va a dar a la montaña de cadáveres -decenas de millares en una población de 10 millones-. Saldo terrible del terremoto en Haití. Cuesta admitir que una catástrofe más se añada a la suma catastrófica de esta desdichada nación caribeña. El 80% de sus habitantes sobrevive con menos de dos dólares diarios. El país debe importar las cuatro quintas partes de lo que come. La mortalidad infantil es la más alta del continente. El promedio de vida es de 52 años. Más de la mitad de la población tiene menos de 25 años. La tierra ha sido erosionada. Sólo un 1,7% de los bosques sobreviven. Tres cuartas partes de la población carece de agua potable. El desempleo asciende al 70% de la fuerza de trabajo. El 80% de los haitianos vive en la pobreza absoluta.

Los huracanes son frecuentes. Pero si la naturaleza es impía, más lo es la política humana. Primer país latinoamericano en obtener la independencia, en 1804, se sucedieron en Haití gobernantes pintorescos que han alimentado el imaginario literario. Toussaint L'Ouverture, fundador de la República, depuesto por una expedición armada de Napoleón I. El emperador Jean-Jacques Dessalines extermina a la población blanca y discrimina a los mulatos, pero es derrotado por éstos. Alexandre-Pétion, junto con el dirigente negro Henry Christophe, convertido en brujo y pájaro por Alejo Carpentier en su gran novela El reino de este mundo, espléndido resumen novelesco del mundo animista de brujos y maldiciones haitianas. Fueron los "jacobinos negros".

El verdadero maleficio de Haití, sin embargo, no está en la imaginación literaria, ni en el folclore, sino en la política. Sólo después de la ocupación norteamericana (1915-1934), Haití ha sufrido una sucesión de presidentes de escasa duración y una manifiesta ausencia de leyes e instituciones, vacío llenado, entre 1957 y 1986, por Papá Doc Duvalier y su hijo Baby Doc, cuyas fortunas personales ascendieron en proporción directa al descenso del ingreso de la población, el desempleo y la pobreza. Patrimonialismo salvaje que intentó corregir, en 1990, el presidente Jean-Baptiste Aristide, exiliado en 1991, de regreso en 1994, y desplazado al cabo por el actual presidente René Préval.

Este carrusel político no da cuenta de las persistentes dificultades provocadas por la guerra de pandillas criminales, herederas de los terribles tonton-macoutes de Duvalier, incontenibles para una policía de apenas 4.000 hombres y avasallada por las realidades de la tortura, la brutalidad, el abuso y la corrupción como normas de la existencia.¿Qué puede hacer la comunidad internacional sin que los préstamos del Banco Mundial o del Banco Interamericano desaparezcan en el vértigo de la corrupción? La presencia de una fuerza multinacional de la ONU, la MINUSTAH o Misión Estabilizadora (con gran presencia brasileña) ha contribuido sin duda a disminuir el pandillismo, los secuestros y la violencia. La inflación disminuyó de 2008 acá de un 40% a un 10% y el PIB aumentó en un 4%. Prueba de que hay soluciones, por parciales que sean, a la problemática señalada. Pero hoy, el terremoto borra lo ganado y abre un nuevo capítulo de retraso, desolación y muerte.

La comunidad internacional está respondiendo, a pesar de que Puerto Príncipe ha perdido su capacidad portuaria, el aeropuerto tiene una sola pista y el hambre, la desesperación y el ánimo de motín aumentan. El presidente Barack Obama ha dispuesto (con una velocidad que contrasta con la desidia de su predecesor en el caso del Katrina en Nueva Orleans) medidas extraordinarias de auxilio.

Obama ha tenido cuidado en que el apoyo norteamericano sea visto como parte de la solidaridad global provocada por la tragedia haitiana, y ha hecho bien. Las intervenciones norteamericanas en Haití están presentes en la memoria. Entre 1915 y 1934, la infantería de marina de Estados Unidos ocupó la isla y sólo la llegada de Franklin Roosevelt a la Casa Blanca le dio fin a la intervención. No hay que ser pro-yanqui para notar que la ocupación trajo orden, el fin de la violencia y un programa de obras públicas, aunque no trajo la libertad, ni acabó con la brutalidad subyacente de la vida haitiana.

La presencia actual de muchas naciones y muchas fuerzas, militares y humanitarias, en suelo haitiano, propone una interrogante. Terminada la crisis, pagado su altísimo costo, ¿regresará Haití a su vida de violencia, corrupción y miseria?

