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sábado, 27 de julio de 2019

Un Gobierno de izquierdas. De Antonio Caño

Antonio Cano fue director de El Pais de 2014 al 2018

En lugar de aprovechar los meses pasados desde las elecciones para formar una gran coalición en el centro político, se difundió la fantasía de un Ejecutivo de izquierdas, que es imposible porque no hay escaños.


Publicado en EL PAIS, 27 julio 2019 


Por segunda vez en su corta carrera, Pedro Sánchez se ha estrellado con la realidad de que no existen posibilidades de formar un Gobierno estable, coherente y eficaz con la mayoría que le permitió ganar la moción de censura. Aunque no cabe descartar que lo intente una vez más, lo cierto es que la única posibilidad de que España cuente en los próximos años con un Gobierno de progreso —en el sentido de un Gobierno que permita progresar a la mayoría de los españoles— es mediante algún tipo de acuerdo del PSOE con Ciudadanos y Partido Popular. Esa es la situación que se pronosticaba antes de acudir a las urnas, esa es la situación que resultó de las elecciones de abril y esa es la situación a la que se ha llegado después de tres meses de mediocres negociaciones.

Esa realidad le ha sido ocultada a la opinión pública por unos líderes políticos cuyos intereses, debido a sus propios errores, se han hecho antagónicos con el pacto. Albert Rivera se equivocó al no ofrecer un programa de Gobierno sobre el que Sánchez se viera obligado a negociar y ahora le cuesta mucho rectificar. Pablo Casado, todavía muy débil, teme que cualquier paso en falso conduzca a él o a su partido hacia el precipicio. Pero el principal responsable es el propio Sánchez. En primer lugar, porque es él, como la persona encargada por el Rey de formar Gobierno, quien tiene que llevar la iniciativa. En segundo lugar, porque es él quien primero apostó por la negación del pacto para alcanzar el poder en su partido. Y en tercer lugar, porque Sánchez probablemente sospecha que un acuerdo con dos de lo que tan insistentemente ha llamado “las tres derechas” desperfile por completo su figura y la de su partido, que ahora son casi la misma cosa. El grito de “con Rivera no” con el que Sánchez fue aclamado en la noche electoral, es suficientemente elocuente de las expectativas que el líder había creado entre sus seguidores.
En lugar de aprovechar estos meses pasados, ante la inevitabilidad de los resultados que ofrecieron las urnas, para hacer pedagogía sobre la necesidad de dirigir una gran coalición en el centro del espectro político, se difundió la fantasía de un Gobierno de izquierdas que es simplemente imposible. No existen escaños en la izquierda para formar un Gobierno estable, coherente y eficaz. Ese supuesto Gobierno de izquierdas exige la plena participación —Iglesias tiene razón en este punto— de un partido que en cualquier país de nuestro entorno sería considerado de extrema izquierda, un partido además cuyos orígenes son el chavismo y el populismo. Hay que recordar que Podemos irrumpió en la política española no hace mucho con un mensaje tan antieuropeo —entonces se decía contra la Europa de Merkel y de los mercaderes— como el del populismo de derechas.

El principal responsable de la falta de acuerdo es el propio Sánchez. Es él quien tiene que llevar la iniciativa

Pero aunque hubiera que creer en la súbita transformación de esa fuerza radical y populista —por estas dos cualidades sufrió una grave escisión hace pocos meses— en un partido con sentido de Estado, para que ese supuesto Gobierno de izquierdas echase a andar se requiere el visto bueno de fuerzas tan de izquierdas como el PNV, el antiguo partido del izquierdista Pujol —ahora el partido del izquierdista Puigdemont— y de otras, como ERC y Bildu, que tal vez sean de izquierdas en el sentido ideológico, pero desde luego carecen del compromiso de lealtad al Estado que debería de ser requisito mínimo para influir de cualquier manera en el Gobierno de España.
No, eso no es un Gobierno de izquierdas. La primera condición de un Gobierno de izquierdas es su vocación de servicio a los ciudadanos, especialmente a los más desfavorecidos. Eso exige un Gobierno eficaz, capaz de ganar apoyos para grandes reformas sociales, de generar consensos para abordar las grandes preocupaciones de la población —las pensiones, la salud, la educación— y para sentar las bases de la prosperidad futura —el medio ambiente, la igualdad de oportunidades, la inmigración—. Eso hicieron otros Gobiernos de izquierdas en el pasado. Un Gobierno de izquierdas no es aquel en el que sus integrantes se ponen camisetas con leyendas progres para encabezar las manifestaciones. Un Gobierno de izquierdas es el que combate los prejuicios y se esfuerza por impulsar una sociedad más responsable y menos sectaria.
Un Gobierno de izquierdas debe también defender el Estado democrático, que es el único instrumento conocido hasta la fecha para que los más débiles se sientan protegidos por la ley frente a los poderosos y los aspirantes a tiranos. Y la defensa del Estado democrático se hace en su integridad, con firmeza y, aquí sí, sin concesiones.

