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lunes, 12 de julio de 2010

¿Quién 'perdió' a Turquía?

El no de Turquía del mes pasado (al que se sumó Brasil) a las nuevas sanciones contra Irán aprobadas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas muestra su grado de distanciamiento de Occidente. ¿Estamos siendo testigos de la llamada política exterior neo-otomana del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en el gobierno, que supuestamente pretende regresar a las raíces orientales islámicas del país? Pienso que estos temores son exagerados. Si las cosas funcionaran así, ello se debería más a una profecía de Occidente que se cumple a sí misma que a las políticas turcas.

De hecho, la política exterior turca, que tiene como objetivo resolver los conflictos existentes con y dentro de los Estados vecinos, de ningún modo entra en conflicto con los intereses occidentales. Todo lo contrario. Pero Occidente (y Europa en particular) tendría que tratar a Turquía como un socio serio, y dejar de verla como un Estado vasallo.

Turquía es y debe ser un miembro del G-20 porque con su población joven, que crece rápidamente, se convertirá en un Estado económicamente muy fuerte en el siglo XXI.

Cuando el secretario de Defensa de EE UU, Robert Gates, criticó a los europeos por haber contribuido con su conducta hacia Turquía a este distanciamiento, su franqueza causó gran agitación en París y Berlín. Sin embargo, Gates dio en el clavo. Desde que cambiaron los gobiernos, de Jacques Chirac a Nicolas Sarkozy en Francia y de Gerhard Schroder a Angela Merkel en Alemania, la UE ha decepcionado a Turquía.

En el caso de Chipre, la UE ni siquiera se abstuvo de romper compromisos previos asumidos con Turquía o de cambiar unilateralmente reglas acordadas en común. Además, si bien los europeos han cumplido formalmente su decisión de iniciar negociaciones de adhesión con Turquía, han hecho poco para que avancen. Apenas ahora, la UE está dispuesta a abrir un nuevo capítulo en las negociaciones (lo que demuestra que el motivo del estancamiento era de naturaleza política).

Sobra decir que Turquía está situada en una ubicación geopolítica muy sensible, particularmente en lo que se refiere a la seguridad de Europa. El Mediterráneo oriental, el Egeo, los Balcanes occidentales, la región del Caspio y el Cáucaso meridional, Asia central y Oriente Próximo son regiones en las que Occidente no logrará nada, o logrará muy poco, sin el apoyo de Turquía.

Esto se aplica no solo a la política de seguridad, sino también a la energética, si se trata de buscar alternativas a la creciente dependencia de Europa de los suministros rusos.

Occidente, y Europa en particular, no puede darse el lujo de ofender a Turquía. La seguridad de Europa en el siglo XXI se determinará en gran medida en el sureste del continente, exactamente donde Turquía resulta crucial. Pero en lugar de vincular a Turquía lo más estrechamente posible a Europa y Occidente, la política europea está empujándola hacia Rusia e Irán.

Este tipo de política es absurda y miope. Durante siglos, Rusia, Irán y Turquía han sido rivales regionales, nunca aliados. No obstante, la ceguera política de Europa parece ignorar ese hecho.

Por supuesto, también Turquía es muy dependiente de la integración con Occidente. Si no lo logra, ello debilitaría drásticamente su propia posición frente a sus socios (y rivales) regionales potenciales a pesar de su ubicación geopolítica ideal. La negativa de Turquía a imponer nuevas sanciones contra Irán seguramente resultará ser un error importante, a menos que el primer ministro Recep Tayyip Erdogan logre un cambio real en la política nuclear iraní. Ello es muy improbable.

Además, puesto que la confrontación entre Israel y Turquía ha fortalecido a las fuerzas radicales en Oriente Próximo, ¿qué espera la diplomacia europea (tanto en Bruselas como en las capitales nacionales)? Ni Occidente ni los propios Israel y Turquía pueden permitirse de ninguna manera una ruptura permanente entre los dos Estados, a menos que el resultado deseado sea que la región siga su camino hacia una desestabilización duradera. Ya es tiempo de que Europa actúe.

Lo que es aún peor es que, si bien la apatía de Europa resalta más en el caso de Turquía y Oriente Próximo, esta triste situación no se limita a esa región. Lo mismo sucede en el Cáucaso meridional y en Asia central, donde Europa, con la aprobación de los pequeños países proveedores de la zona, debería perseguir firmemente sus intereses energéticos y reafirmarse frente a Rusia, y también frente a Ucrania, donde la participación europea debería ser más activa. La crisis económica global ha puesto en marcha muchos acontecimientos nuevos en toda esa región, y un nuevo actor, China (que planifica a largo plazo), ha entrado en la escena geopolítica.

