Carta a Gerson Martínez: Clase gratis de refuerzo en historia

Estimado compañero:
Hace unos días apareció un tuit que no lo podía creer. Lo publicó la KL, y decía: “Gerson Martínez llama nietos de Joseph Goebbels a detractores de ARENA que cuestionan obras del FOVIAL.”
Mi reacción: Esto no lo puede haber dicho Gerson. Medardo tal vez puede decir semejante barbaridad, por ignorante. O Sigfrido, por sinvergüenza. ¿Pero el intelectual del Frente, el más culto de sus dirigentes, el poeta, el lector de libros? Imposible.

Pero de repente me fijé que, en vez de desmentir este tuit y corregir su contenido, lo retuiteaste. Quiere decir: confirmaste lo dicho.

Siempre pensaba que vos, igual que yo, te habías convertido en hombre de izquierda desde una comprensión de la profunda inmoralidad y el contenido anti humano del fascismo, esta peste totalitaria que había llevado al mundo al borde de la destrucción en la Segunda Guerra Mundial. Pero para ser antifascista, primero hay que entender el fenómeno.

Quien toma el nombre de Göbbels simplemente como sinónimo de propaganda política, no ha entendido nada. Göbbels no fue simplemente un propagandista, como el brasileño Joao Santana, a quien ustedes trajeron para la campaña del FMLN que convirtió en presidente a Mauricio Funes; o como JJ Rendón, a quien trajo ARENA de Miami para la campaña de Norman Quijano. Estos sí son propagandistas, en el sentido bueno y malo de este oficio. Saben convertir resentimientos en capital político. Saben convertir mentiras en verdades que movilizan masas. Tú sabes de qué estoy hablando, porque has estado al frente de campañas propagandísticas de tu partido…

Pero Göbbels fue otra cosa, otra dimensión del mal. A la par de Hitler y Mussolini, ha sido hombre símbolo del fascismo. Ha sido arquitecto del estado totalitario.


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Es cierto que Göbbels fue ministro de Propaganda de Hitler. Pero a lo contrario de lo que pensás, él fue un mal propagandista. Exitoso propagandista es quien sabe convencer a las masas con el poder de la palabra, del discurso, la imagen – y por supuesto usando la mentira, la manipulación, y activando los peores instintos en los frustrados, resentidos e ignorantes. Joseph Göbbels nunca dominó este arte. Nunca logró convertir al partido de Hitler en mayoría electoral – no, mientras sólo era propagandista del nazismo. El poder de Göbbels sobre a mente de los alemanes surgió, cuando Hitler llegó al poder (sin ganar elecciones, por cierto), y dio a su lugarteniente Göbbels todos los instrumentos del terror.

Göbbels se convirtió en el master absoluto de la opinión pública alemana sólo cuando pudo mandar a asesinar a periodistas, encarcelar a disidentes, quemar periódicos. Su control absoluto no residía en el poder de su propaganda, sino en los bates y fusiles de las hordas de la SA y SS.

Cuando Alemania comenzó a perder la guerra, con los aliados desembarcando en la Bretaña y avanzando desde el Sur de Italia, Hitler nombró a Göbbels el ‘Plenipotenciario del Reich para la Guerra Total’, movilizando a todos los instrumentos de la dictadura, mucho más allá de la propaganda, para convertir a niños en milicianos, a mujeres y en esclavas en las industrias de armamento. Cuando esto no fue suficiente, trajo a los prisioneros de guerra y comenzó a importar millones de esclavos adicionales de los países ocupados.

Es un eufemismo decir que el pecado de Göbbels fue haber mentido y manipulado a las masas, mediante la propaganda. Este hombre fue responsable directo de la muerte de cientos de miles de personas, y de la erradicación, a sangre y fuego, de cualquier forma de libre expresión o crítica.

Con esto, Gerson, estás comparando a los que se toman la libertad de criticar la manera cómo ustedes manejan el FOVIAL. Esto sí es propaganda, pero de la más torpe.

Si requieres de otra clase de refuerzo en historia política, sólo me avisás. Con gusto. Saludos,

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(MAS!/El Diario de Hoy)

 





Columna transversal: Víctimas y víctimas, en El Salvador y Colombia

En el debate sobre la amnistía y su derogación por la Sala de lo Constitucional, muchos hablan de ‘las víctimas’, como si fueran un solo sector determinado de la sociedad, cohesionado, fácil de contraponer a los victimarios. Este es el discurso permanente de las organizaciones de derechos humanos, muchas de ellas ahora trabajando a todo vapor para presentar o reabrir, a nombre de ‘las víctimas’, demandas penales.

