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domingo, 27 de octubre de 2019

Vos. De Cristian Villalta


Publicado en LA PRENSA GRAFICA, 27 octubre 2019


Bueno, es cierto, cada vez son más insustanciales y por lo general los voceros de la partidocracia no sólo se toman demasiado en serio sino que exhiben una dicción deficiente, su argumentación es floja, en fin... Y, está bien, si el zapping de esas entrevistas puede terminar con "el Diablito" Ruiz hablando en tu televisor, debe ser considerado deporte de alto riesgo.
Tampoco te estoy recomendando desayunarte todos los días al diputado Martel, a Medardo, a Guillermo Gallegos citando los Evangelios.

domingo, 13 de octubre de 2019

Light. De Cristian Villalta

Nunca creí que la recomendación de no escribir sobre el gobierno, el círculo en el poder o los comediantes del gabinete me vendría de una persona que bien me quiere.


Cristian Villalta, director de EL GRAFICO y columnista de LA PRENSA GRAFICA

Publicado en LA PRENSA GRAFICA , 13 octubre 2019


Ocurrió hace poquito, mientras nos tomábamos un café y conversábamos de otra cosa.
"Al menos no lo hagas tan seguido", me dijo. Y claro, ya que cada es más común la noción de que criticar al gobierno es recibir el protocolo Wálter de hostigamiento digital, que incluye insultos de la peor ralea, no quieres ver a alguien que amas sometido al escarnio de los troles, al fusilamiento digital en plaza pública, al temible youtuber de la muerte y otras versiones contemporáneas  de de las diez plagas.
Aún así el consejo no me cayó muy bien, demo admitir. Me puse una pizca menos imbécil de lo que puedo, que no es poco. Esta, pues, es como una disculpa, torpe probablemente.
Es cierto, hay muchos temas más apasionantes que la ausencia de dirección de este gobierno, sus manierismos intolerantes o los impúberes excesos de su presidente. Me gustaría escribir sobre los tigres de Borges, o sobre por qué el terror y el romanticismo son géneros hermanos en la literatura alemana, o sobre el dadaísmo y el teatro del absurdo. O sobre si la lucha libre es entretenimiento deportivo o únicamente kitsch. Y bien sabes que llenaría páginas diciendo lo que hay en los ojos de Mary.
Pero pasa que estoy cada vez más preocupado por lo que oigo, por lo que veo, y siendo que lo único que puedo hacer al respecto es escribir, ¿qué hago sino escribir?
Me preocupa que otros que creen en las mismas cosas que nosotros, que es en defender la vida, la paz, la tolerancia y la democracia, estén más amedrentados que preocupados. Algunos han renunciado a tener una voz, y los más evalúan ofrecer sus opiniones pero de un modo que no sea incómodo.
Eso no me es posible. Soy un mamífero, ya sabes: sangre caliente, cinco sentidos. De reptil, nada; de invertebrado como las ligosas, menos. Por eso no puedo ofrecer una versión light de mi mismo, de mis ideas, ni evitar que esta época en la que algunos quieren preservar el equilibrio a costa de su conciencia me enferme el estómago. ¿Quién aspira a vivir sólo sobreviviendo?
Al igual que los que me honran leyendo estas líneas cada dos semanas, no pertenezco al círculo del poder ni al de las grandes decisiones. Al igual que estas personas, soy gente de la calle, de alegrías sencillas y aspiraciones sencillas, una de ellas vivir con libertad de criterio, aceptando las diferencias entre nosotros. Bueno, casi todas las diferencias, excepto las que tengo con los que el último año han pregonado que en el país sólo caben quienes creen en lo mismo. Ni siquiera durante los gobiernos del FMLN la intolerancia tuvo una maldita primavera como ahora.
Sí. Tristemente, el presidente está muy confundido, sin entender un carajo su deber constitucional y girando carta blanca a algunos burócratas de su gabinete con ínfulas de dictadorcillos. Son los que hostigan a su personal, humillándolo por haber trabajado para administraciones anteriores; son los que se comunican de modo vulgar, abusivo y matón cada vez que pueden.
Por eso en las filas militares se percibe un tufito ochentero; por eso un funcionario se atreve de lo más fresco a ofrecerle la extradición a un periodista. Es un germen cochino, infeccioso, que se esparce por contacto directo en cócteles y juntas. Pero para combatirlo hay que abrir la boca, no cerrarla.
Claro que sin un abrazo tuyo, no vale la pena ;)

domingo, 29 de septiembre de 2019

Eunucos. De Cristian Villalta


Publicado en LA PRENSA GRAFICA, 29 septiembre 2019


Esa noche, mientras veía arder las bodegas de la Ciudad Prohibida, al emperador chino Puyi ya no le quedó ninguna duda. Los eunucos que le servían eran los verdaderos dueños de la administración del imperio; al verse amenazados por un inventario que revelara sus robos, prefirieron darle fuego a todo.

