viernes, 22 de abril de 2022

Carta a los fotógrafos en Ucrania: El poder de las imágenes. De Paolo Luers



Publicado en MAS! y EL DIARIO DE HOY, sábado 23 abril 2022

Queridos amigos:

Miro la foto de unas niñas jugando en el paisaje industrial de una fábrica de acero en Mariupol - y veo las niñas a las cuales tomé fotos en 1981 en el abandonado beneficio de Colima, jugando debajo de un laberinto de tuberías y tanques.

 

Miro la foto de una madre ucraniana con 5 niños y una anciana, cargando sus peroles y bultos en una carreta, huyendo del Donbas - y escucho los relatos de mi madre: la huida con toda nuestra familia (yo recién nacido) de la ciudad de Poznan, en noviembre 1944, horas antes de que la ciudad fuera tomada por las tropas soviéticas; el viaje en una carreta de dos caballos, y luego en un tren que fue bombardeado 5 veces y tardaba 3 días para llegar a Berlin.

 

Miro imágenes de mujeres y hombres ucranianos buscando enseres en los escombros de su casa bombardeada - y lo que veo son las fotos que tomé en El Mozote, en enero 1982. Siento el olor a carne quemada.

 

Miro la fachada que quedó de una hermosa casona, situada a la orilla de un rio ucraniano, sin techo, abandonada - y es exactamente como mi abuela siempre nos describió la casa de la hacienda en Estonia, que tuvo que abandonar, junto con sus 6 hijas, en la revolución rusa, y la que nunca volvió a ver. Veo ante mis ojos el paraíso perdido de la infancia de mi madre...

 

Miro la foto de un combatiente a la par de un caído - y me vienen recuerdos, que durante años he logrado reprimir, de una escena igual, donde el que llora a su camarada fui yo, en los combates de Arambala.

 

Miro fotos de bellezas rubias, con rostros tristes, pero al mismo tiempo sonrientes y decididas, retratándose en una zona elegante de Kiev con sus Kalashnikov, antes de unirse a las fuerzas de defensa de los suburbios de la capital - y lo que escucho son las risas de las bellezas morenas de la Brigada Rafael Arce Zablah que retraté en Perquín, antes de su salida a tomar la ciudad de San Miguel.

 

Me recuerdo de dos fotos, que vi en un noticiero: un hombre posando con su violín frente a la filarmónica de Kiev; y la otra, del mismo hombre, convertido en miliciano, vigilando un tanque ruso abandonado - y entiendo que a esta gente no la van a derrotar.

 

Miro las fotos de las masas de civiles hambrientos refugiados en una fábrica de acero en la ciudad asediada de Mariupol - y me recuerdo de fotos similares de la guerra civil española, de campos de concentración nazi en Polonia, de aldeas bombardeadas en Vietnam. Y de los cientos de fotos que tomé de los campesinos de Morazán refugiados en los campamentos de Colomoncagua en Honduras.

 

No hay manera de mirar todas estas fotos y no ver el trasfondo. Nos desafían, nos inquietan, nos enfurecen. No hay manera de cerrar los ojos y pensar que lo que vemos no tiene que ver con nosotros, nuestra vida, nuestro futuro. 

 

Las fotos que diariamente nos llegan -algunas hechas por periodistas ucranianos e internacionales, otras por ciudadanos o soldados anónimos, algunas con imágenes horribles, otros de gran belleza- nos hablan directamente al alma.

 

Las primeras guerras extensamente televisadas, fotografiadas y reportadas fueron las de Vietnam y El Salvador. Luego las de Irak y Siria, con aun más cobertura. El mundo se dio cuenta y reaccionó. Pero no en tiempo real, como ahora, en el caso Ucrania. Es un progreso. El régimen ruso -campeón mundial en el arte de la desinformación- no puede ocultar ni manipular su agresión, sus crímenes de guerra. El periodismo nunca ha jugado un papel tan importante en un conflicto bélico. Las redes sociales nuevamente muestran su enorme poder, cuando los ciudadanos las adoptan como sus armas de defensa.

