Cementerio, éxodo masivo o esclavos del crimen

¿Quién podría convocar a un diálogo en un contexto de ausencia de confianza y credibilidad? Un grupo de ciudadanos notables.

La violencia sin sentido, el crimen indiscriminado y el dolor han alcanzado fronteras impensables. El desasosiego, la incertidumbre, el miedo y los deseos de huir se han apoderado de la mayoría de guatemaltecos.

Tras décadas de violencia exacerbada y el desencanto por la democracia y, más prematuro aún, por la promesa de los Acuerdos de Paz, existe ahora una convicción generalizada de que el país se salió de control y ha caído en manos criminales. Una nueva generación –o viejas generaciones abiertas y embozadas– de magos del terror pueden disponer de vidas y haciendas en cualquier momento, con total arbitrariedad e impunidad.

El clima se siente enrarecido y todo apunta a que aún vienen cosas peores. Las víctimas de la violencia son ladinos, indígenas, garífunas y xincas; ricos y pobres; niños, jóvenes y ancianos; mujeres y hombres; famosos y desconocidos. Ellas y ellos son, más importantes que cualquier cosa, seres humanos a quienes otros seres humanos aman y necesitan. Nadie –sin importar dónde vive o qué hace– puede tener la certeza de quién sufrirá el siguiente acto absurdo de derramamiento de sangre. Y que, sea como sea, la espiral sigue, sigue y sigue.
¿Por qué? ¿Qué es lo que la violencia alguna vez ha logrado? ¿Qué es lo que alguna vez ha creado? Nada, absolutamente nada, ha logrado la bala y el puñal del asesino.

Los asesinos y criminales no son héroes, como ellos creen; son más bien una partida de dementes y cobardes que, con alevosía, nocturnidad y ventaja, nos empujan de la estrategia de sálvese quien pueda nacional, a pensar seriamente en un éxodo masivo, suicida para Guatemala.
Cada vez que la vida de algún chapín es arrebatada sin razón –ya sea que se haga en el nombre de la ley o en desafío de la ley, por un hombre o por una banda, a sangre fría o por pasión, en un ataque de violencia o en respuesta a la violencia–, cada vez que desgarramos el tejido de la vida de otra persona, la Nación entera irremediablemente se degrada.

Hasta ahora pareciera que toleramos el creciente nivel de violencia que arrebata nuestra humanidad y nuestras aspiraciones de civilización. Leemos con pasmosa serenidad los reportajes periodísticos de salvajes asesinatos y de los crímenes más crueles. Exaltamos, con morbo y emoción, los culebrones del narcotráfico que vemos en el cine y la televisión, y lo llamamos entretenimiento. Les facilitamos a hombres poco cuerdos a que adquieran cualquier tipo de armas y las municiones que deseen.
No sin frecuencia, enaltecemos la arrogancia, a los bravucones y a los controladores de fuerza. A menudo eximimos a aquellos que están dispuestos a construir sus propias vidas a expensas de los sueños destrozados de otros.

Algunos andan a la caza de chivos expiatorios, otros ven conspiraciones hasta en la sopa, pero algo está bien claro: la violencia engendra violencia, la represión trae venganza. Resistir, aferrarnos, sacar nuestras últimas reservas morales y, sobre todo, no claudicar a la aspiración de una vida digna traducida en energía y compromiso colectivo, eso, sólo eso, nos puede sacar de la postración.
Otro tipo de flagelo exacerba el crimen y la violencia, más lenta pero tan mortalmente destructiva como un disparo despiadado: la indiferencia, la falta de acción y respuesta y la lenta decadencia de las instituciones. Indiferencia que incluye la destrucción lenta de un niño por hambre, las escuelas sin libros, los mantos de impunidad y la gente sin techo durante el invierno.

Recetas unilaterales no existen. Sin embargo, propongo tres acciones concretas: Primera, transparentar el financiamiento de la contienda electoral, de suerte que el dinero sucio del narcotráfico y la corrupción no tengan cabida y no condicione las políticas de Gobierno, particularmente en el campo de la seguridad.
Segunda, la realización de emergencia de un encuentro nacional, de un diálogo nacional, donde participen el sector privado, el sector social, el académico, los políticos democráticos, desde la izquierda hasta la derecha, y el Estado y sus instituciones. Con todo el riesgo que conlleva que el crimen ha penetrado todos los grupos y sectores sociales. La discusión debería centrarse en estrategias frente al crimen organizado, en cómo el Estado puede recuperar el monopolio del empleo legítimo de la fuerza, y en cómo combatir la marginación y la miseria, sobre todo teniendo presente que los narcos son discípulos rigurosos de Lord Maynard Keynes: promueven y practican el pleno empleo.

Sin embargo, quién podría convocar a un diálogo, a un encuentro, en un contexto de ausencia de confianza y credibilidad inter e intrasectorial. Pues podría ser un grupo de ciudadanos notables, sin tacha alguna y que gozan de reputación: entre ellos podrían estar Mario Quiñónez Amézquita, Francisco Pérez de Antón, Flavio Montenegro, Lizardo Sosa, Federico Linares, Helen Mack, Rigoberta Menchú, Helmer Velásquez, José Pinzón, Efraín Medina, Gert Rosenthal, Edmond Mulet y Edelberto Torres Rivas.

Tercera, el Gobierno, por medio de la Cancillería, debe impulsar una iniciativa hemisférica agresiva, que permita fijar una posición única frente al narcotráfico, de manera que desde México a la Argentina, nos sentemos con los Estados Unidos a redefinir el enfoque de la estrategia para enfrentar ese gran flagelo de nuestros pueblos, buscando eficacia y efectividad. De no ser así, nuestros mejores fiscales, jueces, funcionarios, empresarios y periodistas terminarán en el cementerio, en el exilio o esclavos de la corrupción. En medio de este escenario dantesco reitero lo que escribí hace más de una década: el último que salga del país, que apague la luz.

(El Periódico/Guatemala. El autor es director de El Periódico.)

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