Mostrando entradas con la etiqueta MOISÉS NAÍM. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MOISÉS NAÍM. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de octubre de 2019

La guerra contra la verdad. De Moisés Naím

Al mismo tiempo que hoy tenemos más información que en el pasado, la veracidad de esa información es más cuestionable.


Publicado en EL PAIS, 6 octubre 2019


Moisés Naím, columnista venezolano
Es muy extraño lo que está pasando en estos tiempos con la información. Es, al mismo tiempo, más valorada y más despreciada que nunca.
La información, potenciada por la revolución digital, será el motor más importante de la economía, la política y la ciencia del siglo XXI. Pero, como ya hemos visto, también será una peligrosa fuente de confusión, fragmentación social y conflictos.
Grandes cantidades de datos que antes no significaban nada, ahora pueden ser convertidos en información que ayuda a gestionar mejor gobiernos y empresas, curar enfermedades, crear nuevas armas o determinar quién gana las elecciones, entre otras muchas cosas. Es el nuevo petróleo: después de procesado y refinado tiene gran valor económico. Y si en el siglo pasado varias guerras fueron provocadas por la búsqueda del control del petróleo, en este siglo habrá guerras motivadas por el control de la información.
Pero, al mismo tiempo que hay información que salva vidas y es gloriosa, hay otra que mata y es tóxica. La desinformación, el fraude y la manipulación que fomenta el conflicto están teniendo un auge tan acelerado como la información extraída de las masivas bases de datos digitalizados. Algunos de quienes controlan estas tecnologías saben cómo convencernos de comprar determinados productos. Otros saben cómo entusiasmarnos con ciertas ideas, grupos o lideres —y detestar a sus rivales.
La gran ironía es que, al mismo tiempo que hoy tenemos más información que en el pasado, la veracidad de esa información es más cuestionable. Alan Rusbinger, ex director del diario británico The Guardian, ha dicho que “Estamos descubriendo que la sociedad realmente no puede funcionar si no podemos ponernos de acuerdo sobre la diferencia entre un hecho real y uno falso. No se pueden tener debates o leyes o tribunales o gobernabilidad o ciencia si no hay acuerdo acerca de cuál es un hecho real y cual no”.
El debate acerca de qué es verdad y qué es mentira es tan antiguo como la humanidad. Las discusiones al respecto que se dan entre filósofos, científicos, políticos, periodistas o, simplemente, entre personas con ideas diferentes son frecuentes y feroces. Muchas veces, estos debates en vez de concentrarse en la verificación de los hechos, se centran en la descalificación de quienes los producen. Así, científicos y periodistas son blanco frecuente de quienes, por intereses o creencias, defienden ideas o prácticas basadas en mentiras.
Los científicos que, por ejemplo, generan datos incontrovertibles sobre el calentamiento global o aquellos que alertan sobre la imperiosa necesidad de vacunar a los niños, ya están acostumbrados a ser blanco de calumnias acerca de sus motivaciones e intereses.
Los periodistas son víctimas aún más frecuentes de estas descalificaciones. Si bien los ataques de los poderosos que son incomodados por los medios de comunicación no son nuevos, la hostilidad del actual presidente de Estados Unidos es inédita. Donald Trump ha dicho “Estos animales de la prensa, Sí… son animales. Son los peores seres humanos que uno jamás podrá encontrar… son personas terriblemente deshonestas”. También ha popularizado la idea de que los periodistas son “enemigos del pueblo” que propagan noticias falsas —las famosas fake news. Trump ha mencionado las fake news en Twitter más de 600 veces y las menciona en todos sus discursos. Lo grave es que Trump no sólo ha logrado minar la confianza de los estadounidenses en sus medios de comunicación, sino que su acusación ha sido acogida por los autócratas del mundo. Según A. G. Sulzberger, el principal directivo de The New York Times, “en los últimos años, más de 50 primeros ministros y presidentes en los cinco continentes han usado el término fake news para justificar sus acciones en contra de los medios de comunicación”. Sulzberger reconoce que “los medios de comunicación no son perfectos. Cometemos errores. Tenemos puntos ciegos”. No obstante, este ejecutivo no tiene ambages en afirmar que la misión de The New York Times es buscar la verdad. En el confuso mundo actual, donde todo parece relativo y nebuloso, es bueno saber que aún hay quien apuesta que la verdad existe y puede ser encontrada. Esta defensa de la verdad es un buen antídoto contra los lideres con propensiones autoritarias.
En 1951, Hannah Arendt escribió: “El sujeto ideal de un régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista comprometido, son las personas para quienes la distinción entre los hechos y la ficción, lo verdadero y lo falso ha dejado de existir”.
Más de seis décadas después esta descripción ha adquirido renovada vigencia. Es imperativo derrotar a quienes han declarado la guerra a la verdad.
@moisesnaim

domingo, 24 de agosto de 2008

La revolución verde de Putin, Ahmadineyad y Chávez

Vladímir Putin, Mahmud Ahmadineyad y Hugo Chávez han sido descritos de muchas maneras. Pero nunca como paladines en la lucha contra el calentamiento global. La sorpresa es que, sin proponérselo, en eso se están convirtiendo. Sus agresivas conductas internacionales están creando más incentivos que nunca para que el mundo busque aceleradamente alternativas al petróleo. Y un mundo que depende menos de los hidrocarburos es un mundo más limpio.

