miércoles, 4 de septiembre de 2019

Carta a los coyotes: Si son buenos, merecen monumentos. De Paolo Luers


Publicado en MAS! y EL DIARIO DE HOY, 5 septiembre 2019


En cada profesión o negocio hay buenos y malos, cumplidos y tramposos. No solo en oficios tan legales e impecables como profesor, zapatero, médico, policía o agente de viaje, sino también para los que trabajan al margen de la ley o de los buenas modales, como prostitutas o coyotes.
Hablemos de los coyotes, porque de repente están en la mira de la Policía, la Fiscalía, los tribunales, los medios y todos los fariseos hipócritas.
Así como es el caso de las prostitutas, también los coyotes responden a una demanda social real que nadie más satisface. Sea por las razones que sea, diariamente hay cientos de ciudadanos que buscan llegar a Estados Unidos, sin visas o permisos de residencia y trabajo. Indocumentados los llaman unos y otros los clasifican como ‘ilegales‘, como si pudiera haber personas ilegales.
La gran mayoría de los migrantes requieren de los servicios de personas y organizaciones que se dedican a facilitar la travesía por las fronteras, por países hostiles y al fin, la entrada a Estados Unidos. Los famosos ‘coyotes‘. 
Por más que Estados Unidos invente para cerrarles el paso, y por más que para esto logren imponer a los gobiernos de los países de paso (para los salvadoreños, Guatemala y México) que los detengan, más indispensable (y por tanto más caro) se vuelve el servicio de los coyotes. Sin los coyotes, no existieran los millones de compatriotas que viven y trabajan en el país del norte y no recibieran remesas sus familiares en El Salvador. Así que no hablemos mal de los coyotes, por lo menos no de los que cumplen.
Para ofrecer su servicio, los coyotes obviamente tienen que moverse al margen de la ley: contratar guías para cruzar fronteras en puntos ciegos, sobornar a policías y oficiales de migración, pagar cuotas de protección a bandas que controlan territorios en Guatemala y México, conseguir papeles falsos, etc.
Repito lo que dije al inicio: hay coyotes profesionales y honestos que cobran caro, pero cumplen y hay coyotes estafadores que cobran caro, pero no cumplen. Los primeros garantizan que sus clientes lleguen seguros a su destino, los segundos los abandonan en el camino y los exponen a toda clase de peligros, incluyendo aquellos fatales.
Los primeros merecen todo el reconocimiento por su peligroso trabajo y en sus pueblos suelen gozar de especial admiración y cariño. Los segundos son odiados y muchas veces castigados por sus clientes defraudados o sus familiares. 
Mientras nuestro gobierno no tenga la capacidad (ni la voluntad) de ayudar a los migrantes a llegar a su destino, lo mínimo que debe hacer es no perseguir a los coyotes que le cumplen a sus clientes. Debe perseguir a los malos coyotes y dejar en paz a los buenos. 
Digo todo esto porque a petición (más bien por presión) del gobierno de Estados Unidos, las autoridades salvadoreñas están haciendo redadas contra lo que ellos llaman ‘traficantes de personas‘, organizaciones de ‘trata de personas‘, crimen organizado. Incluso el ministro de Seguridad los llamó “terroristas que van a la cárcel o al cementerio“.
Al presentar a los coyotes al tribunal, la Fiscalía se refiere a sus clientes como ‘víctimas‘, pero no hay clientes demandándolos. Ni siquiera la Fiscalía los acusa de estafa a sus clientes. Los acusa de incurrir en las ilegalidades inherentes al oficio de mover a sus clientes por tres países sin que dispongan de permisos migratorios. Ilegalidades cometidas fuera del país.
¿Quién ha definido que perseguir estas acciones ilícitos tenga prioridad en El Salvador, a pesar de que existe una demanda social fuerte por estos servicios? ¿Qué clamor de justicia se satisface echando a la cárcel a los coyotes y decomisándoles sus medios de trabajo, no por defraudar a sus clientes, sino por cometer ilegalidades en Guatemala, México y Estados Unidos?
Saludos,
P.D.: Esta es la segunda vez que dedico una carta a los coyotes. La primera la publiqué en el MÁS!, en septiembre 2010: Carta a los coyotes guanacos


