Carta a Salvador Sánchez Cerén

Estimado presidente:
Un discurso valiente, al momento adecuado, puede cambiar radicalmente le percepción que se tiene de un dirigente, puede convertirlo en líder y darle autoridad de hablar a nombre de todos y la solvencia moral para exigir unidad.

Unidad necesitamos para enfrentar la seria crisis de seguridad y para desbloquear el crecimiento económico. Pero la unidad hay que construirla, y se construye con confianza, con gestos que ponen de manifiesto la voluntad de un gobernante de superar resentimientos y dogmas. Esto requiere valentía.

Ayer, en la Feria, en el 23 aniversario de los Acuerdos de Paz, usted tuvo la oportunidad (yo diría incluso: el deber) de dar este discurso valiente. No la aprovechó. Desde la manera come estaba organizado el magno evento hasta en su discurso, usted permitió que el aniversario de la paz y la visita del secretario general de Naciones Unidas se convirtiera en un acto partidario y electoral. Viéndolo en televisión, me dio pena ajena. Entiendo perfectamente porque varios de los firmantes de los Acuerdos de Paz, aunque estaban en el país, prefirieron no participar. Uno me dijo: No me prestaré de florero decorativo. Y cabal, a los pocos firmantes presentes, usted ni siquiera los saludó, mucho menos les dio el crédito que merecen como arquitectos de la paz que fueron, incluso mucho más que usted mismo…

Sólo dos frases valientes dijo usted: una cuando reconoció al expresidente Freddy Cristiani la decisión de buscar la paz; y la otra cuando reconoció el sacrificio de los miembros de la Fuerza Armada que dieron su vida.

Sin embargo, cuando usted habló de las víctimas, fue de la misma manera como su partido lo hace desde antes de la paz: sólo refiriéndose a las víctimas de la represión militar, paramilitar y estatal, nunca a las víctimas de los secuestros, ejecuciones y abusos de poder a manos de la guerrilla. Y cuando usted rezó lista de mujeres y hombres que con su vida aportaron al logro de la paz y la democracia -Oscar Arnulfo Romero, Schafik, los jesuitas, Mélida Anaya Montes- usted no fue capaz de incluir en esta lista de honor al doctor José Antonio Rodríguez Porth, a quien mató un comando guerrillero, por exactamente la misma razón que un comando militar mató a Ignacio Ellacuría: ambos conspiraron con Cristiani para superar las resistencias a una solución negociada.

Si un dirigente guerrillero al final de la vida llega a la presidencia y no logra superar en su propia mente -y en su discurso a la nación- el esquema blanco y negro, según el cual su bando fue el bueno y el otro el malo, no va a cumplir su misión de unir la nación.

Usted tuvo la oportunidad de oro de ofrecer este 16 de enero, ante el pueblo y la comunidad internacional representada por el secretaria general de la ONU, un discurso sincero y valiente: reconocer los errores y crímenes de guerra tanto del Estado que hoy representa, como de las fuerzas insurgentes que durante la guerra comandó; echar la mano de reconciliación a las víctimas que murieron a mano de militares y de guerrilleros.

Obviamente, usted no tuvo ni la visión ni el coraje necesarios. En vez de esto, permitió que su gobierno y su partido organizaran un meeting electoral, con barras acarreadas, y no en evento de peso moral que puede aportar a la unidad nacional. Un acto y un discurso  que no están a la altura de su cargo. Lo mismo les señalé a sus antecesores Paco Flores, Tony Saca o Mauricio Funes. Ninguno de ellos tuvo la voluntad ni la capacidad de convertir el aniversario de la paz en día de la unidad nacional.

Lástima. Paolo Lüers
(Mas! / El Diario de Hoy)

Carta a los secretarios generales de la ONU y de la OEA

Estimado José Miguel Insulza:
Lástima que no nos pudimos ver en su reciente visita a El Salvador. Me hubiera encantado dar seguimiento a las conversaciones que tuvimos, primero en el 2012 en el penal de Quezaltepeque, cuando usted asumió frente a unos 40 cabecillas de las pandillas el rol de garante del incipiente proceso de reducción de violencia iniciado por la tregua entre pandillas; y luego cuando en el 2013 nos recibió en la OEA para discutir cómo hacer sostenible este proceso.