Acaso el momento sea oportuno para que la comunidad internacional se proponga, en serio, pensar en el futuro de Haití y en las medidas que encarrilen al país a un futuro mejor que su terrible pasado. Que dejado a sí mismo, Haití revertirá a la fatalidad que lo ha acompañado siempre, es probable. Que la comunidad internacional debe encontrar manera de asegurar, a un tiempo, que Haití no pierda su integridad pero cuente con apoyo, presencia y garantías internacionales que asistan a la creación de instituciones, al imperio de la ley, a la erradicación de la pobreza, el crimen, la tradición patrimonialista y la tentación autoritaria, es un imperativo de la globalidad.

Ésta, la globalización, encuentra en Haití un desafío que compromete la confianza que el mundo pueda otorgarle a la desconfianza que todavía la acecha. La organización internacional prevé (o puede imaginar) maneras en que Haití y el mundo unan esfuerzos para que la situación revelada y subrayada por el terremoto no se repita.

Haití no debe ser noticia hoy y olvido pasado mañana. Haití no cuenta con un Estado nacional ni un sector público organizados. Los Estados Unidos de América no pueden suplir esas ausencias. La inteligencia de Barack Obama consiste en asociar a Norteamérica con el esfuerzo de muchos otros países. Porque Haití pone a prueba la globalidad devolviéndole el nombre propio: internacionalización, es decir, globalidad con leyes.

P.S. Una manera de entender a Haití más allá de la noticia diaria consiste en leer a algunos autores de un país de cultura rica, economía pobre y política frágil. Me refiero a Los gobernadores del Rocío de Jacques Roumain, un autor que partió de una convicción: el orgullo de los haitianos en su cultura. Tanto en Los gobernadores como en La presa y la sombra y La montaña encantada, Roumain resume en una frase el mal de Haití: "Todo mi cuerpo me duele". Junto con él, los hermanos Pierre Marcelin y Philippe Thoby-Marcelin escribieron la gran novela del Haití del vudú, las peleas de gallos y la superstición, Canapé-Vert, así como El lápiz de Dios y Todos los hombres están locos. Esta última prologada en inglés por Edmund Wilson, quien ve en ella, más allá del drama de Haití, "la perspectiva de las miserias y fracasos de la raza humana, nuestros amargos conflictos ideológicos y nuestras ambiciones aparentemente inútiles".

(El País/Madrid)

Cuba profana la memoria de Ellacuría

En noviembre de 2009 se cumplieron veinte años del asesinato de Ignacio Ellacuría junto a otros cinco jesuitas y una señora que colaboraba en la limpieza de la Universidad Centro Americana (UCA) y su hija menor. Este horrendo e injustificable crimen sucedió en San Salvador en medio (o casi al final) de una durísima ofensiva de las guerrillas comunistas del FMLN sobre la capital.

Tropas del ejército vinculadas al Batallón Atlacatl, bajo órdenes de un alto oficial (que niega la veracidad de esta información), irrumpieron en los predios de la UCA y exterminaron a los educadores jesuitas y a las dos infelices mujeres que se encontraban, casualmente, en el lugar de los hechos. Todas las víctimas, naturalmente, estaban desarmadas, y en la institución ni siquiera encontraron propaganda en contra del gobierno de Alfredo Cristiani, el primer presidente electo de la etapa democrática salvadoreña, hombre que en 1992 firmaría la paz con las guerrillas.

El crimen sucedió (la fecha es importante para lo que luego sigue) el 16 de noviembre de 1989. Ignacio Ellacuría, vasco, de familia intensamente católica, con otros dos hermanos sacerdotes, era el rector de la UCA y se le tenía, justamente, por un teólogo notable. Había estudiado su doctorado en Filosofía en Madrid, en la Universidad Complutense, bajo la dirección de Xavier Zubiri, filósofo que en aquellos años gozaba del prestigio de ser, tal vez, el pensador más original y profundo de España.

Ellacuría, sin embargo, se apartó parcialmente de la línea de reflexión de Xubiri –más dado a la metafísica abstracta--, y se acercó a la Teología de la Liberación surgida de la Conferencia de Medellín de 1968, cuando una parte de la iglesia católica latinoamericana, tras una lectura sesgada de la Biblia, le dio un giro de 180 grados a su trabajo pastoral y redefinió su misión: su prioridad más urgente sería luchar junto a los pobres en el terreno político, aunque la redención de los humildes acarreara admitir, a veces, la necesidad de recurrir a la violencia.

Pocos meses antes del vigésimo aniversario del asesinato de Ellacuría y las otras siete víctimas, la Audiencia Nacional de Madrid, presidida por el juez Eloy Velasco, se había declarado competente para encausar a los responsables de este “crimen contra la humanidad”, a tenor de la creciente actuación de los tribunales de otras naciones ante ciertos delitos que no deben quedar impunes.

