Carta al presidente de Venezuela

Distinguido teniente coronel Hugo Chávez:

Si nuestro presidente no lo quiere invitar, lo hago yo. Debería visitar a nuestro país parta inaugurar la planta de Albapetróleo en Acajutla. Es suya, usted la pagó, ¿cómo no va a inaugurarla?

Debería hacernos esta visita por otra razón tal vez más importante: la verdad. No puede ser que luego de la larga batalla, cuando al final se logró instalar un gobierno del FMLN en El Salvador, para esta victoria histórica de la izquierda esté tomando crédito el presidente de Estados Unidos. ¿Acaso la campaña del FMLN la ha financiado Obama o el Partido Demócrata de Estados Unidos?

¿Quién ha estado a la par del liderazgo del FMLN durante los últimos 10 años, consolidándolo, financiándolo, superando las divisiones? ¿El señor Barack Obama y la señora Clinton, o el comandante Hugo Chávez?

En honor a la verdad y al mérito, usted no puede ser ninguneado por el presidente, que no quiere hacerse cargo de invitarlo al país para inaugurar la planta de petróleo que usted puso.

El FMLN le debe a usted un recibimiento igual de pomposo y más cálido que a Obama. Y el presidente, sólo para quedar bien con sus nuevos amigos en Washington, no puede ser aguafiestas en esta cita histórica que usted tendrá con sus socios salvadoreños. Socios políticos y de negocios.

Además usted nos puede traer a algunos de sus expertos en material de ingeniería electoral, a que ayuden al TSE a diseñar los mecanismos idóneos de cómo lograr una mayoría legislativa con minoría de votos. Y algunos expertos que pueden asesorar al presidente de cómo controlar, desde el ejecutivo, a la fiscalía y el órgano judicial. ¿Cómo no van a querer aprovechar la vasta experiencia que Venezuela tiene en estas materias?

Así que aquí lo esperamos con ansiedad. Por favor, no se deje confundir por las declaraciones contradictorias de nuestro presidente. Él es así. Por suerte, lo que cuenta para el futuro, no es el presidente de turno sino su partido - y este no sufre de estas ambigüedades.

Nos vemos pronto, Paolo Lüers

(Más!)

Pro y contra de un pacto de medios

En el Museo Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México, más de 600 estaciones de radio y TV, 92 periódicos y 23 revistas firmaron el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia.

Igual que en El Salvador la iniciatova ME UNO, tambin en México es muy controversial este acuerdo promovido por INICIATIVA MEXICO 2011. Reproducimos en Siguiente Página dos posiciones sore el Acuerdo.


CONTRA

¿Acuerdo para la cobertura informativa de la violencia? O ¿CENSURA?
(Editorial de TELENEWS, Canal digital de noticias)

Se publica el "acuerdo" entre diversos medios en la República Mexicana mediante el cual la violencia será tratada conforme a ciertos parametros prestablecidos para no causar pánico entre la población. Ese es en resumidas cuentas la intención del llamado "Acuerdo" que se da en el marco de otro negocio de las Televisoras, la "Iniciativa México".

Acuerdos que limitan la información y que aplican la autocensura "saludable" en proemio de una mejor Nación es pretender ocultar la verdad.

México vive un grado de violencia inusitado que nadie en este país habia vivido jamás, ocultar los hechos en base a cualquier pretexto que se esgrima, es parcializar la verdad y tener la pretensión de que se vive una realidad alterna que no es la verdadera.

Si las autoridades quieren que no se publiquen hechos violentos, que impidan la violencia.

Bajo estos parametros en un futuro veremos otro acuerdo que impida hablar mal de los politicos, pues se deteriora la armonia politica y el País es más importante que la necesidad ciudadana de conocer lo que realmente pasa.

Es como querer ponerle vendas a la ciudadania para que no ve la podredumbre que rodea a diario nuestro País.

Es maquillar y colocar escenografias que nos trasladan a lugares ideales en donde la vida es perfecta.

Ocultar los sintomas de descomposición en el País es no atacar la enfermedad de raiz, pretende comparar una gripa con un cancer.

La gente que no este informada de lo que esta sucediendo será victima de esos mismos sucesos que se ocultan, para beneficio de una "imagen" que no esta apegada a la realidad.

No señores, no dejemos que iniciativas o acuerdos pretendan ocultar la verdad que sufre hoy el pueblo mexicano, que los poderes que gozan del saqueo sistematico de este País no nos oculten la verdad.

No escuchemos su "verdad", escuchemos lo que sucede y tomemos cartas en el asunto, si no pueden acabar con la violencia que renuncien y que le dejen el problema a quién si pueda resolverlo.

Cualquier intento de control de la información es CENSURA. Que lo suscriban quienes "tengan" que suscribirlo. Aquí les diremos lo que sucede aunque duela, si las autoridades no quieren que exsita la violencia que hagan lo necesario para erradicarla.

Nosotros no participaremos de estas iniciativas o acuerdos subrepticios que pretenden ocultar lo que sucede en este País.

Telenews


PRO

Bienvenido el acuerdo informativo contra la violencia
de:
Ciro Gómez Leyva, director de Milenio Televisión

No me gustan los acuerdos entre grupos de periodistas: desnaturalizan la competencia noticiosa.

No creo en otro código de ética que el compromiso con los fundamentos del periodismo: registrar bien la información, procesarla bien y presentarla bien. Para mí, en ese ciclo comienza y termina la responsabilidad de un periodista con su sociedad.

Me duele, además, pararme al lado de quienes nos robaron un canal de televisión y de quienes han sido mezquinos cuando la desventura se ha posado sobre compañeros de MILENIO.

Pero no puedo oponerme al espíritu del Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia, que se firma esta mañana en el Museo de Antropología. No me interesa el número de medios que lo suscriban y comprendo a quienes por necesidad de identidad en el mercado no lo hagan. Eso es anecdótico. Lo esencial será asumir lo que se firme. Así lo haremos en MILENIO.

Tuvimos oportunidad de revisar y opinar sobre el texto. Desde luego se mantuvieron frases que hubiéramos preferido se matizaran, adjetivos e interpretaciones de más. Por supuesto que el 90 y tantos por ciento del contenido lo aplicamos desde hace tiempo, en especial desde los secuestros en la Comarca Lagunera de julio pasado, propulsores en buena medida de este esfuerzo.

Bienvenido un acuerdo que parte de la premisa de “permitir a los informadores continuar con su trabajo y no dejar que el terror vaya cancelando plazas informativas”; que “respeta la independencia editorial de cada medio”; que nos fuerza a revisar el manejo de ciertas imágenes de los criminales (nadie ha arriesgado y se ha arriesgado más en este punto que MILENIO Televisión, ¿alguna duda?); que nos apremia a mejorar los protocolos internos para proteger a los reporteros.

Sería obsceno oponerse.


Texto completo del Acuerdo suscrito

La pagina oficial del Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia

Video del Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia


La izquierda que calla

Desde que viví muy de cerca la experiencia de la “revuelta estudiantil” de mayo de 1968 en París empecé a dudar de las teorías que aprendiera sobre los cambios sociales en el mundo capitalista.

Estas estaban basadas en la visión de la historia como una sucesión de luchas entre las clases sociales, dirigidas al control del Estado para, por medio de éste, ya fuera mantener la dominación de clase, ya fuera destruirlas todas y construir la “sociedad del futuro” sin clases y, por consiguiente, sin que los partidos tuvieran alguna función relevante.

En la visión de los revolucionarios de inspiración leninista del siglo XX, éstos serían cruciales tan sólo en la “transición”, cuando se justificaría incluso la dictadura del proletariado, ejercida por el partido.

Pues bien, en las huelgas estudiantiles de la Universidad de París, en Nanterre y en la Sorbonne (así como en los planteles universitarios estadounidenses, con otras motivaciones) que acabaron por contaminar a toda Francia y repercutirían en todo el mundo externo, vi con perplejidad que las consignas no hablaban de “antiimperialismo” y sólo remotamente mencionaban a los trabajadores, incluso cuando éstos, atónitos, entraban en los auditorios estudiantiles ocupados por los activistas jóvenes.

Se hablaba de libertad, de que estaba prohibido prohibir, de amor libre, de valorar al individuo contra el peso de las instituciones burocratizadas, y así sucesivamente. Es verdad que en las manifestaciones había banderas negras (de los viejos anarquistas) y rojas (de los bolcheviques). Faltaban los símbolos de lo nuevo y, además, en la confusión ideológica general, poco se sabía de lo que sería nuevo en las sociedades, esto es, en las estructuras sociales del futuro.

Por otro lado, el detonador de la revuelta no fueron las huelgas de los trabajadores, que ocurrieron después, ni los choques en el plano institucional, sino los pequeños y grandes anhelos de los jóvenes universitarios que, como en un cortocircuito, incendiaron al conjunto del país.

Sólo que después, el presidente francés, Charles de Gaulle, viendo su poder puesto a prueba, fue a buscar apoyos con los paracaidistas franceses establecidos en Alemania y, con la complicidad del Partido Comunista, restableció la norma antigua y “buena”.