Europa corre el riesgo de que se le acabe el tiempo, incluso en su propio vecindario, porque en todos esos países no hay una política exterior europea activa ni un compromiso firme de la Unión Europea. Como dijo Mijaíl Gorbachov, ese gran estadista ruso de las últimas décadas del siglo XX: "La vida encuentra la forma de castigar a los que llegan demasiado tarde".

(El País/Madrid)

jueves, 5 de marzo de 2009

Europa, en marcha atrás

El legendario inversor estadounidense Warren Buffet dijo alguna vez: "Cuando baja la marea es cuando uno ve quién estaba nadando desnudo". Ese comentario aludía a la situación de las empresas en una crisis económica. Pero también se puede aplicar a los países y sus economías.

En Europa, la actual situación causa una preocupación creciente, porque la crisis económica global está dejando al descubierto de manera implacable los defectos y limitaciones de la Unión Europea. Ahora resulta evidente qué fue lo primero y más importante que perdió Europa con el rechazo del Tratado Constitucional: su fe en sí misma y en su futuro común.

En medio de la peor crisis desde 1929, Estados Unidos ha optado por un nuevo comienzo con la elección de Barack Obama y está ahora en el proceso de reinventarse. En contraste, cada día que pasa parece que los miembros de la UE se alejan más. En lugar de reinventarse, Europa, bajo la presión de la crisis y sus propias contradicciones internas, amenaza con volver al egoísmo nacional y al proteccionismo del pasado.

Actualmente, Europa tiene una moneda común y el Banco Central Europeo (BCE), que han resultado ser baluartes de la estabilidad monetaria durante la crisis financiera. Cualquier debilitamiento de estas dos instituciones causaría daños graves a los intereses comunes europeos. Pero la conducta de los Gobiernos europeos estos últimos meses plantea serias dudas de que vean así las cosas.

A medida que la crisis se prolonga, resulta más claro que la moneda común y el BCE no bastan por sí solos para defender el mercado común y la integración europea. Sin políticas económicas y financieras comunes, coordinadas al menos entre los miembros de la zona del euro, la cohesión de la moneda común y de la UE -de hecho, su misma existencia- corren un riesgo sin precedentes. Es cierto que la crisis está asfixiando a muchos países en el mundo. Pero dentro de la UE, e incluso de la misma zona del euro, se evidencian diferencias significativas y serios desequilibrios económicos.

En Italia, España, Irlanda, Portugal y Grecia la confianza se está evaporando rápidamente, mientras que a las economías más fuertes del norte de Europa, aunque también tienen problemas, les ha ido mejor. Si esto continúa y se terminan de facto los criterios de Maastricht y aumenta el proteccionismo nacional en forma de subsidios industriales, el euro estaría en serio peligro. Es fácil imaginar lo que el fracaso del euro significaría para la UE: un desastre de proporciones históricas.

Además, los nuevos Estados miembros de la Unión procedentes de la Europa del Este, que no tienen ni la fortaleza económica ni la estabilidad política de los más antiguos, están empezando a caer en picado. Esperar a ver qué sucede es la estrategia equivocada.

No hay razón para creer que la actual crisis económica global ya ha tocado fondo. Así pues, suponiendo que se intensifique más aún, Europa se enfrentará pronto a alternativas difíciles: o bien las economías más ricas y estables del Norte -principalmente la economía más grande, Alemania- utilizan sus recursos financieros, más cuantiosos, para ayudar a las economías más débiles de la zona del euro, o bien el euro estará en peligro y, con él, todo el proyecto de integración europea.

Entonces, ¿por qué no introducir rápidamente instrumentos nuevos como los eurobonos o crear un mecanismo de la UE comparable al FMI? Ambos serían costosos -sobre todo para Alemania- y por tanto no serían populares, pero las alternativas son mucho más costosas; de hecho, no son opciones políticas serias.

Institucionalmente, no hay manera de evitar un "gobierno económico europeo", una "coordinación económica mejorada" o como se le quiera llamar, que incluso sería posible de modo informal, sin necesidad de cambiar los tratados.