A fin de cuentas, cinco de los seis jesuitas habían nacido en España, aunque tenían nacionalidad salvadoreña. Por otra parte, la Comisión de la Verdad formada en El Salvador había investigado el crimen exhaustivamente, conocía los datos precisos sobre cómo se llevó a cabo la matanza, y había divulgado los nombres de los oficiales que habían dado la orden de acabar con los jesuitas “sin dejar testigos”, por lo que los soldados también eliminaron a la señora de la limpieza y a su hija de 16 años sin la menor compasión.

No obstante, según narra el diario El Mundo de Madrid en su edición del domingo 15 de noviembre de 2009, en una crónica firmada por Antonio Rubio, de acuerdo con unos documentos desclasificados del Departamento de Estado del gobierno de Washington y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la embajada de Estados Unidos y la Embajada de España en San Salvador, esta última por medio del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), supuestamente tenían información de que los jesuitas de la UCA iban a ser asesinados por el ejército en represalia por la ofensiva de las guerrillas del FMLN.

Fue en ese punto en el que el gobierno cubano, con una asombrosa falta de escrúpulos, decidió utilizar el cadáver de Ellacuría para sus fines propagandísticos. ¿Cómo? Nada menos que acusándome de complicidad con los asesinatos. Vale la pena entender la estructura de la manipulación porque es toda una lección sobre cómo funciona la maquinaria de desinformación de la dictadura cubana.

La profanación del cadáver de Ellacuría

Previamente, durante años, los voceros castristas habían difundido intensamente dos mentiras en mi contra con el objeto de tratar de desacreditar mis análisis y denuncias sobre la tiranía cubana expresados en artículos, conferencias y libros. Habían difundido mil veces la falsedad de que yo era un agente de la CIA con un turbio pasado terrorista, algo que, además de falso, no dejaba de ser irónico, dado que el terrorismo es una especialidad del gobierno cubano, que no sólo me envió a mi oficina de Madrid y a mi nombre una bomba dentro de un libro titulado Una muerte muy dulce, sino que, como demuestra la biografía de Carlos Ilich Ramírez, el Chacal había sido entrenado en Cuba junto a numerosos asesinos de misma vertiente política.

Además, alegaba la propaganda castrista, supuestamente yo estaba vinculado a Luis Posada Carriles, con quien jamás he tenido la menor relación política, una persona acusada por el gobierno de los Castro de cometer actos terroristas, activista cubano asociado a la CIA en su juventud, quien durante la Guerra fría luchara en Venezuela y en El Salvador contra las guerrillas comunistas por cuenta de Estados Unidos.

Para colmo de mala fe, pésimo periodismo y ausencia de escrúpulos, me imputaban haberme graduado de oficial en Fort Benning, Atlanta, sitio que no he pisado en mi vida, mientras aseguraban que mi padre era un asesino al servicio de Batista, cuando, en realidad, había sido amigo de Fidel Castro, fue su colega en el Partido Ortodoxo, y lo defendió como periodista que era en la lucha contra la anterior tiranía. Simultáneamente, mi tío, José de Jesús Ginjaume Montaner, había sido jefe y mentor de Fidel en la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), una organización clave en el violento gangsterismo político que azotó a Cuba en la segunda mitad de los años cuarentas, grupo en el que Fidel protagonizó algunos de sus primeros hechos de sangre.

Otro objetivo de la campaña de desinformación en mi contra, al margen de tratar de silenciarme, era crear “un factor de contagio” con el propósito de intentar destruir “por asociación” a otras personas de la oposición democrática y de forjar las bases para acosarlas ante la opinión pública y, eventualmente, acusarlas ante los tribunales, mediante el sencillo expediente de relacionarlas conmigo.

Por ejemplo, de acuerdo con el guión escrito por la policía política, yo era un deleznable “terrorista y agente de la CIA”, así que una de las maneras que tenían de intentar callar a la joven cronista Yoani Sánchez, famosa bloguera cubana, era “contagiarla” conmigo, afirmando que yo, que jamás la he visto personalmente, y con la que ni siquiera he cruzado palabra escrita, la había “adiestrado” en Alemania para sus tareas periodísticas, y me dedicaba a conseguirle los merecidos premios que le han otorgado diversas instituciones internacionales, como si esta valiosa escritora fuera una fabricación mía, que era tanto como decir, de acuerdo con la campaña de desprestigio, “una invención de la CIA”.

La utilización propagandística del cadáver de Ellacuría se montó con la secuencia de un silogismo: en primer término, situaban como premisa la dolorosa verdad de que hacía dos décadas el ejército salvadoreño había asesinado a Ignacio Ellacuría y a las otras víctimas; en segundo lugar, aparentemente, había unos documentos que demostraban que la CIA y el CESID conocían lo que iba a suceder; por último, Montaner “como era de la CIA” sabía que iban a matar a Ellacuría; ergo, Montaner, desde Madrid, a ocho mil kilómetros de distancia de los hechos, había sido cómplice en el asesinato de Ellacuría y del resto de las víctimas. Basta una consulta en Google para leer decenas de artículos al respecto.