O César o nada. De Antonio Elorza

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, en el Congreso, el pasado 29 de agosto.  GTRES

Publicado en EL PAIS, 4 septiembre 2019


La historia interminable de la pugna entre Sánchez e Iglesias ha sido vista como un pleito dominado por la intransigencia. Ambos, y ante todo el líder socialista, habrían impuesto sus preferencias personales a la unión de la izquierda que necesita el país. Así de simple. Lo que caracteriza a todos estos comentarios es una ausencia deliberada de análisis puntual sobre los contenidos y el desarrollo del conflicto. Uno es el más fuerte, otro más débil, en el peor de los casos vanidoso, y tocaba al primero propiciar a toda costa el acuerdo.

Frente a esa simplificación, y también frente a las generalizaciones sobre nuestro sistema político, el episodio es diáfano en lo esencial. Iglesias se negó desde el principio a discutir el programa, que hubiese generado una dinámica unitaria, dando la preferencia a aspiraciones desmesuradas de participación gubernamental, según los votos y no los escaños, pauta esta habitual en la democracia representativa. Y acabó rechazando una oferta sustancial de Sánchez y forzando al máximo la tensión, con el propósito de disfrazar su muro de flexibilidad, y las cesiones del otro, de humillantes. Los intereses del país, y de su propia coalición, fueron marginados, con tal de realzar su protagonismo político. Nada lo expresa mejor que su maldición final del primer día: usted no será nunca jefe de Gobierno, si no pacta con Podemos, léase conmigo, y si no acepta mis condiciones. El resto del mundo no importa. Aún no ha explicado Iglesias porqué era rechazable la última oferta de Sánchez.
Estamos ante una concepción del liderazgo donde la prioridad absoluta es otorgada al objetivo de maximizar el poder del jefe
Ahora la representación sigue y él marca temas y tiempos, en un juego de máscaras: los cuatro menús de Gobierno de coalición son simples variantes de sus aspiraciones de cogobierno. Pero la culminación del encubrimiento llega con las “propuestas para el diálogo”, que en nada atienden a la propuesta anterior socialista. Más allá de la ocurrencia sobre Cataluña, son centenares de planteamientos, con costes nunca evaluados, para crear una España feliz y una Europa feliz. Impuestos para los ricos y basta. ¿Es de broma? No: una operación más de marketing político.
La consecuencia es que no cabe entender la reciente crisis, y en ella el comportamiento político de Podemos, como un simple caso de intransigencia. Estamos ante una concepción del liderazgo donde la prioridad absoluta es otorgada al objetivo de maximizar el poder del jefe, y ello requiere subordinarle cualquier otro tipo de fines, amen machacar estilo Lenin a sus adversarios. De otro modo, no cabría explicar que siga Iglesias ignorando los resultados de sus decisiones, en 2016 al impedir un Gobierno socialista abriendo paso a Rajoy, o casi ayer, en su artera maniobra contra la reelección de Manuela Carmena, siempre favoreciendo al PP. Algo que ahora se reproduce: anulada la izquierda, la derecha puede triunfar. Por obra de quien pretende encarnar los auténticos valores de la izquierda.
La razón de ese despropósito reside en una visión política, la de los nuevos caudillismos, en que se encuadra Pablo Iglesias. Dominantes en la escena política latinoamericana, son herederos de Perón, desde Chávez hasta López Obrador, pero no faltan en Europa, en versiones soft del precursor Mussolini, cuya herencia era visible en Berlusconi y lo es hoy en Salvini. Les orienta siempre la vocación cesarista, considerándose predestinados a un liderazgo carismático, ejercido en nombre del pueblo o “la gente”, nunca de los ciudadanos, para lo cual menosprecian toda consideración política y moral.
