domingo, 30 de noviembre de 2014

Tres semanas dramáticas que marcaron el viraje de la guerra a la paz

Lo que El Diario de Hoy publica en estas dos entregas, son partes textuales del libro ‘El Salvador, la reforma pactada’, publicado en el año 2002 por Salvador Samayoa, uno de los principales negociadores de los Acuerdos de Paz por parte de la insurgencia salvadoreña. La parte del libro que seleccionamos, sin quitar ni agregar nada al texto original, un protagonista clave de esta historia narra como, en solo tres semanas el conflicto pasa por sus momentos más crudos y peligrosos hacia la apertura de una grieta, en la cual ambas partes -y las potencias mundiales- detectaron que era posible una solución pacífica. El capítulo de reproducimos narra como la ofensiva lleva la guerra al corazón del poder; la crisis internacional a raíz de tres hechos culminantes de la guerra: el asesinato de los jesuitas, los misiles SAM7 en poder de la guerrilla, y toma del Sheraton, que llevó la guerrilla al borde de un enfrentamiento directo con fuerzas militares de Estados Unidos. El capítulo termina con la cumbre de Malta, donde Estados Unidos y la Unión Soviética al fin asumen su responsabilidad como potencias y deciden facilitar una solución negociada al conflicto salvadoreño, antes de que se convirtiera en un peligro para sus esfuerzos de terminar la guerra fría.
En las páginas anteriores al fragmento aquí reproducido, que pensamos es de vital importancia para entender cómo llegamos de la guerra a la paz, Samayoa describió el inicio de a ofensiva: cinco días del intento de provocar la insurrección en los barrios y suburbios pobres de la capital. Al no darse la insurrección y ante la reacción de la Fuerza Armada de bombardear a los barrios bajo control de la insurgencia, los guerrilleros cambian su plan… (Paolo Luers)

La guerra llega a La Escalón

La Comandancia General del FMLN había tenido, en las semanas previas, difíciles discusiones en relación con este diseño de la ofensiva militar, pero al final prevaleció la idea de resistir y mantener el asedio desde los barrios periféricos de las grandes ciudades, con la esperanza de que los levantamientos insurreccionales de la población terminarían por inclinar la balanza en favor del FMLN.
Esto no ocurrió así, pero después de cinco días de intensos combates, la fracción del FMLN que con mayor empecinamiento se aferró al esquema insurreccional y a la guerra de posiciones en los barrios populares, se decidió a replegar las fuerzas del sector de Zacamil, próximo a la Universidad de El Salvador. Este movimiento abrió espacio y forzó el viraje hacia la modalidad de guerra de movimientos, que otras fracciones del FMLN habían sustentado como óptimo en las discusiones previas sobre la táctica por seguir. A partir de ese momento, las unidades militares del FMLN pudieron reagruparse, abastecerse, descansar y organizar una nueva oleada de incursiones militares, esta vez hacia zonas residenciales de la capital, cuyo asedio tendría un impacto político nacional e internacional incomparablemente mayor. Eran las zonas en las que residía la mayor parte de empresarios, gerentes, altos funcionarios del Gobierno, embajadores, periodistas extranjeros y altos empleados de organismos internacionales.


