"Esta profesión exige sentimiento de compasión, pero no lástima"

La violencia está metida en las venas de El Salvador. Lo sabe bien el periodista de 32 años Carlos Martínez d'Abuisson, que durante seis meses siguió el rastro de gente asesinada, violada, secuestrada y enterrada en cementerios clandestinos. Fue allí, frente a unas tumbas sin nombre, donde conoció al que él llama el "señor Árbol". Le puso este nombre para ocultar su verdadera identidad. El señor Árbol buscaba desesperadamente el cadáver de su hija de 14 años a la que todavía hoy no ha encontrado. Solo pedía conocer el lugar en el que estaba su cuerpo. Solo eso.

La tragedia del señor Árbol, un hombre analfabeto, se extiende a todas las capas de la sociedad en El Salvador, un país pequeño en el que la tasa de homicidios es seguramente la más alta del mundo, unos 72 por cada 100.000 habitantes. "Mi país es el top mundial de la violencia", dice con amargura y rabia este periodista, que, tras su imagen de joven inconformista, esconde un sólido profesional y un hombre tocado por el dolor ajeno. "Es una violencia la de mi país con una presencia activa y radical, doméstica", añade.

Martínez tiene las cosas más que claras. Él no es un valiente. Es únicamente un periodista. "Salir a la calle y contar lo que pasa es la esencia de mi oficio. Si no quieres enfrentarte a la violencia, dedícate a otra cosa, pon una boutique. Ser periodista nos demanda estar en la calle y contar lo que está pasando".

La narración de lo que está pasando en las ciudades de El Salvador es lo que le ha valido el Premio Ortega y Gasset al mejor trabajo de periodismo digital, editado en el diario electrónico El Faro, que nació en 1998. "Es un relato de la desesperanza", dice su autor sobre el trabajo El criminalista del país de las últimas cosas, cuyo título fue tomado prestado de un libro de Paul Auster y con el que se refiere al único criminalista forense que tiene la Fiscalía General de El Salvador y que se convierte en "el hilo conductor que nos guía a través de un espectáculo formidable de muerte". El reportaje fue realizado junto con el fotógrafo Bernat Camps.

El objetivo de este reportero salvadoreño, perteneciente a la segunda generación de periodistas con estudios tras la guerra civil que acabó en 1992, son las víctimas, esos seres desprotegidos e indefensos de los que nadie se ocupa. "Esta profesión nos exige un profundo sentimiento de compasión, que no quiere decir lástima. Más que riesgos físicos que se asumen, nos vemos involucrados emocionalmente. Este premio es un reconocimiento a una manera de entender el oficio: decidir, posicionarte, mojarte y entender que este no es un oficio imparcial".

No sabe muy bien Martínez explicar por qué la violencia sacude de esa manera brutal e indiscriminada a su país, pero considera que los periodistas no han sabido ofrecer a la sociedad una explicación que le lleve a comprender el alcance de este horror: "Los periodistas hemos sido profundamente irresponsables y cobardes. No comprendemos la violencia, la sufrimos y padecemos como una enfermedad terminal. A nuestra sociedad se la come la violencia".

Ayer, ya casi de noche y frente a un selecto auditorio en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, Martínez no quiso pecar de arrogante ni lanzar ningún mensaje. Solo recordar algunas cosas. Que el Ortega y Gasset es el aliciente para demostrar que tanto él como sus compañeros de El Faro están en el camino correcto, que nunca hay que desviar la mirada -"tenemos que estar al lado de los que sufren"- y que hacer un buen periodismo tiene sus réditos y es útil -"sirve para cambiar la realidad"-.

El reportero ensalzó, por último, los valores del periodismo de siempre: el rigor, la investigación, el contraste y la fuerza, elementos que ha plasmado en un trabajo pegado a la calle. "No se puede hacer un periodismo extraterrestre".

(El Pais/Madrid)

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