Los ancestros de Puyi no fueron los inventores de esa horripilante variante de la sumisión que es castrar a un hombre y condenarlo a servir a continuación. Dos mil años antes de Cristo, los sumerios ya comprobaban que un prisionero de guerra sometido a esas condiciones era mucho más anuente a colaborar en las tareas domésticas, competente como para hacerlo en el palacio.
Persas, griegos y bizantinos estuvieron familiarizados con esa ominosa versión del servicio público; algunos eunucos destacaron tanto al servicio de los señores que se volvieron ricos e influyentes. La única aspiración de muchas familias pobres en esos imperios fue castrar a alguno de sus hijos y conseguir que lo admitieran en la corte.
La ausencia de testosterona y sus efectos en la voz, el vello o la pérdida de la masa ósea no superaban en efectividad al principal efecto de la castración: la docilidad. Es que el que gobierna, un rey, un emperador, un autócrata moderno disfrazado de cualquier otra cosa, no puede proceder a sus anchas si no tiene garantizada la obediencia.
Por ser la representación terrenal de la divinidad, muchos de aquellos soberanos gozaban de la devoción fetichista de su camarilla, de la bola de parásitos que suele arremolinarse alrededor del poder para medrar de esa proximidad. Pero como bien lo describiera Winston Churchill hace medio siglo, "un estado tal en el que no pueden expresarse los propios pensamientos, en el que hasta los hijos denuncian a sus padres a la Policía, no puede durar mucho tiempo". Para garantizarlo, había que borrar cualquier atisbo de resistencia del círculo cercano; para el resto, para los súbditos no castrados, estaba el garrote de la milicia.
Puyi fue el último emperador chino; hacia 1945, luego de la II Guerra Mundial, fue puesto a las órdenes del gobierno revolucionario de Mao Tse Tung, tratado como traidor, apresado y reeducado. Murió en la enfermedad y el olvido, convertido en un burócrata de poca monta, en 1967.
Hasta sus últimos días, el emperador en desgracia juró que sus esfuerzos por modernizar un poco la administración imperial fueron auténticos, y que no estuvo en su voluntad que fracasaran rotundamente. Pero no había modo en el que un solo hombre rompiera con el orden de las cosas. El orden es siempre un balance, y en aquella situación los eunucos que formaban parte de él, ejerciéndolo de modo corrupto y defendiéndolo hasta las últimas consecuencias, se volcaron en contra suya.
Por eso entonces como ahora, en cualquier lugar del mundo en el que hay vida política, la pregunta fundamental sobre el orden es qué tan sólidas son sus bases, quiénes lo defienden, quienes atentan contra él, y quienes son sus beneficiarios. Y aún más revelador: ¿en qué consiste ese orden?
Por ejemplo, si el orden al que nos referimos fuese uno en el que el verdadero poder no sufre contrapresos ni da cuentas, con el que gobierna convertido apenas en su mayordomo, su continuidad atentaría contra el bien común y el interés ciudadano. En un caso tal, el orden no sería una aspiración sino una tragedia, y aquellos que lo defienden, unos eunucos inconscientes o de plano unos miserables.
Es que disfrazado de oveja, de cambio, hasta de revolución, más temprano que tarde el poder querrá amputarnos el espíritu, la castración final. ¿Se lo facilitamos bajándonos los pantalones?

