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lunes, 4 de noviembre de 2019

Pan para hoy. de Cristina López



Publicado en EL DIARIO DE HOY, 4 noviembre 2019


Hay un dicho común que se usa normalmente con el fin de describir situaciones en las que se sobre-estiman los beneficios del corto plazo por encima de los costos de largo plazo, y es el de: “pan para hoy y hambre para mañana”. Y aplica perfectamente para el reciente anuncio de la administración del presidente Bukele en conjunto con el gobierno estadounidense de que los inmigrantes salvadoreños que cuentan actualmente con la protección del TPS que les permite residir y trabajar en Estados Unidos de manera temporal, pueden seguir gozando de esa protección por más o menos un año más.
Por lo menos hubo transparencia en el reconocimiento que este respiro para la angustia e incertidumbre que acechaba a los salvadoreños bajo el TPS es producto de un “quid pro quo” con la administración gringa más anti-inmigrante que ha tenido los Estados Unidos en las últimas décadas. Estamos claros que la paz mental del presente tiene como precio la angustia del futuro, puesto que la administración de Trump continúa fija en su decisión de ponerle fin al programa del todo, sin intención alguna en establecer avenidas para convertir la protección temporal en residencia permanente.
Parte del canje fue el compromiso adquirido de apoyar la política anti-inmigrante de Trump, no sólo recibiendo a aquellos individuos en búsqueda de asilo que el gobierno de Estados Unidos se niega a acomodar, sino también ejecutando las tácticas de la temida fuerza fronteriza de la agencia federal para la protección de fronteras y aduanas, mejor conocida por sus siglas ICE. Los métodos y operaciones de ICE han sido criticados por violar los derechos humanos de inmigrantes detenidos, irrespetar los principios básicos del debido proceso, y abusar del uso de la fuerza en múltiples ocasiones. Se les critica sobre todo por hacer uso indiscriminado de la deportación, sobre todo cuando la dirigen en contra de inmigrantes sin récord alguno de criminalidad y con más apego al territorio estadounidense que a sus tierras de origen. Cabe preguntarse hasta qué punto aliarse con el gobierno de Trump para proteger a Estados Unidos de la inmigración indocumentada implicará hacer uso de la fuerza en contra de los propios compatriotas, el equivalente al pastor recibiendo entrenamiento por parte del lobo.
Y a pesar de todos los “peros” que pueden presentarse como críticas al altísimo precio que quizás muchos pagarán en el largo plazo por este respiro en el presente para unos pocos, el respiro es real. Beneficia de manera inmediata las vidas de salvadoreños trabajadores que hasta ahora, debido a la probada incompetencia de la administración de Sánchez Cerén y su aparente incapacidad de abogar por los nuestros en el plano internacional, solo habían contado con el apoyo de organizaciones sin fines de lucro. Este pan para hoy bien podrá ser hambre para mañana… pero no deja de ser pan en un momento crítico.
Ojalá exista una estrategia detrás de esta negociación desequilibrada que busque avenidas legales hacia la residencia permanente en los Estados Unidos para los compatriotas que se la han ganado a base de trabajo duro y contribuciones sociales a las comunidades de las que ya son parte en Estados Unidos. Ojalá que detrás del corto placismo, exista un compromiso serio de usar este respiro temporal para crear las condiciones en el país que dejen de obligar al desplazamiento y a la migración a tantos salvadoreños. Ojalá que el sentimiento anti-inmigrante que domina en Estados Unidos sea solamente producto de las fiebres políticas del presente. Por el momento, solo queda tener fe y usar este año de respiro para luchar por más.
 @crislopezg

lunes, 28 de octubre de 2019

Casandras modernas. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 28 octubre 2019


Siempre ha sido mi opinión que una de las historias más desgarradoras de la mitología griega es la de Casandra. Me acuerdo perfectamente de cuando aprendí la historia de Casandra por primera vez: era la temporada de vacaciones entre tercero y cuarto grados y había caído entre mis manos una colección de historias de los dioses, semidioses y héroes greco-mitológicos (con sus equivalencias de nomenclatura romana) adaptadas para audiencias juveniles.
La historia de Casandra venía con dibujos que la presentaban siempre con cara de angustia y jalándose los pelos, perfecta ilustración de la desesperación que sentiría quien, conociendo el futuro y haciendo predicciones, fuera ignorada por quienes la rodeaban. Lo anterior era producto de haber rechazado al dios Apolo, patrón de la adivinación (entre otras cosas). Apolo quería a Casandra y para conquistarla le otorgó la capacidad de predecir el futuro. Pero no fue suficiente para conservar la atención y el afecto de Casandra. Apolo, como todo dios griego, padecía de una falta de inteligencia emocional que haría palidecer a un adolescente hormonal, y no se tomó bien el rechazo. Dado que no podía quitarle a Casandra el don de predecir el futuro que ya le había otorgado, la condenó a que nadie le creyera sus predicciones.
Pienso mucho en esta historia, sobre todo últimamente. Y es que hay gobernantes que se parecen mucho a Apolo y como reacción a que la prensa, su Casandra moderna, no les da la cobertura lambiscona y amorosa que quisieran, han decidido usar todo su poder para atacar su credibilidad. Y es de esta manera que hemos llegado a situaciones como la que está atravesando los Estados Unidos, donde a pesar de que existe evidencia de que el presidente Donald Trump usó su cargo, las relaciones diplomáticas y la ayuda internacional para presionar a Ucrania a que le proporcionara información en contra de uno de sus rivales políticos, un porcentaje altamente deprimente de la población simplemente no se cree los reportajes periodísticos. Simplemente porque no le creen a los medios. Y aunque esta corrupta conducta presidencial ameritaría en otro universo un antejuicio y la posible remoción del cargo, esto no va a pasar, porque no existe el apoyo político para que la institucionalidad siga su curso.
Como Apolo, Trump buscaba el amor incondicional de los medios, manifestado a través de una cobertura consistente con la imagen que Trump tiene de sí mismo: un ente perfecto sin capacidad de errar. Pero la conducta anti-presidencial de Trump nunca le hizo merecer cobertura positiva a menos que viniere de medios propagandísticos. Su retórica decididamente ofensiva, su propensión a la mentira, exageración y vulgaridad, su falta de intelecto y su arrogancia al respecto, su imprudencia y constante necesidad de atención que derrocha tuiteando sin parar, le hicieron sujeto de constante cobertura negativa. Por eso durante su campaña y ahora, reacciona a la falta de adulación mediática cual pretendiente rechazado y dedica gran parte de su retórica a acusar a los medios y a los periodistas de mentir (a pesar de que exista evidencia de que quien miente es él), de ser corruptos o manejados por intereses políticos oscuros, de odiar a los Estados Unidos, y en sus palabras, de ser “enemigos públicos” de los estadounidenses.
Esto ha convencido a suficientes personas como para convertir a los medios de comunicación de los que depende la democracia y a los periodistas que los hacen funcionar en Casandras modernas, con la misma situación de angustia, desesperación, e impotencia de saber la verdad y los horrores que se nos avecinan y notar que gran parte de la audiencia simplemente no les cree. Reportajes conteniendo meticulosas investigaciones periodísticas, entrevistas con testigos confiables, documentos filtrados y otra suerte de pruebas contundentes no significan nada para la audiencia hipnotizada, que aplica universalmente a cualquier reporte en contra de su dios caprichoso con la misma reacción: “fake news”. Y la estrategia de Apolo no sólo le ha sido útil a Trump. ¿A quién les recuerda?
@crislopezg.