Es sabido que vivimos tiempos dominados por los demagogos y en los que la verdad es con frecuencia sustituida por lo verosímil. Tras su primera derrota electoral, Sánchez hizo creer a muchos que un Gobierno de izquierdas era posible. Otros dirigentes de entonces en su partido no lo compartían y lo echaron para que no lo intentase. Después, fue él quien echó a los demás pero sigue sin formar el supuesto Gobierno de izquierdas, sencillamente porque no es posible. Tendría que repetir elecciones y conseguir mayoría absoluta o borrar a Podemos del mapa para que el mito del Gobierno de izquierdas se hiciese realidad.
Este país no tiene tiempo para ese absurdo propósito. En pocos meses conoceremos una sentencia trascendental que, sin duda, provocará una enorme tensión en Cataluña. El problema sigue ahí, con toda su dramática intensidad, quizá aliviado en parte por la división y la frustración en el campo independentista, pero agravado al mismo tiempo por el debilitamiento de las instituciones y la división también en el campo constitucionalista.
Parece inevitable que la economía se ralentice a corto plazo y ni siquiera se descarta una nueva recesión en el horizonte. Salimos de la crisis anterior con recortes y sacrificios pero sin las reformas necesarias para afrontar con garantías nuevas dificultades. Conviene recordar que aún hoy el país se gobierna con los últimos Presupuestos de Mariano Rajoy.
La polarización política hace imposible también avanzar en terrenos imprescindibles como el de la lucha contra el cambio climático, en el que se producen incluso injustificables retrocesos como el que se intenta en la ciudad de Madrid.
Agudizar esa polarización con un Gobierno apoyado por fuerzas con intereses contrarios y muchas veces contradictorios sería nefasto para el conjunto del país, ajeno, como demuestran las encuestas, a esta lucha narcisista por el poder. Seguir convocando elecciones cada seis meses hasta obligar a los ciudadanos a decir lo que queremos que digan empieza ya a poner seriamente en peligro nuestra democracia, por estéril, por falta de legitimidad.
Es comprensible la desconfianza personal entre los líderes políticos. Rivera ni siquiera acudió a las citas con Sánchez. Este, no solo no les ofreció nada a sus rivales, sino que pidió que le permitieran formar su Gobierno mientras los llamaba fascistas. Han pasado muchas cosas pero no tanto tiempo desde que Sánchez y Rivera fueron capaces de firmar un programa de Gobierno o desde que Rajoy —con más escaños de los que hoy tiene Sánchez— ofreció un Gobierno de coalición.
Es poco probable que esto ocurra. Todos temen ser acusados de traición. Es más probable que Podemos ceda un poco más y acabemos teniendo en septiembre un Gobierno en minoría que requerirá para cada paso que dé el apoyo de fuerzas nacionalistas que han confesado que ese es el Gobierno que más les conviene, lo que permite deducir que es el que menos le conviene a la democracia española.
Aún queda tiempo. Pero hay que saber utilizarlo. No se trata de engañar al contrario sino de construir una mayoría sólida. Ese juego de que primero soy muy de izquierdas para luego ser de centro debe acabarse. Esa no es la condición de un buen político. España lleva demasiado tiempo paralizada por esos cálculos infantiles. No hay mejor manera de ser de izquierdas hoy que poner fin a esta transitoriedad, a este teatro.


martes, 22 de marzo de 2011

Lo que Obama debió decir a América Latina

El discurso de Barack Obama en Santiago de Chile, anunciado como un gran acontecimiento que marcaría el nacimiento de una nueva era de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, se quedó, para desilusión de los anfitriones, en un vacío mensaje de buenas intenciones que reincidía en los tópicos más frecuentes y esquivaba los verdaderos temas pendientes para un presidente norteamericano en esta región.