domingo, 18 de agosto de 2019

Hamelín. De Cristian Villalta


Publicado en LA PRENSA GRAFICA, 18 agosto 2019


Primero se lleva a las ratas para ahogarlas en el río Weser, al son de unos hermosos bemoles; cuando los habitantes deciden no pagarle por haberlos librado de aquella plaga, el extraño regresa con su flauta y 130 niños del pueblo lo siguen hipnotizados para nunca más volver.
La narrativa corta es seductora. ¿O a poco ustedes no tienen amarrado a sus recuerdos el temor, la desazón y el alivio de nuestra niñez al escuchar uno de esos cuentos en los que brujas pavorosas perseguían a los desobedientes hijos de un pobre leñador? Cuando se revisita esas lecturas, es imposible no sobrecogerse: la bruja de Hansel y Gretel era caníbal, el corazón del Príncipe Feliz es tirado a la basura junto al cadáver de la golondrina, y el lobo se come a Caperucita, al menos en la versión de Charles Perrault que luego los Grimm corrigieron, sentimentalones.
Sí, el de los cuentos es un mundo primario, en blanco y negro, fácil de entender, el máximo bien contra el máximo daño, de gran utilidad pedagógica, memorable en la psiquis infantil. En contraste, el mundo adulto está saturado de gris e incluye verdades indiscutibles, mentiras que distraen, horrores que se vuelven rutina.
El mundo de los grandes parece tratarse de todo menos de la esperanza. Es que hay verdades dolorosas con las que es imposible dormir. La injusticia repetida, que no todos valemos lo mismo, o que hay historias de pecado, despojo y violencia sin moraleja, crímenes sin castigo, una tierra a la que ni el llanto ha vuelto fértil.
Por eso, nuestro primer reflejo es mirar hacia la luz, aunque sea artificial; seguimos temiendo a la oscuridad.
En nuestro país, no hace un mes que unas personas asumieron el poder con la promesa de acabar con la oscuridad, o al menos con la versión de ella que se llama corrupción: es que tres de nuestros últimos cuatro presidentes fueron acusados de delitos contra la gente, de robarse dinero que era nuestro, de volverse rateros.
Si lo estamos contando, si lo sabemos, si procesarlos fue posible se debió entre otras cosas a que declararon de buenas a primeras el patrimonio con que entraban al gobierno. No lo hicieron porque quisieran sino porque es una obligación de ley, precisamente una protección contra los ladrones.
Tristemente, a los nuevos funcionarios esta obligación les parece irrelevante. El presidente todavía no lo hecho, tampoco la mayoría de los ministros. Esta semana, el vicepresidente ha hablado de la lucha contra los corruptos con un entusiasmo contagioso, pero a él tampoco le ha quedado tiempo de cumplir con su obligación constitucional.
¿Cómo es posible que actúen con esa incongruencia chabacana y aun así nos saluden viéndonos a la cara?
La frescura de los nuevos señores es posible porque somos unas gentes muy distraídas. Hemos convivido con la mentira muchos años, algunas veces nos la creímos, quizá las más de las veces. Pero hoy, no solo es que nos están inundando de cuentos; hemos perdido el apetito por la verdad.
Es posible también porque al ser depósito de su esperanza, muchos ciudadanos creen que a los funcionarios de la nueva ola debe disculpárseles todo, incluso las ilegalidades. Su cuento es poderoso y seductor solo si no hay interrupciones, no digamos las de la crítica, ni siquiera las que nacen de la más natural curiosidad.
De la mía, de mi curiosidad, solo una pregunta para Bukele y Ulloa. ¿Dónde estaban ustedes la última vez que un presidente nos robó? Esas historias comenzaron con un salvadoreño creyéndose la excepción.

domingo, 21 de julio de 2019

¿Quién fue el primero que le dijo que la humanidad nunca llegó a la Luna? De Cristian Villalta

Cristian Villalta, director de El Gráfico

Publicado en LA PRENSA GRAFICA, 21 julio 2019


A mí el pionero en revelarme que todo fue un montaje de los gringos con el apoyo de una sucursal del infierno llamada Hollywood fue un primo tres años mayor al que siempre se le dio lo conspirativo. Este era el cuento, rayano entre la ficción y el terror: "Todo lo armó la CIA, no la NASA. Contrataron a un director de cine bueno en efectos especiales, ocuparon unas cámaras distorsionadas, lo del audio se los resolvió un ingeniero de sonido que fue la parte más fácil, y luego de filmar varias veces hasta que quedó convincente, asesinaron a todos los camarógrafos".
Con el paso de los años, descubrí que mi pariente no estaba solo en ese bando de la contracultura. Hay un filón enorme de literatura y ensayos al respecto, producida por cruzados que están convencidos de que el 20 de julio de 1969, el gobierno de Richard Nixon produjo el "fake news" más memorable de la historia.
Nixon apenas cumplía medio año como presidente en aquel momento, y era imposible asociarlo al programa espacial, una apuesta de Dwight Einsenhower y de John Kennedy, no suya. Pero cinco años después, cuando debió renunciar acusado de acoso y espionaje contra sus adversarios políticos, todo su legado quedaría cuestionado para la posteridad, desde su papel en la prolongación de la guerra de Vietnam hasta su rol como financista de dictaduras y golpes de Estado en América Latina. Y claro, ese descrédito también se trasladó eventualmente a la hazaña de Armstrong, Collins y Aldrin.
Uno de cada 10 estadounidenses cree que el alunizaje de 1969 fue una mentira; no tengo razones para creer que alrededor del mundo, la proporción de incredulidad sea semejante.
No se trata de que la humanidad descrea de sí misma y de sus capacidades, si es la misma de la rueda, la penicilina y la paz. La resistencia a admitir la hazaña nace de otro lado, de la certeza de que el gobierno (el que quieras) miente, y de que su comunicación no tiene más propósito que el de engañar al público maquillando números, o de distraerlo con juegos de ficción.
Engañar y distraer no es poco cargo contra quienes gobiernan, pero históricamente han sido funciones seductoras para quienes diseñan la comunicación política en una democracia. La gobernabilidad es más fácil si el que le sube el volumen a las pasiones es el presidente, no una sociedad heterogénea, pujante, temible.
El principal obstáculo para una estrategia de comunicaciones gubernamental que pretende confundir y manipular a la opinión pública es un periodismo independiente, soldado de los intereses ciudadanos, dispuesto a enfrentar los eslóganes con reporteo, la inundación de "fake news" con más reporteo, y los insultos con silencio.
Lo que acabó con Nixon, interrumpiendo de tajo su segundo periodo tras una victoria abrumadora en las elecciones, fue reducir su política doméstica a una caza de brujas. El presidente al que en las grabaciones de la Casa Blanca puede oírsele diciendo "esos hijos de perra están haciendo de todo para atacarme, y yo también haré de todo", acabó sus días en un mal disimulado ostracismo en Nueva Jersey. Acaso ese sea su legado, ejemplo de todo lo que un gobernante no debe hacer, empezando con creerse sus propias mentiras.
Sobre Neil Armstrong y su caminata, prefiero creer que sí ocurrió, que uno de nosotros contempló la Tierra desde el Mar de la Tranquilidad y desde entonces somos una especie consciente de su responsabilidad con nuestro planeta como de su insignificancia en el universo. Pero eso sí es garabato.

