Carta al tío Rafa: ¡Estamos mejor!

Querido Rafa:
Desde que te conocí, hace como 25 años, el ritual siempre fue el mismo: “¿Cómo estás, tío?” – “Mejor.” Nunca contestaste otra cosa, a menos que cambiaras a tu lengua preferida, el inglés: “Better.”

Así fue también durante las últimas semanas, vos ya postrado en cama, incluso en el hospital, días antes de tu partida para siempre. Para vos no fue solo un decir, no, expresaba la manera cómo enfrentaste la vida: nunca quejarse, nunca depender de nadie, nunca pedir ayuda, pero siempre buscar cómo ayudar a otros.

Siempre fuiste un hombre solitario, privado, casi ascético. Odiabas el small talk. O se hablaba de asuntos importantes, o mejor te callaste. Pero no, como muchos, por amargado o agresivo. No, desde esta distancia que siempre marcaste, fuiste el más generoso y cariñoso de todos.

Conociendo tu modo tan privado, pensaba que a los pocos familiares iba a tocarnos solos velar y enterrarte. Mi sorpresa: La funeraria se llenó de gente, casi todos empleados o parroquianos del Mister Donut San Luis, donde vos pasaste buena parte de tus últimos 20 años, todos los días, hasta que te volviste del inventario.

Como te habías comprado un lugar de descanso eterno en un parque memorial muy retirado, en Soyapango, estaba convencido que ahí sí íbamos a estar solos despidiéndote. Pero las empleadas del Mister, como vos siempre lo llamaste, pidieron permiso, contrataron transporte, y aparecieron en pleno. Hablando con estas mujeres, fuimos a conocer una faceta de tu vida -y tu carácter- que nunca habíamos entendido a plenitud. Una tras otra de estas mujeres dieron testimonio cómo el tío Rafa había tocado, y en muchos casos cambiado y marcado su vida. Con consejos, con ayuda, cuando estaban enfrentando alguna crisis, o simplemente con tu forma de ser. La hija de una de las meseras, de 17 años, lloraba al abuelo que nunca tuvo, pero que lo encontró en vos, desde que nació. Alguien en quien confiar.

Rafael Heredia Reyes, al regresar de la guerra de Corea
¿Qué hay detrás de esta relación extraordinaria de un hombre retirado, que luego de una larga vida militar y profesional en Estados Unidos regresó a su país, con las meseras de un restaurante de fast food y con docenas de clientes que también lo adoptaron como su segunda casa? No puede ser la calidad del café o de la comida que ahí sirven. Es expresión de cosas que a veces olvidamos en el mar de noticias malas, de violencia y desintegración social y familiar: la necesidad humana de ser parte de una comunidad; y la empatía que los salvadoreños tienen para personas con tal que sean decentes y amables.

Lo mismo detecté en el hospital Rosales, donde vos, ya muy viejito y débil, encontraste otros ángeles que te cuidaron con la misma compasión.

Si algo he aprendido de la historia de tu vida y muerte es que no estamos perdidos en El Salvador. Solo necesitamos oportunidades para actuar con humanidad y nobleza.
Goodbye, Rafa. Seguramente me dirás: Estoy mejor. Nos hiciste hombres y mujeres mejores. Te saluda
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(MAS! / EL DIARIO DE HOY)

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