Desafortunadamente, resulta claro que el motor franco-alemán, esencial para que la UE actúe al unísono, está bloqueado en este momento. La retórica que utilizan Francia y Alemania indica que tienen mucho en común, pero los hechos dicen otra cosa totalmente distinta. En casi todos los aspectos estratégicos del manejo de la crisis, Alemania y Francia se están bloqueando mutuamente, aunque ambos están haciendo casi lo mismo, lo que no deja de ser irónico. Están pensando en primer lugar en ellos mismos, no en Europa, que como consecuencia carece de un liderazgo efectivo.

La UE fue y es la mutua concesión institucionalizada y debe seguir siéndolo ahora en medio de una crisis económica global. Si Alemania y Francia no resuelven sus diferencias y encuentran una respuesta estratégica común, se dañarán a sí mismos y a Europa en su conjunto.

Nunca debe olvidarse que la UE es un proyecto diseñado para el progreso económico mutuo. Si este vínculo económico desaparece, los intereses nacionales volverán a imponerse y harán trizas el proyecto. Europa no carece hoy de fortaleza económica, sino de voluntad política para actuar al unísono. Aquí es donde Alemania y Francia deben tomar la iniciativa.

(Retomado de El País, Madrid. Traducción de Kena Nequiz. Joschka Fischer fue ministro de Relaciones Exteriores de Alemania y jefe del partido Los Verdes que gobernaba en coalición con el Partido Socialdemócrata de Gerhard Schroder.)

sábado, 3 de mayo de 2008

LA APARICIÓN DEL 'NUEVO ORIENTE PRÓXIMO'

La política del presidente George W. Bush para Oriente Próximo ha conseguido sin duda una cosa: ha desestabilizado por completo la región. Ahora bien, aunque la situación no está evolucionando como pretendían los neoconservadores estadounidenses, está evolucionando. El fracaso histórico llamado guerra de Irak, la desaparición del nacionalismo árabe laico y el aumento desorbitado de los precios del petróleo y el gas han causado profundos cambios en la región. Desde Damasco hasta Dubai, desde Tel Aviv hasta Teherán, está surgiendo un nuevo Oriente Próximo.

El viejo Oriente Próximo nació de las fronteras y las identidades políticas creadas por las potencias europeas tras la caída del Imperio Otomano en 1918. Su impulso derivaba de un nacionalismo laico de estilo europeo, que buscaba la modernización política y social mediante decisiones tomadas desde el gobierno. Este tipo de nacionalismo, o "socialismo árabe", alcanzó su apogeo durante la guerra fría, cuando contaba con el apoyo militar, político y económico de los soviéticos.

Su fin coincidió con el de la Unión Soviética, y se petrificó en dictaduras y regímenes militares autoritarios, corruptos e ineficaces. Los regímenes nacionalistas perdieron poco a poco la legitimidad popular y dejaron un vacío que hoy han llenado, en gran parte, actores no estatales: el islam político ha sustituido a los sistemas laicos y, al mismo tiempo, ha incorporado hábilmente las cuestiones sociales y un nacionalismo revolucionario y antioccidental.

Hoy todavía es posible encontrar el viejo Oriente Próximo en Siria, Egipto, Yemen, Túnez, Argelia y la Palestina controlada por Al Fatah. Al nuevo Oriente Próximo pertenecen Dubai, los Emiratos del Golfo e Israel, además de Hezbolá, Hamás y el terrorismo yihadista y, en parte, Irán y Arabia Saudí. Jordania y Marruecos también están tratando de integrarse en él.

Como indican estos ejemplos, "nuevo" no significa necesariamente mejor, sino sencillamente distinto y más moderno. En realidad, la modernización no implica, en absoluto, una solución a los conflictos que todavía perduran en la región. Al contrario, dichos conflictos se "modernizan", y ello puede hacer que sean más peligrosos que nunca.

Un aspecto de esa modernización pudo verse en 2006 en la guerra de Líbano entre Israel y Hezbolá, en la que los carros de combate resultaron obsoletos frente a los misiles y los Katyushas. Al mismo tiempo, actores no estatales como Hezbolá, Hamás y Al Qaeda han reemplazado a los ejércitos tradicionales, y los terroristas suicidas han sustituido a los guerrilleros con Kaláshnikovs.