Si usted todavía ejerce el papel de garante de este proceso, así como se comprometió en Quezaltepeque, me hubiera gustado escuchar algunas preguntas suyas, tal vez incómodas, al gobierno salvadoreño, para saber porqué ahora se desmarca de la tregua sin revelar con qué otra propuesta concreta piensa reducir la violencia y lograr la reinserción a la sociedad de los docenas de miles de pandilleros y sus familias.

Usted, en vez de dar seguimiento a un compromiso muy concreto adquirido a nombre de la OEA en el 2012, ahora firmó como testigo un acuerdo que no dice más que la intención de iniciar un diálogo para buscar acuerdos. Tal vez esto sea más cómodo para usted, pero ciertamente es un mal canje para El Salvador.

En algún momento, secretario, usted tendrá que informar a todos los actores del proceso de reducción de violencia, del cual usted se declaró garante, si este compromiso se mantiene vigente.

Estimado señor Ban Ki-moon:
¡Bienvenido a El Salvador! Es un gran honor para nosotros tenerlo aquí. Con su presencia, usted expresa el respaldo y reconocimiento de la comunidad internacional para el proceso de paz salvadoreño de 1992. Gracias por este gesto.

Pero usted debe saber que en la recta final de unas elecciones cualquier visita de jefes de Estado o de organismos multinacionales es percibido como respaldo al gobierno de turno. Y así será presentado, vendido y publicitado por el gobierno de Salvador Sánchez Cerén. Independientemente de lo que usted haga o diga, el partido de gobierno tratará de sacar raja electoral de su presencia, igual que en el caso de su colega Insulza, quien estuvo aquí la semana pasada. Y es por esto que el gobierno invitó a ambos en estas fechas.

Así que tenga mucho cuidado de no dejarse manipular. Hemos celebrado 22 aniversarios de los Acuerdos de Paz sin la presencia del Secretario General de Naciones Unidas - y hubiéramos podido esperar dos años más para tenerlo aquí en San Salvador para la gran fiesta de los 25 años de la paz en enero de 2017.

Quiero decir a ambos que siempre serán bienvenidos en El Salvador. Pero también tengo que decirles que no fue la decisión más sabia haber aceptado la invitación del gobierno salvadoreño en medio de una campaña electoral. Nosotros necesitamos de la cooperación y de los buenos oficios que ustedes dos y sus organismos pueden ofrecer para apoyarnos en el camino al desarrollo y la paz duradera e integral. Pero este aporte sólo puede tener éxito si su participación no interviene en los procesos electorales. La relación de ustedes es con el país, no con el gobierno de turno.

Disculpen si esta palabras parecen notas de discordia en medio del coro de júbilo sobre el aniversario de la paz y el honor de tenerles a ustedes como invitados y amigos. No expreso discordia, sólo preocupación - y prefiero hacerlo de manera directa y pública.

Estimados secretarios generales, gracias por su compromiso con El Salvador, Paolo Lüers
(Mas!/El Diario de Hoy)

Carta a los alcaldes y candidatos a alcaldes del Gran San Salvador

Estimados amigos:
Ustedes no pueden seguir haciéndose los suizos con el SITRAMSS. El gobierno está jodiendo las ciudades que ustedes representan, están inhabilitando el principal eje de tráfico que conecta a sus respectivos municipios, dividiendo el centro de San Salvador por una especia de muralla china que no deja pasar de una lado al otro. Y están amenazando de llevar este desmadre a la otra parte de San Salvador hasta Merliot, Antiguo Cuscatlán y Santa Tecla. No puede ser que ustedes, los actuales y futuros gobernantes municipales, no aprovechen la campaña electoral para ponerle paro a esta locura.
Ahora el viceministro de transporte, Nelson García, dijo que con el SITRAMSS está reordenando las ciudades. ¿Y ustedes permiten que un funcionario de tercera categoría (y de reconocida incompetencia) les quita la competencia de "reordenar las ciudades"? Es una declaración de guerra del Ejecutivo contra la autonomía municipal. Solo este hecho de arrogancia es suficiente para que el día siguiente ustedes, los alcaldes y los candidatos municipales, convoquen una conferencia de prensa conjunta para decir: ¡Basta Ya!

Teóricamente esto debería ser una iniciativa de todos los alcaldes y todos los candidatos, independiente de colores partidarios. Esto no es un conflicto entre derecha e izquierda. Es un conflicto entre centralismo y municipalismo, entre gobierno central y gobiernos locales, entre autoritarismo y democracia participativa.