La persona a cargo de poner a circular la difamación fue Jean-Guy Allard, un periodista franco-canadiense que llegó a Cuba hace muchos años por penosas razones personales que no viene al caso contar, y cuya función profesional primaria en la Isla es firmar o redactar en Granma cualquier nota que le entregue u ordene el aparato de la Seguridad del Estado, pero cuya tarea policiaca secundaria es todavía mucho más infamante y comprometedora: como no ignoran las autoridades canadienses, Allard hace informes sobre su país de origen o sobre sus compatriotas notables que visitan Cuba, lo que lo convierte, objetiva y peligrosamente, en un traidor a su patria. La nota de Allard inmediatamente se publicó en la edición de Granma en varios idiomas y se reprodujo por las agencias de prensa del régimen y por las decenas de páginas web que Cuba posee, dirige o financia dentro y fuera de Cuba, dando lugar a la habitual madeja periodística que se retroalimenta vertiginosamente.

Otra mentira y la amenaza que nunca existió

Como los elementos con que Allard fabricaría su mentira por encargo del director de Granma, Lázaro Barredo, eran muy poco creíbles (los detalles de la muerte de los jesuitas se conocían perfectamente), era necesario agregar otra mentira que le diera cierta verosimilitud a la fabricación: entonces se inventaron que unos pocos días antes del crimen, en Madrid, en un debate organizado en Televisión Española por la periodista Mercedes Milá (a quien injustamente calificaron de “falangista”), casi al finalizar el programa yo había amenazado de muerte a Ignacio Ellacuría, dado que conocía el secreto de que pronto sería asesinado.

En efecto, el debate había tenido lugar, moderado por Mercedes Milá, que no era una “falangista”, sino una periodista independiente, seria y respetada, muy popular, quien hizo las preguntas que le parecieron convenientes, algunas incómodas para mí, como era su deber, y en él participaron el entonces embajador del sandinismo en España, Orlando Castillo, el jesuita Ellacuría y yo, pero el programa no había sucedido unos días antes del crimen, sino en el verano de 1984, más de cinco años antes de los asesinatos, y no hubo el menor asomo de amenaza, sino una discusión respetuosa, como corresponde a personas educadas que sostienen puntos de vista diferentes. Ni yo era capaz de amenazar a nadie, ni tenía por qué hacerlo, ni el jesuita Ignacio Ellacuría, que era una persona valiente y cívica, se iba a dejar intimidar por nadie.

Cuando en noviembre de 2009 apareció la fabricación de Granma y el posterior barraje propagandístico, opté por no responder hasta dar con la copia del debate para demostrar la falsedad del burdo montaje de la policía política cubana. No fue fácil, porque el programa había tenido lugar hace más de un cuarto de siglo, cuando los VHS estaban en pañales y los sistemas de copiado eran poco frecuentes. Seguramente, el aparato de difamación del castrismo contaba con que nunca aparecería una copia, pero se equivocó: los lectores pueden acceder al programa por medio de YouTube (Parte 1, Parte 2), y así comprobarán por qué los medios de comunicación de Cuba carecen totalmente de credibilidad. No sólo son capaces de mentir sin el menor recato: se atreven, incluso, a utilizar para sus fines la memoria de alguien tan respetable como Ignacio Ellacuría, porque está muerto y no puede defenderse, y a quien le hubiera repugnado que se utilizara la mentira para intentar destruir la reputación de una persona con la que discrepaba en el terreno político. Ellacuría era una persona honorable, no un policía dedicado a la difamación.

(Firmaspress)

El arma secreta para provocar terremotos

El antiamericano Gobierno de Venezuela, en su habitual paranoia contra el imperio yanqui, asegura que el seísmo de Haití «es resultado de una prueba de la Marina estadounidense», y denuncia que lo que devastó el país caribeño fue «un terremoto experimental de EE.UU.».
Si hace diez días Hugo Chávez sacó de internet la foto de un avión de guerra y acusó a Washington de violar el espacio aéreo venezolano, ahora culpa directamente al tío Sam de arrasar Haití «con estas pruebas en cuyo objetivo final está el plan de destruir Irán con una serie de terremotos diseñados para derrocar a su régimen islámico».

La imaginación del presidente bolivariano se basa en un presunto informe «preparado por la Flota Rusa del Norte» y publicado en la web de la televisión estatal Vive. «La Flota del Norte monitorea las actividades navales de EE.UU. en el Caribe desde 2008, cuando Washington restableció la Cuarta Flota que había sido disuelta en 1950 y Rusia comenzó sus primeros ejercicios en la zona desde la Guerra Fría».