¿Por qué escribo estas reminiscencias? Porque desde entonces el mundo ha cambiado mucho, principalmente con la revolución informática. Los “órdenes establecidos” se desmoronan cada vez más sin que se perciba la lucha de clases.

Así sucedió con el desmembramiento del mundo soviético, simbolizado en la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Y está siendo así también en el África del Norte y en Medio Oriente.

Cada vez más, en silencio, las personas se comunican, murmuran y, de repente, se movilizan para “cambiar las cosas”. En este proceso, las nuevas tecnologías de comunicación desempeñan un papel esencial.

Hasta ahora, nos quedan dos lecciones. Una de ellas es que en el mundo moderno los órdenes sociales pueden deshacerse por medios sorprendentes para quienes vean las cosas a través del prisma antiguo. La palabra, transmitida a distancia, a partir de la suma de impulsos que parecen ser individuales, gana una fuerza sin precedentes. No se trata de panfletos ni del anticuado discurso revolucionario y ni siquiera de consignas, sino de reacciones racionales y emocionales de los individuos.

Aparentemente aislados, éstos están en realidad “conectados” con el clima del mundo circundante y ligados entre sí por medio de redes de comunicación que se hacen, se deshacen y se vuelven a hacer, al ritmo del momento, de las motivaciones y de las circunstancias. Un mundo que parecía ser básicamente individualista y regulado por la fuerza de los poderosos o del mercado, de repente muestra que hay valores de cohesión y solidaridad social que rebasan las fronteras de lo permitido.

Pero nos queda también otra lección: la reconstrucción del orden depende de las formas de organización, de liderazgos y de voluntades políticas que se expresan a modo de señalar un camino. A falta de ellas, se regresa a lo anterior – como en el caso de De Gaulle – o, en la inminencia del desorden generalizado, siempre existe la posibilidad de que un grupo cohesionado y no siempre democrático prevalezca sobre el impulso libertario inicial. En otros términos: regresa la importancia de la prédica democrática, de la aceptación de la diversidad, del derecho del “otro”.

Tal vez sea éste el enigma a ser descifrado por las corrientes que quieren ser “progresistas” o “de izquierda”. En tanto no alcancen lo “nuevo” en las circunstancias actuales (que supone, entre otras cosas, la reconstrucción del ideal democrático a base de la participación ampliada en los circuitos de comunicación para forzar una mayor igualdad), no contribuirán en nada para que en cada arranque de vitalidad en las sociedades tradicionales y autocráticas surjan de hecho nuevas formas de convivencia política.

Ahora mismo, con las transformaciones en el mundo islámico, es hora de apoyar en voz alta y clara a los gérmenes de la modernización, en vez de guardar un silencio comprometedor. O peor aún, romper el silencio para defender lo indefendible, como hiciera el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, al decir: “Que me conste, (el líder libio coronel Muammar) Khadafi no es un asesino”. O, como el ex presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien antes llamó a Khadafi “líder y hermano”.

Por no hablar de los intelectuales “de izquierda” que, todavía ayer, cuando yo estaba en el gobierno, veían en todo lo que era modernización o integración con las reglas internacionales de la economía, un acto neoliberal de vendepatrias. Exigían apoyo a Cuba, apoyo que no negué contra el injusto bloqueo a la isla, pero que no me llevó a defender la violación de los derechos humanos.

¿Será que no se dan cuenta de que, gracias al mayor intercambio con el mundo – y principalmente con el mundo occidental – ahora las poblaciones de Africa del Norte y de Medio Oriente vienen a ver en los valores de la democracia los caminos para liberarse de la opresión?

¿Será que, en Brasil, seguirán fingiendo que “el Sur”, nacional-autoritario, es el mejor aliado de nuestro desarrollo – cuando el gobierno del Partido de los Trabajadores busca también una mayor integración del país en la economía global y en el sistema internacional – sin sacrificar nuestros valores más preciados?

Hay silencios que hablan y murmuran contra la opresión. Pero hay también silencios que no hablan porque están comprometidos con una visión que acepta la opresión.

No veo cómo alguien pueda considerarse “de izquierda” o “progresista” si calla en momentos en que se debe gritar por la libertad.

(Infobae Argentina; el autor es expresidente de Brasil)

La mala hora

  • Presagio

La inscripción de la candidatura de Daniel Ortega el pasado viernes y la proclamación del exjefe del ejército, Omar Halleslevens, como su compañero de fórmula aunque inesperada, tuvo el efecto de aquellos pasquines en el “pueblo de mierda” donde transcurre la novela “La mala Hora”, de Gabriel García Márquez: agitación, miedo con ira, indignación y una percepción ominosa generalizada sobre los sucesos que se avecinan. La decisión de ratificar el camino de la ilegalidad, el pisoteo a la Constitución y la concentración de poder, tuvo como preámbulo las tres leyes militaristas aprobadas en diciembre del 2010 y por medio de las cuales Ortega se autoconfirió la capacidad para manejar el país con mano militar y estado de sitio, que como se sabe, se suele invocar en caso de invasión o guerra civil. Todo el país vio a los “no deliberantes” cuadros del Estado Mayor del ejército haciendo cabildeo político para su aprobación, lo que indica que el ejército es partícipe de los planes de Ortega y que la candidatura de Hallesleven es un emblema del pacto bonapartista de los militares y su subordinación al proyecto continuista. Cobra así su pleno sentido lo dicho por el general-candidato de que “estamos dispuestos a entregar hasta la última gota de sudor y sangre porque esta sociedad continúe por el sendero que ha venido transitando”. Palabras donde la violencia aguarda agazapada y nos presagian que “el tiempo es un agujero y sabe a pólvora… se retuerce en el pellejo de la desgracia la mala hora”.

  • Constitucionalismo

El supuesto celo del alto mando militar por su carácter no deliberante en política y sometimiento a la Constitución, se evaporó en la tarima frente al Consejo Supremo Electoral junto con la reputación del general Halleslevens, porque no se puede ser “constitucionalista” siendo fórmula de quien tiene expresamente prohibida la reelección. Constitucionalista es alguien que defiende la Constitución vigente en un Estado, así como el sistema político regulado por ese texto. La posición del hoy general retirado, indica que si no es constitucionalista hoy, tampoco lo fue antes cuando era jefe del ejército y que es lógico suponer que tampoco lo son sus lugartenientes actuales. Un solo acto ha terminado con la credibilidad de una persona y ha puesto en entredicho el de la institución de donde proviene. Atrás queda, hecha trizas, una brillante hoja de servicios desplegada bajo la simulación. No está de más señalar que Sandino surgió como héroe en la llamada Guerra Constitucionalista (1926) y que hoy quienes decían respetar y defender la Constitución, usan la norma de la traición de Moncada para los pactos políticos. "Sentí un profundo desprecio desde ese momento por Moncada. Le dije que yo consideraba un deber morirnos o libertarnos(…) Que el pueblo nicaragüense de aquella guerra constitucionalista esperaba su libertad”, pareciera recordarle Sandino a los actuales mandos del ejército.

  • Parodia napoleónica

Fue Marx quien observó que “la historia se repite –la primera vez como tragedia, la segunda como farsa”, al comparar el régimen de Napoleón Bonaparte con el de su sobrino Luis Napoleón, (“el pequeño”) en el 18 Brumario y que fue el artífice del fascismo moderado en el siglo XIX. De análoga manera hoy podemos decir que la actual “revolución” Orteguista es una farsa, construida sobre la tragedia de la revolución del 79. El carácter bonapartista del proyecto de Ortega se reconoce en la usurpación de las funciones parlamentarias, en el control del aparato administrativo del Estado, de la policía y el ejército, en la asimilación pasiva de sectores empobrecidos y no por último menos, en la defensa que realiza de los intereses del gran capital, mediatizando los conflictos con los trabajadores y por la cual les cobra un alto porcentaje para los negocios propios y de su camarilla. Un régimen de este tipo no desbarata de una vez las instituciones o los partidos sino que como hemos visto, los vuelve impotentes, dejando sobrevivir algunos como figuras vaciadas que disputan sus migajas y lo acompañan. Como Napoleón, el pequeño, Ortega levanta su propuesta de “Propiedad, Familia, Religión y Orden” y busca ganar al ejército, como diría Marx “con salchichón de ajo, champán y cigarros”. Pero antes de que griten como las tropas francesas “viva Napoleón, viva el salchichón”, es bueno darse cuenta que todo bonapartismo, como régimen de crisis, es transitorio y que no hay tales de “Ortega forever”.