Pero si algunos candidatos y alcaldes no tienen la independencia y el valor de enfrentarse a esta declaración de guerra del gobierno central, que lo hagan los que sí las tienen. Candidato a alcalde del FMLN que defiende el SITRAMSS, que se joda, porque los votantes lo van a castigar. Si el desmadre del SITRAMSS se ha convertido en el símbolo de la incapacidad del gobierno - con el agravante que todo el mundo lo ve todos los días, se encachimba todos los días, jura venganza todos los días. Incluye a los habitantes de todo el Gran San Salvador, incluye a los usuarios del transporte público igual que a los que usan vehículos propios. Incluye a transportistas, vendedores, trabajadores.

Realmente sería lento el candidato a alcalde que no agarre este tema tan obvio para torcerle el brazo al gobierno para que suspenda el proyecto actual del SITRAMSS y para que la reforma del transporte público metropolitano se vuelva a construir como Dios manda, basado en estudios técnicos y sin exclusión de los gobiernos municipales.

Los que tienen que asumir el reordenamiento de sus ciudades son ustedes, y no el Gobierno central. No se dejen quitar del gobierno central la principal competencia del gobierno municipal. Por el contrario: usen el punto más débil de este gobierno, el SITRAMSS, para luchar por más competencias y recursos para los gobiernos municipales, comenzando con la competencia de regular el transporte y tráfico en el Gran San Salvador.

Saludos, Paolo Lüers


(Mas! / El Diario de Hoy)

También escribiendo se manchan las manos, Geovanni

Reproduzco aquí una columna que publiqué hace 9 años (El Faro, 28 de agosto 2006). Fue la respuesta a una columna publicada días antes por Geovanni Galeas en La Prensa Gráfica. Como Geovanni tomó la decisión de publicar la misma columna nuevamente en La Prensa Gráfica, el día lunes 13 de enero 2015 (Cuidado con el falso crítico alemán), vuelvo a publicar aquí mi respuesta...
Como se daran cuenta, al final de mi columna reté a Geovanni a discutir el tema de nuestras dos columnas en el programa Universo Crítico, que en aquel entonces Galeas presentaba en el Canal 10. De hecho me invitó, y en el programa (en vivo) tuvo que reconocer que casi todas sus afirmaciones sobre Gunther Grass eran equivocadas. Bueno, tiene corta memoria Geovanni, al volver a publicar lo mismo - nuevamente con la intención de inducir al lector que piense que esté hablando de este servidor... Y si quieres, Geovanni Galeas, vamos otra vez a una canal de TV para discutir este asunto. Y nuevamente te voy a dejar en ridículo...

A continuación, mi columna del 2006:

También escribiendo se manchan las manos

Si en 1970, en los días agitados del movimiento estudiantil, de la oposición extraparlamentaria, de las protestas contra la guerra norteamericana contra Vietnam, me hubiera enterado que Günter Grass, el famoso novelista, fue miembro de la Waffen SS, o sea del brazo militar del temible cuerpo represivo SS de Hitler, seguramente lo habría condenado. Sin misericordia. No sólo porque un motor de este movimiento fue la rebelión contra el silencio que nuestros hermanos mayores y nuestros padres mantenían sobre su rol durante el régimen de terror de los nazis, sino sobre todo porque el tipo me cayó mal. Todos habíamos sido impactados por su novela El tambor de hojalata que salió en 1959 y ayudó a abrir el debate sobre el pasado; todos admiramos el rol valiente que Grass jugó en el debate intelectual y político del país exigiendo enfrentarse a los fantasmas del nazismo sobrevivientes e incluso protagonistas en la joven república federal alemana. Pero Grass se cayó de la moto de la izquierda rebelde alemana cuando en 1968, cuando nos volcamos a las calles a protestar contra Vietnam, contra la visita del Shah de Persia, contra la complicidad del gobierno alemán con los regimenes en Saigón y Teherán, lo buscamos para apoyarnos, casi para liderarnos - y nos dijo: Estoy en contra de la guerra contra Vietnam, estoy en contra de la dictadura en Persia, pero también de los fascistas de izquierda… Los fascistas de izquierda éramos nosotros. Ahí se murió uno más de nuestros grandes héroes: después de Theodor Adorno, el heredero de la Escuela de Frankfurt quien nos había criticado con los mismos términos, Günter Grass. Cosa que, por cierto, nos ayudó a vivir sin héroes y a caminar independiente del apoyo de los héroes.

