sábado, 9 de noviembre de 2019

Censura no es la solución. Columna Transversal de Paolo Luers


Publicado en EL DIARIO DE HOY, 10 noviembre 2019


Twitter hizo lo correcto, cuando anunció que ya no va a difundir en su plataforma ninguna publicidad política pagada. Lo hizo con un argumento imposible de rechazar: Que si los los políticos, partidos y gobiernos buscan impacto, que se lo ganen, en vez de comprarlo. 

Con esta decisión sabia, Twitter resuelve un dilema, en el cual todavía se enreda su competidor Facebook. Facebook se encuentra en una discusión eterna con las autoridades de la Unión Europea, con congresistas de Estados Unidos y con muchas organizaciones civiles en todo el mundo: ¿Debe Facebook ejercer control editorial sobre los contenidos políticos colocados en su plataforma? ¿Y debe Facebook censurarlas, en caso que contenga mentiras, amenazas o mensajes de odio?

Toda esta discusión surgió con urgencia a partir del descubrimiento que Facebook ha sido utilizado masivamente para introducir ‘fake news’ y mensajes de odio en la campaña de Donald Trump contra Hillary Clinton, en la campaña en pro del Brexit, y en varias campañas de movimientos populistas de corte racista y anti migrantes en toda Europa. También se detectó la existencia de empresas especializadas en este negocio de manipulación política, como las ‘granjas de troles’ en Rusia y otros países, y la empresa ‘Cambridge Analitica’, que usó los datos de millones de usuarios de Facebook para producir ‘mentiras a la medida’, dirigidas vía Facebook a audiencias seleccionadas, para definir elecciones.

El dilema en todo esta discusión: ¿Quién decide cuáles contenidos difundidos en las redes sociales son ‘fake’ o mensajes de odio? ¿Y quién define el límite a partir del cual mensajes de esta tipo son ilegales y merecen censurarse?

Incluso quienes están convencidos de que se necesita ejercer algún tipo de censura no estarían de acuerdo que sean los gobiernos quienes censuran. La medicina sería más peligrosa que la enfermedad que busca curar.  

Surge una propuesta que aparentemente soluciona el dilema: que sean las plataformas, como Facebook y Twitter, quienes tengan la responsabilidad de eliminar contenidos mentirosos o de odio. Que ellos instalen los filtros necesarios, así como lo hacen los medios tradicionales. Y si no lo hacen y siguen difundiéndose en sus plataformas contenidos que promueven mentiras u odio, que sean sujetos de demandas y multas, igual que cualquier periódico.

Pero este propuesta es absurda. Primero, la comparación entre redes sociales y periódicos no funciona. Un periódico publica contenidos solicitados por el medio, o contenidos ofrecidos por terceros, los cuales pasan por el filtro editorial. Esto no es el caso con Facebook o Twitter. Estas plataformas digitales solo ofrecen un medio técnico de difusión, sin que exista ningún acuerdo editorial con el usuario. Hacer responsable a Facebook del contenido de un usuario sería tan absurdo como demandar a CLARO o TIGO por una llamada telefónica de extorsión. 

Segundo, ¿realmente queremos que una compañía privada que tiene el poder económico y comunicativo de Facebook tenga la potestad de ejercer censura? Esto equivale a privatizar un área de la aplicación de la ley. 

Ante la imposibilidad de salir de este dilema, la decisión de Twitter parece una solución, aunque solo sea parcial: No difundir publicidad política. Es parcial, porque los ‘fake news’ y los mensajes racistas, religiosos o de otras índoles de odio no sólo se difunden mediante publicidad pagada, sino que se expresan principalmente por individuos, y por troles bots disfrazados de individuos. Troles son cuentas falsas manejadas, en gran cantidad, por centros de manipulación en redes. Bots son cuentas automatizadas controladas por este tipo de centros. Y estos centros existen en todas partes, también en El Salvador. Algunos son manejados por partidos o gobiernos, otros son empresas internacionales que pueden ser contratados por clientes (candidatos, partidos, gobiernos, empresas) de todo color y de todo el mundo. Las redes sociales pueden detectar y erradicar los bots, pero nunca los trolls manejados por personas. Hay que aprender a vivir con esta plaga.

Así que, aunque la decisión de vetar publicidad política Twitter sea asumida por todas las plataformas grandes de redes sociales, el problema persistirá. ¿Cómo erradicar los contenidos dañinos sin caer en censura? Y otra vez estaríamos en el mismo dilema: ¿Quién decide cuáles contenidos son dañinos, qué es mentira y qué es verdad? ¿Quién pinta la raya entre crítica política y mensajes de odio? ¿A quién le damos el derecho de filtrar y censurar?

Mi respuesta: A nadie. El antídoto a los ‘fake news’ y los mensajes de odio no es la censura, sino más transparencia e información confiable por parte de instituciones estatales, mejor periodismo por parte de los medios, y posturas más beligerantes de los ciudadanos contra la manipulación. Siempre habrá una guerra entre desinformación e información, entre propaganda y transparencia, entre racionalidad y demagogia. No hay como evitar esta guerra mediante la censura. Lo que hay que hacer es llevar esta batalla bien y ganarla. No hoy de otra.