Los idus de noviembre

Al llegar a la universidad, lo que vi fue espantoso. El mal olor inundaba el ambiente, y una mortaja negra de moscas cubría parcialmente los cadáveres; coágulos de sangre ennegrecida, pedazos de hueso y trozos de masa encefálica estaban esparcidos alrededor de las cabezas; la pared del fondo del jardín, salpicada de sangre. Afuera solo había cuatro cuerpos: Ellacuría, Montes, Martín Baró y Amando López. Al cadáver del padre Moreno lo arrastraron al interior de una de las habitaciones. El padre López y López estaba por casualidad allí, pues no pertenecía a esa comunidad; se despertó  con el ruido de la balacera cuando mataron a sus compañeros jesuitas, y salió a ver qué pasaba.  Uno de los soldados lo siguió adentro del cuarto y lo mató. La esposa del jardinero Julia Elba y su hija, quienes esa noche estaban durmiendo en una salita de la residencia de los padres, al oír las descargas salieron a ver, y las mataron.


A los padres no se les veía la cara porque estaban boca abajo sobre la grama del jardín. Al padre Moreno, lo habían arrastrado hacia el interior de una de las habitaciones dejando un macabro reguero de sangre. Era el cuarto del padre Sobrino, quien estaba en Tailandia: no le tocaba morir. Vi la cara del padre Moreno, la tenía llena de pliegues, ya que todos los huesos de su cabeza fueron destruidos y los músculos y la piel no tenían dónde sostenerse. Cuando los soldados hicieron maniobras para meter el cuerpo del padre Moreno en ese cuarto, movieron una librera de la que cayó un libro: era “El Dios crucificado” del teólogo alemán Moltman que quedó empapado con la sangre del padre Moreno.

Yo sentí un gran dolor, y una tristeza profunda me invadió. No pude rezar, no pude pensar, no pude hacer nada, solo llorar. Los padres fueron mis maestros durante mi carrera en la UCA, fueron mis amigos que compartieron mis alegrías y me dieron consuelo en mis momentos de dolor. Después de un rato, el padre Ormaechea me dijo: Señora, ¿qué está haciendo aquí? Yo le contesté: “Acompañando a los muertos y a los vivos”. Esa fue mi oración: una oración de acompañamiento. Me parecía una pesadilla y que pronto iba a despertar, pero aquello era real.

 Fue el hecho más horroroso que me tocó presenciar. Más adelante pensé que todo estaba perdido, que nuestro sueño de un país diferente fue solo un sueño, que todos íbamos a morir tarde o temprano. Era el fin para El Salvador. Este país ya no tenía salvación.

Pero este hecho espantoso fue el cumplimiento de un plan que se inició muchos años antes. Tenía razón el padre Montes cuando me dijo en una conversación que tuve con él: “A monseñor Romero los militares le dieron tres años, a nosotros nos han dado treinta, pero ellos serán nuestros asesinos”.

Todo empezó con el Concilio Vaticano II quien dio los lineamientos que, en  las conferencias de Medellín y Puebla, se concretaron para Latinoamérica como la opción preferencial por los pobres que, como dice el padre Sobrino, “es el punto de la praxis donde Dios se revela  en la historia”. Este sería el eje para la vida de los católicos y permearía todos los aspectos de sus vidas.

El padre Ellacuría, aquí en El Salvador, y un grupo de jesuitas abrazaron con entusiasmo la tarea de poner en práctica las enseñanzas del Concilio. Desde siempre, trabajar por la justicia ha sido un imperativo en las enseñanzas de la Iglesia. Así que los padres empezaron por trabajar por la justicia en El Salvador. Fueron llamados teólogos de la liberación: liberación del hambre, de la miseria, de la injusticia, de la marginalidad. 

