miércoles, 21 de enero de 2026

El imperialismo de Trump sin coartadas. De Ricardo Hausmann (original en inglés y traducción al español)

Ricardo Hausmann es un economista venezolano, exministro de Finanzas, luego director en el BID (Banco Internacional de Desarrollo) y actualmente profesor en la Kennedy School of Government de Harvard.  Vea abajo el original en inglés, publicado en Project Syndicate.



 

 

21 de enero de 2026, RICARDO HAUSMANN / Project Syndicate

 

Al afirmar su control sobre las principales fuentes de ingresos de Venezuela, el presidente estadounidense Donald Trump ha reemplazado la retórica moral de sus predecesores con una versión del siglo XXI del gobierno indirecto de la era colonial. El resultado es un país que conserva los símbolos del autogobierno, pero funciona como un protectorado estadounidense

 

DAVOS – Los comentaristas han presentado en gran medida la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro como un intento orquestado por Estados Unidos de " cambio de régimen ", o como un esfuerzo por preservar el orden político existente en el país, sin Maduro . Pero estas interpretaciones pasan por alto el acontecimiento más trascendental: el surgimiento de una nueva forma de imperialismo, más discreta.

 

En lugar de instalar un gobernador colonial estadounidense en el Palacio de Miraflores, este sistema opera mediante medios más sutiles que, en cierto modo, resultan más cínicamente efectivos. Venezuela aún cuenta con ministerios, servicios de seguridad, tribunales y símbolos ceremoniales como la banda presidencial. Sin embargo, su sustento económico —la capacidad de vender petróleo y acceder a sus ganancias— ha quedado bajo el control de Estados Unidos. Como declaró el presidente Donald Trump a la prensa : «Necesitamos acceso total. Necesitamos acceso al petróleo y a otras cosas en su país que nos permitan reconstruirlo ».

 

A diferencia de las sanciones tradicionales, que buscan influencia mediante castigos externos, este mecanismo funciona como una sindicatura informal. El gobierno estadounidense comercializa el petróleo venezolano, deposita los ingresos en cuentas que controla y utiliza el acceso a estos fondos para disciplinar a las autoridades locales.

 

El precedente histórico más cercano no es la reconstrucción de posguerra de Europa y Japón, sino el gobierno indirecto de la época colonial . Bajo este sistema, un gobierno local se mantiene para administrar la vida cotidiana, mantener el orden y gestionar la disidencia, mientras que el poder imperial conserva los atributos esenciales de la soberanía, incluyendo el comercio, la política exterior y el control sobre las principales fuentes de ingresos estatales.

Contrariamente a las expectativas de muchos observadores externos, la gran mayoría de los venezolanos acogió con agrado el aparente fin de su soberanía, según una encuesta reciente de The Economist. Esa respuesta es menos una aprobación del imperialismo estadounidense que una devastadora condena del chavismo. Durante años, muchos venezolanos creyeron que la soberanía ya se había perdido, efectivamente externalizada a potencias como Rusia y Cuba mediante la dependencia de servicios de inteligencia extranjeros y enmarañadas relaciones financieras opacas.

La incursión del 3 de enero para capturar a Maduro y a su esposa solo reforzó esa percepción. Posteriormente, Cuba informó que 32 miembros de sus fuerzas armadas y de sus servicios de inteligencia murieron durante la operación estadounidense, un indicador contundente de cuán profundamente el personal cubano estaba incrustado en el aparato de seguridad de Venezuela.

Los venezolanos deben, por tanto, enfrentarse a una amarga ironía. Durante mucho tiempo percibido como un Estado cliente, su país está siendo ahora redefinido como un protectorado estadounidense mediante el control de sus exportaciones y de sus ingresos petroleros, más que a través de una anexión formal o una invasión terrestre.

Es aquí donde los relatos, a menudo desestimados como mera retórica, se vuelven estratégicamente imprescindibles. Los imperios siempre han dependido de las narrativas no solo para legitimar la coerción ante audiencias internas e internacionales, sino también para moldear expectativas de manera que el poder resulte predecible y aplicable.