sábado, 19 de octubre de 2019

México y el duopolio de la fuerza. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 19 octubre 2019


Una de las primeras cosas que aprende un estudiante de ciencias jurídicas en cualquier curso introductorio de Teoría del Estado es que el Estado mantiene el monopolio de la fuerza, por la sencilla razón de que en una república la sociedad otorga de manera voluntaria el poder a las instituciones estatales para hacer cumplir la ley. Y tiene sentido que sea un poder monopólico: ¿cómo preservar el Estado de Derecho y el cumplimiento de la ley si múltiples entidades, en competencia, pelearan por el ejercicio de la fuerza para ejecutar los propios intereses? 
Hasta ahí la teoría, porque la realidad de muchos de nuestros países latinoamericanos, comprobadamente, dista mucho del ideal de mantener el monopolio de la fuerza en el Estado. La falta de institucionalidad, el debilitamiento del Estado de Derecho, la falta de políticas de Estado, las inequidades estructurales, etcétera, hacen que en muchos países lo que se lleva a cabo es más bien un duopolio de la fuerza, en el que los intereses que se ejecutan dependen de quién tiene el dominio del poder. A veces este dominio se expresa a través de la violencia; otras veces se expresa a través del poder económico.
En México, la semana pasada quedó demostrada en Culiacán la existencia de un duopolio de la fuerza, en la que las autoridades y el gabinete de seguridad del Estado mexicano compite (y en desventaja) con el poder belicoso del cartel de narcotráfico del Chapo Guzmán. Según reportes periodísticos, el hijo del Chapo, Ovidio Guzmán, tiene una orden de captura para ser extraditado a los Estados Unidos. Intentando ejecutar esta orden de captura, las fuerzas armadas decidieron usar el monopolio de la fuerza y se encontraron con que en Culiacán ese monopolio lo ejerce un cartel de narcotráfico. La balacera que resultó obligó a los muchos habitantes de Culiacán a buscar refugio por horas en tiendas y otros espacios cerrados. Y el despliegue de violencia resultó en dejar a Junior en libertad, decisión que el Estado mexicano justificó diciendo que era para salvar vidas inocentes. De la estrategia o visión que usó el gabinete de seguridad para ejecutar esta orden de captura usando las fuerzas armadas, o de la decisión que se tomó de dejar en libertad a uno de los criminales más buscados a nivel internacional, se sabe poco puesto que las declaraciones públicas de las autoridades han estado llenas de contradicciones e inconsistencias que el Andrés Manuel López Obrador de hace un par de años (ese que criticó al gabinete de seguridad de 2015 luego de que el Chapo escapara de prisión por un túnel) habría condenado como vergonzosas.
Aparte, según Ernesto López-Portillo Vargas (analista de la revista Animal Político), en México no existen “medios de verificación confiables para distinguir que es cierto y qué no con respecto al sector de la seguridad”. En otras palabras, a la sociedad civil no tiene recursos institucionales algunos que le permitan saber qué decisiones se tomaron, si hubo negociaciones, si las decisiones se tomaron a nivel de calle y durante el enfrentamiento, o si se dieron a nivel presidencial.
Lo que queda claro es que el suceso deja un pésimo precedente: el incentivo para grupos poderosos de que armándose de maneras más efectivas que la fuerza armada pueden desafiar el monopolio estatal de la fuerza. Y para los ciudadanos, otra pieza de evidencia de que el Estado al que le cedieron poder ha fallado y que ganaron los malos, evidencia que también tenemos en tantas colonias y barrios de El Salvador dominadas por las maras.
@crislopezg

lunes, 14 de octubre de 2019

Artículo 6 de la Constitución. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 14 octubre 2019 