  • Lecciones para la Nicarahiriya

La Nicarahiriya propugnada por Ortega, debería tomar en cuenta la mala hora que está viviendo la Yamahiriya de Gaddafi. La desalmada represión contra la rebelión popular no sólo se lo está llevando en el saco, sino que le abrió la puerta a la guerra civil y a la intervención. El peculiar bonapartismo de Gaddafi no dejó nada en pie: ni instituciones, ni parlamento, ni partidos ni ejército, porque en realidad, casi desde que Gaddafi dio el golpe, temiendo que le hicieran lo mismo, eliminó al liderazgo militar que podía sustituirlo y apostó por una guardia personal. Ni hablar de ser leal a una Constitución, porque la reemplazó por una Carta del Poder Popular, de manera que el ejército no puede actuar con coherencia interna ni como una institución mediadora para decidir sobre el conflicto, como hicieron en Egipto o en Túnez. Pero con la brutal represión lanzada contra las ciudades sublevadas y su amenaza de pasar a cuchillo a todo mundo, Gaddafi se ha terminado acorralando él mismo: no hay refugio en el exterior como el de Ben Alí, ni exilio interno como el de Mubarak y su palacio ya arde en llamas. No es por el pueblo libio por el que aboga Ortega, sino por el tirano y sus secuaces, porque sabe que a los perpetradores de las matanzas los esperan los tribunales internacionales o la horca tribal. Que lo ponga en su agenda de discusión el ejército de Nicaragua.

(Confidencial/Nicaragua)

Columna transversal: Energía nuclear, ¡no gracias!

Cuando pasó el desastre nuclear de Tchernobyl, yo estaba trabajando en los estudios centrales de Radio Venceremos en Morazán. En nuestro monitoreo de radios internacionales nos salieron las versiones más contradictorias sobre lo que estaba pasando en la central nuclear soviética. The Voice of America, la BBC, Radio Netherland, Deutsche Welle y otras emisoras del mundo occidental hablaron de un gigantesco complejo nuclear fuera de control y de un peligro grave para la salud de millones de personas en toda Europa. Radio Sandino y Radio La Habana hablaron de un problema técnico bajo control de las autoridades soviéticas, y de una maniobra de guerra mediática orquestada por la CIA para desprestigiar a la Unión Soviética. Radio Moscú no dijo nada.

Yo, como veterano de batallas campales en Alemania contra la industria nuclear durante los años 70 ("Atomkraft, Nein Danke!" – "Energía nuclear, ¡no gracias!"), supe inmediatamente que Tchernobyl era la catástrofe que durante años habíamos anunciado que la locura nuclear iba a producir algún día. Obviamente, esto no se podía decir en una emisora guerrillera y anti-imperialista, cuyos dueños, el ERP y su jefe Joaquín Villalobos, en 1986, eran los niños mimados de Fidel Castro. Precisamente en esta etapa de la guerra, Cuba muy pragmáticamente reconoció el liderazgo de Joaquín Villalobos y la capacidad militar del ERP, y esta organización de rebeldes en el fondo anticomunistas, con igual pragmatismo, comenzó a aceptar la influencia cubana y soviética en la construcción de un "partido único", el FMLN...

Entonces, en abril del año 1986, usar los micrófonos de Radio Venceremos para criticar la ausencia de políticas medioambientales en la Unión Soviética era impensable. Rapidito quemé un primer borrador de un comentario que todo el mundo entendió como expresión de mi "anticomunismo europeo".

Es más, del campamento de la comandancia del ERP, con el cual compartimos el bello cerro Gigante en las afueras de Perquín, la cocina y los chambres diarios, llegó una decisión salomónica, pero para mí inaceptable: "Si nadie en el mundo realmente sabe qué diablos está pasando en la quinta mierda de Ucrania, ¿cómo alguien va a exigir a una radio guerrillera embutida en los charrales de Morazán que sepa? Vamos a plegarnos a la línea que marca Radio La Habana. ¡Y esto es una orden!"

Para mí, si acatábamos esta orden, corríamos el peligro de perder, de una vez por todo, nuestra credibilidad. No podíamos mentir en un asunto tan crucial para el futuro de la humanidad. Entonces, yo agarré el argumento de Villalobos y le di vuelta: "Si nadie nos puede exigir que sepamos qué putas está pasando en Tchernobyl, entonces simplemente no digamos nada..." Mejor callar que mentir. Por suerte no estaba en otro frente de guerra, bajo las órdenes de otros comandantes más autoritarios. Villalobos me gritó, pero no me mandó a fusilar ni a expulsar.

Mi gran aliado en este pleito era Radio Moscú. Los rusos no decían nada. Silencio. No hablaban de Tchernobyl ni tampoco de la "campaña anti-soviética de la CIA", como lo hacían todos los días los sandinistas y los cubanos. Yo decía a Joaquín: "Si Moscú calla, algo grave está pasando. En algunos días ellos van a anunciar que 'por errores y desviaciones de algunos funcionarios se descuidó la seguridad del reactor', y van a rodar cabezas. Van a tener que reconocer la catástrofe, es demasiado grande para taparla. Y si nosotros decimos que aquí no pasó nada´', al final quedaremos como unos pendejos..."

Logramos establecer contacto con Schafik en Managua, y el mensaje del viejo era algo críptico, pero bien claro: "Pongan atención a Radio Moscú..." ¡Gracias, comandante Simón!

Con la ayuda de Schafik y Radio Moscú logramos que Radio Venceremos se mantuviera callada y no se hiciera el ridículo como otros, hasta que al fin Moscú rompió el silencio, reconoció la magnitud del problema y los errores cometidos, e incluso pidió ayuda a Occidente. Gracias, camarada Leonid Brezhnev, me salvaste de un grave problema de desacato de órdenes superiores...

Hoy, en el año 2011, cuando el mundo observa el drama en el complejo nuclear de Fukushima, algo parecido está pasando. Hay quienes no quieren reconocer que lo que está pasando en Japón es la confirmación de la tesis que los riesgos de la energía nuclear son incontrolables y que los beneficios a corto plazo de esta industria, supuestamente limpia, no justifican los riesgos a largo plazo.

Tengo la impresión que aquí, como en 1986, hay quienes no se atreven hablar de esto, mientras que "de arriba" no escuchen palabras claras. En aquel entonces, los guerrilleros en Morazán tuvimos que esperar que al fin hablara Radio Moscú. No sé por quién están esperando hoy que rompa el silencio y la ambivalencia. Algunos talvez esperan que un editorial del Wall Street Journal declare el fin de la era nuclear. O el Grupo de los 20, o el Papa Benedicto XVI, o Barack Obama, o Naciones Unidas...

Paja. No hay instancia competente para declarar el fin del sueño de la energía nuclear. Lo tenemos que hacer cada uno. En Ucrania, en Japón, en Europa, en Estados Unidos, en los países en desarrollo que han apostado a la energía nuclear.

Yo reitero lo que estoy diciendo desde los años 70: Energía nuclear, ¡no, gracias!

(El Diario de Hoy)

Carta de despedida a Barack Obama

Dear Mr. President:

A esta altura usted ya estará de regreso a Washington, encargándose de asuntos más importantes que los nuestros.

Tengo que decirle que, tomando en cuenta el gran lío que tiene en casa (con el presupuesto no aprobado), y con el problema de Libia encima, nadie se hubiera extrañado si usted hubiera suspendido la visita a América Latina, o simplemente no hubiera hecho escala en El Salvador.

Pero usted lo único que suspendió fue la visita a las ruinas de San Andrés. Gracias por este gesto de amistad con nuestro país.

Porque mucho más que un gesto no era y no podía ser. Porque era claro que usted no está en condiciones de ofrecer soluciones a nuestros problemas. Ni en seguridad, porque usted Estados Unidos está lejos de estar listo para redefinir la guerra contra las drogas. Ni en materia de migración, porque el Congreso no lo deja hacer la reforma necesaria.

Ni en materia de crecimiento económico, porque las finanzas públicas de su país y la oposición interna no le permiten comprometer fondos importantes.

No sé si esta era su intención, pero su visita y sus palabras de apoyo a un gobierno de unidad y de diálogo, más que dar un respiro coyuntural al presidente salvadoreño, comprometen y retan a Mauricio Funes a dar pasos concretos para convertir en realidad lo que hasta ahora es discurso que no corresponde ni a sus acciones ni a su actitud: unidad nacional y diálogo.

Usted, muy inteligentemente, tomó a Funes y su partido por sus propias palabras. A veces de esta manera el discurso se convierte en realidad. Para lograr esto, usted tendría que darle seguimiento a lo hablado y a lo prometido. Igual que nosotros.

Su gesto más importante fue encender una vela en la tumba de Oscar Arnulfo Romero. Calladamente. Sin discurso. Sin declaración política. El poder político callado ante el poder ético.

Lo vi como un momento íntimo y privado, a pesar de ser persona pública siempre perseguida por cámaras. Le felicito por la forma decente cómo lo hizo. Aunque solamente para esto haya venido. Porque yo no estaba esperando más.

Usted entendió que no es Estados Unidos que va a resolver los problemas nuestros. Por esto lo queremos, Barack Obama. Porque es respetuoso. Con tal que no nos ponga más obstáculos, ya hace mucho.

Good bye, Barack Obama, Paolo Lüers

(Más!)