Hoy son caudillos populistas, explica Enrique Krauze, que encabezan vastos movimientos sociales y llegan al poder por vías democráticas, pero “buscan instaurar un nuevo orden de justicia, refundar el Estado, abrir una nueva era histórica ligada a su nombre”. Con la consiguiente erosión de la democracia.
Escondido entre las “cloacas” de Podemos, está el antecedente de Venezuela. Aquejado de amnesia, Iglesias se cuida tanto de satanizar su evocación, como Monedero de olvidar su labor de asesor más que privilegiado de ese “socialismo del siglo XXI” que ha sumido en la miseria a un país rico. Sin embargo, es respecto a Chávez cómo Iglesias, en su elogio del caudillo venezolano, diseñó su propia figura: un líder carismático que encarna a un pueblo. Por eso, mito positivo, Chávez es inmortal. Al cumplir esa función histórica, personifica la verdadera democracia, la de “las mayorías sociales”, por encima de los votos. Hasta 2015 será para Pablo la gran alternativa que viene de Latinoamérica. Luego el definitivo hundimiento del chavismo con Maduro, hizo aconsejable el olvido. Pero la concepción básica se mantiene. Ahí está la imagen de Iglesias en su declaración al aceptar el veto de Sánchez: rostro apesadumbrado, camisa blanca de pureza y martirio —también camisa blanca de la esperanza”—, las masas como fondo de imagen. El líder carismático humillado, el pueblo humillado.
La democracia debe servir para que “los más tengan el poder y que desaparezcan los privilegios de los menos”. No es un procedimiento, sino un fin. El nuevo populismo la utiliza y degrada, de manera que su supervivencia formal resulta compatible con la manipulación empleada para perpetuarse. Chávez, Evo Morales, Orban en Hungría, jugaron a fondo esa baza, sustentada en el sometimiento de la opinión pública al mensaje populista. Y si el adversario gana unas elecciones, se ignoran los resultados (Maduro). Negociar, ¿para qué? Desde julio.
Es respecto a Chávez cómo Iglesias, en su elogio del caudillo venezolano, diseñó su propia figura
La instrumentalización del sistema político al servicio de la pasión del poder alcanza al campo de las ideas y de los juicios morales. El transformismo resulta consecuencia obligada. Un ejemplo inmejorable es Salvini, de independentista padano a ultranacionalista “en busca de plenos poderes”. Claves del éxito: satanizar a la inmigración, su chivo expiatorio, hasta una total y deshumanización de impronta fascista, aunque se envuelva en invocaciones religiosas.
Exaltación del líder, ataque permanente a todo tipo de adversarios hasta su aniquilamiento, tal es la norma de los nuevos caudillos. La revolución en las comunicaciones permite prescindir de la violencia física. Aquí el control automatizado de la comunicación ejercido por Salvini lleva ventaja, aunque entre nosotros Iglesias maneje bien la manipulación promotora y destructiva. Trabaja por maceración, golpeando sin cesar al disconforme que rechaza sus imposiciones. Delega su voz en Echenique, maestro al sentenciar la culpa del otro con gesto severo. Le respalda el coro de segundones, según una técnica teatral de distribución de frases y papeles, luego difundida por la marea de tuits. Nunca argumentos, siempre descalificaciones.
Solo importa ganar. Pablo Iglesias está siempre cerrado a sostener causas justas no rentables. Por eso al igual que Salvini, defiende a Putin, se vincula a los ayatolás iraníes y su denuncia de la homofobia se detiene a las puertas de Rusia y del Islam. Su progresismo silencia todo cuanto entraña riesgo. Y desde ese ensimismamiento, la intención proclamada de frenar a la derecha se traduce en abrirle la puerta del poder.
La coherencia de Pablo Iglesias es absoluta. Solo cabe preguntarse si vale la pena sacrificarle la izquierda. Negociar con él, ¿para qué? Exige lo mismo que al hundir la investidura en julio. Así que de momento, Sánchez cercado y Podemos, como en el viejo oficio, “gratis, nada”.
Antonio Elorza es profesor de Ciencia Política.