No es así. Así como durante la guerra hubo múltiples generadores de violaciones a los derechos humanos, en todo el espectro social y político, existe un universo muy diverso de víctimas.

Víctimas de crímenes de guerra son los mil campesinos masacrados por la Fuerza Armada en El Mozote, pero también los mil campesinos ejecutados como ‘traidores’ por las FPL en San Vicente.

Víctimas son los maestros, estudiantes, sindicalistas y religiosos asesinados o torturados por Escuadrones de la Muerte, igual que los políticos, fiscales, intelectuales, empresarios asesinados por comandos urbanos.

Víctimas son los desaparecidos por los Cuerpos de Seguridad, pero también los secuestrados por la guerrilla – y sus respectivas familias destrozadas.

Víctimas son los que murieron en el atentado a FENASTRAS, pero también los que murieron en el atentado en la Zona Rosa.

Víctima es el padre Ellacuría, pero también el doctor Rodríguez Porth. Caso de una fatal simetría: ambos eliminados por el sector más intransigente del campo opuesto, por el pecado de favorecer una solución negociada al conflicto.

No existen ‘las víctimas’ por otra razón: Tanto entre los víctimas de la Fuerza Armada, como entre los de la guerrilla, y también entre las internas de la izquierda hay quienes piden juicios, quienes piden venganza, y quienes no buscan ninguna de las dos.
No existen ‘las víctimas’. Y nadie que puede arrogarse hablar por todas.

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Cuando en los años 90 se discutió el proyecto de erigir un monumento a las víctimas, algunos propusimos que fuera dedicado a la memoria de todas, no solo las de un lado. Esta idea fue rechazada por las organizaciones de derechos humanos que se arrogaban (y siguen arrogándose) la representación de ‘las víctimas’. Por esto, en el bello muro negro en el Parque Cuscatlán están todos los nombres de los que murieron a manos de la Fuerza Armada, los cuerpos de seguridad y los escuadrones, pero de ninguna de las víctimas a manos de la guerrilla. Y ni un solo nombre de los muertos por pleitos y ‘limpiezas’ internas de la izquierda. Que son las que pocos mencionan.

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Suelo visitar este muro, porque lleva los nombres de muchos amigos. Pero siempre siento algo de vergüenza por los nombres que faltan, por la mezquindad que se expresa en su ausencia. Como si hubiera víctimas buenas y víctimas malas – y por tanto victimarios malos y buenos.

Si en este muro estarían escritos, junto a los nombres de monseñor Romero y los masacrados por el ejército, también los de Roque Dalton, de José Antonio Rodríguez Porth, de Peccorini, de Roberto Poma y de los colaboradores y combatientes de las FPL fusilados por su propios compañeros – me atrevo pensar que tuviéramos un mejor país.

Tal vez nos diéramos cuenta que víctimas y victimarios son mucho más entrelazados que muchos quisieran reconocer – partes de un rompecabezas de miedos, odios, resentimientos, que abarcó a toda la sociedad, transversal a sus divisiones ideológicas.

Ahora, cuando todos nos preguntamos: ¿y hoy qué hacemos con la amnistía derogada y los cientos de casos pendientes?, abandonemos primero el uso arbitrario e ideológico del termino ‘víctimas’. Abandonemos la idea errónea que este es una sociedad dividida entre víctimas y victimarios, entre buenos y malos.

Es interesante observar que en Colombia pasa lo mismo, pero al revés. Toda la discusión sobre justicia y paz, que hizo tan complicada la aceptación de los Acuerdos de Paz con las FARC, se concentró en los crímenes de las FARC. En Colombia todo el debate se concentra en las victimas de las FARC. Pero igual que en El Salvador, los actores de violencia y violaciones a los derechos humanos son múltiples y transversal al espectro político. Nadie en su sano juicio puede decir que las FARC son responsables de los 200 mil muertos y los millones de desplazados. El ejército y los paramilitares tienen que asumir su parte en la cuota de sangre. Muchos colombianos aceptan la impunidad de los militares y de los financistas de los paramilitares, pero se niegan a aceptar una amnistía para los guerrilleros.

Y aquí en El Salvador, muchos aceptan que los dirigentes de la ex guerrilla gozan de amnistía, pero no la quieren conceder a los jefes militares. En mi pueblo, esto se llama hipocresía. Deberíamos cerrar este capítulo y preocuparnos de las víctimas actuales.