La masacre de la Zona Rosa, Washington - y un ministro incapaz

Para Estados Unidos, nuestro ministro de Seguridad es persona non grata. Ningún funcionario de Estados Unidos que viene a El Salvador para coordinar la cooperación entre nuestros dos países en materia de seguridad y del combate al narcotráfico puede sentarse en una mesa con nuestro ministro de seguridad. Melgar no puede viajar a Washington, porque el State Department le niega la visa. Y ahora que Obama visita El Salvador, Melgar tiene que apartarse de todas las reuniones bilaterales y actos protocolarios.

Todo esto porque Melgar fue miembro de la dirigencia del PRTC, una de las organizaciones guerrilleras integrantes del FMLN, cuando esta organización cometió lo que es conocido como ‘la masacre de la Zona Rosa’. El PRTC, una organización con muy escasos aportes militares y políticas a la guerra insurgente, atacó el 19 de junio de 1985 dos restaurantes ubicados en la Zona Rosa. En esta acción comando fueron ejecutados cuatro marines estadounidenses desarmados y 9 civiles.

A partir de esta acción, cuestionada incluso dentro de la insurgencia salvadoreña como ‘terrorista’, los dirigentes del PRTC se aseguraron su inclusión en la lista negra de Washington. Nadie de ellos jamás recibirá visa para Estados Unidos.

Muchos ex-comandantes guerrilleros mantienen dudas si Manuel Melgar realmente estaba involucrado en la planificación o ejecución de esta operación infeliz. No recuerdan a Manuel Melgar como un jefe militar, a quien alguien tomaría en cuenta para planificar una operación tan complicada.

Pero esto no es el punto. Para mi, nadie debería estar excluido de la posibilidad de participar en política e incluso asumir responsabilidades gubernamentales, por su participación en la guerra. Ni siquiera por acciones tan cuestionables como la de la Zona Rosa. Si Estados Unidos quieren negar visa a los protagonistas de ciertas acciones da la insurgencia, de los escuadrones de la muerte o de la contrainsurgencia, es problema suyo. Tendrán que evaluar si su propio papel en los conflictos armados en Centro América, incluyendo en operativos contra población civil que también se podría clasificar de ‘terroristas’, les da la solvencia moral para mantener su ‘lista negra’.

El punto es otro: Manuel Melgar no tiene menos derecho de participar en política o en el gobierno que Salvador Sánchez Cerén tiene derecho de ser vice-presidente o que el mayor D’Abuissón tendría de ser ministro si no hubiese muerto en 1992.

El problema de Manuel Melgar no es que formó parte de la dirigencia del PRTC y como tal co-responsable de la masacre de la Zona Rosa. Esto está cubierto, no solo por la Ley de Amnistía, sino también por el proceso político de la paz, de la reconciliación de la construcción conjunta de un país donde todos caben. Si no, tuviéramos a esta altura seguir excluyendo del proceso político a docenas de personas que durante la guerra han tenido liderazgo en ambos lados del conflicto.

El problema de Manuel Melgar no es el hecho que los gringos lo declaren persona non grata por su pasado durante la guerra, sino su incapacidad comprobada en dos años como ministro de articular y dirigir una política de seguridad que frene el auge delincuencial y de la violencia.

Sería absurdo pedir la renuncia de Melgar por el hecho que Estados Unidos no está confiando en nuestro proceso interno de reconciliación y de superar los traumas de la guerra. Nosotros ya no deberíamos poner o quitar ministros por lo que han hecho durante la guerra, esto no califica ni descalifica a nadie. Así de fuerte es nuestro proceso de paz.

Deberíamos poner y quitar a ministros y otros funcionarios de alta responsabilidad por lo que hacen (o no saben hacer) en la actualidad. Aplicando este criterio de la meritocracia (o sea, que asumen funciones de poder solamente los que tienen los méritos, capacidades y actitudes profesionales necesarios), Manuel Melgar debería renunciar o ser sustituido. No ha logrado aprovechar la colaboración de la Fuerza Armada en las tareas de seguridad, porque no permite que los militares realmente se involucren en el combate a la delincuencia. Está sometiendo a la Policía Nacional Civil a un proceso peligroso de ideologización, promoviendo su reorganización bajo criterios partidarios y no profesionales.

Sólo estas dos deficiencias son suficientes para sustituir a un ministro de seguridad. Ni hablando de la incapacidad de articular un concepto integral de reforma de los aparatos de seguridad y justicia.

¿Será que la razón de no sustituir a Melgar es que su presencia es para el gobierno del FMLN un punto de honor frente a la hostilidad que Washington muestra a este funcionario desde que fue nombrado ministro?

Está bien que aquí ya no estemos besando banderas de nadie. Pero la dignidad hay que saber mantenerla sin pagar el costo de no tener política eficiente de seguridad.

(El Diario de Hoy)

Lo que Obama debió decir a América Latina

El discurso de Barack Obama en Santiago de Chile, anunciado como un gran acontecimiento que marcaría el nacimiento de una nueva era de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, se quedó, para desilusión de los anfitriones, en un vacío mensaje de buenas intenciones que reincidía en los tópicos más frecuentes y esquivaba los verdaderos temas pendientes para un presidente norteamericano en esta región.

Para que el discurso pronunciado ayer hubiera servido verdaderamente para sorprender a los latinoamericanos y convencerles de que Obama, que mañana concluye su gira en El Salvador, traía realmente un nuevo espíritu al continente, debía de haber incluido tres ingredientes esenciales que se echaron desgraciadamente en falta.

-La aceptación de responsabilidades por el pasado. América Latina no necesita humillar al presidente de Estados Unidos. Este continente no busca venganza ni el gozo romántico de hacer claudicar al imperio. Mientras Estados Unidos estaba en otros asuntos, la mayoría de la sociedad latinoamericana ha evolucionado hacia el modernidad y el pragmatismo. Nadie está volviendo la vista hacia el pasado. No necesitan que Obama se lo recuerde. Pero mirar hacia el futuro no debe de ser interpretado por Estados Unidos como una excusa para esconder su pasado. Todos, los del sur y los del norte, necesitan reconciliarse con la historia americana. Cualquier presidente de Estados Unidos que verdaderamente quiera pasar página tiene antes que encontrar una forma de asumir públicamente la responsabilidad de su país en el apoyo a regímenes militares que sembraron de cadáveres la región en la segunda mitad del siglo pasado y condenaron a América Latina a un duro y prolongado declive económico y moral. El Palacio de la Moneda de Santiago era el lugar perfecto para hacerlo, pero Obama no se atrevió.

-El levantamiento del embargo a Cuba. No se puede denunciar en cada discurso la excepcionalidad antidemocrática de Cuba en la región sin aportar ninguna solución novedosa. La única posible, como hasta el propio Obama ha reconocido indirectamente, es el levantamiento del embargo económico. El embargo es una medida arcaica que solo sirve hoy para satisfacer el ánimo revanchista del exilio más fanático y como justificación barata por parte del régimen de Castro. Su eliminación permitiría generar un estado nuevo de presión sincera de parte de toda América Latina a favor de la democracia en Cuba.

-La condena del Gobierno de Hugo Chávez. Con la mención de las dos condiciones precedentes, Obama se hubiera cargado de razón para hacer una imprescindible crítica al sistema chavista. En lugar de eso, optó por no mencionarlo en absoluto. La Casa Blanca, como antes con George Bush, se justifica diciendo que si critican a Chávez se le regala un protagonismo que no merece. A estas alturas, ese es un argumento dudoso. Pero aunque así fuese, Obama no puede pronunciar un discurso exponiendo su doctrina sobre América Latina sin aludir a la anomalía que representa Chávez, no por su presunto izquierdismo, sino por el peligro que significa para la democracia en la región. El riesgo para las ya relativamente maduras democracias de este continente no es el retroceso a regímenes militares; es su degeneración hacia sistemas de democracia formal pero con métodos corruptos y prácticas autoritarias, como las que ya han ido creciendo a la sombra de Venezuela. Hoy no basta con que Obama elogie la democracia latinoamericana; es preciso que defina qué modelo de democracia respalda.

Su esfuerzo de Santiago es, pues, una gran oportunidad perdida. Y quién sabe cuándo habrá otra. Afortunadamente, América Latina ha demostrado estos años que se sabe valer muy bien por sí misma, sin la presencia de Washington. Pero sería ridículo pensar que una mayor colaboración con Estados Unidos no resultaría de gran beneficio para todos.

Es dudoso que eso ocurra durante esta Administración, que en esta gira está demostrando un profundo desconocimiento sobre la realidad de América Latina. Escucharon a Obama el lunes cuatro presidentes chilenos, Patricio Aylwin, Ricardo Lagos, Eduardo Frei y Sebastián Piñera. Cualquiera de ellos, de derecha, centro o izquierda, le podría haber escrito un magnífico discurso. El que de verdad lo hiciera debe de llevar mucho tiempo lejos de estas tierras.

(El País/Madrid)

Costa Rica no es un paraíso

¿Alguna vez usted se ha preguntado qué piensan realmente los diplomáticos estadounidenses de Costa Rica? Esta es la respuesta: “Costa Rica no es un paraíso, aguas negras por todo lado”.