martes, 3 de septiembre de 2019

Ciudades hermanas. De Cristina López


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 3 septiembre 2019


El 20 de agosto fue un día importante para la comunidad salvadoreña inmigrante que vive en la capital estadounidense y sus zonas aledañas en los estados de Virginia y Maryland. Se celebró el primer aniversario del acuerdo oficial de “hermanamiento” entre la capital estadounidense y la capital salvadoreña. Si bien la naturaleza del evento es política y burocrática, es imposible no destacar la importancia cultural de su existencia.
Especialmente en la época por la que estamos pasando, en la que el “conservadurismo compasivo” que predicaban los Bush y que incluía un aspecto decididamente pro-inmigrante, se ha convertido en un recuerdo lejano.
Los inmigrantes salvadoreños, en particular, hemos sido pintados por la retórica Trumpista con brocha gorda, caricaturizados como criminales unidimensionales cuya única motivación de dejar la patria atrás en busca de nuevos horizontes es, según esta reductiva visión de “América primero”, exclusivamente el saqueo sistemático de recursos ajenos, ya sea a través de crímenes o a través de gañanada.
Esta visión ignora cualquier contribución a dichos recursos y reduce la imagen de nuestros compatriotas ya sea al estereotipo de la actividad pandilleril o a la tragedia que aparece en las portadas de los medios internacionales, de cuerpos inertes tras el fracaso de la arriesgada travesía a través de aguas fronterizas.
Es por eso que celebraciones simbólicas como el hermanamiento de estas dos ciudades enlazadas culturalmente por el accidente sociológico del flujo histórico migratorio que ha hecho de Washington, D.C. un hogar para tantos salvadoreños, tienen tanto significado. Porque sirven como validación de que nuestras contribuciones fuera de la patria dejan marca.
De que nuestra cultura es valiosa y merece la apreciación que recibe en el extranjero por parte de extraños que quizás jamás pisarán tierras salvadoreñas, pero que conocen de sobra nuestra cocina por medio de la cantidad abrumadora de pupuserías — muchas con servicio a domicilio — que abundan en las calles de la capital estadounidense.
De que cuando la municipalidad capitalina cierra las calles el Viernes Santo en Columbia Heights, un barrio al norte de Washington D.C., porque la comunidad salvadoreña y otras comunidades hispanas menos numerosas celebran la procesión del Santo Entierro, no estamos abusando del espacio de nadie, ni cogiéndonos del codo de la ciudad que nos da la mano, sino viviendo de manera auténtica y contribuyendo culturalmente al riquísimo tapiz global de culturas, tomándonos un espacio que merecemos tanto como cualquier otro residente de esta zona.
En la ceremonia oficial en la que los equipos municipales del Alcalde de San Salvador, Ernesto Muyshondt, y la alcaldesa de Washington, D.C., Muriel Bowser, celebraron el aniversario de hermanamiento, participó la directora de asuntos latinos del gobierno de DC, Jackie Reyes-Yanez, salvadoreña y estadounidense que representa a cabalidad, con profesionalidad y eficacia, a tantos inmigrantes que han encontrado un hogar fuera de la patria que los vio nacer.
En una conmovedora representación de esta dualidad de identidades, los himnos de ambas naciones fueron interpretados por Beverly Pérez, que fue presentada al público como salvadoreña-americana: sin necesidad de escoger entre una u otra nacionalidad, tan salvadoreña como estadounidense, interpretando ambos símbolos patrios con familiaridad.
Y como Beverly hay tantísimas personas: cómodamente fluidas en su biculturalidad, capaces de “cambiar de chip” así como lo requieran las circunstancias, lejísimos de parecerse a la caricatura que por puro populismo politiquero quiere pintar el movimiento anti-inmigrante. Y por eso son importantes estas celebraciones: porque en medio de la retórica populista y xenófoba le permiten a tantos salvadoreños viviendo afuera perder el miedo y sentirse bienvenidos, por lo menos por un rato.

Géraldine Schwarz: “La indiferencia está en el origen de los peores crímenes contra la humanidad”

La escritora franco-alemana reflexiona en 'Los amnésicos', premio al Libro Europeo 2018, sobre la colaboración de sus abuelos con los nazis.


Géraldine Schwarz, escritora francesa-alemana 
Foto: 
ERIC HADJ


De Marc Bassets, EL PAIS, 3 septiembre 2019


La memoria de los crímenes nazis es inacabable: en cada momento plantea preguntas distintas, cada generación relee esta historia a su modo o la olvida. Hoy, cuando desaparecen los últimos supervivientes de estos crímenes y los últimos perpetradores, y cuando la retórica nacionalista avanza en las democracias occidentales, lecciones de aquellos años recobran vigencia.
Géraldine Schwarz —nacida en 1974, hija de una francesa y un alemán— publica Los amnésicos. Historia de una familia europea (Tusquets Editores), mezcla de ensayo y reportaje, de memoria familiar y de diagnóstico sobre el presente. Schwarz aborda en el libro el pasado traumático mediante una investigación sobre sus abuelos, ni fanáticos, ni criminales, buenas personas arrastradas por la corriente de la historia y cómplices también.
PREGUNTA. Uno de los momentos más dolorosos de Los amnésicos es la escena, breve y sobria, en la que cuenta el suicidio de su abuela alemana, la madre de su padre.


