Carta a Mercedes de la Paz

Estimada suegra:
Hacer chistes de la suegra es un deporte universal. Y yo no soy la excepción. Cuántas veces no he hablado con malicia de vos, Mercedes. De la terquedad con la cual vos siempre insistías en principios como sinceridad, humildad, autocrítica, ir al fondo en discusiones sobre cómo actuar frente a problemas de la familia y del país…

No siempre es fácil convivir con mujeres tan fuertes, tan exigentes, tan independientes, tan poco conformistas.

Vos naciste en una familia que a raíz de la represión del 1932 tuvo que dispersarse. Conoció la dureza del exilio desde chiquita. Hay quienes en estas situaciones deciden adaptarse, esconderse en la normalidad y el conformismo. Hay otras, como vos, que desarrollan un sentido de rebeldía. Cuando en los años 70 nació la insurgencia, vos sacrificaste radicalmente todo -la tranquilidad de tu familia, tu carrera de publicista que tanto te había costado impulsar como mujer en esos tiempos- para luchar contra la represión, que años antes había expulsado del país a tu padre y gran parte de tu familia.
Pero también en la noble insurgencia, en la cual muchos se incorporaron como vos, hubo conformismo y represión. Todos aprendimos esto en algún momento. Y nuevamente, muchos se adaptaron. Vos no. Cuando te conocí, a mediados de la década de la guerra, encontré a una mujer que nuevamente se estaba rebelando, esta vez contra el conformismo de los militantes revolucionarios. Vos, miembro de la generación fundadora de las FPL, no pudiste aceptar tan fácilmente regresar a la "normalidad" y a la disciplina partidaria luego del asesinato de Ana María, con la cual habías trabajado durante años de clandestinidad. Y observando que la dirigencia insurgente se negó a ir al fondo del problema y que mejor se dio por satisfecha con el hecho que su máximo líder Marcial asumió la culpa suicidándose, te apartaste.

Así que la "compañera Silvia", nuevamente se convirtió en Mercedes de la Paz - y se entregó a la tarea de volver a unir su familia - tanto la de su generación dispersada por la represión del 32, como la generación de sus hijas e hijos, dispersada por la guerra. Y esto ha sido el trauma que nunca te iba a abandonar, esta pregunta que te torturó: ¿Tuve el derecho de incorporarme a la lucha por mi país al costo de dejar solas a mis dos hijas adolescentes?

La vida respondió esta pregunta de manera contundente: tus dos hijas, Daniela y Paula, se convirtieron en mujeres fuertes, independientes, creativas y exitosas, una como bailarina, la otra como cineasta. Y no a pesar de la rebeldía de su madre, sino precisamente porque vos actuaste frente a la vida y sus problemas como actuaste: consecuente y rebelde, y nunca conformista. De ahí nació la independencia, desde chiquitas, de estas dos mujeres. Y de ahí, durante toda su vida, se alimentó su fuerza y su talante artístico.

Tengo la impresión que al final de tu vida vos has encontrado la paz contigo misma y tu accidentada y rica vida: en la cercanía con tus hijas, y con Andrés y Juan, los dos hijos de la guerra que adoptaste para convertirlos, a ellos también, en hombres de verdad. Y yo, quien en tantas cosas he disentido con vos, soy testigo de esta historia de una gran mujer que nunca se rindió, nunca se conformó, y que se verá reflejada en las obras de sus hijos.

Podés descansar en paz, Mercedes. Tu yerno Paolo Lüers




(Mas!/El Diario de Hoy)