En la mayoría de países en el continente americano pocos accidentes conllevan tanta consecuencia jurídica como el lugar donde se nace. Sin que medie en lo absoluto la propia voluntad, queda uno atado al lugar dónde uno nace por vía de la nacionalidad, que en la mayoría de naciones americanas se transmite por vía del territorio. A este “derecho”, a ser del lugar de donde se nace, se le conoce como ius soli, o derecho del suelo, y es de las maneras más generosas en que los ordenamientos jurídicos de un país conceden la nacionalidad. Como contraste, en casi toda Europa y muchos países de Asia y África, la ciudadanía se concede por medio de la sangre (ius sanguini, o derecho de la sangre), es decir, se hereda la nacionalidad de los padres.
Y como ninguna de estas considera la voluntad del sujeto del derecho es que los ordenamientos jurídicos contemplan la naturalización como una forma de adquirir la ciudadanía.
En mi opinión, el acto de naturalización en muchos casos representa una de las más alta formas de patriotismo, pues el compromiso de querer pertenecer, la convicción que implica peticionar ante las autoridades extranjeras para decir “de aquí quiero ser”, es mayor que el de muchos ciudadanos por “nacimiento”, que no tuvimos que hacer nada para recibir el caudal de derechos que el ordenamiento jurídico amarra a la nacionalidad.
Y es que fuera de aspiraciones a cargos públicos como la presidencia, una vez concedida la nacionalidad por naturalización, viene con toditos los derechos y obligaciones que la nacionalidad por nacimiento. Esto incluye el goce de la libertad de expresión, protegido por el artículo 6 de la Constitución de la República, en el que se lee que “Toda persona puede expresar y difundir libremente sus pensamientos siempre que no subvierta el orden público, ni lesione la moral, el honor, ni la vida privada de los demás”. Y esto quizás se le olvidó al Director General de Migración y Extranjería, Ricardo Cucalón (olvido vergonzoso para cualquiera, pero especialmente para alguien que se presenta como abogado y notario), que dejó en evidencia en Twitter su propensión por el autoritarismo cuando dijo que la Ley de Migración debería contemplar la revocación de la ciudadanía y la expulsión del territorio para ciudadanos naturalizados que expresen opiniones que no le gustan.
El ciudadano naturalizado en ese caso era el columnista de este periódico (y mi buen amigo) Paolo Lüers, que con el tono irónico que le caracteriza estaba criticando los métodos que la actual administración está usando para atraer al turismo. Si tiene razón o no Paolo no es parte de la discusión: en mi opinión, en la larga lista de razones para criticar y auditar a este gobierno que ha desplegado más de una manifestación de autoritarismo junior, la de usar baile folclórico para atraer al turista está bastante baja en la lista de prioridades. Pero es cuestión de opiniones, y la de Lüers, ciudadano salvadoreño de origen alemán, ni subvierte el orden público ni lesiona la moral, honor, ni vida privada de nadie. Por lo que es un insulto a la mera institución de la naturalización que Cucalón expresara semejante sandez, y más penoso aún resulta que hubiera diputados como Milena Mayorga que le aplaudieran.
En un país como el nuestro, que exporta más migrantes que los que acoge, el buen trato a los inmigrantes (naturalizados o no) debería ser un elemento cultural importante. Que el Director de Migración y Extranjería piense que los derechos pueden usarse como martillos para castigar a opositores políticos debería preocuparnos a todos los salvadoreños, sin importar el lugar donde nacimos.
@crislopezg
Lo noticia detrás de la columna: 

Director de Migración amenaza a columnista con retirarle ciudadanía

lunes, 7 de octubre de 2019

Dignidad a cambio de “likes”. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 7 octubre 2019


Una de las desventajas de que el flujo de información al que estamos expuestos haya aumentado en términos de cantidad y velocidad, es que apenas nos queda tiempo para absorber y procesar noticias.
Se nos ha acortado el ancho de banda de la atención, con tantas piezas de información disponibles en todo momento, compitiendo una con otra. Es por eso que sucesos relativamente recientes, como la gira mediática en Nueva York que hiciere el presidente (y su familia) en su visita a la sede de las Naciones Unidas, se ve lejano a dos semanas de distancia. Y a mí, sin embargo, como salvadoreña en Estados Unidos, me sigue costando terminar de digerir el penoso espectáculo.
Sí, penoso. Porque más allá de la superficialidad del discurso, las selfies, y el reality show de pseudo-realeza aspiracional de llevar a su recién nacida a un evento diplomático, lo verdaderamente indigno fue el show mediático.
Primero, la conferencia de prensa bilateral en la que el presidente salvadoreño cubrió de piropos a su contraparte estadounidense, llamándole “cool and great”, una lambisconería indignante considerando que Donald Trump se refirió a El Salvador específicamente, como un “hoyo de mierda”, comentario por el que nunca se disculpó.
Claro, es entendible que la diplomacia obligue a pasar tragos amargos de cuando en cuando, y que el poder que Trump ejerce sobre los destinos del enorme número de inmigrantes salvadoreños en Estados Unidos pone al mandatario salvadoreño en una situación delicada. Pero puede establecerse respeto sin perder la dignidad a punta de lambisconería.
Lambisconería que, al final, no trae más beneficios que un momento viral para el presidente salvadoreño, tan necesitado de atención como es, pues el momento vergonzoso no vino amarrado de ningún tipo de concesión para las necesidades de tantos compatriotas.
Intentando otorgar el beneficio de la duda, habría circunstancias que hacen perdonable el que nuestro presidente le lamiera las botas a Trump: que era su primera participación en la Asamblea General de la ONU y se le notaron los reflejos de principiante, que vio en la altanería de Trump (indirectamente proporcional a su incompetencia) rasgos de su propia personalidad, o que vio en su contraparte a alguien con ninguna voluntad política para dialogar mejoras en las condiciones de nuestros inmigrantes y prefirió no alborotar las aguas.
Cualquiera de las anteriores, aunque no justifica, mitiga en algo la vergüenza de tal pérdida de dignidad. Al final, ¿qué más podía hacer? Negarse a la reunión no hubiera sido sensato.
Pero lo que es verdaderamente imperdonable desde cualquier punto de vista y que solo agrega a la sensación de vergüenza y afrenta, fue la aparición que hizo como invitado en un show de la cadena de cable Fox News.
Esta sí que era innecesaria, pues desde el punto de vista estratégico, en nada lograba avanzar la imagen del país: a esa hora la audiencia no llega ni a un millón de personas (cifra insignificante en el espectro estadounidense), y estas son, en su mayoría, hostiles a cualquier mensaje que no rinda pleitesía a Trump.
Salir al aire en Fox no sirvió más que para la autopromoción de nuestro presidente, puesto que esta es la misma cadena de cable en la que los anfitriones de un programa matutino se refirieron despectivamente a El Salvador como “un país mexicano”; donde a la crisis humanitaria de inmigrantes buscando refugio se le llama “invasión” de salvajes y a nuestros compatriotas que llegan buscando un mejor futuro les dicen “invasores”.
Este es el mismo canal donde, sin ironía alguna, algunos anfitriones han sugerido que quienes cruzan la frontera sean abatidos a tiros, donde han deshumanizado a nuestros inmigrantes trabajadores refiriéndose a ellos como “hordas de alienígenas” y donde hemos sido acusados de estar “destruyendo” a los Estados Unidos con nuestra sola presencia.
Me consta, porque durante varios años trabajé como analista de medios y conozco de primera mano la evidencia que demuestra que Fox News no es sólo anti-inmigrante, sino también simpatizante del autoritarismo nacionalista Trumpiano, que coquetea con el extremismo de los supremacistas blancos y que debería espantar a cualquiera con un ápice de nociones democráticas. Fue a ese canal donde el presidente salvadoreño fue a platicar sonriente, feliz con la atención, pero sin un gramo de dignidad.