El supuesto informe compara, según Caracas, «esta última prueba con otra en el Pacífico la semana pasada que causó un terremoto de 6.5 grados en California, sin provocar muertes, a diferencia de la tragedia haitiana». El texto concluye: «Es más que probable que EE.UU. conociera el daño que provocaría porque había posicionado en Haití a su comandante del Comando del Sur, el general P. K. Keen, para supervisar las labores de ayuda si fuesen necesarias».

(ABC/Madrid. Vea también el sitio Web de la televisora gubernamental VIVE de Venezuela)

Tres Obamas y un año presidencial

La Casa Blanca, construida por esclavos en 1800 y reconstruida después de que los británicos la quemaran en 1812, es demasiado pequeña para la cantidad de oficinas y funcionarios que componen actualmente la presidencia de Estados Unidos (el equipo de Franklin Roosevelt durante el New Deal y la guerra era más pequeño que el de la actual primera dama). Resulta especialmente pequeña para Obama, porque, ahora que cumple un año en el cargo, hay tres Obamas que ocupan el edificio.

El primero es el Obama de las pesadillas republicanas. Los más primarios, que están a punto de arrebatar el partido a los últimos conservadores civilizados que quedaban, consideran que es ilegítimo. Insisten en que nació en Kenia y por tanto no puede elegírsele para el cargo, en que es musulmán y ajeno a una nación cristiana, un "socialista" empeñado en la expropiación total de la esfera privada, y un alfeñique que pide disculpas cuando nuestro país pretende ejercer la fuerza para defender nuestras evidentes virtudes. Esto lo piensa tal vez uno de cada cuatro estadounidenses. Hacen causa común con gente que está insatisfecha por otros motivos (culturales y económicos) y, entre todos, constituyen un frente de individuos que se sienten desposeídos espiritualmente. La elección de Obama con los votos de una coalición de afroamericanos, hispanos, mujeres, jóvenes, sindicalistas y la élite cultural fue, sin duda, un acontecimiento histórico, pero, por ahora, la nueva era pertenece a los blancos airados que odian por igual a quienes están por debajo y por encima de ellos. Mientras escribo estas líneas, un desconocido que es representante en la Asamblea Local del Estado de Massachusetts tiene serias posibilidades de ganar el escaño que ocupaba en el Senado Edward Kennedy, y eso sería una tremenda derrota para el presidente.

El segundo es el Obama que pintan sus partidarios iniciales más fervientes y más decepcionados: un político calculador con una larga lista de principios que ha traicionado de manera sistemática. Nombró a leales representantes de Wall Street para los principales puestos económicos, defiende la reforma de la sanidad como una cuestión de gestión económica prudente y no de justicia social. Acepta que la reducción presupuestaria es una prioridad, lo cual hace imposible ampliar los programas oficiales destinados a ofrecer un estímulo económico inmediato o a subsanar nuestras crecientes desigualdades. Proclama que el país está en guerra con el "terror", con lo que, en la práctica, prosigue la guerra de Bush contra el islam. Deja decisiones en manos de nuestros generales como si mandaran un ejército de ocupación. Los militares mantienen 1.000 bases en más de 100 países y permanecen relativamente inmunes a las restricciones presupuestarias. Obama ha hecho poco para impedir que se atenúen y se anulen las libertades constitucionales. Y además, es con frecuencia un personaje remoto, que vive en un país mitificado en el que reina el consenso, y no unas disputas enconadas. Estos argumentos tienen algo -no todo- de verdad, así que no podemos despreciarlos.

Ahora bien, existe un tercer Obama, el verdadero presidente, que se enfrenta a una pesada herencia y a un sistema político disfuncional. Encabeza un Partido Demócrata desunido, con una mayoría por muy poco margen en la Cámara de Representantes y 60 votos (el mínimo necesario para poder someter leyes a votación) nada seguros en el Senado. El poder legislativo está inundado de grupos de presión económicos, étnicos, ideológicos y religiosos. Los medios de comunicación son agentes sistemáticos de la ignorancia y la desinformación. El aparato militar y de política exterior es experto en negar a los presidentes cualquier libertad para cambiar la inercia del imperio americano y, al mismo tiempo, aficionado a hacerles responsables de la catástrofe permanente que es nuestra presencia en el mundo. Hay sectores mayoritarios de ciudadanos que se aferran firmemente a dos creencias fundamentales. La primera es que todos les engañan y los explotan, tanto desde el sector privado como por parte de políticos corruptos y mentirosos. La segunda, que viven en "el mejor país de la tierra". En esas circunstancias, a un presidente le resulta extremadamente difícil ejercer el liderazgo, sobre todo si, al hablar, expone ideas de más de una sílaba y defiende cambios que amenazan los intereses existentes.