Los imperios europeos del siglo XIX comprendieron bien esto, y a menudo envolvían la dominación imperial en relatos edificantes de deber moral y progreso civilizatorio. Francia hablaba de su “misión civilizadora” (mission civilisatrice), mientras que la ideología imperial británica encontró su expresión más infame en la exhortación de Rudyard Kipling a “asumir la carga del hombre blanco”. En 1884, el estadista francés Jules Ferry articuló la lógica imperialista con una franqueza llamativa, al escribir que “las razas superiores tienen un derecho porque tienen un deber” de “civilizar a las razas inferiores”.

En contraste, la América de la posguerra promovió una narrativa diferente. El presidente Harry Truman enfatizó el apoyo a los “pueblos libres” que resistían la “subyugación intentada”, mientras que John F. Kennedy prometió “pagar cualquier precio” y “soportar cualquier carga” para “asegurar la supervivencia y el éxito de la libertad”, vinculando explícitamente el poder estadounidense a un propósito compartido más que al saqueo imperial.

Esa autoimagen quedó posteriormente grabada en piedra en el Monumento a la Segunda Guerra Mundial en Washington, que declara que “los estadounidenses vinieron a liberar, no a conquistar, a restaurar la libertad y a poner fin a la tiranía”. En una declaración de despedida poco antes de su muerte, el senador John McCain recurrió a la misma tradición, describiendo a Estados Unidos como “una nación de ideales, no de sangre y suelo”, que estaba en su momento de mayor fortaleza cuando ayudaba a “liberar a más personas de la tiranía y la pobreza que nunca antes en la historia”.

Lejos de ser meros adornos retóricos, estas narrativas ayudaron a moldear la política exterior estadounidense de la posguerra, haciendo más creíbles los compromisos de Estados Unidos y fortaleciendo alianzas basadas en valores compartidos. De manera crucial, también elevaron el costo reputacional de la depredación.

La narrativa emergente de Trump rompe de forma tajante con esa tradición. Mientras que las formas anteriores de imperialismo se apoyaban en justificaciones morales, él prescinde de tales coartadas y reduce el ejercicio del poder a una partida en un balance contable. El propio Trump hizo explícito ese giro en una entrevista reciente con The New York Times, descartando por completo el derecho internacional. Cuando se le preguntó qué, en todo caso, limitaba sus acciones, respondió: “Mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. También habló de reconstruir Venezuela “de una manera muy rentable”, añadiendo: “Vamos a usar el petróleo, y vamos a tomar el petróleo”.

Las implicaciones para Venezuela y para el orden internacional son profundas. Las narrativas basadas en reglas vinculan el poder a las instituciones, generando y sosteniendo la confianza. Las narrativas personalistas, en cambio, atan el poder al temperamento, volviéndolo impredecible y, en última instancia, poco fiable.

Si Estados Unidos quiere que los venezolanos —y el mundo— consideren su intervención como temporal y legítima, debe imponer límites estructurales claros: una ruta creíble y con plazos definidos hacia elecciones; una gestión transparente y auditada de manera independiente de los ingresos petroleros; y un compromiso firme con los derechos humanos, incluida la liberación de los presos políticos. Por encima de todo, Estados Unidos debe reconocer que su poder no se justifica por sí solo.

En ausencia de esos límites, Venezuela no pasará de la dictadura a la democracia. En su lugar, simplemente cambiará una forma de tutela por otra.

 

Trump’s Imperialism Without Alibis


Jan 21, 2026, RICARDO HAUSMANN / Project Syndicate

 

By asserting control over Venezuela’s primary sources of revenue, US President Donald Trump has replaced the moral rhetoric of his predecessors with a 21st-century version of colonial-era indirect rule. The result is a country that retains the symbols of self-government but functions as an American protectorate.

DAVOS – Commentators have largely framed the capture of Venezuelan President Nicolás Maduro as a US-orchestrated attempt at “regime change,” or as an effort to preserve the country’s existing political order, minus Maduro. But these interpretations overlook the more consequential development: the emergence of a new, more discreet form of imperialism. 

Rather than installing an American colonial governor in Miraflores Palace, this system operates through subtler means that are, in some ways, more cynically effective. Venezuela still has ministries, security services, courts, and ceremonial symbols like the presidential sash. Yet its economic lifeline – the ability to sell oil and access the proceeds – has been placed under the United States’ control. As President Donald Trump told reporters, “We need total access. We need access to the oil and to other things in their country that allow us to rebuild their country.” 