lunes, 23 de septiembre de 2019

El mito de las cintas de los zapatos. De Cristina López


Publicado en EL DAIRIO DE HOY, 23 septiembre 2019


Hay ciertas narrativas que de repetirlas infinidad de veces adquieren carácter de dogma, con independencia de si son descriptores fiables de la realidad o no. Una narrativa eminentemente estadounidense, muy propia del carácter cultural individualista de dicho país, es la del mito de las cintas de los zapatos. En inglés, se le conoce como “lift up by the bootstraps” y se refiere a las historias de éxito económico de quienes han salido adelante a puro esfuerzo, levantándose así mismos prácticamente con las cintas de sus propios zapatos. Es una narrativa inspiradora y aspiracional. Casi podría decirse que empodera.
¿El problema? No es real. No es por el hecho de que físicamente es imposible que una persona alcance más altura jalando las cintas de sus propios zapatos: es que la metáfora, aplicada al ámbito de la movilidad social es eminentemente reduccionista, en el sentido de que entiende la ecuación que resulta en “aumento de ingresos económicos” como una donde la única variable que importa es la del esfuerzo personal, asumiendo una correlación perfectamente directa entre ambas cosas. Más esfuerzo, en esta ecuación fantástica, equivale entonces siempre a más ingresos. ¡Qué maravilla!
Y es que esta narrativa fantástica de alzarse a puro jalón de las propias cintas de los zapatos no toma en cuenta a quienes, para empezar, no tienen ni zapatos. Es decir, en esta ecuación simplista no se toman en cuenta la pluralidad de variables que interactúan para resultar en uno u otro nivel de ingresos económicos, entre ellas, las diferencias estructurales. Variables tan diversas como el lugar de nacimiento, el tipo de educación que es accesible, la calidad de la nutrición, el acceso a la salud, incluso la nutrición pre-natal, son solo algunos ejemplos de características que varían para cada individuo, pero que tienen tanto impacto en la capacidad de aumentar o no los ingresos económicos como podría tenerlo el esfuerzo personal.
Y la gran mayoría de estas variables no dependen de la voluntad personal de los individuos. Tantas de estas diferencias estructurales que impactan los ingresos económicos dependen de las políticas públicas. Solo cuando los gobiernos se enfocan en establecer e implementar el tipo de políticas públicas de largo plazo que hacen posible igualar las condiciones atacando las diferencias estructurales en las sociedades para que, por ejemplo, la educación accesible tenga la misma calidad para la mayoría de personas, es que podemos hablar del impacto de esforzarse un poco más o un poco menos. Claro que esforzarse es importante: pero solo hace la diferencia cuando las demás variables no limitan. ¡Y en nuestro país limitan tanto!
Reducir un problema tan complejo como la movilidad social a un tema de más o menos esfuerzo es asumir que, si la capacidad económica fuera una carrera de velocidad, todo el mundo empieza la carrera desde el mismo punto de partida cuando la realidad no indica eso. Pero por supuesto que es una narrativa atractiva, pues permite que quienes alcanzan cierto nivel de ingresos intenten atribuir su éxito a su propio esfuerzo única y exclusivamente, ignorando los privilegios (o características no escogidas que son más bien productos de la lotería genética que del esfuerzo) que fueron variables esenciales de la ecuación. Esta visión reduccionista iguala la pobreza con haraganería y no es solamente evidencia de falta de curiosidad intelectual, sino también falta de empatía con los más desfavorecidos. Y el mayor problema no es que nos creamos la narrativa: es que les permitamos a nuestros gobernantes que continúen ignorando su rol en perpetuar las diferencias estructurales que definen la movilidad social mucho más que el esfuerzo personal.
@crislopezg

lunes, 16 de septiembre de 2019

Re-entendiendo el patriotismo. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 16 septiembre 2019


Siempre creí que entendía el patriotismo. En abstracto, ese sentimiento de apego que los individuos tienen ante su tierra natal o adoptiva, ya sea por lazos comunes con las poblaciones, cultura, valores, o historia de dicha tierra. Y en específico, mi propio sentimiento de apego por mi El Salvador, ese que ahora que lo veo desde lejos se va tintando cada vez más de nostalgia y recuerdos romantizados. Y en el “huacal” de éste, mi patriotismo tan vagamente entendido, caben una universalidad de apegos y afectos, desde los superficiales que incluyen el antojo por las donas 2×1 de septiembre, la preferencia por cenar pupusas en domingo y el olor a Pollo Campero; como otros apegos más profundos, a la silueta del volcán de San Salvador, a la Oración a la bandera, a las plumas de Alfredo Espino y Claudia Lars, o el orgullo por los logros y éxitos de tantos compatriotas alrededor del mundo.
Pero la realidad es que esta noción de patriotismo resulta eminentemente incompleta y vacía, porque es absolutamente pasiva. Se basa en sentir y disfrutar de lo que, en conexión con nuestra tierra, resulta placentero y familiar. Si el patriotismo puede entenderse como amor, lo que vagamente pasamos tantos como patriotismo es un amor eminentemente pasivo y, por ende, egoísta. Recibe, pero no da. Es amor sin entrega. Y hay tanto narcisismo por ahí disfrazado de amor sin entrega. Tampoco es patriotismo lo que muchos llaman nacionalismo: ese no es más que la falta de curiosidad por lo ajeno, y como bien dijera Mario Vargas Llosa alguna vez, “el nacionalismo y el racismo son dos caras de la misma moneda”.
La semana pasada, durante el “acto cívico” del Mes de la Patria celebrado en uno de tantos centros escolares en el país, una estudiante de último año compartió su reflexión sobre el patriotismo en un discurso del que quiero citar (con su permiso) una porción que me pareció sumamente relevante para la re-interpretación del patriotismo como amor. Hablando de que dejar la Patria marca y duele precisamente por “la profundidad que puede llegar a tener el amor por nuestro país” les recordó Montserrat Fabregat al cuerpo estudiantil, padres de familia, y profesorado de La Floresta (centro educativo del que me gradué), que “solo se ama bien cuando se es libre”. Que la autora del discurso sea mi sobrina y que se me cruce enfrente mi absoluta falta de objetividad al juzgar los méritos de sus (en mi opinión de tía chocha, siempre brillantes) logros, no impidió que la sustancia de lo dicho me moviera a reflexionar sobre las maneras en las que deberíamos re-entender el patriotismo, enseñarlo y practicarlo.
Enumeró maneras que incluyen el servicio público, pero también el servicio comunitario: en pocas palabras, un tipo de amor activo, que incluye entrega y convierte el sentimiento en acción. Habló de estas maneras de hacer patriotismo como medios que podrían hacer avanzar a nuestro país y a su gente. Tantos son los elementos que en nuestro país, restan a su gente libertad: pobreza extrema, falta de seguridad, falta de educación de calidad, un sistema de salud inestable que privilegia la capacidad económica sobre la necesidad, discriminación a quienes son diferentes, etc. Y qué cierto es que “solo se ama bien cuando se es libre”. Si reconfiguramos nuestro entendimiento de patriotismo como el tipo de amor que incluye entrega y actos de servicio, iríamos vaciando esos obstáculos que a tantos quitan libertad. ¡Feliz Mes de la Independencia!
@crislopezg

lunes, 9 de septiembre de 2019

Los primeros cien días. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 9 septiembre 2019 