Si tenemos en cuenta esos obstáculos al ejercicio racional de la política, Obama no lo ha hecho demasiado mal. Su programa de estímulos ha salvado la economía de la quiebra. Si consigue una mínima reforma de la sanidad, habrá evitado que sigamos descendiendo hacia la desintegración social. Aumentar las inversiones en educación y ciencia y las infraestructuras sociales son sus prioridades en su búsqueda de un capitalismo socialmente responsable, un proyecto que resulta difícil por la escasez de capitalistas con responsabilidad social. Pero ahora ha empezado a regular de nuevo los bancos.

Al entablar unas tortuosas negociaciones con Irán y bloquear un ataque israelí, ha impedido que haya un caos total en Oriente Próximo y ha permitido que la oposición iraní gane tiempo. Se ha atrevido a criticar a Israel, aunque todavía no a ejercer serias presiones sobre un Estado satélite autodestructivo cuyos partidarios incondicionales en Estados Unidos ya no pueden contar con el apoyo absoluto de otros norteamericanos. Se ha negado al enfrentamiento con China y Rusia y ha consolidado una alianza con India. En Latinoamérica ha sido excesivamente precavido sobre la idea de abandonar la actitud hostil hacia Cuba. Gran parte de la opinión pública informada está harta de los exiliados cubanos intransigentes. Es ridículo que tengamos relaciones normales con Vietnam y no con Cuba. En cuanto al resto, ha reconocido que los latinoamericanos tienen derecho a gobernarse a sí mismos. En medio ambiente, está luchando por sacar adelante un proyecto a largo plazo ante la ignorancia de la población y la cínica oposición del capital. De Europa no le han llegado más que discursos serviles de Barroso y Rasmussen. El problema de los europeos también es nuestro: en su día nos ayudó contar con las opiniones independientes de Fischer y Vedrine, Chirac y Schroeder, De Gaulle, Brandt y Schmidt.

Nadie está preparado para la presidencia: noten de qué forma tan visible ha envejecido el joven presidente en un año. Su capacidad de aprender es evidente, y es muy posible que se recupere del hoyo en el que se encuentra ahora. Entonces tendremos a un cuarto Obama.

(El País, Madrid; el autor es catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. )

Haití en el corazón

Cuando en marzo del año pasado el avión se alejaba de Puerto Príncipe para poner proa hacia el mar Caribe iluminado por los fuegos de la mañana, sentí, no sin melancolía, que dejaba atrás un territorio de sombras y desesperanza.

Había pasado allí una semana, empeñado en preparar un reportaje bajo encargo del diario EL PAÍS y Médicos sin Fronteras (MSF), dentro de la serie Testigos del horror, y horror había encontrado suficiente al recorrer las calles desbordadas de gente en convivencia con las cloacas y los mares de basura; al visitar los mercados y los puestos callejeros de alimentos donde se venden tortas de lodo aderezadas con sal y margarina, que es un alimento corriente de los más pobres entre los pobres en Haití; al visitar las escuelas derruidas por la vejez, los hospitales hacinados y mal equipados, las clínicas de MSF sembradas en medio de la miseria desolada donde los médicos y enfermeras hacían esfuerzos sobrehumanos por procurar salud a miles de visitantes cada día.

Hoy, tras la tragedia inconmensurable del terremoto, pienso en Haití en medio de sus carencias, ya damnificado de antemano por décadas de injusticia y de pobreza, de dictaduras, la última de ellas la de la familia Duvalier, y de violencia, de corrupción, de anarquía, de golpes de Estado, de proyectos mesiánicos, de intervenciones militares.

El terremoto no ha hecho más que alzar ese lienzo de olvido y desinterés tendido sobre el cuerpo lacerado del país, para enseñarnos sus heridas multiplicadas por la nueva tragedia causante de miles de muertos y millones de víctimas que se vienen a sumar a las muertes y damnificados que ya habían dejado los últimos huracanes en serie tras los cuales quedaron viviendo en campamentos más de 300.000 personas en el área rural, destruidos sus hogares.

Los problemas políticos crónicos, las contradicciones entre líderes de facciones, las penurias y las carencias, la falta de recursos, habían hecho que el Estado haitiano no pudiera afrontar los graves problemas de seguridad nacional, y dejara los asuntos de orden público en manos de una policía internacional al mando de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), a cargo de lidiar con el narcotráfico, con las pandillas juveniles violentas y con los secuestros, tres grandes males del país.

Ahora, el jefe de esa misión, el diplomático tunecino Hédi Annabi, con el que me entrevisté largamente en su despacho del quinto piso del Hotel Christopher, su cuartel general, ha muerto al derrumbarse el edificio entre cuyas ruinas quedaron atrapados decenas más de miembros de la MINUSTAH. Sus palabras, al terminar la entrevista, cuando le pregunto por el fin de la misión que encabeza, fueron, como consigno en mi reportaje: "Habrá que irse, pero irse para no regresar".