 

Gracias a los reporteros y los ciudadanos que diariamente mandan miles de fotos al mundo, todos somos testigos. Y podemos ser actores. 


Gracias, fotógrafos. Saludos, 






























Si quiere ver más fotos, recomendamos la galería publicada por National Geographic:









miércoles, 20 de abril de 2022

Carta al presidente de la Asamblea: Reprobado. De Paolo Luers



Publicado en MAS! y EL DIARIO DE HOY, jueves 21 abril 2022

Ciudadano Ernesto Castro:

Cómo dice su tocayo Ernesto Sanabria en su perfil como Brozo: “Si no le gusta el humo, no se meta en la cocina.” Consejo sabio. En otras palabras, ya hablando de usted: Si es funcionario público y no aguanta que los periodistas le hacen preguntas incómodas y le cuentan las costillas (perdón, los despilfarros en la Asamblea Cian) y las burradas que hace para caer bien a su patrón Nayib, salga de la política y mejor vuelva a administrar una discoteca.

Así se ahorraría ataques de nervios patéticos como el que sufrió en la última plenaria, cuando se le pelaron los cables y comenzó a gritar, pero en tono de histeria llorona, a los periodistas que se vayan, que pidan exilio, pero que por favor se vayan al diablo…

El padre Chema Tojeira, mucho más educado que yo, le mandó a decir en Twitter que “antes de exaltarse tome un té de valeriana”. Yo le recomendaría que mejor vaya a ver a un siquiatra, porque el próximo nervous breakdown le podría causar convulsiones o un derrame. Y esto no lo queremos, porque quién podría asumir esta tarea titánica de poner orden en esta bancada cian de docenas de personajes inexpertos, que buscan fortunas y a calentarse a la luz del mesías. Si algo ha aprendido usted, administrando una discoteca llena de locos, drogos y exhibicionistas, es esto: administrar el caos, lidiar con egos dañados, apapachar hijas e hijos de papi – de estos que sobran en la “nueva Asamblea”.
Entonces, ¿usted sueña con revivir la tradición de los dictadores militares de expatriar a los intelectuales, los disidentes, los escritores y artistas? Eran más buzos que usted estos señores, sabían que atrae menos problema tener a los disidentes exiliados que encarcelados o muertos.

Pero si esto es su idea, diputado, no ha entendido nada de historia. Ningún coronel-presidente exhibió en público un ataque de nervios gritando: “Ya no aguanto a estos escribanos, que me andan jodiendo, ¡ayúdenme!” 

No, así no funcionaba la cosa, don Ernesto. Ellos llamaron a su canciller para que le dé un cargo de agregado cultural al periodista, o al ministro de Educación para que le dé una beca en Europa. Y sólo cuando ni esto funcionaba, mandaron a capturar o a matar a los disidentes…

También hubo otra forma de lidiar con los disidentes. Simplemente mandarlos al destierro. Más o menos lo que usted propuso, pero no de manera tan histérica. Crear hechos, no escándalos embarazosos…

No aprendieron nada de los dictadores clásicos. Es un poco decepcionante: Usted es el lugarteniente de Nayib, siempre lo ha sido – y ni siquiera da el ancho para lidiar con unos periodistas, que según usted no tienen impacto en la opinión pública.

Gritar así a los periodistas, mandar a insultar y amenazarlos todos los días en las redes sociales, no sólo es muestra de falta de estilo y de matonería, sino además de incapacidad. No saber gobernar con mecanismos de transparencia, con prensa crítica y con una ciudadanía que exige rendición de cuentas, es una declaración de bancarrota.

Tener todo el poder del Estado, pero exhibir pánico ante un puñado de periodistas es ridículo. Actuar así en público, antes las cámaras, desde la silla del presidente de la Asamblea Legislativa, es una estupidez imperdonable.