(El Diario de Hoy)


Carta a la nueva procuradora de defensa de los Derechos Humanos: Arrancó mal

Estimada licenciada Raquel Caballero:
Dicen que a los nuevos funcionarios públicos hay que observarlos en los primeros días en su cargo, y que sus primeros pasos determinan cómo va a ser su gestión. Bueno, la he observado durante su primera semana, y tengo que decirle: Arrancó mal.

Llaman la atención dos decisiones que tomó al sólo llegar: Primero, despidió a varios de los procuradores adjuntos, sin el debido proceso, y sin ni siquiera pedirles informes y rendición de cuentas y planes de trabajo. Esto es lo que en El Salvador es mala tradición de los alcaldes y ministros que asumen sus cargos; y cada vez que pasó, fue la PDDH que tuvo que intervenir para mediar y para proteger los derechos de los empleados públicos despedidos. Con mucha razón, porque la misión central de la PDDH es proteger a los ciudadanos contra abusos del Estado. ¿Y adónde van a acudir los despedidos en la procudaruría? ¿A usted?

Raquel Caballero de Guevara, nueva titular de la PDDH
Segunda acción suya: Su propuesta de una reforma constitucional para cambiarle el nombre de su institución: Quiere que se convierta en la ‘Defensoría del Pueblo’. Bueno, los nombres de las instituciones quizás no parecen tan importantes, pero cuando una titular, al asumir su cargo, pone en el centro de su primera semana el cambio del nombre de su institución, lo que quiere es cambiar su rumbo. Esto se hizo evidente cuando usted dio un par de entrevistas para explicar esta ocurrencia. Dijo que la PDDH nació en contexto de la transición de guerra a paz, resultado de los Acuerdos de Paz y de la triste historia de sistemáticas violaciones a los derechos humanos por parte del Estado y sus aparatos de seguridad nacional y seguridad pública. La PDDH nació como garante que esto ya no iba a pasar en la postguerra. Hasta ahí, muy bien, procuradora. Pero después usted argumenta: Esta misión ya está cumplida, ya no es el Estado que atenta contra los derechos humanos de sus ciudadanos, por tanto la defensa de los derechos humanos, que siempre es frente al Estado, ya no puede ser el enfoque de la institución.

Es una afirmación atrevida y peligrosa. Y falsa, además. Que esto digan los funcionarios del Ejecutivo, en especial de la rama de seguridad pública, no extraña. ¿Pero la Procuradora de Defensa de los Derechos Humanos? ¿Acaso usted no se ha dado cuenta que la PNC, la dirección de Centro Penales y, en menor escala, la Fuerza Armada todos los días están cometiendo abusos, algunos tan serios como ejecuciones extrajudiciales? ¿Acaso usted no se ha dado cuenta que la Sala de lo Constitucional ha declarado inconstitucional las condiciones de detención en las bartolinas de la PNC y en los penales, ordenando a todas las instituciones del Estado a vigilar y resolver esta situación violatoria a los Derechos Humanos? ¿Acaso usted no se enteró que a partir de las medidas extraordinarias esta situación se ha empeorado aún más? ¿Acaso no sabe que las autoridades de Seguridad, en contra de la orden explícita de la Sala, no han permito al ministerio de Salud ni a la Cruz Roja Internacional que entren a los penales para verificar la situación y proponer soluciones?

Y en esta situación, que muchos no quieren tematizar por la presión de una opinión pública distorsionada, sale usted para decir que está a favor de las medidas extraordinarias; que usted va a trabajar por las víctimas y no por los victimarios; y que aquí superamos la situación histórica donde se necesitan instituciones que velen por los derechos de los ciudadanos frente al Estado.

Usted no ha sido electa funcionaria de seguridad pública, sino de derechos humanos. Para la PDDH, víctimas son todos los que están sujetos a abusos del Estado. Usted quiere presidir una ‘Defensoría del Pueblo’, con un mandato difuso, cuando la Constitución le demanda específicamente intervenir siempre cuando el derecho de un individuo o un grupo está siendo violado por el Estado.