Es de humanos lo de buscarnos atajos. Es lo natural, en un mundo de constante dinamismo y complejidad, que intentemos en la medida de lo posible idear y construirnos heurísticas que nos permitan simplificar lo complicado y hacerlo más digerible. El problema se da cuando convertimos estos conceptos arbitrarios en criterios sólidos para medir o apreciar situaciones complejísimas. Ejemplo de lo anterior es el concepto, completamente mediático por cierto, de tomar “los primeros cien días” de una administración presidencial como un marcador para evaluar desempeños. No es único de nuestros paraísos tropicales: de hecho, es posible que el fetiche original (no por ello menos vacuo y arbitrario) de ver los “primeros cien días” como un hito estándar para calificar el desempeño de una nueva administración presidencial venga de la prensa política estadounidense, cuyo principal pecado ha sido cubrir la política como entretenimiento y con tal de satisfacer la voracidad de la demanda por entretenimiento, convertir cualquier cosa en noticia.
Por si no quedaba claro en lo dicho anteriormente: por supuesto que considero lo del hito de “los primeros cien días” una medida absurda. ¿Por qué cien? Constitucionalmente, valen lo mismo en términos de límites de poder y alcance administrativo cien días, diez días, y trescientos días. Y los problemas de este tipo de “hitos” inventados por los medios para juzgar administraciones presidenciales no terminan en la arbitrariedad de su naturaleza. En lo que a expectativas se refiere, introducen un incentivo absurdo para quienes están en el poder para inflar la burbuja de logros con puro aire, respondiendo a la demanda mediática de contenido con una oferta de superficialidades.
Superficialidades, sí. Porque cuando los principales problemas de una nación como la nuestra son de naturaleza estructural (inequidad, pobreza, delincuencia, impunidad, etc.), cien días y un par de reformas legislativas no alcanzan para “arreglar” ningún problema. La mejor vara para medir a populistas y demagogos, de hecho, es la cantidad de “arreglos” que prometen. En realidad, es posible argumentar que un período presidencial completo no alcanza para solucionar del todo la totalidad de problemas que aquejan a un país. Lo anterior no justifica períodos presidenciales más largos, sino políticas de Estado, de las que trascienden períodos presidenciales y partidos políticos, de las que más bien marcan rumbos que deben seguirse de manera consistente y no soluciones equivalentes a pegarle un parche a una llanta perforada.
Por eso es necesario tomarse los “logros” publicitados en la marca inventada de los primeros cien días con una buena dosis de sano escepticismo —del sano, del que no peca de cinismo, obstruccionismo o sabotaje, sino que se ancla en realidades—. Por ejemplo, el mero anuncio de que tendremos nuestra propia Comisión Internacional Contra la Impunidad no amerita agregar un cheque de promesa cumplida a la larga lista de expectativas que pesan sobre nuestras autoridades. El cheque deberán ganárselo y será cuando quede verdaderamente demostrado y documentado que dicho organismo será, principalmente, independiente en su capacidad investigativa y segundo, que sus hallazgos y conclusiones tendrán consecuencias jurídicas que ejecute el Ministerio Público y el Órgano Judicial. La simple firma de un acuerdo, como tal, no es más que un cascarón que podemos llenar de peticiones y expectativas, pero no constituye en sí mismo un hito que merezca alabanzas mediáticas. Darle importancia inmerecida a “los primeros cien días” distrae de la realidad de que en un sistema transparente, la evaluación de la adm inistración presidencial debe ser una tarea de todos los días.
@crislopezg

martes, 3 de septiembre de 2019

Ciudades hermanas. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 3 septiembre 2019


El 20 de agosto fue un día importante para la comunidad salvadoreña inmigrante que vive en la capital estadounidense y sus zonas aledañas en los estados de Virginia y Maryland. Se celebró el primer aniversario del acuerdo oficial de “hermanamiento” entre la capital estadounidense y la capital salvadoreña. Si bien la naturaleza del evento es política y burocrática, es imposible no destacar la importancia cultural de su existencia.
Especialmente en la época por la que estamos pasando, en la que el “conservadurismo compasivo” que predicaban los Bush y que incluía un aspecto decididamente pro-inmigrante, se ha convertido en un recuerdo lejano.
Los inmigrantes salvadoreños, en particular, hemos sido pintados por la retórica Trumpista con brocha gorda, caricaturizados como criminales unidimensionales cuya única motivación de dejar la patria atrás en busca de nuevos horizontes es, según esta reductiva visión de “América primero”, exclusivamente el saqueo sistemático de recursos ajenos, ya sea a través de crímenes o a través de gañanada.
Esta visión ignora cualquier contribución a dichos recursos y reduce la imagen de nuestros compatriotas ya sea al estereotipo de la actividad pandilleril o a la tragedia que aparece en las portadas de los medios internacionales, de cuerpos inertes tras el fracaso de la arriesgada travesía a través de aguas fronterizas.
Es por eso que celebraciones simbólicas como el hermanamiento de estas dos ciudades enlazadas culturalmente por el accidente sociológico del flujo histórico migratorio que ha hecho de Washington, D.C. un hogar para tantos salvadoreños, tienen tanto significado. Porque sirven como validación de que nuestras contribuciones fuera de la patria dejan marca.
De que nuestra cultura es valiosa y merece la apreciación que recibe en el extranjero por parte de extraños que quizás jamás pisarán tierras salvadoreñas, pero que conocen de sobra nuestra cocina por medio de la cantidad abrumadora de pupuserías — muchas con servicio a domicilio — que abundan en las calles de la capital estadounidense.
De que cuando la municipalidad capitalina cierra las calles el Viernes Santo en Columbia Heights, un barrio al norte de Washington D.C., porque la comunidad salvadoreña y otras comunidades hispanas menos numerosas celebran la procesión del Santo Entierro, no estamos abusando del espacio de nadie, ni cogiéndonos del codo de la ciudad que nos da la mano, sino viviendo de manera auténtica y contribuyendo culturalmente al riquísimo tapiz global de culturas, tomándonos un espacio que merecemos tanto como cualquier otro residente de esta zona.
En la ceremonia oficial en la que los equipos municipales del Alcalde de San Salvador, Ernesto Muyshondt, y la alcaldesa de Washington, D.C., Muriel Bowser, celebraron el aniversario de hermanamiento, participó la directora de asuntos latinos del gobierno de DC, Jackie Reyes-Yanez, salvadoreña y estadounidense que representa a cabalidad, con profesionalidad y eficacia, a tantos inmigrantes que han encontrado un hogar fuera de la patria que los vio nacer.
En una conmovedora representación de esta dualidad de identidades, los himnos de ambas naciones fueron interpretados por Beverly Pérez, que fue presentada al público como salvadoreña-americana: sin necesidad de escoger entre una u otra nacionalidad, tan salvadoreña como estadounidense, interpretando ambos símbolos patrios con familiaridad.
Y como Beverly hay tantísimas personas: cómodamente fluidas en su biculturalidad, capaces de “cambiar de chip” así como lo requieran las circunstancias, lejísimos de parecerse a la caricatura que por puro populismo politiquero quiere pintar el movimiento anti-inmigrante. Y por eso son importantes estas celebraciones: porque en medio de la retórica populista y xenófoba le permiten a tantos salvadoreños viviendo afuera perder el miedo y sentirse bienvenidos, por lo menos por un rato.