Es decir, irse cuando el gobierno del presidente René Préval hubiera conseguido los elementos de estabilidad suficientes, cuando existiese un nivel aceptable de consolidación de las instituciones y de funcionamiento pacífico del Parlamento, cuando el sistema judicial dejara de ser el remedo que es, cuando el Estado pudiera asumir las funciones policiacas, incluido el control de las cárceles. Todo esto estaba previsto que fuera revisado en el año 2011. ¿Y ahora?

El terremoto resquebraja las posibilidades de conseguir un gobierno estable y consolidar la existencia de un Estado nacional, capaz de organizar la Administración pública y de tener poder coercitivo. En semejantes circunstancias, la palabra soberanía se borra por sí misma.

El gobierno no ha podido siquiera, en estas condiciones trágicas, ejercer el control del aeropuerto internacional de Puerto Príncipe, en manos ahora de Estados Unidos, ya no se diga ejercer el control de la ayuda humanitaria. A los 8.000 soldados de la MINUSTAH se han agregado ya 10.000 más de Estados Unidos, que se quedarán cuanto sea necesario, según declaraciones de la Casa Blanca.

Para Washington, además, las emigraciones masivas desde Haití son consideradas un problema de su propia seguridad nacional, y buscará evitar que se den nuevas avalanchas de expatriados hacia su territorio.

Lo peor falta aún por venir, con millones de hambrientos, sin electricidad ni agua potable, sin viviendas, sin hospitales ni escuelas.

Los reflectores fijados hoy sobre Haití se apagarán necesariamente, y las cámaras de televisión se irán reclamadas por otros asuntos sensacionales en el mundo. Toda ayuda humanitaria es temporal, y llegará un momento en que para los países que han acudido en auxilio de Haití se acabará la situación de emergencia. Pero el país seguirá impotente, inválido, destruido, y sin posibilidad ninguna de subsistir por sus propios medios. Ésta es una tragedia aún mayor, la del olvido.

Es entonces cuando habrá que escuchar a Haití, esa tierra doliente y sombría.

(El País, Madrid)

Carta al vicepresidente Salvador Sánchez Cerén

Estimado Leonel:

me había jurado de no seguir dirigiéndote más cartas. Pensaba que ya te había dicho todo lo que había que decir y qué cada crítica más ya era jodedera...

Pero, ¿cómo voy a cumplir con esta buena intención, si vos seguís dando declaraciones como las del sábado pasado, en el acto partidario de conmemoración de los Acuerdos de Paz?

Todo el mundo esperaba que a nombre del Frente ibas a pedir perdón, así como el presidente lo hizo a nombre del Estado, por los abusos y crímenes cometidos durante la guerra. ¡Y vos pidiendo perdón al pueblo “por las acciones militares” de la guerrilla! No es por haber hecha la guerra que tenías que pedir perdón. Teníamos razón para hacer la guerra. Era justa y necesaria la guerra de guerrillas para llegar a la democracia. Pero hubo abusos y crímenes, también del lado nuestro. Había que pedir perdón por los abusos de autoridad cometidos a nombre del FMLN y de la revolución. Por la masacre de cientos de colaboradores en San Vicente. Por los asesinatos políticos y los secuestros. Pero estos crímenes ni siquiera los mencionás. Como si nunca hubieran existido. No se mencionan en el discurso del presidente, y tampoco en el discurso tuyo. ¡Que zafada más sinvergüenza!

Con tal que ninguno de ustedes dos (que representan tanto al Estado como al FMLN) pidió perdón a las víctimas de las violaciones de derechos humanos y crímenes cometidos por unidades del FMLN.

En la visión de ustedes, sigue habiendo víctimas buenas y víctimas malas. Sigue habiendo víctimas-mártires-héroes y víctimas-enemigos-traidores, cuyas familias no merecen que les pidan perdón.

Me despido con tristeza,

Paolo Lüers

(Más!)

El enigma de la página perdida del discurso del presidente Funes

En marzo 2006, el gobierno del entonces presidente Saca tuvo que cumplir con un fallo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el caso de las hermanas Serrano, desaparecidas por la Fuerza Armada durante un operativo militar.

Para cumplir con el fallo, el gobierno salvadoreño tuvo que pedir públicamente perdón a los familiares de las niñas Serrano.

En vez de ir personalmente a Chalatenango, el presidente Antonio Saca mandó a su canciller, como si Chalatenango fuera otro país.

En vez de aprovechar la ocasión para, de una vez por todas, pedir perdón --no sólo a la familia Serrano, sino a todos los afectados por crímenes y violaciones de Derechos Humanos cometidos por la Fuerza Armada en nombre del Estado salvadoreño--, el gobierno declaró que “entendía el sufrimiento” de la familia Serrano.