Usted dirige la institución que tiene que velar por todos, y esto incluye a los victimarios, una vez que están en manos de la Policía, de la Fiscalía, de los juzgados o del sistema penitenciario. ¿Acaso no sabe usted que de los 35 mil privados de libertad en bartolinas y penales una tercera parte no ha sido condenada sino que está esperando sus juicios? Sin embargo, igual son sujetos a las condiciones que dictan las medidas extraordinarias…

Mejor no pierda tiempo queriendo cambiar el nombre, y de contrabando la misión constitucional de la PDDH, y comience a trabajar, con independencia, no solo del gobierno y de la FGR, sino también de la opinión pública. La PDDH no es para hacerse popular, sino para hacer su trabajo de correctivo, aunque sea impopular.

Hoy es cuando más necesitamos una defensora de Derechos Humanos. Saludos,


                                                                                        44298-firma-paolo

(MAS/El Diario de Hoy)

Luego del ‘no’ en Colombia: Primero negociar con la oposición y luego con las FARC

Los colombianos dijeron ‘no’ al acuerdo que Santos firmó con las FARC. Un resultado reñido, pero no es no. Que nadie diga que los colombianos votaron en contra de la paz y en pro de la guerra. Ya expliqué en mi carta a los colombianos del sábado pasado que fue una locura convocar un referéndum y poner a la gente escoger entre guerra y paz: “Ambos campos reducen la discusión a una caricatura. Unos quieren convencer a ustedes que el sí es un voto por la paz, y otros que el no es un voto por la guerra. No es así la realidad: El Acuerdo de Paz no garantiza por si mismo la paz – y el rechazo de los Acuerdos, así como los negociaron en Cuba, no significa por si la continuación de la guerra.”

Ahora Santos tiene que hacer lo que hubiera tenido que hacer desde un principio: negociar primero con la oposición democrática y luego con la oposición armada fuera de la ley. Un acuerdo para poner fin a una guerra de 52 años con cientos de miles de muertos y millones de desplazados no puede ser sólido si no surge del consenso de todo el espectro político democrático. ¿Cómo va un presidente negociar con un grupo armado y vinculado al narcotráfico si no es capaz de negociar un acuerdo con la oposición democráticamente legitimada?

En El Salvador, el presidente Freddy Cristiani no dio ningún paso decisivo en las negociaciones de paz con el FMLN sin involucrar a los demás partidos y el sector privado. Santos lo quiso hacer sólo, y aunque es injusto, es entendible que surgiera la sospecha que se trababa de un pacto entre su sector político y las FARC, no de un acuerdo de nación. Santos avanzó al mismo tiempo en el entendimiento con las FARC y en la polarización con la oposición dirigida por el ex presidente Uribe. No es sólo su culpa, Uribe gustosamente contribuyó a esta polarización, pero Santos es el presidente y es él que tiene la responsabilidad de construir acuerdos apoyados por todos.

Ahora no le queda otra que hacer lo que no fue capaz (o no quiso) hacer antes: negociar con la oposición para conformar una nueva comisión negociadora que, en base de un concepto concertado, abra la renegociación con las FARC. No hablo de una negociación tripartita entre Santos, Uribe y las FARC. Hablo de la necesidad de crear una posición conjunta entre las fuerzas democráticas del país para negociar con las FARC. Sólo así puede salir un acuerdo sólido asumido por toda la nación. Sólo así, viéndose enfrentado a toda la Colombia democrática, las FARC se van a ver obligadas a dejar de insistir en las concesiones que Santos les hizo – y que llevaron al fracaso de su referéndum.

Ni Uribe ni las FARC se pueden negar a una renegociación en estos términos. Es un error asumir que el gane del ‘no’ sea una victoria de Uribe y que ahora puede sabotear la búsqueda de la paz. Es una victoria de la mayoría de los colombianos que quieren la paz, pero una paz sólida y que no genere nuevas divisiones.

La comunidad internacional también tiene que hacer un análisis autocrítico de su papel en la construcción de la paz en Colombia. Hubieran tenido que mediar entre Santos y Uribe, entre gobierno y oposición, en vez de crearle a Santos la ilusión que podría construir la paz negociando con una minoría dejando afuera las inquietudes del 50 % de la población y del espectro político democrático. Otro fracaso de la política internacional de Estados Unidos, otra muestra de confusión de Naciones Unidas…

El ‘no’ del referéndum no es ninguna razón de regresar a la guerra, es un llamado para regresar a la política racional. A lo mejor es lo mejor que podía pasar a Colombia. Cuesta imaginarse que la paz hubieran sido sostenible, si hoy el sí hubiera ganado con 50.23% de los votos, con el 49.77% de los colombianos objetando los términos de los acuerdos. El referéndum fue mala idea desde un principio.

(El Diario de Hoy)