Carta de Oslo (2)

Siria es el gran tema en esta conferencia internacional sobre mediación de conflictos violentos en Oslo, a la cual fui invitado por el gobierno de Noruega. En el podio del debate inaugural: el canciller de Noruega, el mediador oficial para Siria de Naciones Unidas y de la Liga Árabe, y una canadiense que durante años fue fiscal jefe de la Corte Penal Internacional en La Haya. La pregunta que inmediatamente se sitúa en el centro de la discusión: Mediando en Siria, ¿qué sentido tiene? ¿Buscar un entendimiento y un futuro común entre el régimen de Assad y la oposición? ¿O sólo se trata de facilitar la salida de Assad del poder y del país, sin prolongación de la guerra interna, para luego negociar entre todos los demás todos los demás problemas y conflictos? Es obvio que es lo segundo. Incluso en términos más prácticos: se trata de endulzarle la salida al dictador, salvándole la cara.


Lo de Siria ha ida tan lejos en términos de vidas perdidas (150 mil) y existencias destruidas (5 millones), que democracia y pluralismo ya no son negociables. Demasiado han invertido la gente de Siria para quedarse con menos. Sólo falta negociar cómo establecerlos lo más pronto y menos costoso posible. 

El siguiente tema: Colombia, las negociaciones entre el gobierno de Santos y las FARC; el rol de nuestro anfitrión Noruega como mediador, junto a Cuba. Una pregunta parecida: ¿Qué más que una rendición elegante y no humillante de las FARC se puede conseguir mediando en este conflicto? Nada.

Alguien pregunta: Si la guerrilla colombiana ya está derrotada, ¿por qué negociar con ella? Un catedrático colombiano lo explica de manera convincente: primero, porque es importante negociar el fin de la violencia política, para de una vez por todo quitarle a los que siguen usando la violencia criminal cualquier justificación ideológica; y segundo, para evitar que el gobierno salga ganando la guerra, porque si esto pasa, nunca se van a discutir en Colombia la necesidad de reformas sociales y las horribles violaciones de derechos humanos por parte de los militares.

Surgen dos grandes tabúes: amnistía e impunidad. ¿Es posible llegar a un acuerdo de paz que incluya que todas las partes (FARC, ejército, paramilitares) se sometan a la justicia penal y paguen por los crímenes y violaciones a los derechos humanos cometidos? Para la mayoría de los presentes, amnistía es mala palabra. Así como en ciertos círculos en El Salvador, todavía, a pesar de que la amnistía nos permitió parar la violencia política. Cuando yo les dije a los colombianos: Si en serio quieren un acuerdo de paz, estén preparados a pagar el costo: una amnistía que permite a los guerrilleros de las FARC deponer las armas e reinsertarse a la sociedad. Y que permite a los militares aceptar el acuerdo de paz. El problema: Nadie en Colombia quiere decir esto en voz alta, aunque todos saben que es un dilema real: este conflicto, o se desarticula con los métodos clásicos del sistema penal o negociando la paz con amnistía. Ambas cosas son excluyentes. Y sólo la segunda opción es realista. La otra significa mantener viva la guerra y la matanza...

El día siguiente está en la agenda El Salvador y su tregua. Sobre esta discusión  escribiré en la carta para sábado...

Saludos desde Oslo, donde a la medianoche todavía hay luz del día,

Paolo Lüers 
(Más!/EDH)

Video sobre el Oslo Forum (en general, no sobre el recién realizado en junio 2013):