En vez de aprovechar la ocasión para pedir perdón porque así lo mandaba la conciencia y la historia, el gobierno Saca se limitó a medio salir del mandado de la Comisión Interamericana, de malas ganas y sin convicción alguna.

En esa ocasión yo usé mi columna (que en aquel entonces publiqué en El Faro) para escribir el “Discurso de un estadista que no fue”. Me inventé el discurso que el presidente no tuvo el valor de pronunciar en Chalatenango, donde no tuvo la dignidad de ir...

Reproduzco una parte del discurso que no fue:

“A nombre del Estado salvadoreño que represento como Presidente de la República, y a nombre de la Fuerza Armada salvadoreña que represento como su Comandante en Jefe, me dirijo al pueblo salvadoreño para pedir perdón por los abusos, atropellos, crímenes que a nombre y bajo la responsabilidad del Estado y de la Fuerza Armada han sido cometidos contra ciudadanos salvadoreños durante el conflicto armado”.

Lástima que este discurso no se pronunció. Y que, para escribir algo positivo, tuvo que recurrir a la ficción. Lo mismo pasó un año después, en enero del 2007, cuando el presidente Saca convocó, así como lo hizo el presidente Funes ahora, un 16 de enero, a los firmantes de la paz y a la élite del país para conmemorar los Acuerdos de Paz. Tuve que inventarme, para mi columna en El Faro, una “página perdida del discurso presidencial”, porque el presidente no fue capaz de reconocer el aporte del FMLN a la construcción de la paz.

En la página que faltaba al presidente hubiera dicho:

“A mí, como Presidente de toda la nación, no me cuesta reconocer la verdad que tal vez sigue doliendo o incomodando a muchos de mis correligionarios: La paz es conquista de todos, incluyendo a los miles de combatientes de la guerrilla, quienes con la misma disciplina, con el mismo sacrificio que mostraron en la guerra, cumplieron al pie de la letra el cese de fuego, depusieron sus armas y se incorporaron a la vida política y social del país. La firma de los Acuerdos de Paz -y su cumplimiento- no hubiera sido imaginable sin el espíritu patriótico, la visión de país y la responsabilidad de los dirigentes históricos del FMLN...“

Dicen que la historia, cuando uno no aprende sus lecciones, se repite. Es cierto. El actual Presidente de la República no ha aprendido nada de la triste historia de discursos -y actuaciones- incompletos de sus antecesores. Tan así que en su discurso del 16 de enero de 2010, cuando pidió perdón al pueblo salvadoreño por los abusos, crímenes, masacres y violaciones de Derechos Humanos que sufrió durante la guerra, se limitó a pedir perdón por los crímenes cometidos por las fuerzas gubernamentales. Aplaudo el hecho de que al fin un Presidente haya dicho estas palabras: Pido perdón a nombre del Estado que ha cometido abusos y crímenes”.
Pero igual que a Saca, a Funes se perdió una página de su discurso. Por suerte, la logramos recuperar. En esta página el presidente Funes hubiera dicho:

“De igual forma, como el primer presidente electo con la bandera del FMLN, pido perdón al pueblo salvadoreño por todos los abusos, masacres, torturas, ejecuciones, asesinatos a civiles y otros crímenes cometidos por fuerzas guerrilleras y a nombre del FMLN, partido que hoy tengo el honor de integrar y que me llevó a la Presidencia. Igual como el Estado no puede dar las espaldas a las víctimas de crímenes cometidos en su nombre, tampoco el FMLN a las víctimas de crímenes cometidos en su nombre. No soy vocero del FMLN, pero me siento obligado a decir estas palabras, para que el pedido de perdón que he pronunciado hoy sea completo y honesto”.

Palabras no pronunciadas por el presidente Funes. Alguien podrá decir: Pero el vicepresidente Salvador Sánchez Cerén, en otro acto el mismo día, pidió perdón a nombre del FMLN. Sin embargo, así de fácil no puede zafarse de la responsabilidad. El vicepresidente y ex-miembro de la Comandancia General del FMLN no pidió perdón por los crímenes contra civiles cometidos por el FMLN. Ni menciona estos crímenes, mucho menos los que tienen que ver con su historia personal y con su responsabilidad como comandante en jefe por las ejecuciones sumarias cometidas por las FPL en San Vicente.

El vicepresidente Salvador Sánchez Cerén dijo el 16 de enero en un acto partidario: “El FMLN le pide perdón a todo el pueblo salvadoreño afectado por nuestras acciones militares”.

Pero nunca se trató de pedir perdón por las acciones militares. Hay que pedir perdón por los abusos y crímenes. El vicepresidente ni siquiera menciona que el FMLN, aparte de acciones militares, también cometió violaciones a los Derechos Humanos y crímenes y masacres. ¡Así de fácil no se puede zafar!

(El Diario de Hoy)