lunes, 26 de agosto de 2019

Solidaridad con el sueño de libertad de Hong Kong. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 26 agosto 2019


Ha sido imposible ignorar las demostraciones masivas que se han estado llevando a cabo en Hong Kong, alargándose por ya más de once semanas. Los manifestantes visten de negro, se aglomeran en cantidades impresionantes (cientos de miles) y han llegado a tomarse espacios públicos de vital importancia para la economía local de la zona administrativa especial y la de China, el país en el que se encuentran, como el aeropuerto.
Lo que desencadenó la protesta fue la oposición a una medida legislativa que serviría como tratado de extradición, permitiendo enviar a residentes de la zona-semiautónoma de Hong Kong a Taiwán y a la China continental cuando así fuese requerido por necesidades procesales.
Por supuesto que en Hong Kong, que goza de una condición jurídica especial en comparación al resto de China en la que se conceden a sus ciudadanos una suerte de derechos civiles y libertades individuales de las que no gozan el resto de chinos, la oposición a una medida que podría poner fin a algunos de los privilegios de los que gozan, fue masiva. (Ejemplos de estos privilegios incluyen la libertad de expresión, libertad de prensa, libertad de asociación, cierta autonomía electoral y la libertad de un internet no censurado, además de un sistema judicial independiente y más parecido al sistema legal británico que heredaron de haber sido colonia británica, que al autoritarismo judicial de China.)
El gobierno chino ha reaccionado a las protestas de Hong Kong de una manera predeciblemente autoritaria, tratando las quejas de los manifestantes como ilegítimas, acusándoles de ser parte de una conspiración extranjera para debilitar el poder global de China y enfrentando a los manifestantes de maneras desproporcionadamente violentas por parte de la policía. En justicia, los manifestantes tampoco han mantenido el pacifismo durante la duración total de las protestas, pero el poder de las autoridades policiales chinas no se compara al de un grupo de civiles, en su mayoría desarmados.
Aunque los manifestantes han logrado como concesión que la pieza específica de legislación acerca de la extradición sea suspendida temporalmente, la razón universal de las protestas es ahora, más bien, el estatus de la zona administrativa como un lugar que permite a sus residentes libertades que no tienen el resto de ciudadanos chinos.
Desafortunadamente, académicos y expertos coinciden en que difícilmente China concederá más libertades que las ya existentes y que por desgracia, la posibilidad de abrir la zona administrativa a la democracia electoral y política, sería impensable.
Aparte, la condición especial de la que goza Hong Kong tampoco fue diseñada por las autoridades Chinas para mantenerse en perpetuidad: según el acuerdo existente (conocido como “un país dos sistemas”) esta dualidad terminaría definitivamente en 2047. Sin embargo, hay más de un ejemplo que demuestra que el gobierno autoritario de China no está dispuesto a esperar a 2047 y desde ya ha optado por iniciar la persecución política de disidentes o activistas pro-democracia en Hong Kong: ha habido arrestos y desapariciones misteriosas.
La generación de jóvenes que no han conocido otra realidad fuera de “un país, dos sistemas” con toda razón se encuentra dispuesta a no dar su paso a torcer. Y en vista de que el fin (por lo menos en papel) de las libertades de las que gozan solamente está a 28 años, es difícil no apoyar la pasión con la que están luchando por su futuro.

lunes, 19 de agosto de 2019

Diario de un perro presidencial. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 19 agosto 2019 