El padre Sobrino lo resume así: “La teología de la liberación parte de los pobres como lugar de la comprensión de la fe que permite llegar a la misericordia con las víctimas”. Corría el año 1973, empezaron por proponer los cambios en la educación que impartían en su colegio para que los alumnos conocieran la realidad de su país, y que, en el futuro, implementaran las políticas que El Salvador necesitaba para iniciar el camino hacia la democracia.

El 11 de noviembre de 1989, el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) inició una ofensiva contra San Salvador, el centro del poder político, económico y social del país. Esta ofensiva fue parte de una guerra en la que un grupo de salvadoreños peleaban para romper el poder militar sobre la política nacional. Se inició en los años ochenta. El objetivo de la guerrilla en esta ofensiva fue demostrar su fuerza militar para obligar a la otra parte a pactar una paz negociada para el conflicto.

Una explosión de fuegos artificiales verdes y rojos iluminó el cielo de San Salvador, fue producida por las balas trazadoras y por las bengalas con las que el Ejército salvadoreño trataba de ubicar a la guerrilla atrincherada en el volcán que cobija a la capital y en las zonas periféricas de dicha ciudad. Era la ofensiva Hasta el tope.

Se les llama tandas a los grupos de graduados de la Escuela Militar, pero a esta promoción, que estaba en puestos del gobierno de Alfredo Cristiani, por ser tan numerosa, se la apodó La Tandona. Los militares que formaban La Tandona fueron los que dirigieron al Ejército en el enfrentamiento con la guerrilla en la ofensiva llamada Hasta el tope.

Al día siguiente domingo, traté de ir a la universidad, pero estaba rodeada por el Ejército. Nadie podía entrar, pero agazapada en la residencia de los padres se encontraba la muerte esperando a sus víctimas.

Yo decidí ir al hospital Rosales a ayudar con los heridos que llegaban allí. Estuve tres días. Llegaban en camiones, pick-ups, ambulancias y taxis. Mi trabajo consistió en limpiar las heridas para que los médicos pudieran ver exactamente con qué se encontraban. No teníamos agua.  Limpié dichas heridas con la misma agua y con los mismos trapos. La contaminación fue tremenda. Atendí a heridos que venían de la periferia pobre de San Salvador bombardeada por el Ejército. Para evitar los bombardeos, la guerrilla empezó a entrar a San Salvador por la colonia Escalón. Allí, el Ejército ya no bombardeó.

Los días que permanecí en el hospital me impidieron darme cuenta de lo que sucedía en el exterior. Hubo una cadena radial, con aparente micrófono abierto, en la que los ciudadanos culpaban a los jesuitas de la ofensiva y de las muertes causadas por dicha ofensiva, pero todo fue un montaje. El Gobierno decretó la ley marcial y el toque de queda. Para las zonas en donde estaba la guerrilla, el toque de queda era de veinticuatro horas. Para el resto de San Salvador, era de seis de la tarde a seis de la mañana.

El padre Ellacuría no se encontraba en San Salvador, pues una organización catalana le concedió el Premio Comin por su incansable defensa de los derechos humanos de los ciudadanos de este país y sus esfuerzos por impulsar una paz negociada al conflicto salvadoreño, ya que él consideraba que una victoria militar para cualquiera de los dos bandos era imposible. Estando en España, recibió una llamada de parte de uno de los allegados al presidente Cristiani para pedirle que regresara a El Salvador, ya que el presidente lo había nombrado parte de una comisión que investigaría la masacre perpetrada contra la federación de sindicatos Fenastras, el 31 de octubre de ese año; en ella murieron nueve personas y cuarenta resultaron heridas.

El lunes 13 de noviembre regresó Ellacuría a El Salvador. Llegó a la universidad unos minutos antes de las seis de la tarde. Al principio no lo dejaban entrar, pero un oficial lo reconoció y le abrieron la puerta. Esa noche practicaron un cateo (registro realizado por el Ejército o por la Policía) en la residencia de los padres dentro de la universidad. Fue un cateo diferente a otros que se habían hecho anteriormente en la UCA, pues la única información que les interesaba era saber quién dormía en cada cuarto.