El asesinato de los jesuitas

Casi simultáneamente con este giro en la situación militar, se produjo uno de los acontecimientos que más incidieron para situar a El Salvador como el punto focal de las noticias en el mundo entero. En la madrugada del jueves 16 de noviembre, oficiales y efectivos de la Fuerza Armada asesinaron al rector de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas", el sacerdote jesuita Ignacio Ellacuría; al vicerrector académico, Ignacio Martín Baró, también sacerdote jesuita de origen español; a los padres Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López; a la empleada de la comunidad de religiosos y a su hija.
La noticia dejó en estado de conmoción a los salvadoreños de todas las clases sociales y a toda la comunidad internacional, aunque no se tuvo certeza en el primer momento sobre los responsables del abominable crimen. Como académicos que eran, los padres jesuitas habían formado, en algunos casos desde su infancia, a muchas de las más prominentes personalidades de los círculos de poder económico y político del país. Como universitarios, dirigían una de las instituciones de educación superior más prestigiosas de América Latina. Por su calidad de religiosos, el asesinato estremeció de manera especial a diversos y amplios sectores sociales. Por su origen extranjero, aunque habían adoptado ya la nacionalidad salvadoreña, su muerte conmovió a la comunidad internacional. En el caso del padre Ellacuría, se trataba, además, de uno de los intelectuales más articulados, potentes y productivos del hemisferio occidental en el campo de la filosofía.
Su asesinato contenía el mismo mensaje de terror que, en el fondo, querían enviar, a todos los salvadoreños y a los extranjeros residentes en el país, los que asesinaron a monseñor Romero en 1980: ¡Nadie está a salvo! El mensaje fue registrado, pero esta vez se revirtió en contra de los asesinos. Antes de que el presidente Cristiani reconociera públicamente, el 13 de enero de 1990, la participación de nueve miembros de la Fuerza Armada en el crimen, ya se había producido el repudio internacional que sería decisivo, especialmente en el caso de Estados Unidos, para inclinar la correlación de fuerzas en favor de una solución política que detuviera la matanza y en contra del sostenimiento económico, político y militar al ejército salvadoreño.

 

La ayuda militar en peligro

Al día siguiente de la masacre, los presidentes de los comités de apropiaciones del Senado y de la Cámara de Representantes de Estados Unidos amenazaron con recortar la ayuda militar a El Salvador si no se investigaba a fondo el asesinato de los jesuitas. Tres días más tarde, el 20 de noviembre, la Administración de Bush logró detener, por un escaso margen de 215 contra 194 votos, una iniciativa del presidente del Subcomité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes, orientada a retener de inmediato un 30 por ciento de la ayuda a El Salvador. Para detener la iniciativa de ley, el propio presidente de Estados Unidos tuvo que asegurar al Congreso que había estado en contacto con el presidente Cristiani en el curso de las últimas cuarenta y ocho horas, para expresarle su más enérgica condena por los asesinatos y urgirlo a llegar hasta el fondo de las cosas. A continuación, Bush indicó que estaba convencido de que Cristiani lo haría.
De todas maneras, el 21 de noviembre, la Cámara aprobó una resolución expresando que, si el Gobierno salvadoreño no procesaba a los asesinos, el Congreso revisaría cuidadosamente el tema de la asistencia a El Salvador. El Senado adoptó una posición similar. De nada sirvieron las irresponsables y cínicas declaraciones del ministro de Relaciones Exteriores, el viceministro de esa misma cartera y el fiscal general de El Salvador acusando al FMLN del asesinato de los padres jesuitas. La mayor parte de la gente dentro y fuera del país sabía la verdad antes de conocerla. Una de las más duras, directas y relevantes expresiones de esta convicción generalizada fue la advertencia del senador Christopher Dodd cuando manifestó, en el curso de los debates del Congreso: "Los militares y aquellos que estén comprometidos en algunas de estas acciones de violencia deben entender que no estamos obligados a firmar un cheque en blanco a perpetuidad; y es de extrema importancia que el presidente Cristiani entienda eso".
A estas alturas, El Salvador era ya noticia de primera plana en todo el mundo, aunque, debido al asesinato de los padres, estaba más destacada la dimensión ética de la preocupación internacional que las implicaciones políticas y diplomáticas de
la evolución del conflicto, en el sentido de su potencial afectación a la paz y a la estabilidad de la región.