“Costa Rica da tratamiento a menos del 3% de los excrementos humanos y descarga el 97% de las aguas negras en los ríos que desembocan en el mar y que constituyen poco más que contaminadas zanjas de aguas negras a cielo abierto (...) colocando al país entre los cinco peores en Latinoamérica. Y el país va para atrás.

“El área del Valle Central, que incluye la Gran Área Metropolitana de San José y casi dos millones de personas, tiene un anticuado sistema de recolección de aguas negras, con muchas cañerías subterráneas que datan de mediadios del siglo anterior y que están perforadas por herrumbre”.

Tal exposición la hizo, el 4 de abril del 2007, Laurie Weitzenkorn, funcionaria de Asuntos Públicos de la Embajada de EE. UU.

Ese año, Weitzenkorn se dio a la tarea de reportarle al Departamento de Estado de su país la realidad que viven los ticos.

Agregó: “Se pueden ver derrames en las calles. Pese a que por lo menos se han agregado 100 nuevos residenciales a la red, desde 1981 no se hace trabajo amplio en el sistema de alcantarillas.

”Casi todas las aguas negras entran a ríos que fluyen desde San José y desembocan en el Pacífico, concretamente en el golfo de Nicoya por vía del río Grande de Tárcoles. Los residentes locales saben que deben evitar las playas de esa área por las aguas negras.

”La contaminación ha dañado manglares y arrecifes de coral, y se sospecha que está causando una baja en la pesca comercial. También se liga la contaminación del agua con hepatitis, cólera, problemas de la piel y casos de diarrea que aumentaron un 16% en Costa Rica del 2002 al 2005.

”Para un país dependiente del turismo, que se sustenta en su reputación como un paraíso ambiental y un destino turístico de primera clase, el uso que hace de los ríos, en vez de un moderno sistema de sanidad, como conducto para descargar aguas negras sin tratar en sus playas más accesibles e importantes áreas de pesca, es una espeluznante revelación.

“Pese a esta sorprendente falta de infraestructura moderna en una nación que se enorgullece de su reputación ambiental, los legisladores vacilaron durante meses antes de aceptar un préstamo japonés para proyectos grandes de tratamiento de aguas negras”.

“Este es el primero de una serie ocasional de cables que explican por qué Costa Rica no es un paraíso. Estos cables buscan dar una imagen realista de los retos diarios que Costa Rica enfrenta. Los folletos turísticos no narran toda la historia”, escribió Weitzenkorn.

No se les fue nada. Entre el 2005 y el 2010, los estadounidenses en San José nos retrataron en privado, como nunca lo habrían hecho en público, según lo demuestran los cables revelados por WikiLeaks.

Analizaron y juzgaron todo: desde nuestras instituciones públicas “abotagadas” o el “deteriorado” sistema de salud, hasta la “dilapidada infraestructura nacional” y “el decrépito sistema víal”.

Incluso calificaron la democracia costarricense como “disfuncional” e “hiperlegalista”

“ Muchos kilómetros de carreteras están llenos de baches, que se lavan en la estación lluviosa, equipadas con puentes viejos que tienen mal mantenimiento o construidas con muy pocos carriles para el tránsito de lentos y pesados camiones y vehículos en un terreno montañoso lleno de ascensos y descensos”.

Esta descripción la realizó el embajador Peter E. Cianchette el 18 de noviembre del 2008.

“La mala condición de muchas carreteras y autopistas atenta contra el turismo, la logística y la seguridad: la velocidad promedio para avanzar (incluso entre ciudades importantes y con tránsito normal) puede bajar hasta 30 millas (48 km) por hora, lo que sorprende a los turistas, aumenta costos de transporte de las empresas debido al tiempo y las tasas de accidentes cuando los choferes tratan de adelantarse al tráfico lento en carreteras montañosas de dos carriles y llenas de curvas”, añadió.

“Los visitantes deben tener mucha cautela. Una combinación de calles en malas condiciones, manejo errático y tráfico de animales y personas en las calles hacen la conducción muy peligrosa”.

Este es el mensaje habitual de la Embajada, cada vez que algún funcionario estadounidense se prepara para visitar Costa Rica.

Grandes retos . Para los norteamericanos, otros retos de Costa Rica incluyen “la creciente dependencia en combustibles fósiles para generar energía, el desarrollo excesivo en las zonas marinas y costeras, desorganizado desarrollo urbano y la contaminación del aire.

“Mejorar la infraestructura pública sigue siendo el desafío más sobrecogedor”, señaló otro cable.

“Carreteras, aeropuertos, puertos, capacidad eléctrica, tratamiento de los desechos y telecomunicaciones inalámbricas sufren por años de negligencia, capacidad limitada y lento desarrollo. La falta de planeamiento local, regional o nacional y el desarrollo desenfrenado, especialmente en los centros turísticos de alta categoría en la costa del Pacífico norte, agravan el problema”, escribió Peter Cianchette, en setiembre del 2008.

“En efecto, Costa Rica es verde, pero no es del todo limpia”, concluyó el embajador.

Turismo afectado

Pobre atención. Los estadounidenses también analizaron el sector del turismo en Costa Rica y advirtieron que “pese a la importancia para la salud económica de la nación, la industria del turismo y la infraestructura que la soporta no reciben la atención que merecen”.

Víctimas del éxito “Costa Rica se ha convertido en víctima de su propio éxito”, señaló uno de los cables diplomáticos, enviado en el 2005. “El creciente número de turistas conlleva una creciente demanda de infraestructura. Estas demandas crecientes (instalaciones, caminos, servicio de Internet, etc.) no pueden cumplirse consistentemente a menos de que el Gobierno de Costa Rica implemente un esfuerzo concertado”.

panorama oscuro“Las ganancias del turismo podrían alcanzar pronto su punto más alto si el Gobierno de Costas Rica no presta atención a las necesidades de la industria del turismo e invierte en infraestructura, especialmente en caminos y puentes que han permanecido en mal estado durante años y continúan deteriorándose”.

La Nación 20 de marzo de 2011

Obama ante la tumba del mártir

La visita del presidente Barack Obama a la tumba de Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo mártir de El Salvador, es el acto más emblemático del viaje del mandatario estadounidense a Latinoamérica. En El Salvador, solamente entre 1979 y 1981, más de 30.000 civiles fueron asesinados por militares y escuadrones de la muerte, cuando aún no había una guerra y los rebeldes éramos unos pocos jóvenes con más indignación que armas. Cuando las protestas se convirtieron en guerra, no hubo zona de exclusión aérea, y los militares, apoyados por EE UU, no bombardearon en un país con tres habitantes por kilómetro cuadrado como es el caso de Libia, sino en el más densamente poblado del continente, que en los ochenta sumaba 230 habitantes por kilómetro cuadrado. Millones de salvadoreños emigraron, la mayoría hacia EE UU.

La extrema derecha salvadoreña consideraba "comunista" al entonces presidente James Carter por su defensa de los derechos humanos. Cuando en 1980 Ronald Reagan se perfilaba como el candidato ganador frente a Carter en las elecciones, los derechistas se sintieron autorizados para asesinar al arzobispo Romero, a quien comparaban con el ayatolá Jomeini. Pese a que el arzobispo era originalmente conservador, contrario a la Teología de la Liberación, amigo de familias acaudaladas, inteligente y un extraordinario orador. Sin embargo, la derecha lo consideró un traidor, no le perdonó, y aún no le perdona, que les exigiera parar la matanza. El 9 marzo de 1980 fue encontrada una bomba en un altar donde oficiaría misa, y el 24 de marzo de ese mismo año un francotirador le disparó cuando alzaba sus brazos para oficiar la eucaristía. Ese magnicidio detonó la guerra civil. Miles de salvadoreños, incluidos oficiales del ejército, se unieron a la rebelión armada.

Muchos crímenes cometidos en Latinoamérica y hasta un genocidio en Guatemala fueron respaldados o tolerados por EE UU bajo el argumento de parar la expansión "comunista". Entonces los terroristas eran los Gobiernos, los rebeldes no éramos ni el problema ni la solución, simplemente consecuencia de las dictaduras. Los opositores eran mayoritariamente demócratas o humanistas indignados como Romero.

Centroamérica es la región más violenta del mundo, y esto tiene relación con un pasado autoritario apoyado por EE UU. Cuando el Estado mata, enseña a los ciudadanos a matar, convirtiendo la violencia en cultura. La Mara Salvatrucha resultó de la mezcla cultural de las pandillas estadounidenses con la violencia extrema de los salvadoreños. El Salvador vive una descomposición social que produce delincuentes industrialmente. Pero ese infierno de muerte y caos atormenta solo a los barrios más pobres. Los barrios ricos viven en la irrealidad de un falso progreso de unos pocos kilómetros cuadrados. El país enfrenta así la paradoja de que para que funcionen las escuelas y trabajen los maestros, necesita multiplicar las cárceles y aumentar los policías. Hay urgencia de más Estado y de mejores ciudadanos, lo primero implica más impuestos y lo segundo más educación cívica.