Muchos años después, Grass se disculpó con nosotros. En privado, como nos había hecho su crítica. Dijo que se había equivocado, que entendiéramos su trauma con una juventud radicalizada que grita consignas y se siente dueña de la libertad, que él había sido parte de la juventud hitleriana, convencido, radical, dispuesto a morir por la causa, dispuesto a matar por la causa. Dijo que lo disculpáramos y que contáramos con él en la lucha contra la continuidad del nacionalismo, del racismo, del autoritarismo en Alemania.

Hoy -30 años después de esta última discusión con Grass- leo sobre su confesión pública: que era mentira que en 1944, con 17 años, fue reclutado al ejército para servir de ayudante de artillería, como toda su generación que le tocó servir de carne de cañón para el nazismo que ya estaba siendo derrotado por los aliados. La verdad, confiesa Grass ahora, es que se enlistó voluntariamente en la Waffen SS.

Mi primera reacción: indignación. ¿Cómo es posible que este señor, que durante décadas ha jugado el papel de conciencia crítica de la nación, haya ocultado esto hasta ahora? Me acordé de la rabia que sentí cuando me di cuenta que mi padre había sido militante del partido nazi. Me acordé de lo herido que yo me había sentido cuando Grass me dijo fascista de izquierda. Me senté a escribir mi columna condenando a Günter Grass.

Fue hace dos semanas. Todavía guardo el borrador y era peor que las barbaridades que escribió Geovanni Galeas en su columna en La Prensa Gráfica, tildando de “canalla” y de “escritor farsante” a Grass, hablando de ……

Para mi suerte, también me acordé de las pláticas con mi padre, poco antes de que muriera, cuando me explicaba por qué aceptó la militancia en el partido de la dictadura. Ser funcionario público y negarse a entrar al partido era considerado falta de lealtad. Como padre de 7 hijos no tenía el valor de negarme. Y cuando ya no pude cerrar los ojos ante los crímenes nazis, tuve dos salidas: uno, unirme a la resistencia y poner en peligro mi familia; o dos, pedir mi traslado del ejército. Lo que significaba que, si tenía que mancharme de sangre, no sería con civiles. Mi padre murió diciéndome que esperaba que yo nunca tuviera que tomar este tipo de decisiones; y que, cuando tuviera que tomarlas, tuviera más valor que él.

Mientras estaba revisando mi columna contra Grass, también me acordé de mi hermano mayor. Es de la misma generación de Grass. Miembro de la juventud hitleriana dispuesto a todo. Voluntario de la marina.
Como Grass, mi hermano no mató a nadie en sus pocos meses de guerra. Como Grass, dice que el no haberse manchado de sangre no fue por su virtud, sino simplemente porque tuvo la suerte de llegar tarde. No tuvo que matar y no murió. El 70% de los muchachos, que entraron a la guerra en 1944 como Grass y mi hermano, murieron. Mi otro hermano, reclutado con todo su grado en el colegio en 1944 y despachado a defender los territorios checos ocupados por los alemanes contra la ofensiva soviética, es el único sobreviviente de su grado. Todos murieron en tierras checas. Mi hermano sobrevivió porque desertó.

A mi hermano mayor –el que se había alistado en la marina de guerra- se tardó más de cinco años para superar el lavado de coco que lo había convertido, a la edad de 15 años, en ardiente militante nazi, y con 17 años, en soldado voluntario para ganar la guerra ya perdida. Cuestionado insistentemente por mí, me contó cómo era de inevitable que los jóvenes se convirtieran en nazis, en una sociedad donde no había discusión, no había voz disidente, donde hasta los padres temían cuestionar los valores fascistas transmitidos en la escuela y la juventud hitleriana. Mi hermano, cuando al fin superó el lavado de cerebro, se convirtió en el hombre más altruista, más dedicado a la solidaridad humana que yo conozco. Nunca lo abandonó su sentimiento de culpa. O más que culpa, de profunda pena.

Acordándome de todo esto, tuve que guardar la columna escrita contra Grass y dedicarle más tiempo, más reflexión, más sinceridad al tema. Incluso, decidí no escribir sobre el tema hasta que leí la columna de Geovanni Galeas.

