martes, 15 de diciembre de 2015

Carta a los capitalinos: ¡Qué regalo este parque!

Estimados amigos:
No me lo van a creer: fue hasta el domingo pasado que al fin fui a conocer el parque Bicentenario.
De repente sentí la imperiosa necesidad de ver algo verde, respirar aire de bosque. Pero  también una horrible hueva de pasar horas en el carro para llegar a los mejores lugares verdes del país: los cafetales de la Ruta de las Flores o de la Cordillera del Bálsamo, las montañas de Chalate o Morazán…

Ante este dilema entre hueva y ganas de salir, de repente dijimos: ¿Y si vamos al Espino?
Llegamos en 10 minutos. Había parqueo de sobra. Y caminando otros cinco minutos, estuvimos inmersos en el bosque: bambú, los árboles de sombra, el cafetal. Siempre cuando pasaba por la Jerusalén, vi cantidades de gente caminando por unas pistas de cemento, pegadas al tráfico y ruido de la autopista -y es por esto que nunca me animé a parquearme y entrar al Bicentenario.


Ahora me di cuenta que no es un parque, es un bosque. Con veredas de tierra, con barrancos, con árboles caídos, con este tufo inconfundible de los bosques, donde siempre algo se pudre para que otra cosa crezca. ¡Qué regalo para los capitalinos de tener en medio del caos urbano un parque que no es jardín, sino bosque, donde uno puede caminar 2 horas sin ver mucha gente! ¡Y qué desperdicio que yo dejé pasar, como muchos capitalinos, años sin hacer uso de este lujo!

Lo que más me gusta es que los que diseñaron este parque construyeron muy poco dentro del bosque. Nada de caminos encementados en el interior. Un par de bancas y mesas para que la gente pueda hacer su picnic. Un par de mapas para que la gente no se pierda. Unos pocos áreas con juegos para niños. ¿Para qué hacer más, cuando el gran campo de aventura para los bichos es el bosque, no los columpios?

Lo que sí tendría sentido construir, siempre de la manera rústica como está hecho todo en este parque, son unos cuántos kioscos, donde uno se puede sentar en la sombra de los árboles para comer un pastel, tomar café, fresco o -¿por qué no?- unas cervecitas. Luego de la caminata por el bosque yo me estuve muriendo por una cerveza helada, y tuve que ir hasta el Paseo El Carmen para encontrar adónde tomármela al aire libre. No estoy hablando de instalar chupaderos en el parque, sino de un decente jardín cervecero para los caminantes, que a la vez sea sorbetería y pastelería para las familias… Yo me haría adicto al bosque del Espino…

Otra cosa que me llamó la atención: Nadie ha hecho nada para incorporar al parque a los viejos habitantes de la finca. No sé si las alcaldía involucradas lo han intentado o no, pero es un hecho que de repente uno se encuentra con unos asentamientos muy precarios; me imagino que son los mismos que hace poco querían desalojar a la fuerza y que se salvaron, por ahora, con un amparo de la Sala. Deberían hacerles casitas sencillas pero dignas en medio del bosque, emplearlos como guardabosques y permitirles dar servicios a los usuarios del parque.

Amigos capitalinos que viven en San Salvador, Mejicanos, Santa Tecla, Merliot: tenemos un paraíso a la vuelta de su casa. Usémoslo y exijamos a las alcaldías que lo cuiden, pero sin joderlo; que lo desarrollen y amplíen, pero sin quitarle su carácter de bosque.

¡Nos vemos en El Espino!