Los Gobiernos anteriores de Alianza Republicana Nacionalista (Arena) aceptaron que los salvadoreños se convirtieran en el principal producto de exportación. Con la tercera parte de la población viviendo en EE UU, las remesas son el pilar de la economía y los coyotes, el sector más dinámico. La desarticulación de familias y comunidades producto de la emigración agrava la descomposición social. A mayor emigración más remesas, a más remesas menos productividad e inversión, a menos productividad e inversión menos empleo, a menos empleo más violencia y por lo tanto más emigración. El progreso aparente viene de las remesas, por lo tanto de la violencia. El país necesita una refundación de los sectores productivos para detener la emigración.

El Salvador ha sido gobernado por una derecha que asesinó, exilió, derrocó y saboteó a todos los líderes moderados que intentaron gobernar el país. Sin embargo, terminada la guerra dejó de matar y aprendió a respetar las elecciones. Ahora el partido del Gobierno, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), apoya al régimen cubano, pero queriendo o sin querer, está dando señales de moderación. En El Salvador ni la libertad de expresión, ni la propiedad privada están en peligro; no hay proclamas oficiales antiimperialistas y el Gobierno está buscando financiarse con impuestos y préstamos en vez de pedir dinero a Chávez. Los debates son sobre políticas sociales, inversión, transporte, corrupción y seguridad. Se han reprimido huelgas con el inédito respaldo del FMLN. En el pasado la norma de gobernantes y opositores ha sido: "entre peor, mejor", con resultados nefastos para el país, pero ahora derecha e izquierda enfrentan el reto de aprender a competir en positivo. La imagen del presidente Obama ante la tumba de Romero fortalece el centrismo y la madurez política en Centroamérica y rectifica sobre el pasado de intolerancia de EEUU en el continente.

(El País/Madrid)

Carta a Barack Obama

Dear Mr. President:

Usted vino al país para ofrecernos apoyo en la lucha contra el crimen organizado. Pero nadie le dice en la cara lo que todo el mundo sabe: Si Estados Unidos realmente quiere ayudarnos, deje de involucrarnos en su guerra contra el narcotráfico. La única manera que Estados Unidos puede ayudarnos en la lucha contra la violencia, es legalizando el consumo de drogas, y lanzando políticas públicas para atender la dependencia de las drogas como lo que es: un problema de salud pública.

Nunca podrá ganar la guerra contra el narcotráfico. El único éxito de su guerra es que cobra víctimas y corrompa sociedades solamente afuera de Estados Unidos.. La cuota de sangre y corrupción la pagamos nosotros en América Latina.

Mientras ustedes enfoquen la lucha contra las drogas exclusivamente en la oferta (el narcotráfico) y no en la demanda (el consumo de sus ciudadanos), están asegurando a los narcotraficantes miles de millones de ganancia.

Cuando los costos que pagamos en esta guerra ajena se juntan con nuestros propios problemas de pandillas, resulta la mezcla explosiva de violencia que ahora sufrimos. .

Nosotros queremos enfrentar nuestros problemas hechos en casa: pandillas, corrupción, pobreza. Para poder hacerlo, ustedes tienen que dejar de ponernos la carga imposible de su guerra contra el narcotráfico, que tiene una sola razón: la falta de voluntad de llevar, en su propio país, la guerra contra la drogadicción.

Presidente Obama: no pedimos que ustedes nos resuelvan los problemas nuestros. Solo que deje de obligarnos a participar en una guerra para resolver el suyo: el consumo de drogas en Estados Unidos.

Una vez que usted declare la guerra al problema de salud pública que tienen con el consumo de drogas, nosotros podremos reconstruir los estados fallidos y el tejido de los sistema judiciales ahora comprometidos por el narcotráfico.

Esto es todo lo que le pedimos, señor presidente Obama.

Have a good time in our beautiful country,

Paolo Luers

(Más!)

Lo que nadie dice al presidente Obama

Obama vino al país para hablar de seguridad y ofrecernos apoyo en la lucha contra el crimen organizado. Pero nadie le dice en la cara al presidente de Estados Unidos lo que todo el mundo sabe: Si Estados Unidos realmente quiere ayudarnos a bajar el nivel de violencia en nuestros países, y a combatir el crimen organizado y la perversión y corrupción que genera en nuestros estados, policías y sistemas judiciales, entonces que deje de involucrarnos en su absurda guerra contra el narcotráfico. La única manera que Estados Unidos puede ayudarnos en la lucha contra la violencia, es legalizando el consumo de drogas, y lanzando políticas públicas para atender la dependencia de las drogas como lo que es: un problema de salud pública.

Washington sabe que nunca podrá ganar la guerra contra el narcotráfico. Lo que Estados Unidos sí ha logrado, con éxito, es evacuar esta guerra y llevarla afuera de sus fronteras, para que cobre víctimas y corrompa sociedades afuera de Estados Unidos. Es mínima la cuota de muertos que esta guerra le cobra a Estados Unidos. La pagamos nosotros en Colombia, México, Guatemala, El Salvador, Honduras...

Mientras los Estados Unidos enfoquen la lucha contra las drogas exclusivamente en la oferta (el narcotráfico) y no en la demanda (el consumo), ellos mismos están creando este mercado lucrativo que mueve miles de millones de dólares. Pero este flujo permanente de dinero sucio y sangriento muy poco compromete y pervierte el sistema político y judicial de Estados Unidos. Por más grande que sea la economía de las drogas, no puede dominar la economía nacional de Estados Unidos. Pero sí las economías, sociedades y estados del Caribe y de América Latina...

Así que no son los Estados Unidos los que pagan la cuota de muertos ni tampoco el precio de sociedades corrompidas en esta guerra contra el narcotráfico. Somos nosotros.

Cuando estos enormes costos de una guerra ajena se juntan con nuestros propios problemas de marginación social y violencia de pandillas, resulta una mezcla química sumamente explosiva. Esto es precisamente lo que estamos observando en Guatemala, Honduras, El Salvador y México.

Para que nuestros países puedan enfrentarse a sus problemas hechos en casa (pandillas, corrupción, pobreza...), Estados Unidos tienen que dejar de ponernos la carga imposible de su guerra contra el narcotráfico que tiene una sola razón de ser: la falta de voluntad de llevar, en su propio país, la guerra contra la drogadicción.

No deberíamos pedir a Washington que nos ayuden a resolver nuestros problemas. Solo nosotros lo podemos lograr. Solicitamos a Obama que deje de exigirnos que resolvamos los problemas suyos. Nada más.

Es tiempo que los múltiples voces en toda América Latina, que critican el concepto de la guerra contra el narcotráfico, se unan y exijan a Estados Unidos que asuman su responsabilidad en el problema internacional de las drogas. La única manera de hacerlo es descriminalizar el consumo de drogas, suspender esta ridícula guerra. Una vez que el crimen organizado ya no pueda contar con las ganancias astronómicas que genera el mercado de drogas ilegales, podrá ser enfrentado y derrotado por nuestros países. Una vez que Estados Unidos le declare la guerra al problema de salud pública que tienen con el consumo de drogas, nosotros podremos reconstruir los estados fallidos y el tejido de los sistema judiciales ahora comprometidos por el narcotráfico.

Muchos ex-presidentes en varios países de América Latina, incluyendo El Salvador, hablan en reuniones privadas del fracaso de la guerra contra el narcotráfico, en que nos han metido Estados Unidos para no tener que asumir su responsabilidad como sociedad consumidora de drogas y generadora del problema. Es tiempo que hablen en voz alta. Es tiempo que obliguen primero a los gobernantes latinoamericanos a enfrentarse a este debate. Y luego a Washington.

Si los países de América Latina no llegan a una posición conjunta y firme, nunca van a obligar a Estados Unidos a cambiar su política anti-drogas. Ningún país solo puede darse el lujo de cuestionar la guerra contra el narcotráfico que Estados Unidos nos impone. Pero tampoco puede Estados Unidos solo pasarse encima de todo el continente unido.

Mientras tanto, Washington nos sigue ofreciendo ‘generosa y solidariamente’ programas de apoyo contra el crimen que todos sabemos que no resuelven el problema.

(El Diario de Hoy)

Obama: El discurso de Santiago de Chile

Remarks by President Obama on Latin America in Santiago, Chile
Palacio de La Moneda Cultural Center, Santiago, Chile

4:27 P.M. CT

PRESIDENT OBAMA: Muchas gracias. Thank you so much. (Applause.) Thank you. Thank you so much. Thank you. Thank you. Please, please, everyone be seated.

Thank you. Buenas tardes. It is a wonderful honor to be here in Santiago, Chile. And I want to, first of all, thank your President, President Pinera, for his outstanding leadership and the hospitality that he’s extended not only to me but also to my wife, my daughters, and, most importantly, my mother-in-law. (Laughter.)

To the people of Santiago, to the people of Chile, thank you so much for your wonderful welcome. And on behalf of the people of the United States, let me thank you for your friendship and the strong bonds between our people.