Me metí en internet y busqué todo lo que pude encontrar sobre el debate que había desencadenado la tardía confesión de Grass. Leí unas declaraciones de él, contestando la pregunta obligatoria que todo el mundo -amigos y adversarios- le hacían: ¿Por qué no lo dijiste antes? Si nadie te hubiera condenado por haberte equivocado con 17 años, un niño del nazismo, sobre todo como no tuviste que participar en las acciones represivas que hicieron famosa la Waffen SS. Y Grass dijo: No pude. Tuve pena. No encontré la forma cómo decirlo, hasta ahora que tengo 77 años….

Conozco esta pena. La puedo entender. La puedo aceptar. Es genuina. Aunque venga alguien como Galeas que no tiene idea (o no quiere ver) que detrás de la historia de Grass se encuentra un verdadero dilema humano, el dilema de toda una generación –la generación de mis hermanos mayores y de Grass-; una generación engañada; la generación que ha puesto más muertos que cualquier otra, la generación que ha enfrentado la desconfianza; la crítica inmisericorde de sus hermanos menores y sus hijos...

Qué bueno que el pobre Grass ya se había caído del pedestal antes de que se nos convirtiera en monumento. Qué bueno que –en parte gracias a la metida de pata de Grass en el 1970- aprendimos a vivir sin portadores de la verdad, sin santos, sin autoridades infalibles.

Sí, Günter Grass, el gran novelista de la posguerra alemana, el escritor homenajeado con el premio Nobel de literatura, resultó falible, débil, tal vez cobarde. Cometió un error, que era perfectamente perdonable por su juventud, por las circunstancias históricas, pero que no logró perdonárselo él mismo. Tuvo pena. No supo cómo hablar de esta cosa que lo apenó tanto.

Pero esta pena, este dilema hizo que Grass escribiera lo que escribió y cómo lo escribió: rompiendo el silencio alemán sobre guerra, dictadura, racismo, división. Lo hizo levantar la voz cuando era necesario: atacando el ciego anticomunismo de la derecha alemana; atacando el ciego comunismo de la Alemania Oriental que se hizo cómplice de la represión de las primaveras democráticas en Polonia y Checoslovaquia; apoyando la revolución pacífica en Alemania Oriental; pero objetando una unificación alemana en forma de anexión a Alemania Occidental. Apoyando a Willy Brandt cuando intentó construir puentes con el bloque comunista y su gesto de arrodillarse en Polonia en un monumento a las víctimas de los nazis alemanes fueron atacados como traiciones a la patria...

Difundir la tesis, como lo hace Galeas, de que la confesión de Grass es un truco publicitario para vender sus memorias (en las cuales describe su juventud nazi y su ingreso a la Waffen SS), es una ligereza. Por lo menos hubiera esperado a que las memorias de Grass fueran traducidas al español, para poder juzgar, en vez de difundir prejuicios. No digo que no se puede criticar a un escritor porque sea portador del premio Nóbel. Por supuesto, se puede. Cuando es necesario, se debe. Pero, por favor, investigando bien, leyendo bien, analizando bien. Y cuando hay, detrás de la historia, un dilema humano, con compasión. Siempre al final la crítica puede ser dura, pero con compasión y conocimiento.

¿Salió Günter Grass con las manos limpias de la segunda guerra mundial y de la dictadura nazi? No. Sólo que Grass nunca ha dicho que salió con las manos limpias. Leyendo su obra, es obvio que Grass sostiene –como yo, de paso sea dicho- que nadie sale limpio, independientemente de que en un sentido literal y físico se llenó las manos de sangre. Hombres y mujeres como Grass nos han enseñado incluso a los que tuvimos menos de un año al terminar la guerra, que teníamos que asumir la responsabilidad, enfrentarla, pagar los costos, construir la paz y la democracia.

¿Puede alguien salir de una guerra con las manos limpias? No. Aunque no haya soltado balazos. El hecho de no haber tenido que tomar la decisión de matar o no matar no libera de responsabilidad a quien forma parte de una fuerza militar, de un movimiento revolucionario armado, de un partido político que conduce una guerra, de una insurrección. Decir lo contrario es cobardía. Decir lo obvio, Geovanni, puede ser engañoso.

PD: Dado que los temas aquí tratados son demasiado complejos –y demasiado importantes- para considerarlos agotados por dos columnas, aceptaría con mucho gusto una invitación de Geovanni Galeas a discutirla con él en su programa televisivo. Lo de Günter Grass y lo otro, lo ambiguo...

