No puedo odiar a Fidel, pero tampoco adularlo

Nunca voy a olvidarme de la manera generosa y cariñosa que Cuba, en plena guerra salvadoreña, recibió a nuestros lisiados de guerra, y les dio atención médica, prótesis, educación y esperanza. Por órdenes directas de Fidel.


Tampoco voy a olvidar que las tres niñas, que luego me adoptarían de padre, luego de haber quedado huérfanas en la guerra salvadoreña, encontraron en Cuba un hogar seguro para superar sus traumas y crecer estudiando. Por órdenes de Fidel. Ellas no serían las mujeres fuertes y seguras que hoy alegran mi vida, si se hubieran tenido que quedar en El Salvador durante la guerra. Pero tampoco si luego del fin de la guerra no hubieran salido de Cuba…

No voy a olvidar con qué apoyo incondicional nos recibieron en Cuba cuando necesitábamos apoyo para terminar nuestros documentales de guerra, y cuando asistimos a los Festivales de La Habana. Santiago Álvarez, el padre del documental cubano, y los colegas de la Televisión cubana y del ECIFAR (Estudios Cinematográficos, de Televisión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias) nos brindaron apoyo moral y técnico, incluso cuando las eminencias del ICAIC (el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) no quisieron parar bola a estos cineastas-guerrilleros que no correspondimos ni a su estética ni a su discurso revolucionario. Por órdenes de Fidel recibimos todo el apoyo que pedimos – y más: Contra fuerte resistencia de la élite cultural cubana pudimos competir en igualdad de condiciones en los festivales de La Habana y ganar premios para nuestras producciones.

Por esto, sobre todo por la historia de los lisiados y de los cientos de niños acogidos por Cuba, como mis hijas, me es imposible unirme al coro de desprecio a Cuba, que se expresa ahora que murió Fidel. Pero tampoco me puedo unir al otro coro, que endiosa a Fidel Castro. No puedo odiar la revolución cubana, ni puedo continuar viéndola como ejemplo a seguir.

Es difícil no a amar a los cubanos, su alegría, su hospitalidad – su capacidad de subsistir tan parecida a la de los salvadoreños. Pero también es imposible amar las profundas injusticias en el país que prometió el fin de las desigualdades. Ya en los años 80 que frecuentemente viajé a Cuba, era penoso observar la brecha insoportable entre los que tenían acceso a dólares y privilegios, y los que tuvieron que sobrevivir en una miseria generalizada. Como invitados del partido, siempre éramos partícipes de los privilegios. Más difícil aun era observar la falta de libertad, de debate, de pluralismo de pensamiento – y el miedo de la gente de hablar con franqueza. En 1989 estuvo con mis amigos del ECIFAR, militares y cineastas, cuando comenzó el juicio contra el general Arnaldo Ochoa, héroe de la guerrilla, del combate contra la invasión de la Bahía de los Cochinos, y de la guerra de Angola. Fui testigo del terrible impacto que este juicio -y el posterior fusilamiento de Ochoa por supuesto narcotráfico- tuvo entre los militares cubanos. Todos sabían que el apoyo al narcotráfico se había dado por órdenes de los hermanos Casto, y que Ochoa y otros fueron los chivos expiatorios que había que sacrificar. Mis amigos del ECIFAR dejaron de hablar de política – y del futuro. Dejaron de creer en una revolución que estaba comiendo a sus hijos más fieles. Yo también.

Años después observé como un militar golpista llamado Hugo Chávez llegó a la renunión del Foro de Sao Paulo en San Salvador, donde (con toda razón) nadie le quería hacer caso – y como por órdenes de Fidel a este hombre se convirtió en líder y ‘faro’ de la izquierda latinoamericana, corrompiéndola. Vi de cerca en Venezuela como, por órdenes de Fidel, cuadros partidarios, policías y militares cubanos ayudaron a Chávez a desmontar la democracia, las instituciones republicanas, y levantar un régimen represivo.

Fidel no hizo esto por amor al burdo populismo y militarismo de Chávez, sino para garantizar, por unos años más, la sobrevivencia económica de su país. Igual como había hecho antes, convirtiendo su movimiento de rebeldía patriótica y anti dictatorial en un satélite y Cuba en bastión militar de la Unión Soviética – sacrificando la revolución cubana, no por amor al comunismo, sino por cálculos geopolíticos y para no verse obligado a hacer la paz con Estados Unidos. Esta paz de todos modos la hizo, años después, su hermano Raúl, cuando la Unión Soviética ya no existía y Venezuela entró en crisis. Y ahora, inundado de dólares, Cuba se ha convertido en el país con más la desigualdad social del continente – pero hasta ahora sin conceder a la disidencia y la oposición más derechos a organizarse y expresarse.

No tengo razón de alegrarme de la muerte de Fidel, pero sí de la certeza que sin él como guardián del discurso revolucionario, la transición democrática en Cuba será más dinámica, más audaz y más rápida. Y porque así, sin el papa de la fe socialista, tal vez también la izquierda latinoamericana, incluyendo la salvadoreña, se logre liberar de la tutela de un socialismo antidemocrático.

(El Diario de Hoy)