La transformación más importante es tal vez el cambio del centro de gravedad político y militar en la región. Mientras que Israel, Palestina y Líbano eran los lugares cruciales en el viejo Oriente Próximo, ahora, tras la guerra de Irak, el poder y la política tienen su centro regional en el Golfo Pérsico. El conflicto dominante ya no es la lucha entre Israel y Palestina, sino la amenaza de enfrentamientos entre Irán y Arabia Saudí por la supremacía subregional y entre Irán y Estados Unidos por la hegemonía regional. Es ya prácticamente imposible poner en práctica cualquier solución al conflicto entre Israel y Palestina sin Irán y sus aliados locales: Hezbolá en Líbano y Hamás en Palestina.

En cierto modo, por tanto, la guerra de Irak constituye el puente estratégico y militar entre el viejo y el nuevo Oriente Próximo. Una consecuencia de esta nueva situación es la amenaza de desintegración de todo el sistema anglo-francés de Estados en la zona. El primer candidato es, por supuesto, Irak.

Las posibilidades de que Irak permanezca unido pese a los enfrentamientos étnicos y religiosos entre kurdos y árabes y entre suníes y chiíes es uno de los interrogantes de más peso en el nuevo Oriente Próximo. Porque la desintegración de Irak sería difícil de contener; podría provocar una completa balcanización de la región.
Otra cuestión importante es si el islam político avanzará hacia la democracia y la aceptación de la modernidad o permanecerá atrapado en el radicalismo y la invocación del pasado. Es una batalla cuyo frente más importante, hoy, no se encuentra en Oriente Próximo sino en Turquía; pero el resultado tendrá irremediablemente consecuencias más generales.

La aparición de un nuevo Oriente Próximo puede ser una oportunidad para establecer un orden regional que refleje los intereses legítimos de todos los actores involucrados, ofrezca unas fronteras seguras y sustituya las aspiraciones hegemónicas por la transparencia y la cooperación. En caso contrario, si no se aprovecha esa oportunidad, el nuevo Oriente Próximo será mucho más peligroso que el viejo.
(Publicado en El País, madrid, el 3 de mayo 2008. Joschka Fischer, fundador del partido Verde de Alemania, fue ministro de relaciones exteriores en el gabinete socialdemócrata-verde de Gerhard Schroeder)

martes, 25 de marzo de 2008

El poder de China y el futuro del Tíbet

El siguiente artículo de Joschka Fischer fue publicado el 24 de marzo en el semanario alemán Die Zeit. Fischer fue fundador del partido ecologista aleman Los Verdes y ministro de relaciones internacionales en el gobierno de la coalición socialdemocrata-verde de Gerhard Schröder.

La todopoderosa China no logra resolver el problema tibetano a su favor. Por décadas el gobierno central chino creyó poder resolver el problema tibetano con una mezcla de represión violenta, migración forzada y dominación cultural. Resulta que esto fue un error.

Porque a pesar de la política represiva de Pekín, el Tíbet, en todo el período desde la invasión por el ejército popular chino, nunca se pacificó. La voluntad de los tibetanos a lograr su autodeterminación simplemente resultó inquebrantable.

Reducir la lucha de los tibetanos por su libertad a las actividades del exilio y de países enemigos, así como lo hace la propaganda china, sólo dará larga al mismo error. Y esto a pesar de que los números indicarían que la causa de los tibetanos está perdida. 6 millones de tibetanos enfrentan a una población china residente en el Tíbet de ya más de 7.5 millones de tibetanos, y a un total de chinos de 1,300 millones.

China es una potencia mundial en crecimiento y además una potencia nuclear, miembro permanente de Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ya es la fabrica de la economía mundial, y mañana será una de las economías nacionales más grandes y dominantes del mundo. Sin embargo, no ha podido resolver a su favor el problema tibetano.

La razón: La política china, en los ojos de la mayoría de los tibetanos, carece de legitimidad. El carácter del poder ha cambiado en el siglo 21. El poder por si solo hoy ya no puede generar suficiente legitimidad.

Rusia hizo esta experiencia en el Caucasos (y sigue haciéndola), los Estados Unidos en el Irak – y China en el Tíbet. Un poder superior puede forzar tranquilidad por un tiempo incluso prolongado, pero sin una solución política basada en el consenso de los afectados, los conflictos suprimidos siempre explotarán nueva y violentamente.

La política china apunta a una asimilación cultural y, por lo tanto, destrucción de la cultura e identidad tibetana. Los tibetanos serán convertidos, en su propio país, en una minoría tolerada, cuya cultura gradualmente será cosa del pasado y adquirirá carácter museal. Es precisamente contra esta finalidad que se dirige la resistencia tibetana.