RESPUESTA. Nunca nadie me pregunta por eso, usted es el primero.
P. Es el núcleo del libro, ¿no?
R. Yo quería entender el grado de responsabilidad de mis abuelos bajo el III Reich. ¿Habrían podido decir no? Intento ser justa con ellos. No tengo un problema de lealtad familiar. Pero a mi abuelo no le conocía, y mi abuela se suicidó cuando yo tenía seis años. Mis vínculos no son suficientemente fuertes para que nublen mi discernimiento. Veo sus acciones y su responsabilidad dentro de un contexto. Hay una responsabilidad de mi abuelo como Mitläufer [simpatizante o compañero de viaje]. También mi abuela lo fue: sentía una admiración ciega por el Führer.
P. ¿Cómo definiría Mitläufer, un término muy alemán?
R. El Mitläufer es quien, por ofuscación, por indiferencia, por apatía, por conformismo o por oportunismo, se convierte en cómplice de prácticas e ideas criminales. He querido mostrar que lo que está en el origen de los peores crímenes de la humanidad es la indiferencia. Los verdaderos perseguidores, los verdugos, los monstruos en general son pocos. Y siempre nos interesamos por los monstruos, o por los héroes, o por las víctimas. Pero la mayoría de las personas no se identifican con ninguna de estas tres categorías, que solo conciernen a una minoría. Los Mitläufer son una masa de personas que, por su número y de manera más o menos pasiva, pueden consolidar un régimen criminal.

El fascismo y el nacionalsocialismo hicieron soñar. Eso se olvida, solo hablamos de la guerra y del Holocausto

P. ¿Sus abuelos lo eran?
R. Tuvieron un papel mínimo, pero, sí, representan la figura del Mitläufer. Mi abuelo lo fue por oportunismo. Se adhiere al partido no porque esté convencido, sino porque piensa que en este momento es lo más cómodo. Y con las leyes antijudías ve una oportunidad de hacer un negocio al comprar a bajo precio una empresa propiedad de un judío. Mi abuela es Mitläuferin [femenino de Mitläufer] porque se ofusca, incluso diría que por una especie de lealtad completamente irracional hacia el Führer. La hace soñar. Porque el fascismo y el nacionalsocialismo hicieron soñar. Esto se olvida, porque solo hablamos de la guerra y del Holocausto. Pero el fascismo y el nacionalsocialismo consiguieron transmitir un sentimiento de pertenencia a una Volksgemeinschaft, una “comunidad del pueblo” que excluía a los impuros y estaba reservada a los pseudoarios. Mi abuela era a la vez culpable de haberse dejado cegar y un poco víctima de una manipulación. Su suicidio fue la culminación de la existencia de una mujer que no conoció más que guerras y posguerras.
P. ¿Su abuela fue una víctima de la historia?
R. No. Creo que no somos víctimas de la historia, sino que debemos tener un papel en la historia. Para que una democracia funcione es indispensable que las personas se den cuenta de que tienen responsabilidades: comprometerse, participar en la sociedad civil y también demostrar capacidad de discernimiento. La historia puede ayudarnos a identificar los métodos de demagogos como Salvini y Orbán, que se parecen a los de hace un siglo: difundir el miedo, inventar enemigos o chivos expiatorios, hacernos perder los puntos de referencia difuminando la frontera entre lo verdadero y lo falso, y difundiendo teorías de la conspiración. El objetivo es que el pueblo deje de creer en nada para manipularlo e invertir los valores.
P. ¿Qué lecciones de la historia podrían haber servido, en los años treinta, para evitar lo que ocurrió?
R. No las había. Si la historia de mi abuela ocurriese hoy, la parte de víctima que hay en ella sería más reducida. Ella no era una intelectual, no tenía mucha idea de política, se dejó llevar por la euforia ambiental. No tenía ningún medio de identificar lo que ocurría porque aquello era inédito.
P. En su libro también aborda la historia de su familia materna, que es francesa. ¿Qué descubrió?
R. Mi abuelo francés era gendarme bajo Vichy [el régimen autoritario y antisemita que colaboró con la Alemania nazi]. En este sentido también era un Mitläufer. Pero mientras que mi padre alemán se enfrentó a su padre y contribuyó, como muchos de su generación, a un trabajo de memoria destacable, que sirve de base a la fuerza de la democracia alemana, mi madre francesa sabe poco de su padre bajo Vichy. Y esto es sintomático de Francia. Se ha hecho un trabajo profundo sobre Vichy, pero en gran parte se ha esquivado el papel de la población, de los Mitläufer. Y esto repercute en las familias: se ha preferido hacer recaer la culpa en las élites.
P. ¿No hay un exceso de memoria hoy? El pasado y la historia están omnipresentes en los discursos políticos, también en los de los populistas.
R. Lo que hacen los populistas no es un trabajo de memoria: la instrumentalizan. Un trabajo de memoria bien hecho significa no mentir. A Putin también le interesa la memoria, pero para transformarla. Los populistas utilizan la amnesia para reinventar el pasado. Porque al reinventar la memoria reinventan la identidad, y nuestra identidad es indisociable de nuestra memoria. Sin memoria no hay identidad.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Carta al ’emisario’: Se reventó la burbuja de jabón que levantaste. De Paolo Luers