La toma del Sheraton

En este contexto, se produjo, el 21 de noviembre, a sólo cinco días del asesinato de los jesuitas, otro acontecimiento de gran impacto internacional: la incursión de la guerrilla a las zonas residenciales más acomodadas y exclusivas de la ciudad, y la ocupación militar del hotel Sheraton en la colonia Escalón. A diferencia del anterior, este último desarrollo de la confrontación política y militar situó la preocupación internacional en un plano diferente al de la conciencia moral y al de la solidaridad con un pueblo que era víctima de indescriptibles y dantescas atrocidades.
Cuando los comandos guerrilleros ocuparon las instalaciones es del hotel Sheraton, se encontraron con sorpresas que produjeron un verdadero drama que, de haber tenido un desenlace diferente, habría cambiado drásticamente la historia de El Salvador. En el hotel estaba hospedado el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Joao Clemente Baena Soares. Pero la caja de Pandora que se abrió tenía sorpresas aún más grandes y peligrosas. También estaban hospedados doce boinas verdes del Séptimo Grupo de Fuerzas Especiales con sede en Fort Bragg, Carolina del Norte. Los militares estadounidenses estaban armados con lanzagranadas, fusiles de asalto M16 y armas cortas de defensa personal. Y eso no era todo. La lista de huéspedes incluía también a cinco asesores militares israelitas, un asesor militar guatemalteco, el capitán y los miembros de la tripulación del avión del presidente mexicano, Carlos Salinas de Gortari, que había transportado al secretario general a San Salvador; funcionarios de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID) de Estados Unidos y ciudadanos de diversas nacionalidades. El paquete era literalmente explosivo, en términos militares, políticos y diplomáticos.
La situación estaba al rojo vivo. El presidente Bush envió de inmediato a San Salvador una unidad de comandos de la Fuerza Delta de la armada de Estados Unidos, entrenada para realizar operaciones de rescate. En tales condiciones: un solo disparo, certero en su trayectoria pero erróneo en su mira política, habría hecho estallar el polvorín. Los militares estadounidenses atrapados estaban ubicados en dos habitaciones del cuarto piso de la torre VIP del hotel. Los guerrilleros estaban arriba y abajo de ellos, en la tercera y en la quinta planta. El ejército salvadoreño disparaba desde fuera del hotel con armas de grueso calibre, incluyendo -tal vez deliberadamente- en sus. blancos varias habitaciones del piso en que estaban atrincherados los militares estadounidenses.
Un escenario político, militar y diplomático tan complejo no estaba en las previsiones de los altos dirigentes, menos aún de los mandos operativos del FMLN a cargo de la ocupación del Sheraton. Estos ignoraban la presencia en el hotel de asesores militares armados, quienes de hecho habían tenido que cortar abruptamente su misión de entrenamiento al batallón Atlacatl y se habían registrado fortuitamente la noche anterior en el hotel, en espera de retornar al día siguiente a su base de operaciones en Fort Bragg. La estancia de Baena Soares también resulto sorpresiva, puesto que la Dirección del Frente asumía que el secretario general de la OEA se hospedaría en el hotel Presidente por su calidad de invitado oficial del Gobierno de El Salvador.
Cuando se descubrió la gravedad de la situación, se impuso un sentido de sensatez y responsabilidad política en casi todas las partes involucradas. Los militares estadounidenses y los guerrilleros llegaron rápidamente en el terreno a un pacto de no agresión. Uno de los boinas verdes declaró a The Washington Post que los guerrilleros llegaron para tomarse el edificio, pero se encontraron con una sorpresa. Ambas fuerzas estuvieron cara a cara en un momento de decisiones dramáticas, intercambiaron unas cuantas palabras e hicieron un trato de mantenerse a prudencial distancia.
En el cuartel general de la Comisión Diplomática del Frente, en la ciudad de México, Guadalupe Martínez y Salvador Samayoa lograron abrir, a través de sus representantes en Washington, un teléfono rojo para comunicaciones de emergencia con el Departamento de Estado y asumieron, en contactos de radio y teléfono con San Salvador, la coordinación de un plan con el arzobispado salvadoreño y con el Comité Internacional de la Cruz Roja para evacuar al secretario general, a civiles de nacionalidades diversas y a los militares estadounidenses atrapados en el hotel. Para aliviar las tensiones, la Comisión Diplomática del Frente informó también con agilidad a los gobiernos interesados que el propósito de la operación militar no era la captura de rehenes y que se estaban haciendo todos los esfuerzos necesarios para garantizar la seguridad de todas las personas atrapadas y evitar incidentes lamentables.
La Administración del presidente Bush negó que se hubiera negociado un plan de evacuación con el FMLN, pero The Washington Times -de tendencia ultraconservadora- reportó los ofrecimientos del Frente al Departamento de Estado y la existencia de una línea telefónica abierta por funcionarios de la Embajada Americana, en San Salvador, para conversaciones entre las autoridades gubernamentales y los rebeldes.
Después de largas y tensas horas de comunicaciones cruzadas, se llegó a un arreglo entre el FMLN, el Gobierno de El Salvador, la Embajada de Estados Unidos, el CICR y el arzobispado, para darle salida a la crisis del Sheraton. A las 4 de la tarde del martes 21 de noviembre, la Comisión Diplomática del Frente envió, desde México, un fax al Departamento de Estado asumiendo responsabilidad, al más alto nivel, por los procedimientos acordados para la evacuación. A las 6 de la tarde, se realizó la evacuación de los civiles en el marco de la fugaz tregua y de los mecanismos operativos pactados. Los militares estadounidenses permanecieron en sus posiciones hasta la mañana siguiente y los comandos guerrilleros se retiraron misteriosamente del hotel en la noche del martes, en medio de un cerco de tropas de la Fuerza Armada Salvadoreña. El 24 de noviembre, Schafik Handal remitió una carta al secretario de Estado, James Baker, para expresarle que el FMLN mantenía "su decisión de abstenerse de afectar al personal y la infraestructura de Estados Unidos en El Salvador".
El episodio del Sheraton había terminado, pero la posibilidad tan cercana de un enfrentamiento armado entre los comandos especiales de Estados Unidos y las fuerzas rebeldes mantuvo en vilo a los observadores internacionales. Las grandes cadenas de televisión de Estados Unidos dedicaron un importante espacio a la cobertura del acontecimiento. El presidente Bush debió conferenciar en repetidas ocasiones con sus más altos asesores de seguridad y con el secretario de Estado, James Baker. El vocero de prensa de la Casa Blanca, Marlin Fitzwater, declaró que el presidente "creía fuertemente en la responsabilidad de proteger a los ciudadanos de Estados Unidos" y que estaban haciendo los planes necesarios para ello "sin descartar el uso de tropas". La noticia llenó las primeras planas de The Washington Post, The New York Times y todos los rotativos importantes de prensa escrita en Estados Unidos, en América Latina y en otras partes del mundo.