¿Y sabe qué es lo más irónico de todo?: Con este ataque de pánico usted comprobó que los periodistas que usted quiere expatriar tienen la razón: Ustedes no sirven para gobernar. 

Saludos, 

Vea aquí el video del performance de Ernesto Castro






lunes, 18 de abril de 2022

Carta a los militares: ¡Sin ejército, sí! De Paolo Luers



Publicado en MAS! y EL DAIRIO DE HOY, martes 19 abril 2022

Estimados amigos:

Esta carta va a los militares honestos, quienes a partir de los Acuerdos de Paz han luchado por el ideal de una Fuerza Armada democrática, alejada de la política, respetuosa de los derechos humanos. He conocido a muchos de ustedes, y sólo puedo reiterarles mi respeto. Pero hay que admitir: Ustedes han perdido esta batalla. Más bien, todos nosotros la perdimos. El militarismo, supuestamente superado en la transición democrática, está de vuelta.

Les cuento que en 1991, cuando las negociaciones de paz habían alcanzado el punto crítico, el futuro de la Fuerza Armada, un equipo del ERP que estábamos trabajando para crear los instrumentos mediáticos necesarios para la postguerra, editamos un vídeo-clip de 30 segundos, y conspiramos para ver cómo podríamos meterlo en un canal de televisión. Hubiera sido el primer spot de TV del Frente, y se llamaba: “Sin ejército, sí”. Un alegato a favor de un país sin ejército.

Antes de difundirlo, tuvimos que discutirlo con la Comandancia. Sabíamos que en la negociación se había presentado la exigencia de abolir el ejército. En las discusiones que provocamos con nuestro spot de televisión “Sin ejército, sí” nos dimos cuenta que la dirigencia del Frente ya había abandonado esta exigencia. Se estaba ante el clásico dilema de la política: lo ideal, consecuente y necesario versus lo realista y factible. El fin primordial era llegar a un cese al fuego y una transición democrática y para evitar que esto fuera vetado por los militares, había que bajar la exigencia e ir por la opción de conseguir acuerdos de una profunda depuración de las Fuerza Armada y de un cambio radical de la doctrina militar. Al fin, todos salimos convencidos que esta era la ruta a seguir y así se hizo. Guardamos el vídeo y nunca lo difundimos.

Ahora, por primera vez entro en dudas si esta decisión fue la correcta. Estamos viendo con qué facilidad un gobierno autoritario, democráticamente electo, logra cooptar la Fuerza Armada y abandonar la doctrina de una Fuerza Militar cuya misión es preservar la democracia y defender los derechos de la ciudadanía. Han restituido el militarismo, que todos pensamos superado irreversiblemente. Pero lograron revertir los Acuerdos de Paz. Los oficiales que conducen la Fuerza Armada escucharon al presidente Bukele deslegitimar los Acuerdos de Paz y arremeter contra sus principales pilares, la desmilitarización y la división de poder, y no dijeron nada. Sé que muchos de ustedes no estaban de acuerdo, pero se quedaron callados.



Para facilitar la paz, adoptamos en el 1992 la opción de construir una Fuerza Armada depurada, apolítica y vigilante del Estado de Derecho. La aceptamos de buena fe y en la transición de la guerra a la paz y de la dictadura a la democracia trabajamos de la mano con la nueva Fuerza Armada. Llamamos a la ciudadanía a confiar en la nueva Fuerza Armada y en la policía desmilitarizada.

Pero ahora terminamos con una Fuerza Armada que aceptó convertirse en un instrumento al servicio de un gobernante, en el brazo armado de su movimiento populista, y con una PNC a la cual quitaron su carácter civil y la volvieron a militarizar y politizar como en los tiempos de la guerra. Ojo, la militarización de la PNC comenzó bajo el gobierno del FMLN, que no supo desarrollar una política de seguridad sin recurrir al viejo lastre de la militarización y represión. Sin querer -o tal vez sí queriendo- prepararon el terreno para el autoritarismo bukeliano y el regreso al militarismo.