Todo esto ni va a pasar pronto ni va a ser fácil. Pero gracias a las ambiciones de Putin, Ahmadineyad y Chávez va a pasar más rápido. Usar el petróleo para ganar influencia mundial es normal y todos los países petroleros lo han hecho. Usarlo de manera desmedida, como lo hacen estos tres peligrosos personajes, inevitablemente genera reacciones destinadas a impedir que sigan teniendo la influencia que han alcanzado gracias al petróleo.

Por supuesto que en todo esto la preocupación mayor es Putin, ya que el poder real que tiene Ahmadineyad en Irán es limitado y de Chávez ya sabemos que su boca y su bolsillo son mucho más grandes que su capacidad para hacer lo que dice. Pero Putin es lo contrario de Chávez: habla poco y hace mucho. Y en contraste con Ahmadineyad, que es presidente pero manda poco, Putin ya no es presidente, pero es quien sigue mandando en Rusia.

Y últimamente la conducta rusa ha hecho sonar las alarmas en Washington y otras capitales de Europa y Asia. No es sólo la propensión rusa a cortar arbitrariamente el suministro de gas a Europa o a países vecinos con los que tiene diferencias. También alarma su venta de armas avanzadas a Irán, Siria y Venezuela, su veto en las Naciones Unidas a las sanciones contra Zimbabue, la declaración de un general ruso que Polonia volvería a estar incluida en los blancos de sus misiles nucleares, la toma forzada de empresas extranjeras como TNK-BP y otras, el asesinato de enemigos en otros países (¡y en Rusia!), la agresividad hacia países como Ucrania, Estonia o Lituania y, por supuesto, la reacción contra Georgia. Todos éstos son síntomas de tendencias negativas que, de intensificarse, van a acelerar la búsqueda de estrategias para contrarrestarlas. Y una de las estrategias obvias es disminuir el consumo y los precios de lo único importante que exportan países como Rusia (o Irán, o Venezuela): el petróleo.

Gracias a su desmedida búsqueda de protagonismo internacional, Putin, Ahmadineyad y Chávez están corriendo el riesgo de matar la gallina que les pone los huevos de oro: el ávido mercado petrolero mundial que garantiza ingentes recursos a los países con la suerte de tenerlo en abundancia. Los países petroleros árabes, por ejemplo, entendieron la importancia de cuidar la salud de la gallina dorada después de que, en 1973, impusieran por motivos políticos un embargo petrolero a Estados Unidos y Europa. El embargo estimuló la adopción de todo tipo de políticas en los países consumidores (conservación, incentivos a la producción, aumentos de eficiencia, búsqueda de alternativas, etcétera) que rápidamente llevó a los grandes exportadores petroleros de Oriente Próximo a suspender el embargo y, de allí en adelante, a nunca darle razones a los consumidores para ahorrar energía o invertir en fuentes alternativas. Pero los grandes exportadores petroleros no sólo fueron cuidadosos con respecto a sus políticas de precios; también lo fueron en su manera de intervenir en la política mundial. Si bien ocasionalmente algunos de ellos, como Irán o Libia, se alejaban de la cautelosa postura, en general la estrategia funcionó bien durante décadas: logró que los países consumidores se despreocuparan de su enorme vulnerabilidad a las decisiones de un pequeño grupo de naciones autocráticas y volátiles.

Pero la combinación de los dolorosos aumentos de precios con las bravuconadas de Putin, Ahmadineyad y Chávez han desencadenado poderosas fuerzas (políticas, económicas, tecnológicas) en los países consumidores, especialmente en Estados Unidos, que luchan por disminuir su vulnerabilidad energética.

Es imposible no reaccionar al enterarse de que, cuando el precio del petróleo saltó de 23 dólares por barril en 2002 a más de 100 este año, se produjo -y se sigue produciendo- la mayor transferencia de riqueza en la historia de la humanidad y que esa riqueza está cayendo en manos de gente como Putin y Chávez o en las de quienes, como Ahmadineyad, ayudan a financiar el terrorismo fundamentalista islámico.

Ahmed Zaki Yamani, un experto petrolero saudita, dijo una vez que la edad de piedra no terminó porque se acabaron las piedras. La era del petróleo se va a acabar antes de que acabe el petróleo. Y eso se lo deberemos en parte a que los autócratas petroleros ayudaron a despertar al mundo de su largo y peligroso letargo energético.

mnaim@elpais.es