Carta a Federico Hernández Aguilar

Estimado Federico:
Una amiga me dijo hoy en la mañana: “Aquí están ustedes, discutiendo pendejadas, mientras el país se desliza hacia una nueva guerra donde todos vamos a perder…” Se refirió a nuestra controversia, plasmada en cartas públicas, sobre la reforma constitucional que busca blindar la institución del matrimonio contra posibles iniciativas futuras de legalizar el matrimonio entre homosexuales.

Aunque yo sostengo que esta reforma es innecesaria y espero que la entrante Asamblea no la ratifique, tampoco pienso que el debate sobre este tema sea una “pendejada’. Por eso, con gusto acepto tu reto de seguir discutiendo. ¿Por qué? Porque coincido contigo que hay que proteger la institución del matrimonio y que, como tu escribís, “la institución matrimonial tiene una robusta defensa filosófica, antropológica, sociológica y económica antes que religiosa.”

Pero ahí está la diferencia de nuestros enfoques, Federico. Precisamente porque la institución matrimonial tiene una sólida y necesaria base filosófica, antropológica, sociológica y económica antes que religiosa”, no conviene amarrarlo, vía mandato constitucional, a un concepto tradicional. Precisamente para proteger al matrimonio como la institución básica del tejido social, por nada conviene inventarse mandatos constitucionales que excluyen a sectores de la sociedad que sí quieren formar familias, aunque no de la forma tradicional, pero familias basados en los mismos fundamentos filosóficos, antropológicos, sociológicos y económicos que tu, con toda razón citas.

Nadie está cuestionando la “familia tradicional”, formada por hombres y mujeres “así nacidos”, como reza el proyecto de la reforma constitucional. La idea de que parejas homosexuales se convierten en familias, con compromisos sólidos, y de esta manera fortalecer el tejido social, no destruye ninguna familia tradicional, y no constituye ni negación ni amenaza al concepto del matrimonio tradicional.

Hay que proteger la familia y el matrimonio como instituciones que aseguran seguridad económica y emocional, y que consolidarlos como núcleos sociales y culturales que expresan compromiso, solidaridad y preservación de valores. Todos los miembros de la sociedad, independientemente de sus conceptos religiosos y su orientación sexual, deben tener derecho y oportunidades de construir esto núcleos y convertirse en los eslabones sólidos de nuestro tejido social.

Pero ojo: El reto prioritario que enfrenta nuestra sociedad en este sentido no son las minorías que por su orientación sexual no caben en el concepto de la familia tradicional, sino la inmensa cantidad (tal vez incluso la mayoría) de familias de madres jefas de hogar, que luchan por sacar adelante a sus hijos sin contar con la figura paterna. En esto tenemos que concentrarnos, si queremos preservar la familia como núcleo que da seguridad económica y emocional a la siguiente generación. Si queremos defender la familia como núcleo de la cohesión social, de nada sirve aferrarse a la defensa cerrada de una forma tradicional de la familia que para amplios sectores de la sociedad ya no es una realidad. No podemos poner candados constitucionales para blindar a la sociedad contra cambios culturales y sociales.

Al fin tu argumentas que el país está bajo presión de “entidades supranacionales, como la ONU y la OEA, quienes promueven desde arriba” propuestas legislativas. De acuerdo: No permitamos que organismos que se arrogan ser policía mundial de lo “políticamente correcto” nos impongan legislaciones que no surjan de un consenso de nuestra sociedad. Ni en el caso del “derecho constitucional al agua y la alimentación”, ni para decirnos cómo vamos a reconstruir el tejido social y proteger la familia y el matrimonio - ni por parte de Naciones Unidas, ni tampoco del Vaticano.

Siempre un gusto polemizar contigo, Federico. Pero mejor sobre temas más urgentes, como seguridad, por ejemplo. O el futuro de la oposición. Saludos, Paolo Lüers

(Mas!/El Diario de Hoy)

Carta de Paolo Luers: Carta a la derecha "unida"
La respuesta de Federico Hernández Aguilar: Carta a Paolo