There are several people that I just want to acknowledge very briefly. We have the President of the Inter-American Development Bank, Luis Alberto Moreno, who is here. (Applause.) We also have Alicia Bárcena, who is the Executive Secretary of the Economic Commission for Latin America and the Caribbean. (Applause.)

Throughout our history, this land has been called “el fin de la tierra” — the end of the world. But I’ve come here today because in the 21st century this nation is a vital part of our interconnected world. In an age when peoples are intertwined like never before, Chile shows that we need not be divided by race or religion or ethnic conflict. You’ve welcomed immigrants from every corner of the globe, even as you celebrate a proud indigenous heritage.

At a time when people around the world are reaching for their freedoms, Chile shows that, yes, it is possible to transition from dictatorship to democracy — and to do so peacefully. Indeed, our marvelous surroundings today, just steps from where Chile lost its democracy decades ago, is a testament to Chile’s progress and its undying democratic spirit.

Despite barriers of distance and geography, you’ve integrated Chile into the global economy, trading with countries all over the world and, in this Internet age, becoming the most digitally connected country in Latin America.

And in a world of sometimes wrenching pain — as we’re seeing today in Japan — it is the character of this country that inspires. “Our original guiding stars,” said Pablo Neruda, “are struggle and hope.” But, he added, “there is no such thing as a lone struggle, no such thing as a lone hope.” The Chilean people have shown this time and again, including your recovery from the terrible earthquake here one year ago.

Credit for Chile’s success belongs to the Chilean people, whose courage, sacrifices and perseverance built this nation into the leader that it is. And we are very honored to be joined today by four leaders who have guided this nation through years of great progress — Presidents Aylwin, Frei, Lagos, and of course your current President Pinera. Thank you all, to the former Presidents, for being here, as well as President Pinera. (Applause.)

So I could not imagine a more fitting place to discuss the new era of partnership that the United States is pursuing not only with Chile, but across the Americas. And I’m grateful that we’re joined by leaders and members of the diplomatic corps from across the region.

Within my first 100 days in office, one of my first foreign trips as President, I traveled to Trinidad and Tobago to meet with leaders from across the hemisphere at the Summit of the Americas. And there, I pledged to seek partnerships of equality and shared responsibility, based on mutual interest and mutual respect, but also on shared values.

Now, I know I’m not the first president from the United States to pledge a new spirit of partnership with our Latin American neighbors. Words are easy, and I know that there have been times where perhaps the United States took this region for granted.

Even now, I know our headlines are often dominated by events in other parts of the world. But let’s never forget: Every day, the future is being forged by the countries and peoples of Latin America. For Latin America is not the old stereotype of a region of — in perpetual conflict or trapped in endless cycles of poverty. The world must now recognize Latin America for the dynamic and growing region that it truly is.

Latin America is at peace. Civil wars have ended. Insurgencies have been pushed back. Old border disputes have been resolved. In Colombia, great sacrifices by citizens and security forces have restored a level of security not seen in decades.

And just as old conflicts have receded, so too have the ideological battles that often fueled them — the old stale debates between state-run economies and unbridled capitalism; between the abuses of right-wing paramilitaries and left-wing insurgents; between those who believe that the United States causes all the region’s problems and those who believe that the United States ignores all the problems. Those are false choices, and they don’t reflect today’s realities.

Today, Latin America is democratic. Virtually all the people of Latin America have gone from living under dictatorships to living in democracies. Across the region, we see vibrant democracies, from Mexico to Chile to Costa Rica. We’ve seen historic peaceful transfers of power, from El Salvador to Uruguay to Paraguay. The work of perfecting our democracies, of course, is never truly done, but this is the outstanding progress that’s been made here in the Americas.

Today, Latin America is growing. Having made tough but necessary reforms, nations like Peru and Brazil are seeing impressive growth. As a result, Latin America weathered the global economic downturn better than other regions. Across the region, tens of millions of people have been lifted from extreme poverty. From Guadalajara to Santiago to Sao Paolo, a new middle class is demanding more of themselves and more of their governments.

Latin America is coming together to address shared challenges. Chile, Colombia and Mexico are sharing their expertise in security with nations in Central America. When a coup in Honduras threatened democratic progress, the nations of the hemisphere unanimously invoked the Inter-American Democratic Charter, helping to lay the foundation for the return to the rule of law. The contributions of Latin American countries have been critical in Haiti, as has Latin American diplomacy in the lead up to yesterday’s election in Haiti.

And increasingly, Latin America is contributing to global prosperity and security. As longtime contributors to United Nations peacekeeping missions, Latin American nations have helped to prevent conflicts from Africa to Asia. At the G20, nations like Mexico, Brazil, Argentina now have a greater voice in global economic decision-making. Under Mexican leadership, the world made progress at Cancun in our efforts to combat climate change. Nations like Chile have played a leading role in strengthening civil society groups around the world.

So this is the Latin America that I see today — a region on the move, proud of its progress, and ready to assume a greater role in world affairs. And for all these reasons, I believe that Latin America is more important to the prosperity and security of the United States than ever before. With no other region does the United States have so many connections. And nowhere do we see that more than in the tens of millions of Hispanic Americans across the United States, who enrich our society, grow our economy and strengthen our nation every single day.

And I believe Latin America is only going to become more important to the United States, especially to our economy. Trade between the United States and Latin America has surged. We buy more of your products, more of your goods than any other country, and we invest more in this region than any other country.

For instance, we export more than three times as much to Latin America as we do to China. Our exports to this region — which are growing faster than our exports to the rest of the world — will soon support more than 2 million U.S. jobs. In other words, when Latin America is more prosperous, the United States is more prosperous.

But even more than interests, we’re bound by shared values. In each other’s journey we see reflections of our own. Colonists who broke free from empires. Pioneers who opened new frontiers. Citizens who have struggled to expand our nations’ promise to all people — men and women, white, black and brown. We’re people of faith who must remember that all of us — especially the most fortunate among us — must do our part, especially for the least among us. We’re citizens who know that ensuring that democracies deliver for our people must be the work of all.

This is our common history. This is our common heritage. We are all Americans. Todos somos Americanos.

Across the Americas, parents want their children to be able to run and play and know that they’ll come home safely. Young people all desperately want an education. Fathers want the dignity that comes from work, and women want the same opportunities as their husbands. Entrepreneurs want the chance to start that new business. And people everywhere want to be treated with the respect to which every human being is entitled. These are the hopes — simple yet profound — that beat in the hearts of millions across the Americas.

But if we’re honest, we’ll also admit that that these dreams are still beyond the reach of too many; that progress in the Americas has not come fast enough. Not for the millions who endure the injustice of extreme poverty. Not for the children in shantytowns and the favelas who just want the same chance as everybody else. Not for the communities that are caught in the brutal grips of cartels and gangs, where the police are outgunned and too many people live in fear.

And despite this region’s democratic progress, stark inequalities endure. In political and economic power that is too often concentrated in the hands of the few, instead of serving the many. In the corruption that too often still stifles economic growth and development, innovation and entrepreneurship. And in some leaders who cling to bankrupt ideologies to justify their own power and who seek to silence their opponents because those opponents have the audacity to demand their universal rights. These, too, are realities that we must face.

Of course, we are not the first generation to face these challenges. Fifty years ago this month, President John F. Kennedy proposed an ambitious Alliance for Progress. It was, even by today’s standards, a massive investment — billions of U.S. dollars to meet the basic needs of people across the region. Such a program was right — it was appropriate for that era. But the realities of our time — and the new capabilities and confidence of Latin America — demand something different.

President Kennedy’s challenge endures — “to build a hemisphere where all people can hope for a sustainable, suitable standard of living, and all can live out their lives in dignity and in freedom.” But half a century later, we must give meaning to this work in our own way, in a new way.

I believe that in the Americas today, there are no senior partners and there are no junior partners, there are only equal partners. Of course, equal partnerships, in turn, demands a sense of shared responsibility. We have obligations to each other. And today, the United States is working with the nations of this hemisphere to meet our responsibilities in several key areas.

First, we’re partnering to address the concerns that people across the Americas say they worry about the most — and that’s the security of their families and communities. Criminal gangs and narco-traffickers are not only a threat to the security of our citizens. They’re a threat to development, because they scare away investment that economies need to prosper. And they are a direct threat to democracy, because they fuel the corruption that rots institutions from within.

So with our partners from Colombia to Mexico and new regional initiatives in Central America and the Caribbean, we’re confronting this challenge, together, from every direction. We’ve increased our support — the equipment, training and technologies — that security forces, border security and police need to keep communities safe. We’re improving coordination and sharing more information so that those who traffic in drugs and in human beings have fewer places to hide. And we’re putting unprecedented pressure on cartel finances, including in the United States.

But we’ll never break the grip of the cartels and the gangs unless we also address the social and economic forces that fuel criminality. We need to reach at-risk youth before they turn to drugs and crime. So we’re joining with partners across the Americas to expand community-based policing, strengthen juvenile justice systems, and invest in crime and drug prevention programs.

