“Las intervenciones destructivas de Trump y Putin no darán frutos a largo plazo y no son precursores de una nueva era”, concluye Fichtner. Coincido con él: son pataletas de una época moribunda.
SIGUIENTE PÁGINA, jueves 22 enero 2026
Me encanta encontrar artículos o libros que me obligan a revisar lo que pienso o lo que doy por sentado. En estos días, me pasó esto con una columna del corresponsal internacional Ulrich Fichtner, publicada en la revista alemana SPIEGEL. Tiene un título sorprendente: “Trump y Putin, la última aberración del Siglo 20”.
La columna se propone desmontar una tesis que se ha hecho omnipresente en tiempos de Trump y Putin, de la guerra en Ucrania y de los golpes de Trump contra la alianza transatlántica: la tesis que dice que ya está roto el orden mundial creado luego de la Segunda Guerra Mundial, un sistema de seguridad mundial para preservar la paz – y que ya está naciendo un orden nuevo, con otras reglas, o más bien con la regla del más fuerte.
Para cuestionar esta tesis, que con ligereza se asume en incontables debates y análisis, Fichtner cita una famosa frase de Antonio Gramsci: “La esencia de la crisis es que lo viejo muere y lo nuevo aún no puede nacer”. En este interregno se manifiestan muchos fenómenos mórbidos.” Según Fichtner, el caos que Putin y Trump están provocando en el mundo forma parte de este tipo de “fenómenos mórbidos”. Si es así, hay que ver el desorden en el mundo y la ruptura con el derecho internacional, la seguridad geopolítica y el esquema de comercio mundial desde otra perspectiva, que las políticas disruptivas de Trump y Putin están generando. No constituyen ni son expresión de un nuevo orden mundial, sino que más bien son las colas del viejo orden que entró en crisis.
Esto es una perspectiva diametralmente contraria a todos los augurios de que el mundo está entrando en una nueva época con la invasión rusa de Ucrania y con la ruptura de Trump con la alianza transatlántica y la defensa del derecho internacional. Sería una época con un peligroso multilateralismo sin reglas confiables, en el cual las tres superpotencias -Estados Unidos, China y Rusia- se arrogan el derecho de dominar sus partes del mundo, si es necesario por la fuerza, y donde cada una de las superpotencias respeta el dominio que las otras dos establezcan en su parte del mundo, aunque sea por la fuerza. Sería un orden en el cual Trump dice que va a tomar control de todo el hemisferio occidental, en particular de Canadá, Groenlandia, el canal de Panamá y Venezuela, mientras respeta lo que haga Putin con Ucrania y otras partes del ex imperio soviético y lo que se disponga a hacer China con Taiwán y los países de Indochina. Sería un desorden en el cual otros poderes emergentes, como Israel, Turquía, Irán, Pakistán y la India también se arrogan el derecho de establecer sus propias áreas de dominio regional.
Este sería un enfoque muy pesimista. En cambio, el de Fichtner, que se niega a aceptar que Trump y Putin están inaugurando un orden mundial diferente, es mucho menos pesimista, porque deja abierto qué tipo de orden va a surgir luego del intervalo transitorio y sus fenómenos mórbidos y del caos que están creando Trump, Putin y personajes secundarios, pero también disruptivos, como Kim, Netanyahu, el Ayatola Alí Jamenei, Milei y Bukele. Y no olvidemos al camarada Xi y sus calenturas nacionalistas ante la existencia de Taiwán como nación soberana.
“Con Trump y Putin”, escribe Fichtner, “aunque actualmente lo digan en todas partes, no comienza una nueva época. Los dos patanes más grandes de estos años encarnan una aberración del Siglo XX: dos ancianos caminando sobre cadáveres en sus respectivos reinos, tratando de revivir el mundo hundido de sus nostalgias.” Es cierto, Trump vive la nostalgia de la Doctrina Monroe, Putin la del imperio soviético. A mí, siempre dado más al optimismo que al pesimismo, esta descripción de la situación actual como cola de un orden en crisis y no como expresión de un nuevo orden me hace reflexionar mucho – y de fondo.
Si es cierto que lo que estamos viviendo no significa que el orden mundial, en el cual hubo reglas de seguridad y del comercio global, esté siendo sustituido por un nuevo orden, en el cual la única ley es la del más fuerte, entonces está abierto lo que nazca de esta crisis, de esta transición. Nos convoca a pensar en serio en las opciones que tiene el mundo para avanzar hacia una época más segura y próspera, en vez de resignarnos a vivir en un mundo marcado por patanes y strongmen como Xi, Putin y Trump, imitados por los patanes secundarios mencionados.
Leamos cómo Fichtner narra lo que estamos presenciando: “Las puestas en escena son, en el caso de Putin, la reencarnación del imperio soviético, y en el caso de Trump, su castillo Mar-A-Lago con la decoración que recuerda a los sets de la serie Dallas. Ciertamente, no es un mundo nuevo.”
La prosa de Fichtner es demasiado buena para tratar de parafrasearla; mejor la cito textualmente: “Estamos hablando de fantasmas políticos resucitados, de fantasías mortales de grandes potencias mundiales que ya no existen, de nacionalismo tóxico y de diseños autoritarios de masculinidad y de imágenes impulsados por el resentimiento. Comercian con conceptos del Siglo XX que expiraron hace mucho tiempo, con ideas y paradigmas ya refutados. El trumpismo y el putinismo no son visiones del futuro. Carecen de la fuerza para reprogramar de manera sostenible la dirección de las sociedades modernas. Solo quieren mantener vivo lo desfasado.”
Coincido con este enfoque. Estas payasadas no podrán detener las tendencias reales, el pensamiento de un solo mundo, la transferencia global de conocimientos, la transición energética, la sostenibilidad. “Las intervenciones destructivas de Trump y Putin no darán frutos a largo plazo y no son precursores de una nueva era”, concluye Fichtner. Coincido con él: son pataletas de una época moribunda.
Como dijo Gramsci en sus cartas desde la cárcel: “Se necesitan personas sobrias y pacientes que no se desesperan ante los peores horrores y no se alteren con cada estupidez.”
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