domingo, 7 de julio de 2019

El río. De Cristian Villalta

No debías estar ahí, sino jugando con tierra en tu tierra...

Cristian Villalta, editor de El Gráfico
Pero tu padre quería un parque en que corrieras, quería para ti una casa que fuera tu casa, una escuela bonita, un cielo para dibujar tu sonrisa. Y no lo creyó posible en el país en que naciste.
Un país no es sino un pedazo de tierra con tope por los cuatro lados; curiosamente, puedes cruzar esos topes, esas líneas, esas fronteras; y sin embargo, el país no se va de ti. No hablo de la nostalgia; hablo del peso de tu país. Eso pasa porque además de ser tierra, un país también es el montón de gente que lo puebla. Idealmente, gente con muchas cosas en común. ¿Los mismos problemas? Quizá. ¿Las mismas necesidades? No siempre. ¿Las mismas posibilidades? Difícilmente. Pero se supone que a esas personas las une el orgullo de unos colores, el dolor de una historia, el compromiso de que en esa franja del mundo la dignidad sea posible. Si eso fuese mucho pedir, entonces debería conectarlas en el más íntimo de los niveles: la vergüenza ante las injusticias, el bochorno ante la miseria repetida tantas veces o el visible saldo de la desigualdad de tantos años. Pero a veces ni eso siquiera.

Tales cosas pasan cuando los responsables de cuidarnos, los que pidieron y prometieron hacerlo, le dan la espalda a sus obligaciones y se entregan a satisfacer sus propios apetitos; tristemente, no son estómagos que se sacien con comida ni con vanidad.
¿Te imaginas lo que le ocurre a las personas si nadie siembra en sus vidas más que migajas año tras año, década tras década? Quedan perdidas a su suerte, convencidas de que hay un orden que conspira contra sus aspiraciones, que las trivializa, que las desdeña por un pecado de origen: naciste sin tener. Para miles de esas personas el listado de lo posible es cortito y el de lo prohibido es enorme; no se trata de las cosas que nunca podrás comprarte, sino de la realización que nunca gozarás, de los sueños de los que debes privar a tus hijos. Es como vivir en un país que no es el tuyo, en el que todo es hostil, en el que no entiendes nada porque esa lengua no es tu lengua. Pero es tu país. Vivir así es como vivir extranjero en tu propio país.
Y ahí nace el peso que te digo, es el peso de la nacionalidad. No es el peso de tu desesperación, mucho menos el de tus ansiedades y nunca el de tus sueños; es el peso de lo que tus hermanos no hicieron por ti.
Ese fue el peso que tu padre sintió a lo largo del camino. No era el tuyo, jamás. Tú fuiste sus alas hasta que entraron al río.
No culpes al río. El que se llevó el amor que ibas a prodigar no fue el río. El que se llevó tus abrazos, tus besos, tus caricias no fue el río. El que le dijo no a lo que le ofrecerías a la vida no fue el río. El que antes de que nacieras sentenció que el mundo sería para ti un solar yermo y ajeno no fue el río. Y tampoco culpes a tu padre, cariño. Ese hombre, un hombre niño, huérfano de esperanza como tú, soñó por ti y murió contigo como todos deberíamos, si fuésemos honorables.
Desde entonces, sentada sobre una nube, aún abrazada a tu papá, le preguntas qué pasó. Lo que pasó, Valeria, se llama El Salvador.