En la mañana del 14, los jesuitas tuvieron una reunión a la cual asistieron padres de otras comunidades, pues se iba a decidir qué hacer debido al cateo y a la situación reinante en San Salvador, con la ley marcial, el toque de queda y la ofensiva. Se discutió mucho, algunos padres querían dejar esa casa e irse a otras comunidades de jesuitas en San Salvador. Varias familias amigas de los padres les ofrecieron sus casas, pues sentían el peligro en que se encontraban debido a la cadena radial en la que los culpaban de la ofensiva y de los muertos que estaba causando. Cuenta uno de los padres que asistió a esa reunión, pero que no pertenecía a esa comunidad, que otro jesuita de los habitantes de esa casa le comentó que quien dirigía el cateo no se dejaba ver, parecía que no quería que lo reconocieran. Los soldados llevaban la orden de registrar toda la universidad, pero el rector les pidió que regresaran al día siguiente, ya que no tenía a mano las llaves y no quería que le destrozaran las cerraduras. Los soldados no regresaron.

En dicha reunión, el padre Ellacuría dijo: “Estamos en un lugar rodeados por el Ejército, han hecho un cateo y no han hallado nada, estamos en el mejor lugar en que nos podemos encontrar”. Uno de los padres de esa comunidad no se quiso quedar allí y se fue a Santa Tecla, a la comunidad de la iglesia del Carmen. Fue uno de los que se salvó.

El miércoles era el día en que los padres de la UCA iban a jugar frontón a una cancha en Santa Tecla. Cuando quisieron salir de San Salvador, los soldados no se lo permitieron. San Salvador estaba cercado por el Ejército y nadie podía entrar ni salir de la ciudad.

El miércoles 15, los padres Amando López y Juan Ramón Moreno salieron de la UCA por la casa que da a la calle Cantábrico, como a las tres de la tarde y fueron a visitar a sus compañeros que vivían en una casa de la colonia Jardines de Guadalupe, fuera del campus de la universidad. Allí vivían el padre Tojeira, provincial de los jesuitas de Centroamérica, el padre Ibizate, el padre Estrada y otros padres. Se quedaron hasta las cinco y, cuando se iban, los jesuitas de la casa les pidieron que se quedaran a dormir esa noche allí. Ellos les contestaron que no podían porque Ellacuría, Martín Baró y Montes estaban muy solos. Se regresaron a la universidad a su cita con la muerte.


En la universidad, como a las cuatro de la tarde, el padre Martín Baró recibió una llamada de la empleada que hacía la limpieza en el edificio de Rectoría. La señora se llama Lucía de Cerna. Le pidió al padre posada para pasar la noche en la universidad, ya que no pudieron entrar a su colonia, ella, su marido y su hija, por el toque de queda. Martín Baró accedió a la petición y les arregló unos colchones en una casita, propiedad de la universidad, la cual tiene ventanas que dan al campus. El resto de las viviendas es de propietarios particulares por eso no tienen comunicación con la universidad. Sin embargo, tienen un lugar para asolear la ropa en el segundo piso desde el cual se puede ver el campus de la UCA. Durante la noche del quince y la madrugada del dieciséis de noviembre nadie pudo subir porque tenían soldados apostados en cada tejado de dichas casas.


El jardinero de la casa de los padres vivía en una casita a la entrada de ese predio, pared de por medio con el muro que linda con el andén. La noche del martes catorce, en el enfrentamiento que se daba en la calle, incendiaron un “jeep” que reventó en llamas con gran estruendo. Julia Elba, esposa del jardinero, llegaba a dormir todas las noches a esa casa, pero después de los enfrentamientos al otro lado del muro, le dio miedo dormir allí. Pidieron permiso a los padres de ir a dormir a una salita, contigua al comedor de ellos, cerca de la puerta de salida enfrente a un costado de la capilla. La noche del quince de noviembre estaba durmiendo allí con su hija Celina de quince años de edad.

