Columna transversal: CUBA, OBJETO DE AMOR Y CRÍTICA

Imposible no amar a Cuba y su revolución. Imposible no criticar a Cuba y su revolución. Es igual de estúpido quien no encuentra nada bueno en Cuba que el que no encuentra nada malo. Si es así, aquí sobran los estúpidos: los que ven en Cuba el paraíso que hay que proteger de crítica; más los que ven en Cuba el reino del mal.

Tengo mucho que agradecer a Cuba, su gente, su partido, Acogieron a nuestros lisiados, les dieron vida, esperanza, dignidad. Acogieron a mis hijas y las mandaron de regreso, después de la guerra, mejor formadas, optimistas, orgullosas de ser salvadoreñas, hijas de guerrilleros, pero también un poco cubanas. Acogieron a una de ellas por segunda vez, después de la guerra, para estudiar medicina. Durante la guerra, cada vez que llegabas a la isla, los cubanos te hicieron sentir en casa, te curaron, te llevaron a la playa, a bailar, a tomar ron. Te escucharon tus cuentos, te prestaron sus hombros para llorar tus muertos, y sus noches para festejar tus victorias.

Uno puede decir, como la derecha salvadoreña, que todo esto se dio en el marco de la intervención del bloque comunista en Centro América. Tal vez en los burós políticos en Moscú y Habana lo hayan visto así. Pero se dio también en el marco de genuina amistad, solidaridad, generosidad de la gente común y corriente de Cuba. A uno que andaba en La Habana como ‘compañero internacionalista’ no sólo le trataron bien los cuadros del partido y los coroneles y generales, sino le trataron con respeto y amor los camareros, los soldados comunes, las enfermeras…

Los cubanos –cuadros o no cuadros- tenían una profunda admiración por los guerrilleros salvadoreños. Incluso –y sobre todo- para los guerrilleros del ERP que no ocultamos que no éramos comunistas y que criticamos la falta de libertades, de información y de la crítica en Cuba.

Los cubanos respetaban tanto a los guerrilleros salvadoreños, precisamente porque sabían que su lucha era genuina, que no importada i dirigida desde Cuba sino made in El Salvador. Es cierto que Fidel tenía mucha influencia sobre los dirigentes del FMLN, a veces los presionaba, a veces los regañaba. Pero igual es cierto que no siempre le hicieron caso. Sólo pocos de los comandantes tomaron ordenes de Fidel Castro. Tal vez los mismos que hoy aceptan ordenes de Hugo Chávez. La mayoría no. Y también es cierto que el mismo Fidel respetaba más a los comandantes salvadoreños que mostraron capacidad y coraje en la conducción de la guerra, que en los comandantes sumisos que pasaron más tiempo en La Habana que en El Salvador.

No decir todo esto, no confesar amor y respeto a Cuba, su gente, sus dirigentes, al mismo Fidel, es imposible para quien ha estado en la guerrilla salvadoreña. Para alguien como yo, que venía con un trauma resultado del socialismo gris, triste, malhumorado y malencarado de Europa Oriental, conocer al socialismo caribeño de Cuba, era toda una revelación.

Sin embargo, ya a segunda vista, ya durante los ochenta, era evidente la debilidad del sistema cubano. Igual que en Europa Oriental, no funcionaba sin represión, no estaba basado en libertad e información, no toleraba disidencia ni pluralismo. Era evidente, incluso para los visitantes amigos, que un sistema con estas debilidades no tiende a resolverlas, sino a profundizarlas. Cada año Cuba se volvió un poco menos alegre, un poco más triste. Un poco menos abierto, un poco más cerrado.

A esta altura, casi 20 años después de la caída del reino soviético, no decir con claridad que el sistema político que han creado Fidel y su partido es una dictadura, es irresponsable. No decir que la existencia de dos economías –la dolarizada y la de los pobres- ha creado en Cuba diferencias sociales incompatibles con la idea del socialismo. Decir que todo esto es sólo resultado del bloqueo impuesto por Estados Unidos, es hipócrita. Hay que exigir el fin del bloqueo económico, hay que exigir la apertura de relaciones diplomáticas con Cuba, pero igual hay que exigir a Cuba que se transforme hacia un régimen democrático y abierto. Para este proceso, Cuba puede contar con el apoyo de las izquierdas de todo el mundo.

Uno puede seguir amando, respetando y apoyando a Cuba - pero mantener frente a su militancia el mitos de Cuba como ‘democracia popular’, como lo hace el FMLN, es inaceptable. O es falta de valor de enfrentarse a sus aliados; o es expresión de su propia concepción antidemocrática. No es entendible que Mauricio Funes no puede decir con claridad lo que piensa de Cuba, de su falta de libertades, su falta de pluralismo, su falta de opinión pública crítica.

Si alguien le pide distanciarse del régimen represivo de Arabia Saudita, el candidato del FMLN puede decir: ¿Por qué diablos me preguntan sobre Arabia Saudita? ¿Por qué yo tengo que hablar de este país que apenas se donde queda? Pero esto no puede decir sobre Cuba el candidato de un partido que ha estado muy vinculado a Cuba durante toda su existencia. Tampoco lo puede decir sobre Venezuela y Hugo Chávez, cuando es evidente que hay vínculos entre su partido y Chávez y su ideario antidemocrático. Tener buenas relaciones con Cuba y Venezuela no tiene nada de malo, pero requiere de transparencia. EL FMLN y su candidato tienen que explicar con claridad y honestidad hasta dónde van sus coincidencias y vínculos con Fidel y con Chávez y sus políticas internas e externas.

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