Publicado en MAS! y EL DIARIO DE HOY, 3 septiembre 2019


Los salvadoreños reconocemos a un vivián cuando lo vemos. No nos pueden dar paja. Demasiados ejemplares de esta especie los hemos encontrado en todas las esferas del poder y alrededor de los poderosos. Algunos simplemente dan risa por el contraste tragicómico entre su ego inflado y la limitación de sus capacidades reales; otros dan rabia por su capacidad de joderle la vida a otros.
El denominador común entre todos los vivianes es su afán de andar cerca del poder y de usar el poder al que se arriman para avanzar en su propio fin: llevar una vida cómoda sin esforzarse mucho.  
Viajar por todo Europa como ‘emisario‘ de un líder emergente significa ser recibido por grupos de la ‘diáspora‘ entusiasmados por la promesa del cambio positivo, pero también por líderes extranjeros que quieren saber qué ondas con esta nueva estrella en el firmamento centroamericano; significa también que le busquen quienes sienten que deberían ser nombrados cónsules o ministros consejeros. Todos ellos quieren estar cerca y le ofrecen cualquier ayuda que necesite a un hombre que está cerca del nuevo centro del poder, del hombre que han visto en fotos con el presidente electo y la futura canciller. Algunos buscan huesos, otros simplemente quieren quedar bien con el emisario para sentirse parte de un proceso que promete ‘hacer historia‘.
Y así nuestro vivián va deambulando de España a Suecia, de Suecia a Italia, de repente a un viaje relámpago a El Salvador para reunirse con el nuevo presidente, para regresar luego investido con aun más autoridad, portador de secretos del Estado…
Así va surgiendo (o más bien construyéndose cuidadosamente) una personalidad de peso: importante en Europa por sus supuestas conexiones en palacio en San Salvador, importante en palacio por sus conexiones en toda Europa. Todo esto funciona, porque en el palacio no tienen idea lo que realmente está haciendo en Europa, y en Europa no pueden saber qué realmente está haciendo en El Salvador.  
Se puede dar paja a todo el mundo, pero solamente por un rato. 
En Milán, en Madrid, en Estocolmo y otras ciudades europeas hay gente que cree que el emisario, tan amigo del presidente y de la canciller, les va a dar chance en el consulado. Pero al rato se darán cuenta que así no funciona un gobierno…
Y de repente se dan cuenta que, mientras el emisario prometía puestos (y amenazaba a otros con despidos si no se portaban bien), él secretamente se había asegurado uno. Se filtró un memorándum de la embajada de Viena informando que el Señor Silvio Aquino, nombrado ‘ministro consejero‘ en esta misión diplomática, no había aparecido en Viena para asumir sus responsabilidades.
Su reventó la burbuja de jabón elevada por el emisario. Al fin, el misterioso amigo del presidente, resulta un aprovechado de siempre como se conocen desde siempre.
Pero aparte de la historia de un vivián es la triste historia de un partido nuevo, surgido con la promesa de ser inmune a la corrupción, pero que comete el mismo pecado de los mismos de siempre: confundir el Estado con el partido. Todo lo que hace el emisario en Europa, si no es en beneficio propio es trabajar para su partido. No es ‘emisario‘ del presidente, sino del líder de Nuevas Ideas. Su tarea es organizar apoyo para Nuevas Ideas, no para El Salvador. 
La defensa que hace el ‘emisario‘ luego de que se filtrara el memorándum de Viena es que él sí estátrabajando para la causa. No entiende la diferencia entre el servicio público que desempeña un miembro del servicio exterior y el trabajo partidario de un ‘emisario‘ de Nuevas Ideas. No comprende que asumir un cargo público para que con esta cobertura puede dedicarse a otra cosa (la personal de un vivián y la partidaria de Nuevas Ideas) es el primer paso a la corrupción. 
Es la práctica de los mismos de siempre. Pongámosles atención a los otros ‘emisarios’. 
Saludos, P