Según la información que hizo pública la Fiscalía General de la República la semana pasada con respecto del caso que han llamado “Saqueo Público”, el ex-presidente Mauricio Funes se reventó $149,000 dólares provenientes de las arcas del Estado en sacar a pasear a sus mascotas, con el fin de “desestresarlas”. Si la magnitud de lo mucho que se apropió Funes a través de la partida secreta ya de por sí clamaba al cielo, por ser el nuestro un país donde el 30% de la población vive debajo de la línea de pobreza y donde en los hospitales no alcanza para comprar medicinas, la más reciente información confirma que el descaro y la falta de vergüenza del recién estrenado nicaragüense son casi tan enormes como el robo que perpetró a su paso por el poder.
Pero en medio del escándalo no pude dejar de pensar en las pobres mascotas presidenciales y, con ello, imaginar cómo habría sido el diario de uno de los perros presidencial estresado si tuviéramos acceso a semejante cosa. Seguramente diría algo así:
“Querido diario: Otra noche entera sin dormir, preso de la ansiedad que me causa la certeza de que mi amo se está clavando la plata del Estado y que aparte, es malísimo escondiéndolo. Según él, tendrá perfecto sentido que antes tenía deudas y ahora tiene relojes y zapatos que cuestan bastante más que lo que devenga como presidente de la República. Si seguimos así, lo que nos espera es una visita de la Corte de Cuentas, contándonos las costillas, o peor, del Ministerio Público. A él y a sus secuaces, posiblemente Mariona, y a mí, pobre de mí, las calles. De chucho presidencial a chucho aguacatero cualquiera, comiendo de basureros. Tiemblo del estrés y el amo insiste en mandarme a pasear con extraños a los que paga, como si mi existencia estresada fuera una molestia.
“Supongo que por el momento la mejor opción es aprovechar lo que tengo, puesto que seguramente es cuestión de tiempo hasta que cachen a mi amo. Sobre todo porque carece totalmente de discreción y cautela: según oí, la piñata para el tercer cumpleaños del amito costó 10,000 dólares, porque había inflables, ruedas, y por supuesto, el helicóptero presidencial, ese que hace una bulla ensordecedora y en nada contribuye a mis niveles de estrés. 10,000 dólares, que serían el equivalente a 20 de las paseadas de nosotros, los chuchos presidenciales. Tengo memoria de chucho, pero todavía me acuerdo de las palabras del amo cuando era periodista y prometía una revolución ética. De seguro volar en avión privado tiene como efectos secundarios la debilitación de la conciencia y la pérdida súbita de la vergüenza. O quizás son los efectos de eso que se toma y que viene en las botellas de la cinta azul. Al fin y al cabo, quién sabe si fue ese mismo líquido lo que lo hizo terminar en el hospital después de que se cayera amarrándose las cintas de los zapatos, aquella caída tan grave que hasta deshizo un Ferrari.
“Por el momento no queda más que esperar, con toda mi canina paciencia, que no vayan a cachar al amo. Porque desde la cárcel no va a poder mantenernos, ni a los chuchos presidenciales, ni a los hijos que continúa trayendo al mundo. Adiós, querido diario: vienen por mí para sacarme a pasear”.
@crislopezg

lunes, 12 de agosto de 2019

Activistas a la fuerza. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 12 agosto 2019 


El pasado jueves, la agencia estadounidense de inmigración y fronteras (mejor conocida como ICE) ejecutó una redada en el estado de Missouri. La hicieron en plena jornada laboral, en una planta empacadora de comida, porque sin duda el lugar donde se puede encontrar más inmigrantes de una vez es en el lugar de trabajo, haciendo lo que muchos vinieron a hacer a los Estados Unidos por no tener opciones en los países que dejaron atrás: trabajando, no envueltos en operativos criminales o abusando de los sistemas de asistencia, sino contribuyendo activamente a la economía del país en el que muchos han ahora establecido familias, costumbres, hogares. La redada tuvo un recaudo de cientos de inmigrantes detenidos por no tener documentos: alrededor de seiscientos. Las autoridades justificaron los operativos sorpresa en que consistían en una excelente medida para castigar a los empleadores que contratan personal indocumentado y que así ponían sobre aviso a plantas de producción con similares prácticas.
Mientras tanto, en una escuela de la zona, varios niños se quedaron preguntando por qué no venía nadie a recogerlos. Las verdaderas víctimas de las redadas masivas no son los empleadores a los que Trump pretende enseñar una lección: son los miles de niños que viven con la angustia de que a sus padres se los pueden llevar en cualquier momento. Son los niños que se despiden sin saber si su adiós fue el último. Los que crecen temiéndole a las autoridades y aprenden, por lo tanto, a evitar llamar a la policía o a cualquier ambulancia incluso en casos de emergencia o criminalidad porque cualquier paso en falso puede resultar en la disrupción de su familia.
Muchos de estos niños han relatado sus historias en cámara para distintos noticieros. En sus plegarias a las autoridades para que les devuelvan a sus padres, explican también que ninguno de ellos son criminales, que trabajan para que nada les falte, y que aman a este país. Niños de 6 ó 7 años, que no tendrían por qué entender de políticas públicas ni de partidos políticos, forzados a convertirse en activistas de la noche a la mañana para preservar la unidad de sus familias, sin poder tomarse el tiempo para procesar el evento traumático del que acaban de ser víctimas.
Las protestas y críticas obligaron a las autoridades a revertir el curso y en el caso de Missouri, a poner en libertad a alrededor de 300 detenidos por “razones humanitarias”, puesto que de alguna manera había que solucionar la crisis auto-infligida de tener gimnasios escolares abarrotados de niños sin nadie que pudiera ir a buscarlos para llevarlos a su casa. Sin embargo, haber revertido el curso a medias en nada soluciona el verdadero problema: un sistema migratorio complejísimo, carísimo de navegar y diseñado a todas luces para desincentivar la inmigración autorizada.
Y razones para reformar el sistema sobran: muchos de estos niños son ciudadanos estadounidenses y es a estos a los que su gobierno les debe, por pura justicia, una acción que pueda compensar por el trauma al que los continúan sometiendo en nombre de su propia seguridad.
@crislopezg

lunes, 15 de julio de 2019

Políticas de #throwback. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 15 julio 2019