Los SAM 7 provocan una crisis entre Washington y Moscú

Tres días después de la crisis del Sheraton, en la madrugada del sábado 25 de noviembre, la situación de El Salvador pasó a otro escalón de implicaciones internacionales cuando se estrelló, en el oriente del país, un avión Cessna 310 de dos motores que transportaba 25 misiles antiaéreos, la mayor parte de ellos del tipo SAM 7, de diseño soviético, destinados a las unidades militares del FMLN. El mismo día, altos oficiales de la Fuerza Armada Salvadoreña admitieron que un segundo avión, presumiblemente con el mismo tipo de armas antiaéreas, había logrado aterrizar cerca de la ciudad de Zacatecoluca, a unos 30 kilómetros de San Salvador. Entre los documentos encontrados en el avión accidentado estaba un formato de orden de salida del avión expedido por SETA, una compañía de servicio de taxis aéreos con sede en Managua, Nicaragua.
El incidente tuvo, al menos, dos implicaciones importantes. Por una parte, modificó la correlación de fuerzas militares con la posibilidad de derribar los helicópteros y aviones de combate de cuyo apoyo dependía, en tan alta medida, la efectividad de la Fuerza Armada gubernamental. Así lo reconoció un alto oficial del ejército salvadoreño cuando declaró a The Washington Post: "Esto cambiará el curso de la guerra. Es una escalada tremenda que obligará a todas nuestras unidades a readaptarse". Por otra parte, el descubrimiento se convirtió en sólida prueba del involucramiento de Nicaragua en el aprovisionamiento logístico de los rebeldes salvadoreños. "Esto es lo que habíamos estado esperando -declaró en El Salvador el comandante de la sexta Brigada de Infantería- para mostrar al mundo entero que Nicaragua está ayudando a la insurgencia", mientras un vocero de la Embajada de Estados Unidos alardeaba ante la prensa internacional de tener finalmente el "avión humeante" como prueba de la injerencia de Nicaragua.
The Washington Post le dio espacio de primera plana a la noticia. El editorial del Christian Science Monitor, del 28 de noviembre, destacó que los misiles rebeldes podrían cambiar el balance de la guerra. La revista Newsweek dedicó un reportaje a "las huellas de Nicaragua en la guerra de El Salvador". Una vez más, los noticieros de televisión y las páginas de la gran prensa de Estados Unidos y de otras partes del mundo destacaron los desarrollos, cada vez más complejos y preocupantes, del conflicto en El Salvador.