domingo, 1 de septiembre de 2019

Una semana en SIGUIENTE PAGINA: Opinión, análisis, polémica


Estos han sido los titulares de la semana:

Carta a los 10%. Somos minoría, ¿¡y qué!?. De Paolo Luers (31 agosto)

¿Por qué se han reducido los homicidios? De Mario Vega (31 agosto)













sábado, 31 de agosto de 2019

¿Por qué se han reducido los homicidios? De Mario Vega


Publicado en El DIARIO DE HOY, 31 agosto 2019


Sin lugar a duda que los homicidios han descendido en El Salvador en los últimos dos meses. En julio el promedio diario fue de 5 y, en lo que va de agosto, es de 4. Esa es una buena noticia que no se vivía en el país en los últimos años y es solo comparable con el proceso de pacificación llamado popularmente «la tregua» que se desarrolló entre 2012 y 2013.
Pero, además, de acuerdo con la FGR, las denuncias de desapariciones también se han reducido de diez a siete diarias. Son muy buenas noticias que significan vidas únicas, sobre todo de jóvenes, salvadas y libradas de la dura incertidumbre de verse desaparecidas. Mucho dolor que se ha evitado.
Precisamente porque la reducción de homicidios es una noticia tan alentadora y esperanzadora es que se debe indagar en lo que la ha hecho posible con el propósito de darle sostenibilidad y profundizarla. La razón que se aduce en la publicidad electoral del ejecutivo es que se trata del resultado de la implementación de lo que se ha llamado el Plan Control Territorial.
Lo extraño es que los homicidios han descendido tanto en los 16 municipios donde se ha implementado el Control Territorial como en los 246 donde no se ha hecho. Incluso en el mes de junio los homicidios se redujeron mucho más en los municipios sin el Plan Control Territorial. Fue hasta julio cuando la reducción fue mayor en los 16 municipios seleccionados. El conjunto de estos elementos hace pensar que las razones para la baja homicida se deben buscar fuera del Plan Control Territorial.
La otra razón aducida por el director de la PNC, Mauricio Arriaza, sobre el despliegue policial en el territorio nacional es algo que se ha mantenido sin mayor alteración por muchos años y no es una variable que pueda aportar a la explicación del fenómeno.
Entonces ¿por qué se han reducido los homicidios? Desde la perspectiva cristiana la esperanza nos induce a soñar con que se trate de una reflexión por parte de las pandillas en la que han comprendido que no tiene sentido continuar añadiendo dolor y sufrimiento a los pobres del país. Que han decidido desmontar su estructura de muerte y desarticular sus redes delictivas, como en varias ocasiones lo han manifestado a periodistas. Esa es la esperanza cristiana.
Pero, si así no fuera, es deseable que el gabinete de seguridad conozca la auténtica razón. Sea cual sea, se trata de una ventana de oportunidad que se ha abierto de una manera que no se daba desde hace 7 años. Oportunidad que debe aprovecharse para la reconstrucción del tejido social. Pero, el tejido social no se reconstruye sin los elementos que componen lo social: escuelas, asociaciones, municipalidades, gremiales, universidades, iglesias, directivas comunitarias, etc.
No es posible fortalecer el tejido social sin invitar a la sociedad a sumarse a un esfuerzo tan loable. Como muchas veces se ha dicho: la violencia es el resultado de cómo la sociedad está estructurada. El ejecutivo solo no podrá resolver un problema de donde la voluntad social juega un papel esencial.
No hay duda de que el ejecutivo debe asumir el liderazgo, pero un liderazgo para convocar a las diferentes expresiones sociales para contribuir a que la reducción de los homicidios se sostenga con transparencia en tanto se comienza a trabajar en serio para desmontar las causas de la violencia.