Según el auto de procesamiento del Juzgado Central de Instrucción, número 6 de la Audiencia Nacional de España, “la orden directa de asesinarlos (a los jesuitas) se dio durante la tarde del 15 de noviembre, pero es el resultado de una discusión, planificación y autorización previas”. (pág. 15)

El presidente Cristiani estaba alojado en el Estado Mayor, pero no se sabe si asistió a las reuniones que allí se realizaron. Cristiani como presidente era el comandante general de la Fuerza Armada, debía haber sido consultado o debía haber tomado parte en esas reuniones. No se sabe si los militares decidieron el asesinato por su cuenta y no le consultaron al presidente, o si el presidente estaba de acuerdo con lo que sucedió.

El relato de la masacre lo dan los oficiales y los soldados que la perpetraron, según las declaraciones extrajudiciales que dichas personas dieron en la Policía Nacional cuando los apresaron y acusaron del asesinato de los padres el día trece de enero de 1990.

“El indiciado Antonio Ramírez Ávalos Vargas dice que tiene cinco años de estar en el batallón Atlacatl, y que se hace cargo de haber participado en el delito, (…) al declarante lo apodan Sapo o Satanás”.

“El encausado Tomás Zarpate Castillo dice que se hace cargo del delito que se le imputa, (…) que el teniente Espinoza le dijo que se iban a movilizar a la universidad debido a que se tenía conocimiento que la gente que ahí permanecía era terrorista y que había que eliminarla…”.

 “El encausado José Ricardo Espinoza Guerra dice que no se hace cargo de los hechos que se le imputan, (…) que recibió orden por radio de reconcentrarse con su unidad en las instalaciones de la Escuela Militar (…) con las patrullas Satanás, Maldito, Rayo y Acorralado; (…) que recibió orden de presentársele al señor director de la Escuela Militar coronel Benavides (…) quien les dijo (a él, al teniente Yussy Mendoza Vallecillos y al teniente Cerritos): ‘Esta es una situación en donde son ellos o somos nosotros, y vamos a comenzar por los cabecillas dentro del sector nuestro−la universidad’−y al declarante le dijo: ‘Vos hiciste el registro y tu gente conoce el lugar, usá el mismo dispositivo del día del registro y hay que eliminarlos y no quiero testigos, El teniente Mendoza va a ir con ustedes como el encargado de la operación para que no hayan problemas’. Espinoza le dijo al coronel Benavides que ‘eso es un problema serio’, el coronel respondió: ‘No te preocupés tenés mi apoyo”.

“El imputado Ángel Pérez Vásquez (dice) que el soldado Amaya Grimaldi, alias Pilijay, llevaba la misión de asesinar a los que ahí (UCA) se encontraban y que lo haría con un fusil AK Cuarenta y siete…”

“El imputado Óscar Mariano Amaya Grimaldi (alias Pilijay) manifestó que se hace cargo de haber participado en la muerte de tres padres jesuitas (…) el declarante no sabía a quién iban a asesinar, pero sí suponía que verdaderamente se trataba de dirigentes terroristas (…) el oficial de la Escuela Militar le dijo: ‘Vos sos el hombre clave’, entendiendo el dicente que él se encargaría de matar a las personas que se encontraban en ese lugar”.

Antonio Ramiro Ávalos Vargas: “Cuando llegaron a la UCA, a los diez minutos de estar golpeando las puertas y las ventanas (de la residencia de los padres jesuitas), salió un señor chele que vestía pijama (…) quien les dijo que no siguieran golpeando las puertas y ventanas porque ellos estaban conscientes de lo que les sucedería, luego el dicente condujo al señor a la parte de enfrente de esa residencia (…) observando que en esos momentos también salían por la puerta otros cuatro señores”.