La ruptura con Nicaragua

Las reaccione s del Gobierno de Estados Unidos y del Gobierno de El Salvador no se hicieron esperar. Al día siguiente, el presidente Cristiani anunció que había tomado la decisión de suspender las relaciones diplomáticas, comerciales y consulares con el Gobierno de Nicaragua y que retiraría de inmediato a toda la misión salvadoreña acreditada en ese país. Así mismo, anunció la decisión de "hacer las denuncias respectivas contra Ortega y su Gobierno" ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y ante el Consejo de Ministros de la Organización de Estados Americanos (OEA). Como consecuencia de esas medidas, quedó en suspenso la sede y la fecha de la reunión de presidentes centroamericanos, que originalmente estaba programada para celebrarse el 8 de diciembre, en Nicaragua.
La suspensión de las relaciones entre El Salvador y Nicaragua ya era una afectación concreta de las relaciones internacionales, con potenciales efectos para la paz y la estabilidad en toda la región centroamericana. Pero la cosa no terminó allí. Las implicaciones del descubrimiento del envío de misiles antiaéreos se convirtieron también en un tema de litigio entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El editorial de The Wall Street Journal, del 28 de noviembre, discutió el posible papel de la Unión Soviética en los eventos de El Salvador e instó al presidente Bush a emplazar a su homólogo soviético, Mikhail Gorbachov, en la próxima cumbre que las dos superpotencias celebrarían en Malta. El mismo día, The Washington Post tituló su nota de primera plana: "Bush presionará a Gorbachov sobre Centroamérica", refiriéndose también a la protesta que el presidente de Estados Unidos levantaría en la cumbre de Malta por el envío de "sofisticadas armas soviéticas que llegan a los insurgentes a través de Cuba y Nicaragua".

El Salvador causa tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética

El secretario de Estado, James Baker, acusó a Moscú de haber roto su promesa de que los rebeldes salvadoreños no dispondrían de armas de fabricación soviética. El mismo día del hallazgo de los misiles, aunque era sábado y tanto el secretario Baker como el embajador soviético estaban fuera de Washington, el subsecretario de Estado para Asuntos Políticos, Robert Kimmit, y el subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Bernard Aronson, se reunieron con el encargado de Negocios soviético, Guenadi Guerasimov, en horas de la noche para oficializar la protesta estadounidense. El Ministerio de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética negó las acusaciones y el Departamento de Estado finalmente tuvo que admitir que, de acuerdo al análisis de la evidencia, los misiles encontrados en el Cessna 31O no eran de fabricación soviética y que probablemente habían sido suministrados "por un régimen con estrechas conexiones de logística militar con la Unión Soviética".
De todas maneras, en los días subsiguientes, el tema siguió palpitando en las páginas de la prensa de Washington, Nueva York, Boston, Chicago, Atlanta, Los Ángeles, Miami y todas las ciudades importantes a lo largo y ancho de Estados Unidos, dando la pauta del impacto que comenzaba a tener en los círculos políticos de ese país el conflicto salvadoreño. La encargada de prensa del Departamento de Estado reiteró, el 27 de noviembre, que la Administración estaba muy preocupada y que esto había creado una muy peligrosa situación. El vocero de la Casa Blanca confirmó que Bush se proponía levantar el asunto como un área prioritaria en las discusiones de la Cumbre de Malta y que diría a Gorbachov que "la introducción de misiles tierra-aire en la guerra de El Salvador era una peligrosa escalada en el conflicto".
Los mensajes de la prensa fueron consistentes: los rebeldes salvadoreños han probado su habilidad para golpear en cualquier parte del país. Tienen ahora armas sofisticadas que podrían cambiar el curso de la guerra. Estados Unidos podría verse involucrado cada vez más directamente en el conflicto. Las relaciones con la Unión Soviética podrían envenenarse por el tema de El Salvador.