Aunque ahora la mayoría aplaude a la nueva Fuerza Armada, que más bien es la vieja, porque piensan que nos va a salvar de la delincuencia, este intento va a fracasar. No hay manera de erradicar la delincuencia y la violencia a pura represión, sin un proyecto nacional de inclusión social y transformación de los barrios, con inversiones sostenidas en educación, salud y empleos. Y cuando el actual proyecto fracase, porque no resuelve las raíces de los problemas, entre todos vamos a pensar de nuevo seriamente sobre el futuro de la Fuerza Armada. Y yo voy a desempolvar la idea “Sin ejército, sí”. Juntos con los militares honestos y democráticos nos tocará la sustitución del ejército armado en un ejército civil de maestros, organizadores sociales y guardianes del medio ambiente.

¿Les parece una idea loca y no realista? Bueno, luego del evidente fracaso de la política real, no nos queda otra que regresar a algunas utopías que sacrificamos para alcanzar la paz.

Piénsenlo. Esta no es una utopía guerrillera, es un sueño de todos los que nos comprometimos a construir la paz. 

Saludos, 






domingo, 17 de abril de 2022

¿Huir o permanecer?: ser periodista en el país de Bukele. De Oscar Martínez

 "Hoy mismo, publicar la fotografía de una pinta de pandillas en un barrio bajo su control puede costarte la misma condena que si cometés homicidio simple. Una foto. Una vida. 15 años."


Publicado en EL PAIS, sábado 16 abril 2022

Nunca antes me había pedido tanta gente que abandonara El Salvador como ocurrió esta semana. Cuento 23 peticiones de ese tipo en mis mensajes. Vienen de familiares, organizaciones internacionales y, sobre todo, de colegas. De gente que me quiere en su mayoría: No vale la pena; no hay nada que demostrar; es hora de hacerlo; hay que tomar una pausa; sabes que puedes venir a mi casa. Hay, ahora mismo, que yo sepa, cuatro periodistas salvadoreños fuera del país preventivamente, a la espera de que el acoso del presidente Nayib Bukele y su aparato de ataque y persecución voltee a ver a otro lado, a su siguiente víctima; a la espera de averiguar más, de que las pocas fuentes valientes que quedan cuenten si es cierto e inminente que la Policía y la Fiscalía que le pertenecen a Bukele vienen por ellos. Pero es que irse es una decisión penosa, igual que quedarse.


Realmente necesitaba estas vacaciones de Semana Santa, pero solo la ingenuidad o alguna extraña fe atea pudieron llevarme a concluir que serían vacaciones. Las últimas tres semanas en El Salvador han sido un desbarajuste en un país donde ya casi nada quedaba en su lugar. Una serie de tragedias se encadenaron para terminar, entre otras, en dos circunstancias: Bukele con más poder; la prensa libre bajo más acoso.


Este es un resumen escrupuloso de lo ocurrido: el sábado 26 de marzo, las pandillas de El Salvador (que según reveló Bukele la semana pasada han aumentado de 64.000 a 86.000 miembros en su Administración) asesinaron como nunca antes en un solo día: 62 personas ese sábado; 87, entre viernes y lunes. Bukele ordenó a su Asamblea Legislativa decretar un régimen de excepción por 30 días, y el lunes los salvadoreños amanecimos menos ciudadanos: nos pueden arrestar si el soldado o policía de turno nos considera sospechosos, nos pueden detener 15 días sin derecho a ver a un juez, nos pueden intervenir las comunicaciones, de nuevo, sin orden de un juez. Días después, Bukele ordenó a su Asamblea que aumentara las penas a los pandilleros y que impusiera hasta 10 años de cárcel a niños de 12 años en adelante por vincularse a esos grupos criminales.