De la vacuidad substantiva de las promesas y programas que durante la campaña política Nuevas Ideas presentó como plan de gobierno, la vertical temática que a muchos nos parecía más importante conocer por resultar un reto prioritario para el país del que muchos de nuestros obstáculos hacia el desarrollo emana, eran las políticas de seguridad. La espera ha terminado y lo que se nos ha presentado es un tributo a la nostalgia. O por emular el estilo de nuestro presidente tuitero, lo que tenemos son políticas de #throwback.
En las redes sociales se le llama #throwback a aquel contenido que emula épocas anteriores, ya sea fotos pasadas, modas no actualizadas, o simplemente, contenido que evoca recuerdos. Y ¿cómo no evocar el recuerdo de las políticas de mano dura de Francisco Flores en 2003 con tanto despliegue publicitario? O, ¿cómo no reconocer en el rol de protagonismo que continúa teniendo la Fuerza Armada en la ejecución del plan de seguridad un atisbo de las medidas extraordinarias de Salvador Sánchez Cerén? Y el problema de este “copy paste” de tantas políticas de seguridad anteriores es que como una película que ya vimos, sabemos de entrada que los efectos no son la reducción de la criminalidad, porque los problemas estructurales permanecen intactos.
Como bien señalara la investigadora salvadoreña Jeannette Aguilar en una columna para la revista digital Factum, muchas de las medidas que Nuevas Ideas está intentado re-empacar como novedosos enfoques a través de publicidad y una agresiva estrategia de comunicaciones líderada por el mandatario online, no son más que acciones que ya se encuentran comprendidas en la ley y que ya se practican como protocolos de seguridad; por ejemplo, el bloqueo de señales telefónicas y las transacciones monetarias electrónicas en centros penales. Que sí, que ya existían estas medidas, pero es que no las estaban ejecutando a su totalidad. Que ahora va a ser diferente, dicen algunos, porque la gente a cargo es diferente.
Pero los incentivos, que son al final lo que mueve a los individuos a ejecutar o dejar de ejecutar una medida, no han cambiado en nada. Y no necesitan ser económicos: uno de los incentivos más poderosos es el afán de supervivencia y evitar ser víctima de la violencia criminal empuja a más de algún custodio a ejecutar a medias la regla, a hacerse el del ojo pacho con aquél celular que entró, o a permitir privilegios entre reclusos. Al final, si algo hemos aprendido de las políticas pasadas es que su aplicación no ha sido consistente, ni sostenible.
La solución, por supuesto, no es ignorar el tema y no hacer nada. Claro que la batalla por preservar el Estado de Derecho a través de la aplicación de leyes y medidas existentes de manera consistente es permanente. Pero, como señala Aguilar en su columna, muchas de las figuras en posiciones de liderazgo dentro de entidades para la seguridad pública como la PNC, continúan siendo las mismas de siempre, pertenecientes a la vieja guardia y sin incentivo alguno de cambiar el enfoque autoritario y represivo de nuestras políticas de seguridad para enfatizar más la prevención y la rehabilitación.
Según Aguilar, abunda la evidencia empírica de que el reduccionismo de las políticas de seguridad al enfoque de combate unilateral a las pandillas, es “una receta al fracaso”, porque las pandillas al final sólo son un elemento más de una estructura de criminalidad mucho más compleja en la que participan todo tipo de actores con diferentes incentivos, incluso muchos desde entidades estatales. Solo un plan de ruta distinto a los anteriores, uno que atienda a la enfermedad (que es social) y no solo a sus síntomas de criminalidad, podrá encaminarnos a un destino diferente.
@crislopezg

lunes, 8 de julio de 2019

La guerra de Trump. De Cristina López

El 4 de julio reciente celebró Estados Unidos otro aniversario de su Independencia, pero no fue como cualquier otro aniversario. El presidente Donald Trump decidió, por sí y ante sí, usar la fecha para flexionar el músculo militar estadounidense. Y tenía dos años de estar combatiendo a sus propios consejeros y a las oficinas de presupuesto gubernamental para lograrlo, pues desde que viera en 2017 un desfile militar del Día de la Bastilla en Francia, había vuelto a la capital estadounidense con el capricho de presidir sobre su propio desfile, pero uno al mejor estilo Trumpiano: extra-large, extra-ostentoso, y extra-innecesario. Le frenaron solamente los límites presupuestarios y logísticos. Le tuvieron que explicar que rodar tanques de guerra por las calles pondría en peligro la integridad estructural de puentes solo aptos para otro tipo de tráfico y dejaría el estado del pavimento en calidad de queso gruyere, por lo que le tocó conformarse con tener los tanques parqueados en el escenario que montó frente al monumento dedicado a Abraham Lincoln, trasfondo de tantas victorias para los derechos civiles.
Y una fecha que en Washington D.C. tradicionalmente se vive como un día de celebración cívica se convirtió en una celebración política, pues descendieron las huestes de simpatizantes de Trump: mares de gorras rojas con el “Make America Great Again” poblaron las calles, con familias enteras desplegando camisetas con el dibujo de un mapa de Estados Unidos y eslóganes agresivamente anti-inmigrantes como, “ya estamos llenos, váyanse al carajo”. Durante el discurso presidencial, Trump se dedicó a enumerar las victorias militares estadounidenses y algunas otras victorias civiles (como avances científicos), solo haciendo las pausas necesarias para que sobrevolaran aviones de guerra. El discurso incluía un tono de advertencia y amenaza hacia los enemigos de EE.UU., sin especificar quiénes, exactamente, califican como tales en esta confusa realidad geopolítica, en la que Trump saluda a dictadores sangrientos y piropea a líderes autoritarios.
Una diferencia marcada con algunos presidentes anteriores, que usaban la fecha para presidir actos de naturalización, fue la ausencia total de menciones a los inmigrantes, o al ethos de Estados Unidos como tierra de inmigrantes. Masha Gessen, una periodista de origen ruso que emigró a los Estados Unidos huyendo del autoritarismo antes de que se resquebrajara la Unión Soviética, escribió en su reportaje sobre el 4 de julio trumpiano que la ausencia de menciones a los inmigrantes y el despliegue militar en plena época de paz y en ausencia de amenazas geopolíticas inminentes no son producto de la casualidad. Aquellos a quienes Trump ha señalado como enemigos son los inmigrantes.
En la misma semana en la que un reporte interno del Departamento de Seguridad describió las condiciones inhumanas de varios centros de detención de inmigrantes (donde los detenidos no tienen más opción a veces que tomar agua de los servicios sanitarios), Trump respondió tuiteando que si las condiciones no les parecían adecuadas, los inmigrantes podían simplemente dejar de venir y punto. Como dice Gessen, esta actitud presidencial que ignora elementos de Derecho Internacional más antiguos y más respetables que su presidencia como el derecho a solicitar asilo, es una en la que el inmigrante es, al mismo tiempo, una amenaza súper-humana a la que hay que combatir como el principal problema de la nación, y una criatura sub-humana cuyo trato inhumano en centros de detención no merece urgencia ni atención alguna.
Es esa misma actitud la que inspiró que la Agencia de Inmigración y Fronteras eliminara de su misión institucional la frase que describía a Estados Unidos como “nación de inmigrantes”. Y es esa guerra política la que ha resultado en familias enteras que ven el vestirse con atuendos anti-inmigrante como la manera más apropiada de celebrar la independencia de su país, ignorando los siglos de historia de una nación cuya fortaleza ha sido unir bajo los mismos ideales a individuos provenientes de todos los rincones del globo. Solo el tiempo revelará qué es más fuerte: si el ethos nacional o la actual correntada de populismo nacionalista.
@crislopezg