La segunda oleada guerrillera en las colonias residenciales

En ese contexto de reacciones internacionales que los más sofisticados dirigentes rebeldes ponderaban a diario con avidez y minuciosidad, se produjo el 28 de noviembre, tres días después del descubrimiento de los misiles antiaéreos, la segunda incursión de unidades guerrilleras a los barrios más lujosos y exclusivos de San Salvador, en el marco de una ofensiva militar sostenida que, a esas alturas, se había prolongado ya, contra todo pronóstico, por más de dos semanas.
La nueva oleada de desplazamientos militares urbanos de la guerrilla dejó atrapadas en sus casas, en medio del fuego cruzado, a una docena de familias estadounidenses y al menos dos funcionarios de la
Embajada de Estados Unidos, incluyendo un alto oficial de inteligencia y el jefe de Seguridad de la Embajada, quienes sufrieron durante varias horas la incursión de efectivos del FMLN a sus propias residencias. La guerrilla no tenía intención de atentar contra la seguridad de funcionarios o ciudadanos estadounidenses, pero el riesgo de afectación fortuita era cada vez mayor y más inevitable, porque casi todos los empleados de la Embajada tenían sus residencias en las colonias Escalón, San Benito y San Francisco, que se habían convertido en teatros de operaciones de la guerra.
El peligro era ya demasiado grande y, a pesar de los reiterados esfuerzos de diversos voceros de la Administración de Bush y del Gobierno salvadoreño para proyectar la ofensiva guerrillera como fracasada, los combates se mantenían con gran intensidad en la mitad de las cabeceras departamentales del país. No había, por tanto, indicación alguna de que la ofensiva pudiera extinguirse o controlarse rápidamente.

El fantasma de Saigón

Ante tal situación, el embajador de Estados Unidos en San Salvador recibió, el 29 de noviembre, la autorización del Departamento de Estado para la salida voluntaria del personal de la embajada y de sus familiares, en los casos en que se pudiera prescindir, temporalmente, de sus servicios. Unos 270 empleados optaron por permanecer toda la noche en las instalaciones de la Embajada. Al día siguiente, a las 12:25 p.m., la vocera de prensa del Departamento de Estado, Margaret Tutweiler, hizo una declaración sobria y factual a los periodistas congregados. La sobriedad no era su estilo habitual cuando abordaba el tema de El Salvador. Tal vez por eso, la declaración produjo un efecto de tensión y dramatismo en la prensa, aunque no fuera esa la intención.
La orden de evacuación
"El 29 de noviembre, como muchos de ustedes saben, el embajador recibió autorización para la salida voluntaria de familiares del personal de la Embajada que quisieran salir. La autorización incluye a empleados de los que se pueda prescindir y que también quieran salir. Ayer en la noche, a las 9:00 p.m., la Embajada en San Salvador comenzó a contactar a todos los americanos que pudo encontrar y les informó que se estaban preparando vuelos especiales rentados para transportar a los americanos que quisieran salir de El Salvador hacia Estados Unidos.
La Embajada tenía una lista de 18 páginas con todos los ciudadanos americanos registrados en la sección consular. Estas personas fueron llamadas. La Embajada contactó a las Cámaras Americana y Salvadoreña de Comercio, para que pasaran la voz a los empresarios estadounidenses. La Embajada contactó a las escuelas internacionales y a los grupos eclesiales para asegurarse de que su gente recibiera también el aviso. Para facilitar la salida y los espacios aéreos comerciales suplementarios, el Departamento de Estado contrató un vuelo charter de Continental, que volará a San Salvador este día, 30 de noviembre. Este vuelo acomodará a unas 252 personas y saldrá hoy de San Salvador hacia Washington D.C.
Vuelos adicionales pueden ser programados también, si la necesidad se presenta. La Embajada ha alquilado buses para ayudar a los americanos a llegar al aeropuerto. No sabemos cuántos residentes particulares van a aprovechar esta oportunidad. Estamos alentando al personal del que podemos prescindir y a sus familiares a salir del país".
Cuando la señora Tutweiler terminó su declaración y dijo que respondería con gusto a cualquier pregunta en la medida de sus capacidades, el punto central surgió de inmediato, desde la primera pregunta: "Estas precauciones parecen sugerir que el Departamento de Estado piensa que la ofensiva está lejos de su último aliento y que los combates van a continuar. ¿Es esta una previsión correcta?". Respuesta: "No sabemos si los enfrentamientos van a continuar o no. Ciertamente –obviamente– esperamos que no continúen".
La imagen en los noticieros de televisión del airbus A 300 de Continental Airlines, aterrizando en la Base Andrews de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, cerca de Washington, con 234 personas a bordo, entre funcionarios y empleados de la Embajada con sus familiares, evacuados de la ciudad capital de El Salvador, en medio del fuego cruzado entre grupos guerrilleros y tropas gubernamentales, fue realmente impactante. Al día siguiente, el 1 de diciembre, The New York Times publicó una foto grande de los empleados de la Embajada y sus familiares abordando los buses que los conducirían al Aeropuerto Internacional de El Salvador. El titular de la noticia fue, también, elocuente y dramático: "Americanos liberados después de estar sitiados en El Salvador".
No faltó quien pretendiera comparar la escena con la retirada de Saigón, que tantas y tan intensas y encontradas emociones había despertado en la población de Estados Unidos. La realidad y las imágenes, que de ella proyectaban los medios de prensa, no podían compararse en modo alguno con ese episodio traumático. Pero era innegable que la guerra de El Salvador estaba causando ya un impacto y derivando unas implicaciones internacionales que no podían seguirse soslayando.