Luego, ya con las libertades disminuidas para todos, con el golpe de efecto de convertirse en un nuevo caudillo contra las pandillas, a pesar de haber negociado con ellas, nos llegó el turno a nosotros, a la prensa: Bukele ordenó a su Asamblea aprobar una ley mordaza que sanciona con entre 10 y 15 años de prisión a cualquier medio que reproduzca o transmita mensajes “originados o presuntamente originados” por las pandillas y que pudieran generar “zozobra”. La ley no puede ser más ambigua y deja en manos del régimen quién debe ir a la cárcel por 15 años en un país donde la violación se pena con entre seis y diez; y la tortura, con entre seis y 12.


¿Qué es zozobra? Lo que diga el rey.


Quiero recalcarlo de forma más gráfica: hoy mismo, publicar la fotografía de una pinta de pandillas en un barrio bajo su control puede costarte la misma condena que si cometés homicidio simple. Una foto. Una vida. 15 años.


A eso hay que sumar que hasta que el Régimen de Excepción termine, uno puede ser arrestado porque sí durante 15 días y, tras ver a un juez, ser enviado indefinidamente a una prisión si se le vincula con pandillas, hasta que el juicio concluya: 5 años, 10, 20…


Así llegó la Semana Santa, con varios periodistas que hemos dedicado más de una década a entender el fenómeno de las pandillas sin saber a cabalidad qué párrafo puede llevarnos a la cárcel, qué portada de nuestros libros puede ser un delito que nos conmine en un penal de pandillas. Hoy por hoy, me sentiría libre de presentar el libro El Niño de Hollywood, la historia de la Mara Salvatrucha 13 a través de uno de sus sicarios y traidores, y que escribí junto a mi hermano Juan José, en cualquier país donde se ha publicado: me sentiría libre de presentarlo en Italia, en Polonia, en Francia o Alemania... En El Salvador, presentarlo me podría refundir en la cárcel hasta mi cumpleaños 53. Tengo 38 años.


Oscar Martínez es autor de 3 libros traducidos a varios idiomas


Si quedaban dudas de la intención represiva de la ley hacia la prensa, el régimen se encargó de eliminarlas el día uno de la Semana Santa.

La mañana del sábado 9 de abril, de súbito, me levantaron decenas de llamadas de familiares y colegas, y el timbre de casa, que mi madre hacía sonar afanosamente. Un hombre que se presenta en redes sociales como asesor de Nuevas Ideas, el partido de Bukele, anunciaba que nos denunciaría a mí y a otra colega por violar la ley, por haber publicado y difundido la noticia de que, sin justificación legal, y según consta en la carta de un juez, Centros Penales liberó el año pasado a un líder de la MS-13 requerido en extradición por Estados Unidos.

Porque sí, un amigo del régimen haría formal la persecución.


Para ese día, Bryan Avelar, colaborador de The New York Times, ya había sido acusado por el diario oficialista de ser hermano de un líder pandillero. Bryan, que es uno de mis más cercanos amigos, no tiene hermanos, pero no importó. El panfleto del oficialismo había puesto el ojo sobre él. Importa su narrativa, porque en ella están las señales que un periodista debe leer parado sobre este cristal fino. La realidad es solo una plastilina que ellos moldean.


Bryan se puso a resguardo preventivo en un lugar seguro, con ayuda de su medio y de la Asociación de Periodistas de El Salvador, que en tiempos como este no solo defiende, sino que está en primera línea de riesgo.


El 10 de abril, el secretario de Prensa de la Presidencia, atacó en Twitter a Roberto Valencia, periodista vasco-salvadoreño con más de una década de trabajo para explicar a los grupos criminales. El funcionario movió en su red social un extracto de 52 segundos de una presentación de noviembre de 2018 en Casa América de Madrid, donde Roberto lanzaba su libro Carta desde Zacatraz, sobre el fenómeno de pandillas. Lo acusan básicamente de ser mensajero de las pandillas. Como con Bryan, el diario oficial también publicó nota, utilizando para graficarla la fotografía de mi otro hermano, Carlos, también periodista de El Faro. Los panfletos gubernamentales y varios funcionarios dieron vuelo a la difamación.


