El VI Congreso y sus barreras infranqueables

Algunos ancianos miraron hacia arriba y se santiguaron, mientras los niños señalaban con el dedo a los aviones Mig que -sin llegar a romper la barrera del sonido- rugían en el cielo. Desde los balcones y las ventanas, los vecinos de los barrios cercanos respiramos aliviados de verlos alejarse. Con el desfile en la plaza de la Revolución concluyeron las calles bloqueadas ante el paso de la artillería y también los gritos de "¡derecha, izquierda, marchen!" que acompañaron -durante varias semanas- las prácticas de los soldados en las avenidas.

El 16 de abril, una parada militar conmemoró el 50º aniversario de los sucesos de Playa Girón y dio inicio también al VI Congreso del Partido Comunista de Cuba. Una enorme banda musical acompañó la procesión de pelotones e hizo sonar las cornetas cuando el remozado armamento soviético pasó ante la tribuna. Y todo esto ocurrió sobre una capa impecable de asfalto, colocada para la ocasión.

Más que pretender dar una imagen de poderío hacia el exterior o disuadir a posibles invasores foráneos, el mensaje de aquella mañana estaba dirigido contra nosotros mismos. Los misiles y los morteros que pasaron frente a la estatua de José Martí tenían el objetivo de recordarnos que el Gobierno cubano todavía ostenta la pistola en el cinto y no va a permitir que el creciente coro de los inconformes le haga perder el control.

Los excesos organizativos y los cuantiosos recursos empleados en el desfile serían retribuidos -según el cálculo de los estrategas- con mayor sumisión y parálisis cívica. Mal comienzo para una cita partidista que se proyectó como reformadora, como un antes y un después que dejaría atrás la excesiva fanfarria, de pobres resultados económicos, que caracterizó al Gobierno de Fidel Castro.

Con el anuncio de que el único partido legalizado en el país realizaría su máxima cita, las expectativas de cambio se habían disparado hacia el interior y el exterior de la isla. Después de 13 años sin que la "máxima fuerza rectora de la sociedad" se congregara para decidir rumbos y estrategias, la noticia de su cónclave levantó innumerables esperanzas.

La fantasía popular echó a rodar rumores de que durante las sesiones en el Palacio de las Convenciones se erradicarían las restricciones legales para entrar y salir de nuestro propio país, se permitiría un mayor número de profesiones por cuenta propia con más bajos impuestos a pagar y que la absurda dualidad monetaria llegaría a su fin.

Uno de los ensueños más acariciados por la gran mayoría era la liberación de la compra y venta de casas y autos, aunque pueda resultar irónico que entre los "platos fuertes" de un congreso comunista aparezca un aspecto de corte inmobiliario.

Los lineamientos fueron analizados en extenso por la población con anterioridad al evento, pero entre sus puntos no había uno solo orientado a ampliar el espectro de los menguados derechos ciudadanos o políticos.

En cada reunión zonal, los organizadores aclaraban que los planteamientos debían centrarse en el aspecto económico, temiendo una avalancha de críticas en otros terrenos si se ampliaban las discusiones. Aun así, muchos albergaron la ilusión de que en el último minuto alguna mejoría saldría también en esa dirección.

Cuando, varias horas después de concluir el desfile, Raúl Castro leyó su Informe central al congreso, numerosos temores se confirmaron. La autocrítica que realizó frente a los mil delegados iba dirigida principalmente contra los burócratas que no habían sabido interpretar las orientaciones de su hermano.

Desplegó otra vez su lenguaje en apariencia pragmático, pero acompañándolo de las viejas fórmulas ideológicas, de la misma intolerancia que lo hace llamar "mercenarios" y "contrarrevolucionarios" a cubanos que no comparten la ideología gobernante.

La migaja de la tarde, la cucharada breve de transformaciones, fue el anuncio de que se limitaría la permanencia en los más altos cargos públicos -dígase presidente de la República y secretario general del PCC- a solo dos mandatos de cinco años. El hombre que estuvo casi cincuenta años a la diestra del poder y desde hace más de cuatro tiene los timones de la nación entre las manos nos comunicó como un supremo acto de desprendimiento su posible salida de escena en el lejano 2018.

Y concluyó sus extensas palabras con una frase que aúpa el enfrentamiento entre cubanos. "No vamos a impedirle al pueblo que defienda sus calles", dijo, las mismas calles que esa mañana vibraron bajo el golpeteo de las botas militares. Todos los delegados al VI Congreso del PCC se levantaron de las sillas y lanzaron un aplauso, que duró largos segundos. El ruido de las manos batiendo fue atronador, como el de los aviones que cruzaban el cielo unas horas antes. Del mismo modo que los Mig volando sobre la ciudad no sobrepasaron la barrera del sonido, estos representantes partidistas no lograron atravesar los límites de su inmovilismo, la línea roja de su miedo.

(El País/Madrid; la autora es editora del blog cubano Generación Y)

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