Columna transversal: Un relajo llamado Robby Salomón


En cada generación de intelectuales y artistas salvadoreños hay quienes abandonan el país. Algunos obligados por circunstancias económicas, políticas, o de persecución; otros, por obligación interna: para superarse, para aprender, por curiosidad, porque les queda chiquito el país…

Algunos de los que prueban suerte afuera  tienen éxitos inesperados: en la academia, en las letras, en las artes, en la tecnología, en medicina… Y de estos, algunos, muy pocos, regresan al país para implementar y enseñar lo que han aprendido afuera. Uno de estos valiosos y valientes es Robby Salomón, el teatrero. Gracias a que Robby salió al mundo y gracias a que ha regresado, hoy existe el Teatro Poma. Ricardo Poma puso la sala y el pisto, pero Robby le dio vida de teatro.

Hace un par de semanas atendí una invitación de Robby al Teatro Poma, para acompañarlo en la presentación de un libro sobre la historia de su vida y la historia del teatro salvadoreño, dos cosas no separables.

El libro se llama “Hippies de barranco”, escrito por Alejandro Córdova. Lo leí de una sola sentada, por lo fascinante que es el personaje y su tránsito por los tiempos de antesala de la guerra en los años 60 y 70 en El Salvador, y por los mundos intelectuales de Nueva York y Europa…

Recomiendo el libro por la riqueza de la vida de Salomón, aunque no estoy del todo de acuerdo de cómo está escrito. Está escrito desde una doble perspectiva: la de Robby en las diferentes etapas de su vida y del teatro; y la de un joven de 20 años, quien de manera muy industriosa lee, escucha, estudia, entrevista a docenas de gentes –todo para entender a Robby Salomón, para descifrar la historia del país, y para poder explicar el desarrollo del teatro contemporáneo– cosas que obviamente no puede lograr. Sin embargo, cumple el encargo de escribir el libro. A su manera…
 
El resultado es un libro con dos hilos entrelazados: la historia de Robby Salomón, fundador del bachillerato de Artes, luego del CENAR, luego de Actoteatro; exiliado, estudiante del teatro moderno en Nueva York y Europa; y quien regresa al país para fundar el Teatro Poma; y el otro hilo es la pelea de un joven talentoso con esta historia del teatro, del país, de la revolución, de la guerra y de Robby inmerso en todo esto –el hilo de este joven tratando de digerir, de entender, y de poner en orden todas estas historias que no son lineales, sino un solo relajo. La vida de Robby y la historia del país son un tremendo relajo. Y el joven autor, en vez de ordenarlo, lo enreda más.

Roberto Salomón
No sé si Robby encargó este libro a un joven de 20 años porque nadie más lo quería escribir - o precisamente para generar esta doble perspectiva, este relajo dentro del relajo. Tanto Jorge Ávalos como Giovanni Galeas, quienes vivieron las mismas épocas y siempre han estado en contacto con el teatro, hubieran podido entregar un libro más acabado y maduro, académicamente más correcto –un libro más justo a la historia del país, del teatro y del maestro Salomón.

Por otra parte, pasar la vida y obra de Robby por el filtro de la ingenuidad e ignorancia inocente que frente a la historia intelectual, política y social del país mantiene un joven de 20 años, resulta en un libro fascinante, porque los ojos del joven escritor ven lo que la gran mayoría de los lectores verán: una historia ya bastante distante, difícil de entender.

El lector un poco más viejo, que ha vivido estas épocas, y el lector muy versado en la historia y teoría del teatro, se asustan cuando de repente lee frases como esta: “Peter Brook es reconocido como el mejor director teatral a nivel mundial”. Uno vuelve a leer este juicio tan determinante, y se pregunta: ¿Quién habla aquí? ¿Habla Robby? No, habla el joven escritor. Robby, de todas formas, nunca diría una frase tan ligera como esta. Y el autor, ¿cómo habrá llegado a esta conclusión, sin conocer ni a Peter Brook ni a los otros grandes directores? Bueno, diría el lector sorprendido, es el derecho de la juventud asumir juicios, aunque todavía no tenga elementos para sostenerlas.

¿Es Robby responsable de las ligerezas que afirma su joven autor? No. Le habrá contado algo, pero no es su problema como Alejandro Córdova lo entendió. Igual que no es problema de un dramaturgo o cineasta lo que cada uno en público piensa entender de la obra.

Y así el libro está lleno de rupturas de una perspectiva a la otra, y de afirmaciones extrañas en boca del joven autor: sobre la generación comprometida, sobre los artistas que el Partido Comunista mandó a estudiar en Moscú o Praga – “para perfeccionarse”; sobre el valor de la obra de Álvaro Menén Desleal, sobre Albert Camus (“obras revolucionarios para público burgués”)… Siempre uno encuentra algo de Robby en esto, pero un poco torcido, “enajenado” como dirá Brecht. Un hombre sofisticado como Robby Salomón nunca lo diría así de simple – en esto reside buena parte de la tensión que tiene el libro. Entre sabiduría y atrevimiento.
(El Diario de Hoy)