Unlike traditional sanctions, which seek leverage through external punishment, this arrangement functions like an informal receivership. The US government markets Venezuelan oil, deposits the revenues into accounts it controls, and uses access to these funds to discipline local authorities. 

The nearest historical precedent is not the postwar reconstruction of Europe and Japan but colonial-era indirect rule. Under such a system, a local government remains in place to administer daily life, maintain order, and manage dissent, while the imperial power retains the core attributes of sovereignty, including trade, foreign policy, and control over the principal sources of state revenue. 

Contrary to many outside observers’ expectations, the vast majority of Venezuelans welcomed the apparent end of their sovereignty, according to a recent Economist poll. That response is less an endorsement of American imperialism than a devastating indictment of Chavismo. For years, many Venezuelans believed sovereignty had already been lost, effectively outsourced to powers like Russia and Cuba through dependence on foreign intelligence services and opaque financial entanglements. 

The January 3 raid to capture Maduro and his wife only reinforced that perception. Cuba later reported that 32 members of its armed forces and intelligence services were killed during the US operation, a striking indicator of how deeply Cuban personnel had been embedded within Venezuela’s security apparatus. 

Venezuelans must thus confront a bitter irony. Long perceived as a client state, their country is now being recast as an American protectorate through control of its oil exports and revenues rather than through formal annexation or a ground invasion. 

This is where narratives, often dismissed as mere rhetoric, become strategically imperative. Empires have always relied on stories not only to legitimize coercion before domestic and international audiences but also to shape expectations in ways that make power predictable and enforceable. 

European empires in the 19th century understood this well, often cloaking imperial domination in uplifting narratives of moral duty and civilizational progress. France spoke of its “civilizing mission” (mission civilisatrice), while British imperial ideology found its most notorious expression in Rudyard Kipling’s exhortation to “take up the White Man’s burden.” In 1884, French statesman Jules Ferry articulated the imperialist logic with striking bluntness, writing that “the superior races have a right because they have a duty” to “civilize the inferior races.” 

By contrast, postwar America advanced a different narrative. President Harry Truman emphasized support for “free peoples” resisting “attempted subjugation,” while John F. Kennedy pledgedto “pay any price” and “bear any burden” to “assure the survival and the success of liberty,” explicitly linking US power to shared purpose rather than imperial plunder. 

That self-image was later inscribed in stone at the World War II Memorial in Washington, which declares that “Americans came to liberate, not to conquer, to restore freedom and to end tyranny.” In a farewell statement shortly before his death, Senator John McCain drew on the same tradition, describing America as “a nation of ideals, not blood and soil” that was at its strongest when it helped “liberate more people from tyranny and poverty than ever before in history.” 

Far from being mere rhetorical flourishes, these narratives helped shape America’s postwar foreign policy, making US commitments more credible and strengthening alliances built on shared values. Crucially, they also raised the reputational cost of predation. 

Trump’s emerging narrative breaks sharply with that tradition. Whereas earlier forms of imperialism relied on moral justification, he dispenses with such alibis, reducing the exercise of power to an entry on a balance sheet. Trump himself made that shift explicit in a recent New York Times interview, brushing aside international law altogether. Asked what, if anything, constrained his actions, he replied, “My own morality. My own mind. It’s the only thing that can stop me.” He also spoke of rebuilding Venezuela “in a very profitable way,” adding, “We’re going to be using oil, and we’re going to be taking oil.” 

The implications for Venezuela and the international order are profound. Rules-based narratives bind power to institutions, generating and sustaining trust. Personalist narratives, on the other hand, tie power to temperament, making it unpredictable and ultimately unreliable. 

If the US wants Venezuelans – and the world – to regard its intervention as temporary and legitimate, it must impose clear structural constraints: a credible, time-bound path to elections; transparent, independently audited management of oil revenues; and a firm commitment to human rights, including the release of political prisoners. Above all, the US must recognize that its power is not self-justifying. 

Absent those constraints, Venezuela will not be moving from dictatorship to democracy. Instead, it will simply be trading one form of tutelage for another.

