Se terminan las vacaciones. En vez de escribir, como previsto, sobre las perspectivas del nuevo año, Trump impone otro tema: el ataque militar "ilegal e imprudente" a Venezuela, como lo califica el New York Times en su editorial de emergencia.
Maduro es historia. Nadie lo va a extrañar, ciertamente no en Venezuela, y en el teatro internacional, nadie más que el gobierno cubano. Pero está equivocado quien piensa que con el operativo estadounidense de captura de Maduro está resuelta la crisis venezolana.
Durante todo el asedio marítimo a Venezuela, Estados Unidos siempre definió su operativo como de carácter policial, dirigido contra el narcotráfico y, en caso de detener a Nicolás Maduro, en cumplimiento de una orden de captura. Pero a pocas horas después del operativo en Venezuela, el presidente Trump, como siempre bocón, dijo en su conferencia de prensa que se trata de algo mucho mayor: no usó la mala palabra del “regime change” (cambio del régimen político), pero dijo claramente que Estados Unidos va a tomar control de Venezuela y administrar su gobierno hasta que, en un futuro no determinado, haya condiciones para “una transición segura y legal” a un gobierno venezolano. Como si esto no fuera suficientemente serio, agregó que Estados Unidos va a tomar posesión de la industria petrolera, “recuperando” lo que Venezuela le robó en décadas anteriores.
Con esto, Maduro anunció una invasión de Venezuela para tomar el control total del país. Esto ya no puede disfrazarse de una acción policial; es una intervención militar con la intención de remover el gobierno venezolano e instalar un régimen de ocupación.
Muchos comentaristas inmediatamente evocaron el fantasma de Libia, Irak y Afganistán, donde el cambio de régimen por la intervención militar creó situaciones de caos, conflictos internos e ingobernabilidad. Falsa alarma. En Venezuela no pasará esto. No es un país dividido en tribus, clanes, milicias y sectas, es un país dividido entre una cúpula dictatorial y una inmensa mayoría popular que pide democracia y justicia. Lo que provocará la intervención militar estadounidense no es una guerra civil sin fin, pero tampoco llevará a los venezolanos la libertad. Un régimen de ocupación y, posteriormente, cuando Trump lo decida, un gobierno de transición en total dependencia de Estados Unidos no es lo que el pueblo venezolano ha pedido en largas luchas. Y no es lo que llevará al país lo que realmente necesita: la soberanía de la voluntad popular y la construcción de una nueva unidad nacional que supere las divisiones ideológicas, en favor de una democracia y de un estado de derecho confiable para todos.
En su conferencia de prensa del sábado 3 de enero, Donald Trump estaba visiblemente borracho de entusiasmo por la eficiencia de la operación militar contra Venezuela que había presenciado en los monitores de un puesto de mando que le habían instalado en su residencia en el club de golf de Mar-A-Lago. Habló de una fuerza armada estadounidense superior a cualquier otra del mundo. Ya no habló al gobierno de Venezuela; habló a los gobiernos de Irán, de Yemen, de Rusia y de China – o a cualquier país que se interponga en el camino de los intereses geopolíticos estadounidenses. En su delirio llegó a decir lo casi impensable, considerando sus promesas de abstenerse de intervenciones militares: “No tenemos miedo de poner tropas (boots on the ground) si es necesario.”
Los dirigentes de la oposición venezolana, Edmundo González y María Corina Machado, deberían ser más inteligentes. Es comprensible que celebren la caída de Maduro, pero no pueden avalar que Estados Unidos quiera tomar el control de Venezuela y gobernarla. El comunicado de Machado, también publicado por González, es una aberración: Estados Unidos no hizo “valer la ley” con su operación en Venezuela, como afirma el comunicado. Por el contrario, violó la ley con su acción militar unilateral sin aval del Congreso y sin mandato de las Naciones Unidas. Y “la hora de la libertad” para los venezolanos, que celebra el comunicado, solo vendrá cuando nadie más que el pueblo, ni una dictadura ni un país extranjero, se arrogue el poder. El New York Times dice en su editorial de hoy: “El ataque de Trump a Venezuela es ilegal e imprudente (…) Venezuela parece ser el primer país sujetado al nuevo imperialismo (diseñado en la nueva doctrina de Seguridad Nacional), y representa una manera peligrosa e ilegal de ver el lugar de Estados Unidos en el mundo.”
Solo voy a agregar una frase: Es hora de que el Congreso pare a Trump, antes de que consuma su amenaza de tomar el control total de Venezuela.
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