As the nations of Central American develop a new regional security strategy, the United States stands ready to do our part through a new partnership that puts the focus where it should be — on the security of citizens. And with regional and international partners, we’ll make sure our support is not just well-intentioned, but is well-coordinated and well-spent.

I’ve said before and I will repeat, as President I’ve made it clear that the United States shares and accepts our share of responsibility for drug violence. After all, the demand for drugs, including in the United States, drives this crisis. And that’s why we’ve developed a new drug control strategy that focused on reducing the demand for drugs through education and prevention and treatment. And I would point out that even during difficult fiscal times in the United States, we’ve proposed increasing our commitment to these efforts by some $10 billion this year alone.

We’re also doing more to stem the southbound flow of guns into the region. We’re screening all southbound rail cargo. We’re seizing many more guns bound for Mexico and we’re putting more gunrunners behind bars. And every gun or gunrunner that we take off the streets is one less threat to the families and communities of the Americas.

As we work to ensure the security of our citizens, we’re partnering in a second area — and that’s promoting prosperity and opportunity. I’ve been so impressed with President Pinera’s pledge to lift everyone out of extreme poverty by 2020. That’s an ambitious goal and an appropriate goal. And with this trip, I’m working to expand some of the trade and investment that might help achieve this goal.

Across the region, we’re moving ahead with “open skies” agreements to bring our people and businesses closer together. We’re moving forward with our Trans-Pacific Partnership — which includes Chile and Peru — to create new trade opportunities in the fast-growing markets of the Asia-Pacific. And as I’ve directed, my administration has intensified our efforts to move forward on trade agreements with Panama and Colombia, consistent with our values and with our interests.

We’re also encouraging the next generation of businesses and entrepreneurs. So we’ll work with the Inter-American Development bank to increase lending. We’ve expanded credit under a new Microfinance Growth Fund for the Americas. We’re supporting reforms to tax systems, which are critical for economic growth and public investment. We’re creating new “Pathways to Prosperity” — microcredit, entrepreneurship training — for those who must share in economic growth, including women and members of Afro-Caribbean and indigenous communities.

And we’re coming together, as a hemisphere, to create clean energy jobs and pursue more secure and sustainable energy futures. And if anybody doubts the urgency of climate change, they look — they should look no further than the Americas — from the stronger storms in the Caribbean, to glacier melt in the Andes, to the loss of forests and farmland across the region.

Under the Energy and Climate Partnership of the Americas that I proposed, countries have stepped forward, each providing leadership and expertise. Brazil has expertise in biofuels. Chile in geothermal. Mexico on energy efficiency. El Salvador is connecting grids in Central America to make electricity more reliable. These are exactly the kind of partnerships that we need — neighbors joining with neighbors to unleash the progress that none of us can achieve alone.

It’s the same philosophy behind two additional initiatives that I’m announcing today, which will help our countries educate and innovate for the future. First, we’re launching a new initiative to harness the power of social media and online networks to help students, scientists, academics and entrepreneurs collaborate and develop the new ideas and products that will keep America — the Americas competitive in a global economy.

And I’m proud to announce that the United States will work with partners in this region, including the private sector, to increase the number of U.S. students studying in Latin America to 100,000, and the number of Latin America students studying in the United States to 100,000.

Staying competitive also, of course, demands that we address immigration — an issue that evokes great passions in the United States as well as in the Americas. As President, I’ve made it clear that immigration strengthens the United States. We are a nation of immigrants, which is why I have consistently spoken out against anti-immigrant sentiment. We’re also a nation of laws, which is why I will not waver in my determination to fix our broken immigration system. I’m committed to comprehensive reform that secures our borders, enforces our laws and addresses the millions of undocumented workers who are living in the shadows of the United States.

I believe, though, that this challenge will be with us for a very long time so long as people believe that the only way to provide for their families is to leave their families and head north.

And that’s why the United States has to continue to partner with countries that pursue the broad-based economic growth that gives people and nations a path out of poverty. And that’s what we’re seeing here in Chile. As part of our new approach to development, we’re working with partners, like Guatemala and El Salvador, who are committed to building their own capacity — from helping farmers improve crop yields to helping health care systems to deliver better care.

Which leads me to the final area where we must continue to partner, and that’s strengthening democracy and human rights. More than 60 years ago, our nations came together in an Organization of American States and declared — and I quote — that “representative democracy is an indispensable condition for the stability, peace and development of the region.” A decade ago, we reaffirmed this principle, with an Inter-American Democratic Charter that stated — and I quote — “the people of the Americas have a right to democracy and their governments have an obligation to promote and defend it.”

Across the Americas, generations, including generations of Chileans, have struggled and sacrificed to give meaning to these words — ordinary men and women who dared to speak their mind; activists who organized new movements; faith leaders who preached social justice; the mothers of the disappeared who demanded the truth; political prisoners who rose to become presidents; and, even now, Las Damas de Blanco, who march in quiet dignity.

The people of the Americas have shown that there is no substitute for democracy. As governments, we have then an obligation to defend what has been won. So as we mark the 10th anniversary of the Inter-American Democratic Charter this year, let’s reaffirm the principles that we know to be true.

Let’s recommit to defending democracy and human rights in our own countries by strengthening the institutions that democracy needs to flourish — free and fair elections in which people choose their own leaders; vibrant legislatures that provide oversight; independent judiciaries that uphold the rule of law; a free press that promotes open debate; professional militaries under civilian control; strong civil societies that hold governments accountable; and governments that are transparent and responsive to their citizens. This is what makes a democracy.

And just as we defend democracy and human rights within our borders, let’s recommit to defending them across our hemisphere. I understand, every nation will follow its own path. No nation should impose its will on another. But surely we can agree that democracy is about more than majority rule, that simply holding power does not give a leader the right to suppress the rights of others, and that leaders must maintain power through consent, and not coercion. We have to speak out when we see those principles violated.

Let’s never waver in our support for the rights of people to determine their own future — and, yes, that includes the people of Cuba. Since taking office, I’ve announced the most significant changes to my nation’s policy towards Cuba in decades. I’ve made it possible for Cuban Americans to visit and support their families in Cuba. We’re allowing Americans to send remittances that bring some economic hope for people across Cuba, as well as more independence from Cuban authorities.

Going forward, we’ll continue to seek ways to increase the independence of the Cuban people, who I believe are entitled to the same freedom and liberty as everyone else in this hemisphere. I will make this effort to try to break out of this history that’s now lasted for longer than I’ve been alive.

But Cuban authorities must take some meaningful actions to respect the basic rights of their own people — not because the United States insists upon it, but because the people of Cuba deserve it, no less than the people of the United States or Chile or Brazil or any other country deserve it.

The lessons of Latin America, I believe, can be a guide — a guide for people around the world who are beginning their own journeys toward democracy. There is no one model for democratic transitions. But as this region knows, successful transitions do have certain ingredients. The moral force of nonviolence. Dialogue that’s open and inclusive. The protection of basic rights, such as peaceful expression and assembly. Accountability for past wrongs. And matching political reform with economic reform, because democracy must meet the basic needs and aspirations of people.

With decades of experience, there’s so much Latin America can now share — how to build political parties and organize free elections; how to ensure peaceful transfers of power; how to navigate the winding paths of reform and reconciliation. And when the inevitable setbacks occur, you can remind people to never lose sight of those guiding stars of which Pablo Neruda spoke — struggle, but also hope.

Security for our citizens. Trade and development that creates jobs, prosperity and a clean energy future. Standing up for democracy and human rights. These are the partnerships that we can forge together — here in the Americas but also around the world. And if anyone doubts whether this region has the capacity to meet these challenges, they need to only remember what happened here in Chile only a few months ago.

Their resolve and faith inspired the world — “Los Treinta y Tres.” I don’t need to tell you the story. You know it well. But it’s worth remembering how this entire nation came together, across government, civilian and military, national and local; across the private sector, with large companies and small shopkeepers donating supplies; and across every segment of Chilean society, people came together to sustain those men down below and their families up at Camp Esperanza. It was a miraculous rescue. It was a tribute to Chilean leadership. And when, finally, Luis Urzua emerged, he spoke for an entire nation when he said, “I am proud to be Chilean.”

Yet something else happened in those two months. The people and governments of Latin America came together to stand with a neighbor in need. And with a Latin American country in the lead, the world was proud to play a supporting role — sending workers from the United States and Canada, rescue equipment from Europe, communications gear from Asia. And as the miners were lifted to safety, for those joyous reunions, it was a truly global movement, watched and celebrated by more than a billion people.

If ever we needed a reminder of the humanity and the hopes that we share, that moment in the desert was such. When a country like Chile puts its mind to it, there’s nothing you can’t do. When countries across Latin America come together and focus on a common goal, when the United States and others in the world do our part, there’s nothing we can’t accomplish together.

And that is our vision of the Americas. This is the progress we can achieve together. This is the spirit of partnership and equality to which the United States is committed. I am confident that, working together, there is nothing we cannot achieve. Thank you very much. Muchas gracias.

END 4:59 P.M. CT

Source: White House