Gracias, Paolo. La respuesta de Nayib Bukele

El candidato a la acaldía de San Salvador por el FMLN, Nayib Bukele, publicó en su perfil de facebook su respuesta a la Carta a los capitalinos: Por qué no hay que votar por Nayib Bukele.
Reproducimos esta respuesta para que los lectores de Siguiente Página puedan tener seguimiento al debate que al fin se abrio...

Gracias Paolo!
Ya es costumbre recibir numerosos ataques tuyos, a través de tus redes sociales, así como de tus cartas y columnas en El Diario de Hoy. La verdad, nunca les pongo mucha atención, ya que carecen de credibilidad y cada vez son leídas por menos personas. Me atrevería a decir que tus lectores han quedado reducidos a un pequeño grupo de fanáticos y los que, ocasionalmente, las leemos solo para constatar lo bajo que has caído desde hace algún tiempo.
Pero esta vez tu carta amerita una contestación, no por su contenido (lleno de ataques ad hominem, incoherencias, medias verdades y falsedades), sino por su cierre, en donde, sin querer o deliberadamente, confesaste tus intenciones y las del periódico que te cobija: “Haré todo lo posible para que Nayib no gane las elecciones”.
La verdad, quiero agradecerte por este regalo a solo 50 días de las elecciones. Yo he venido advirtiendo que El Diario de Hoy y tu persona están detrás de una campaña sucia ordenada por mi opositor más cercano. Lo he repetido en numerosas ocasiones, entrevistas, etc. Sin embargo, aunque mucha gente cree, ha constatado y le han quedado claras las intenciones de El Diario de Hoy; estoy seguro que habrá siempre gente escéptica, que no creerá lo que digo, o que no quiera ver las obvias intenciones de ese periódico.
Sin embargo, como Francisco Flores, cometiste un gravísimo error: Confesaste.
Paco Flores no está preso por la astucia de nuestros fiscales, ni por nuestro loable sistema de justicia, tampoco por la perspicacia de Mauricio Funes o por la excelente Comisión Legislativa que lo citó. Paco Flores está preso por una sola razón: él, de su propia boca, confesó, y el pueblo salvadoreño lo escuchó. No lo dijo un opositor, un adversario, no lo dijo alguien de izquierda o del FMLN; lo dijo él mismo y todos lo escuchamos.
Gracias a Dios, acabás de cometer el mismo error. Acabás de confesar que harás "todo lo posible” para que yo no gane las elecciones. No lo dije yo, ni alguien de izquierda, ni del FMLN, lo dijiste tú mismo, al final de tu carta tan llena de odio.
Es una frase muy fuerte. Y un escritor como tú sabe lo que significa. En ningún momento afirmaste que harías todo lo “legalmente posible”, o todo lo que “se pudiera dentro de la ética”, o “lo que te permitan tus principios”; sino que fuiste claro: Harás "TODO lo posible”. Y eso incluye (valga la redundancia) todo lo que te sea posible. Esto es: difamar, calumniar, mentir, matar, hacer fraude. Todo, siempre y cuando, claro está, te sea posible.
Tus palabras las tomo como un regalo. En primer lugar porque si tu intención es hacerme algún daño físico, déjame decirte que no te tengo miedo. Dios me dio la vida, la uso para servir a los demás, la vivo a plenitud, duermo tranquilo y satisfecho en las noches; y el día en que me toque partir, me llevaré la satisfacción de haber vivido cada día como si fuera el último, haciendo lo que me gusta, servir a mi gente y haber hecho algo por mi país al que tanto amo.
En segundo lugar, porque los que no me creían que El Diario de Hoy lanzaría una campaña de calumnias y difamaciones en estos 50 días, ahora lo pueden tener claro, viniendo de ti, uno de sus directores y su máximo vocero. Así que tus ataques y campaña sucia no tendrán efecto. La gente al leerlo sabrá que sólo es parte de la estrategia de “hacer todo lo posible" para que yo no gane las elecciones. Y no lo dije yo, sino tú mismo.
Gracias por aclarárselo a la gente que aún dudaba, Paolo. Tú y el rotativo que te cobija lanzarán una campaña sucia, sin ninguna ética, moral o principios. Será una campaña sucia con un sólo límite (como tu mismo confesaste): lo que les sea imposible.
Ahora, gracias a tus palabras, hay un nuevo imposible para ti y tu periódico: que la gente les crea.
Gracias otra vez,
Nayib Bukele