José Ricardo Espinoza Guerra: “…que como a las cero horas con quince minutos del mismo dieciséis, observó que el personal comenzó a llevar a un grupo de curas (…) y les ordenaron que se tendieran en el gramal frente al edificio, por lo que al ver esto el dicente optó por retirarse poco a poco de ese edificio debido a que se sintió mal por lo que estaba observando, retirándose con los ojos llorosos…”

“En cuanto al imputado Yussi René Mendoza Vallecillos (…) confiesa su participación en los mismos hechos (…) agrega el deponente que cuando se encontró con el teniente Espinoza por el pasillo techado en las instalaciones de la UCA , después de haber escuchado los primeros disparos, le preguntó: ‘¿Qué pasa aquí?’ a lo que Espinoza le contestó: ‘Vámonos, vámonos, aquí le están dando a unos cabecillas terroristas”.
Antonio Ramiro Ávalos Vargas: “…dice que el teniente Espinoza Guerra le dijo: ‘¿A qué hora vas a proceder?, entendiendo el exponente como una orden para eliminar a los cinco señores que tenían boca abajo, (…) que luego se acercó al soldado Amaya Grimaldi y al oído le dijo en voz baja: ‘Procedamos’, por lo que de inmediato Amaya Grimaldi con el AK Cuarenta y siete comenzó a dispararle a los tres señores que tenía enfrente (Ellacuría, Segundo Montes y Martín Baró) y el exponente con un fusil M Dieciséis de equipo comenzó a dispararles en la cabeza y al cuerpo a los dos restantes que tenía enfrente a él (Amando López y Moreno Pardo), (…)  (luego) escuchó que del interior de una habitación pujaban unas personas, (…) por lo que le dijo al soldado Sierra Ascencio que fuera a ver (…) estando la puerta abierta, el declarante encendió un fósforo, (…) observando que se encontraban dos mujeres tiradas en el suelo y quienes estaban abrazadas pujando, por lo que le ordenó al soldado Sierra Ascencio que las rematara, de tal manera que el indicado soldado con su fusil M Dieciséis disparó una ráfaga (…) hasta que ya no pujaron”.

Óscar Mariano Amaya Grimaldi: “(…) que no recuerda si esas personas dijeron algunas palabras antes de darles muerte (…) también en esos instantes escuchó la voz del teniente Espinoza que le dio la orden al cabo Cota Hernández, diciéndole: ‘Metelos para adentro, aunque sea de arrastradas’ (…) también en ese momento vio que una sexta persona también del mismo sexo salía de esas instalaciones por el pasillo quien dijo: ‘No me vayan a matar porque yo no pertenezco a ninguna organización’ y de inmediato este se regresa hacia adentro (…) luego el declarante (…) escucha varios disparos en el interior de los locales, o sea al lado donde se había metido la persona (…) que los disparos fueron supuestamente de fusil M Dieciséis…” (esa persona era el padre Joaquín López y López)

José Ricardo Espinoza Guerra: “… que luego (de haberse retirado del edificio) escuchó unas voces que decían ‘Rápido, rápido, démole rápido’, acto seguido comenzó a escuchar varios disparos, (…) momentos después (de regresar a la Escuela Militar) el señor coronel Benavides le dijo: ‘¿Qué te pasa? Estás preocupado’, y el dicente respondió: ‘Mi coronel no me ha gustado esto que se ha hecho’, y él le dijo: ‘Calmate, no te preocupés, tenés mi apoyo, confía en mí”.

El teniente Espinoza Guerra fue alumno del Externado San José, y se bachilleró en 1979. El padre Segundo Montes fue su profesor y rector del colegio mientras él estuvo allí. Conocía al padre Ellacuría , pues él les había dado la charla a los futuros bachilleres con el tema de la elección de carrera. Espinoza Guerra dirigió el cateo que se hizo en la residencia de los jesuitas el 13 de noviembre por la noche, por eso conocía el lugar y la ubicación de los cuartos de los padres que habitaban en esa residencia. También fue de los oficiales que dirigían el operativo para el asesinato de los padres.