Para que el discurso pronunciado ayer hubiera servido verdaderamente para sorprender a los latinoamericanos y convencerles de que Obama, que mañana concluye su gira en El Salvador, traía realmente un nuevo espíritu al continente, debía de haber incluido tres ingredientes esenciales que se echaron desgraciadamente en falta.

-La aceptación de responsabilidades por el pasado. América Latina no necesita humillar al presidente de Estados Unidos. Este continente no busca venganza ni el gozo romántico de hacer claudicar al imperio. Mientras Estados Unidos estaba en otros asuntos, la mayoría de la sociedad latinoamericana ha evolucionado hacia el modernidad y el pragmatismo. Nadie está volviendo la vista hacia el pasado. No necesitan que Obama se lo recuerde. Pero mirar hacia el futuro no debe de ser interpretado por Estados Unidos como una excusa para esconder su pasado. Todos, los del sur y los del norte, necesitan reconciliarse con la historia americana. Cualquier presidente de Estados Unidos que verdaderamente quiera pasar página tiene antes que encontrar una forma de asumir públicamente la responsabilidad de su país en el apoyo a regímenes militares que sembraron de cadáveres la región en la segunda mitad del siglo pasado y condenaron a América Latina a un duro y prolongado declive económico y moral. El Palacio de la Moneda de Santiago era el lugar perfecto para hacerlo, pero Obama no se atrevió.

-El levantamiento del embargo a Cuba. No se puede denunciar en cada discurso la excepcionalidad antidemocrática de Cuba en la región sin aportar ninguna solución novedosa. La única posible, como hasta el propio Obama ha reconocido indirectamente, es el levantamiento del embargo económico. El embargo es una medida arcaica que solo sirve hoy para satisfacer el ánimo revanchista del exilio más fanático y como justificación barata por parte del régimen de Castro. Su eliminación permitiría generar un estado nuevo de presión sincera de parte de toda América Latina a favor de la democracia en Cuba.

-La condena del Gobierno de Hugo Chávez. Con la mención de las dos condiciones precedentes, Obama se hubiera cargado de razón para hacer una imprescindible crítica al sistema chavista. En lugar de eso, optó por no mencionarlo en absoluto. La Casa Blanca, como antes con George Bush, se justifica diciendo que si critican a Chávez se le regala un protagonismo que no merece. A estas alturas, ese es un argumento dudoso. Pero aunque así fuese, Obama no puede pronunciar un discurso exponiendo su doctrina sobre América Latina sin aludir a la anomalía que representa Chávez, no por su presunto izquierdismo, sino por el peligro que significa para la democracia en la región. El riesgo para las ya relativamente maduras democracias de este continente no es el retroceso a regímenes militares; es su degeneración hacia sistemas de democracia formal pero con métodos corruptos y prácticas autoritarias, como las que ya han ido creciendo a la sombra de Venezuela. Hoy no basta con que Obama elogie la democracia latinoamericana; es preciso que defina qué modelo de democracia respalda.

Su esfuerzo de Santiago es, pues, una gran oportunidad perdida. Y quién sabe cuándo habrá otra. Afortunadamente, América Latina ha demostrado estos años que se sabe valer muy bien por sí misma, sin la presencia de Washington. Pero sería ridículo pensar que una mayor colaboración con Estados Unidos no resultaría de gran beneficio para todos.

Es dudoso que eso ocurra durante esta Administración, que en esta gira está demostrando un profundo desconocimiento sobre la realidad de América Latina. Escucharon a Obama el lunes cuatro presidentes chilenos, Patricio Aylwin, Ricardo Lagos, Eduardo Frei y Sebastián Piñera. Cualquiera de ellos, de derecha, centro o izquierda, le podría haber escrito un magnífico discurso. El que de verdad lo hiciera debe de llevar mucho tiempo lejos de estas tierras.

(El País/Madrid)