 

viernes, 16 de enero de 2026

Carta a quienes vivieron la guerra: Vivan los Acuerdos de Paz. De Paolo Luers

 

"A pesar de las diferencias de la vivencia y del pensamiento de cada uno, esta memoria es compartida porque todos fuimos parte de la gesta histórica de apartarnos de las diferencias y concentrarnos en el interés común del país."   

SIGUIENTE PÁGINA, viernes 16 enero 2026    

Estimados amigos:

Hoy es el aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz de 1992. No habrá ningún acto oficial, ya que Nayib Bukele ha decretado borrar de la memoria oficial aquel acuerdo que puso fin a la guerra civil y abrió el camino hacia la transición democrática. Bukele impone una nueva narrativa que cambia el sentido de las palabras: la conquista de la Paz ahora es un pacto entre dos élites para compartir el poder. La transición democrática ahora es el establecimiento de un 'bipartidismo mafioso´. La fecha de celebrar ya no es el 16 de enero del 1992 sino el 3 de febrero de 2019día que Bukele fue electo presidente para inaugurar la Nueva República. La Paz ahora no se refiere al acuerdo nacional para terminar la guerra civil, sino al Estado de Excepción establecido para iniciar la guerra contra las pandillas.


El impacto de la narrativa oficial difundida ya durante 7 años por la maquinaria propagandística es tan fuerte que ni siquiera la oposición se anima -o se atreve- a reivindicar la gesta histórica de los Acuerdos de Paz. 


¿Será que el régimen realmente haya ganado la batalla ideológica y hasta semántica e impuesto en la conciencia nacional su memoria oficial? No. 

 

La memoria de la represión y del cierre de todos los espacios políticos que provocaron la insurgencia; la memoria de los sacrificios de los 12 años de guerra civil; y la memoria del clima de apertura y despertar de los años 90 – toda esta memoria está anclada en el la mente de toda una generación. Es la memoria compartida, aunque no idéntica, de soldados y guerrilleros, de derecha e izquierda, de conservadores y liberales, de católicos y protestantes, de empresarios y trabajadores. A pesar de las diferencias de la vivencia y del pensamiento de cada uno, esta memoria es compartida porque todos fuimos parte de la gesta histórica de apartarnos de las diferencias y concentrarnos en el interés común del país.   

 

El hecho que esta memoria compartida ya no se expresa el 16 de enero en marchas, actos y fiestas no significa que ya no exista. Las imágenes de la fiesta en las plazas del centro capitalino del día 6 de enero 1992, cuando los dos bandos se convocaron en plazas diferentes pero después se confundieron y se abrazaron en una sola celebración son imborrables. No se dejan sustituir por las imágenes simbólicas de la Nueva República, las fotos de Bukele ante miles de soldados haciéndolos jurar fidelidad al presidente; las fotos de soldados tomándose la Asamblea Legislativa el 9 de febrero 2020; los videos de cientos de presos hincados en los pasillos del CECOT y de los espectáculos permanentes en el Centro Histórico anteriormente limpiado de los pobres... 

 

Estas imágenes, que simbolizan la dictadura, tampoco las olvidaremos, pero no podrán jamás reemplazar las imágenes del 16 de enero 1992. 

Saludos, 







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jueves, 15 de enero de 2026

Carta a mis amigos de izquierda: El silencio sobre Irán. De Paolo Luers

 

Trump intervino en Venezuela y amenaza con intervenir en Irán. Pero esto no es razón de que nosotros, personas de izquierda, abandonemos nuestros principios de solidaridad con quienes luchan contra dictaduras. Ni para que las feministas se olviden de sus principios de sororidad cuando vean a mujeres reprimidas por exigir lo mismo que ellas. 


SIGUIENTE PÁGINA, sábado 10 enero 2026    

Amigos (y no tan amigos):

La brutal fuerza con la cual el régimen de Irán está reprimiendo a las manifestaciones en todo el país no han logrado aplastar la protesta masiva. Sigue creciendo, a pesar de más de 12 mil muertos. A pesar de que el Internet fue suspendido en Irán, el mundo se ha enterado de lo que está pasando. Nadie puede alegar que no se dio cuenta. 

 

Entonces, ¿cómo se explica que las izquierdas mantienen un estruendoso silencio sobre Irán?