El dieciséis de noviembre, a las siete de la mañana, recibí una llamada telefónica, −Algo terrible les ha pasado a los padres de la UCA. Han matado a Ellacuría, a Montes, a Martín Baró, a Juan Ramón Moreno, a Amando López y al padre López y López. Antes de que terminara de decir los nombres, yo estaba llorando a gritos. Avisamos a algunos compañeros de trabajo de la UCA, y nos fuimos para la universidad en donde nos encontramos con la escena macabra que no podré olvidar jamás.

El premio que le dieron al padre Ellacuría era de cinco mil dólares. Él los trajo en efectivo, en una valija café. Los tenía en su cuarto porque, en esos días, todos los bancos estaban cerrados. El teniente Yussy René Mendoza Vallecillos, en su declaración extrajudicial, recuerda que “cuando se encontraron por el portón de la UCA, observó que un soldado desconocido llevaba una valija color café claro, según alcanzó a distinguir, ignorando el contenido y destino de dicha valija”.

La señora Lucía de Cerna, a quien el padre Martín Baró dio posada en una de las casas propiedad de la universidad que servía de depósito de libros de la imprenta, cuando oyó el ruido de la fusilería que los soldados hicieron al entrar al predio universitario, se fue a uno de los cuartos de la casa que tiene ventanas hacia el campus de la universidad, y vio a los soldados. Fue la única testigo del crimen del dieciséis de noviembre. Lucía escuchó al padre Martín Baró gritar: “Esto es una injusticia, ustedes son carroña”.

Los padres jesuitas pensaron mandar a Lucía con su familia a España, como una medida de protección, pero el embajador que estaba aquí en ese momento no quiso colaborar. Personas de la embajada de los Estados Unidos dijeron que ellos llevarían a Lucía a Estados Unidos y que allá se la entregarían a los jesuitas norteamericanos quienes le darían protección y trabajo. Pero la entregaron al FBI. Allí la interrogó un militar salvadoreño, amenazándola con hacerle daño a la familia que había quedado en El Salvador si no decía que era mentira que hubiera visto a los soldados. Lucía atemorizada negó todo lo declarado anteriormente, pero cuando estuvo bajo la protección de los jesuitas volvió a afirmar lo que vio la madrugada del dieciséis de noviembre.

No se sabe si los padres dijeron algo antes de morir. Una vecina, cuya casa linda con el predio donde los mataron, asegura que ella escuchó una salmodia, parecía que los padres rezaron antes de presentarse ante su Creador. No opusieron resistencia, pues comprendieron que era inútil. Solo el padre Martín Baró expresó su indignación gritando: “Esto es una injusticia, ustedes son carroña”. Por eso, Lucía, quien estaba frente a la ventana, lo escuchó, y “carroña” no es una palabra que tenga en su vocabulario la humilde empleada que limpiaba las oficinas del edificio de Rectoría. Esto es una prueba que sí escuchó a Martín Baró y que vio a los soldados.

El asesinato de los padres jesuitas marcó el final de la guerra. Este crimen brutal hizo que Estados Unidos cesara la ayuda de hasta cuatro mil millones de dólares que ese país mandó al  Ejército salvadoreño, en el conjunto de la contienda, para mantener la guerra; también inició una investigación de lo ocurrido por medio de un comité encabezado por el congresista Joe Mockley.

La muerte de los jesuitas, por ser intelectuales conocidos internacionalmente, fue el toque de atención para que el mundo supiera lo que estaba sucediendo en El Salvador. Ellos fueron hombres de bien que solo querían la justicia y la paz para el país. Trabajaron incansablemente para alcanzar ese fin, por ello pagaron un enorme precio: sus vidas, las que se suman a las ochenta mil vidas que ofrendaron los salvadoreños para que su país tuviera, al fin, la oportunidad de iniciar el camino hacia la democracia.