Carta sobre Nicaragua: Libertad sin sermón ideológico

Cuando comenzó la crisis nicaragüense, escribí en mi carta a los nicas: “Una vez que el espíritu salió de la botella, no habrá manera de volver a meterlo.”

Hoy, un mes más tarde, esto ya se hizo evidente. Se manifiesta en las calles de las ciudades de Nicaragua, este fin de semana en Masaya. ¿De qué espíritu estamos hablando? Del espíritu de rebeldía que durante años estuvo dormido, y que de repente se volvió a despertar. ¿Por qué estuvo dormido tanto tiempo, a pesar de los evidentes abusos del poder por parte de Daniel Ortega y su clan? Porque una generación entera -la de la post revolución, la post contrarrevolución, la post guerra- estaba paralizada. Estaba entrampada en el esquema revolución-contra, pro soberanía-pro imperialista. No podía haber rebeldía, y ni siquiera una oposición consistente, contra un gobierno vestido del manto del sandinismo y de la defensa de la soberanía nacional.

El gobierno de Ortega hizo todo lo posible para mantener vivo y vigente este esquema de polarización. Cada manifestación de oposición y de crítica fue deslegitimizada de antipopular y pro imperialista – y callada, mientras los opositores fueron empresarios, sandinistas disidentes y liberales progresistas.

Tuvo que crecer una generación que ya no piensa en estas coordenadas. Los que ahora se movilizan en las calles, aparte de aparentemente no tener miedo a la represión, no tienen miedo a las etiquetas políticas e ideológicas. Les dicen ‘burguesitos’ o ‘lacayos del imperialismo’ – y les resbala. Les tildan de ‘traicionar a la patria’ – y no les causa ningún complejo, ni siquiera les provoca defenderse. Simplemente no piensan en estas categorías de patria, soberanía, revolución. Por tanto, no se sienten traidores a nada.

Piensan en otras categorías, donde la libertad no es un concepto político relacionado con la soberanía nacional, sino con los espacios personales y culturales que se sienten amenazados por un gobierno que quiere cubrir todo de una salsa ideológica que les parece insufrible. A esta generación de jóvenes no los van a detener denunciándolos de enemigos de la patria y de la revolución. Los tendrían que parar a pura fuerza, en última instancia de las armas – pero por lo menos la Fuerza Armada ya manifestó que no tendrá parte de esta empresa. Malas cartas para Daniel Ortega y sus cómplices.

Tampoco me parece que hay que idealizar a estos jóvenes. Puedo entender las emociones que esta rebeldía provoca a alguien como Sergio Ramírez, el ex vicepresidente de los tiempos revolucionarios del sandinismo, luego de tanta frustración de ver a esta revolución tan romantizada convertida en una nueva dictadura de un nuevo clan mafioso. Sergio escribe en Twitter: “Al devolvernos la moral, los jóvenes de Nicaragua nos han devuelto la vida. Con esta juventud sin mancha, volvemos a renacer. Con ellos nace por fin el nuevo siglo.”

No sé si estos jóvenes representan una ‘juventud sin mancha’. Es más, no sé si para derribar a un régimen tan obsoleto como el de los Ortega se necesita una ‘juventud sin mancha’, que se sacrifique para ‘devolver la moral’ a una generación que se ha dejado comprar la moral y la dignidad. No es esta la intención de esta generación, sino simplemente ser libres para vivir como quieren, y también liberarse de este interminable e insufrible sermón sobre revolución, patria, y moral que han escuchado de sus gobernantes, pero también de los círculos opositores.



Mancha o no, esta juventud no va responder a llamados ideológicos de ninguna índole. Y esto es lo que la hace tan simpática y fuerte.

Vea también:
Carta a los nicas: Al fin rebalsó el vaso. De Paolo Luers

(MAS! / El Diario de Hoy)


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