Carta a los 10%. Somos minoría, ¿¡y qué!?. De Paolo Luers


Publicado en MAS! y EL DIARIO DE HOY, 31 agosto 2019


Dice La Prensa Gráfica, en su portada, que “Nayib Bukele tiene 90% de aprobación”.
¿Qué hace la oposición cuando el hombre que les venció en las elecciones presidenciales obtiene el 90 % de aprobación al terminar sus primeros 3 meses?
1. ¿Tirar la toalla?
2. ¿Adaptar sus posiciones a las aprobadas por el 90%?
3. ¿Convertirse en la expresión de la minoría (los 10% que no están apoyando al gobierno) y conectar con las dudas que tiene la mitad de los 90% a pesar de darle ahora el beneficio de la duda al nuevo gobierno?
Bueno, de hecho la opción 2 resulta siendo idéntica a la 1: significa tirar la toalla. Adaptarse al cambio de época (de rumbo, de discurso, de paradigma, o como quieran llamarlo…) significa abandonar la lucha, y la identidad política propia. Y además, lleva todas las de perder. Si la oposición comienza a hablar igual (como ya lo está haciendo), ¿por qué alguien va a votar por la copia si ya tiene el original?
En cambio, quien logre expresar con el valor de ir contra corriente las razones del 10% de la ciudadanía que no apoya el discurso del gobierno y quien además sepa conectar con las dudas que existen entre los 90% (que tampoco es una masa amorfa de seguidores), se establece como minoría, pero una minoría coherente; una minoría con identidad y una minoría que va a crecer, porque esta correlación de 9 a 1 en la opinión pública tampoco se va a sostener en el tiempo. Los 90% de repente se van a hacer 70%, luego 50% y ¿quién va a representar a los que se comiencen a sentirse defraudados de las “nuevas ideas”, si todos se han dejado ir en la corriente populista?
En una situación como la actual, la oposición de todos modos será minoría por un buen rato, sea como sea que se comporte. La cuestión es si será una minoría temerosa, desdibujada y tendencialmente sumisa, que trata de sobrevivir portándose bien (con oportunismo) con el nuevo poder o una minoría valiente, combativa y coherente que desafiando al poder va cambiando la correlación de fuerzas en la opinión pública.
Se dieron cuenta que estoy hablando de ‘la oposición’, no de partidos específicos. Lo que estoy señalando es cierto tanto para ARENA, que tiene que redefinirse, como para Nuestro Tiempo, que tiene que terminar de definirse. Ambos están ante el mismo dilema.
Y no sólo ellos, también los medios y cada uno de los que escribimos sobre política. ¿Ir con la ola o nadar contra corriente? ¿Dejarse vencer del miedo de ser minoría o asumirlo con orgullo?
Los discursos que oigo en ARENA, en los gremios empresariales, en los tanques de pensamiento están entre cautelosos y oportunistas, entre confusos y sumisos. Me preocupa igual el silencio de Nuestro Tiempo y de muchos voceros de la sociedad civil organizada y tantos otros que no están de acuerdo en cómo el gobierno maneja los temas de seguridad, CICIES, partida secreta, propaganda, relación con la Asamblea y los demás poderes.
Necesitamos voces claras. No importa que sean pocas y que por el momento no tengan respaldos masivos. El único antídoto a la demagogia es la racionalidad. Pero tiene que expresarse con coherencia y con coraje. Seamos una minoría incómoda. Es lo más constructivo que podemos hacer. 
Saludos,