 

Ustedes han pasado dos años en permanente movilización en solidaridad con Palestina, protestando contra la manera brutal que Israel actuó en Gaza luego de la masacre que el 7 de octubre 2023 cometió Hamas contra la población civil israelí. Ustedes han organizado manifestaciones permanentes en Europa, Estados Unidos y América Latina. Han ocupado universidades e interrumpido actividades académicas y culturales en las cuales participaron ciudadanos israelíes o compatriotas de origen judío. Inundaron universidades y plazas con mares de banderas palestinas y muchas veces con consignas que pusieron en duda el derecho de existencia del estado de Israel. Tenían razón para defender a los palestinos, pero no se preocuparon de evitar excesos. Con esto, lograron que sus conciudadanos judíos comenzaran a sentirse inseguros en sus propios países.


Después de tanta consigna sobre los derechos humanos y en contra del uso brutal de la fuerza contra civiles, ¿cómo se pueden callar sobre lo que está pasando en Irán?

 

¿Acaso la izquierda se han olvidado cómo el régimen teocrático suprime a las mujeres en Irán y siempre cuando protestan, las mata en las calles o en las cárceles? ¿Acaso esto ya no es un tema para las feministas en Europa, en Estados Unidos y en América Latina? 

 

Hablando con algunos de ustedes sobre el tema -conversaciones nada fáciles- comienzo a ver cuál es el dilema en el cual se ven atrapados. Por supuesto es lamentable la situación de las mujeres bajo un régimen religioso, dicen. Por supuesto las mujeres tienen razón de ir la calle y protestar por sus derechos, agregan. Y por supuesto es horrible cómo reprimen las protestas, lamentan. Pero imagínate cómo quedaríamos nosotros si nos movilizamos en contra de la dictadura de los mullahs y de repente Trump cumple con su amenaza de mandar a bombardear al Irán. De repente estaríamos del mismo lado que el imperialismo estadounidense y sus intervenciones...

 

Entiendo. Es por esto que casi nunca se han pronunciado contra la masacre de Hamas ni contra el régimen dictatorial que esta organización ejercía sobre la población civil palestina en Gaza.. No podían estar del lado de Israel. Por la misma razón casi nunca hablaron en apoyo a la oposición venezolana, ni siquiera cuando reprimían brutalmente las manifestaciones luego de robarles la elecciones. No podían aguantar la idea de terminar estando en el mismo lado de Trump cuando al fin decidió mandar a secuestrar a Nicolás Maduro desde su escondite en el mayor cuartel militar del país. 

 

Pero estas son vacilaciones pusilánimes. Los principios se mantienen, sea quien sea quien por intereses propios de repente se ponga del mismo lado. Todos sabemos que a Trump le vale un comino la suerte de la gente de Venezuela y de Irán. No actúa en favor de ellos sino en favor de sus intereses geopolíticos y económicos. En países como Irán y Venezuela ve petróleo, no una población civil que sufre y lucha por sus derechos.

 

Pero esto no es razón de que nosotros, personas de izquierda, abandonemos nuestros principios de solidaridad con quienes luchan contra dictaduras. Ni para que las feministas se olviden de sus principios de sororidad cuando vean a mujeres reprimidas por exigir lo mismo que ellas. 

 

Si ustedes siguen dividiendo el mundo en países imperialistas y otros amenazados por el imperialismo ¿dónde quedan las poblaciones de estos últimos países y sus luchas contra los regímenes que los oprimen? Mala suerte la de los venezolanos y los iraníes: los antiimperialistas del mundo ya no pueden hacer nada por ellos, ya que sus gobiernos han sido declarados enemigos por Trump y Cía. – ni modo, ahí no nos metemos.

 

Esta es la bancarrota moral de la izquierda, compañeros.

Saludos, 










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miércoles, 14 de enero de 2026

Un primer estudio sobre lo que piensan los venezolanos de Trump, de María Corina Machado, del chavismo y de Delcy Rodríguez. De Meganálisis

Publicamos una encuesta realizada en Venezuela luego de la captura de Maduro. Puede ser difícil hacer encuestas confiables en las condiciones de inseguridad, confusión y miedo que reinan en Venezuela, con un régimen autoritario todavia en control. Pero los resultados dan una idea por dónde va la voluntad popular. Es recoemndable no fijaste en las cifras concretas, pero en la tendencia claramente dibujada.