Para ese día, ya otra colega se había puesto a resguardo preventivo tras recibir información de que, como otro periodista de El Faro y yo, era parte de una averiguación fiscal por haber revelado las negociaciones entre Gobierno y pandillas. El régimen en sus absurdos, como si revelar no fuera un verbo rector del oficio. Les digo cuál verbo no lo es: aplaudir.


Siguiendo con las vacaciones, el 11 de abril, Bukele publicó desde su cuenta de 3,7 millones de seguidores, un extracto de una entrevista a mi hermano Juan José. Sacando de contexto una conversación colectiva de casi 30 minutos que Russia Today hizo a tres expertos en pandillas hace semanas, el presidente se quedó con 22 segundos donde Juan José, con más de una década de estudiar a esos grupos criminales, dos libros publicados y reconocimiento mundial, empezaba a explicar el nefasto rol social que cumplen en un país que controlan en buena medida y en el que, cuando quieren, como ocurrió aquel sábado sangriento, matan a 62 personas. “Esta basura, sobrino de un genocida, dice que:”, empezó Bukele el mensaje.


Lo del genocida viene de nuestro parentesco con mi tío Roberto d’Aubuisson, que murió en 1992 y fue el asesino de monseñor Romero, torturador y matador de varios miles durante la guerra, y alguien con quien no tuvimos mucha más relación familiar que la que el apellido deja en el documento de identidad. Pero para el régimen todo cuenta y en los mensajitos de Twitter todo cabe.


Tras ello, Juan José está también preventivamente en un lugar seguro. Varios diputados del oficialismo, obedientes e inconscientes, siguieron por la senda de la difamación trazada por su líder, acusando a Juan José de lo que fuera: desde agresiones a su pareja hasta liderazgo en las pandillas. Varias cuentas piden cárcel o muerte para él. La represión necesita sacudirse la razón. Confundir es una buena forma de sacudirse.


Para muchos de nosotros, periodistas, no hay cómo confundirse. Creada la ley, buscan calzar al culpable ante la opinión pública que dominan a placer. Creada la ambigua ley, buscan refundirnos en uno de sus múltiples huecos.


La ecuación se está ordenando, pero el resultado se anuncia: represión a quien ejerza libremente el oficio. Se acumulan las variables: leyes mordaza, denuncias ante la Fiscalía, acusaciones públicas del oficialismo, intervenciones con Pegasus, insultos del presidente.

La decisión de los colegas que están a resguardo es aún trémula. Huir no es un verbo que se ejecute sin dolor. Huir es un verbo que cambia vidas. También ir a prisión.


Para este artículo, llamé a Carlos Fernando Chamorro, fundador de Confidencial en Nicaragua, perseguido por el dictador Daniel Ortega y actualmente exiliado por su actividad periodística, reconocida por todo el mundo. Él, bajo acoso desde hace más de una década, con dos allanamientos ilegales en su redacción y varios de sus colegas en su misma situación, respondió esta pregunta: ¿Cuánto tardaste en decidir irte las dos veces que lo hiciste? “La primera vez, cinco días; la segunda, 24 horas”.


Siento que ese reloj infame ya corre en El Salvador. Las horas avanzan y la duda está instalada plenamente.


Le pregunté por qué lo hizo, y me dijo que huir nunca fue el acto central de su decisión, sino hacer periodismo. “Un periodista encarcelado no sirve de nada”, me repitió.


Me iluminó su respuesta. Pero no puedo dejar de pensar, aquí, bajo el tic tac de las agujas, que huir no está desligado entonces de la posibilidad de hacer periodismo y que, de momento, por más señales nefastas que se acumulan, probaré seguir haciendo periodismo desde aquí. Es una decisión personal, me dijo también Chamorro.


Espero que el reloj me espere.

Espero leer bien las señales.

Espero seguir haciendo periodismo.