El liderazgo chino debería entender que su política actual no puede generar una solución al conflicto. Sólo amarrando el principio de la integridad territorial de China con un fuerte status de autonomía del Tíbet puede alcanzarse una solución política. Esto lo sabe tanto el gobierno chino como el Dalai Lama. Sin embargo, hay tres puntos que impiden que la dirigencia china corrija el rumbo de su política tibetana.

Primero, la dirigencia china teme el impacto democratizador que una nueva política china en el Tíbet generaría en el resto de su reino. Desde la represión del movimiento democrático de la plaza Tiananmen, en junio del 1989, cualquier movimiento democratizador es una pesadilla para el gobernante Partido Comunista. Pero al mismo tiempo la política china de modernización resulta siendo el talón de Aquiles que está generando elementos democratizadores y los correspondientes temores del partido. La política de modernización día a día está minando el régimen del partido único.

Segundo, el gobierno central chino está preocupado por la cohesión y unidad de China. Si hace concesiones en el caso del Tíbet, el gobierno chino teme una avalancha de movimientos secesionistas en las periferias del reino. El Dalai Lama y el gobierno tibetano en el exilio están siendo vistos desde Pekín como instrumentos de potencias extranjeras que quieren nuevamente dividir y debilitar China. Para la dirigencia china, el problema de la libertad religiosa está íntimamente ligado con el problema de la democracia. El Partido Comunista no está dispuesto a reconocer ninguna autoridad religiosa fuera de su control.

Tercero, la dirigencia comunista tiene total conciencia de los problemas internos en China y de los riesgos que implican. China necesita, por un período largo, un crecimiento económico de más o menos 10%, para poder controlar las contradicciones internas de su política de modernización, y para mantener la dominación del Partido Comunista.

A pesar de una política exitosa de crecimiento, últimamente se intensifican en China los señales de protesta social y rebeliones regionales. Si China perdería la capacidad de garantizar el necesario crecimiento económico, ¿qué consecuencias tendría para la cohesión de China como estado central?

La dramática brecha social entre ricos y pobres, los inmensos problemas ecológicos, la omnipresente corrupción, la brecha regional entre las provincias pobres en el centro y el occidente del reino en comparación con la riqueza de las provincias de la costa este, no sólo pondrían en peligro la dominación del Partido Comunista, sino incluso la unidad del gigantesco país.

Las razones y los temores que llevan a China a mantener su política represiva frente al Tíbet son entendibles, pero de ninguna manera son aceptables. Por lo contrario, la política china en el Tíbet está causando serios daños a la política de modernización y al prestigio del país.

China es demasiado grande y poderoso para que desde afuera le pueden imponer políticas. Pero al mismo tiempo es demasiado importante para que sus vecinos y sus socios en Asia y el mundo simplemente puedan observar cómo el país se sigue enredando en sus crecientes contradicciones internas. Los boicots (si es que tienen efecto, lo que hay que poner en duda) no van a aumentar la capacidad de los chinos a recapacitar, sino más bien provocar lo contrario. Pero igualmente no existe ninguna obligación de participar en un espectáculo olímpico bastante cuestionable.

Lo que sí es de interés común es el desarrollo de esta naciente super potencia en dirección de una amplia apertura interna basada en crecientes mecanismos de buscar el balance interno de intereses. La China moderna no puede evadir el deber de hacer profundas reformas políticas y sociales. Por más que las atrasa, más caras le saldrán al país.

Por tanto, el Occidente debe mostrar igual interés en crear un contorno internacional que facilite a China el camino hacia sus reformas internas, como lo muestra en la cooperación comercial, económica y política. Para esto es indispensable la claridad de nuestra propia posición, de nuestros valores, de nuestros intereses y de nuestro lenguaje.

En este contexto, puede incluso ser que el Tíbet sea un buen ejemplo. Porque una verdadera autonomía de ninguna manera es excluyente con la unidad de un país. Tampoco son excluyentes la construcción de un estado que supere las contradicciones sociales y un estado de derecho con pluralismo partidario. Por lo menos así nos indica la experiencia europea.

¿Qué otro camino le queda a China? ¿Acaso el de la mezcla de modernización con violencia y corrupción? Esto funcionaba durante la fase comunista, antes de que se agotara la ideología revolucionaria del Partido Comunista. Hoy ya no es viable. Las contradicciones se pueden suprimir violentamente, pero algún día explotan. Y no es la primera vez que China hace esta experiencia en su historia.

(traducción del alemán: Paolo Lüers)