El Salvador en la cumbre de Malta

En ese preciso momento, se producía la reunión cumbre de las dos superpotencias en la isla de Malta. The New York Times reportó que el presidente Bush parecía haber asumido, durante la reunión, un tono más suave que el de otros funcionarios de su Administración en relación con la conducta soviética en los conflictos regionales. En parte, porque no quería abrir espacios a la demanda de un quid pro quo en relación con el armamento que Estados Unidos suministraba a Afganistán, en el patio trasero de la Unión Soviética y, en parte, por la convicción de que la conducta soviética ya había conducido a resultados de alivio de los conflictos regionales en otros lugares, el presidente Bush optó por un enfoque constructivo en el tratamiento del problema centroamericano con su homólogo soviético. En este tema, el resultado de la cumbre fue un entendimiento para impulsar, de manera conjunta, una solución política a los conflictos en Centroamérica.
Así, en sólo tres semanas, desde el inicio de la ofensiva militar del FMLN el 11 de noviembre hasta el desarrollo de la cumbre de Malta, el 2 de diciembre, se produjeron, de manera vertiginosa acontecimientos de gran importancia y de gran impacto público, que situaron el conflicto salvadoreño en un plano de repercusiones internacionales innegables. Este giro abrupto de los acontecimientos constituyó la base política y el principio de validez jurídica para las actuaciones del secretario general de Naciones Unidas, en relación con el caso salvadoreño, aun cuando ese principio de validez no se hubiera traducido todavía, en mandato expreso y formal del Consejo de Seguridad, y aun cuando la viabilidad de la aventura diplomática de Naciones Unidas en El Salvador estuviera todavía por construirse.

Entra en escena Naciones Unidas

En las páginas iniciales de este capítulo, nos preguntamos cuándo, cómo y por qué había decidido involucrarse el secretario general, si no tenía precedentes claros, ni mandato, ni voluntad expresa de las partes en conflicto y la guerra no estaba dando, por añadidura, indicios consistentes de potencial afectación a la paz internacional.
Pues bien, fue este último aspecto el primero en cambiar. Pero era el más importante –en teoría, al menos– desde el punto de vista de la racionalidad jurídica y política en la que podía sustentarse una participación de Naciones Unidas. La ofensiva militar del FMLN, por estremecedora que fuera, seguía dejando el conflicto circunscrito en un plano geográfico y político estrictamente interno. Su implicación internacional habría sido gravísima en una consideración geoestratégica, ciertamente, pero solo si el FMLN hubiera demostrado una posibilidad más inminente de tomar el poder por esa vía. El asesinato de los jesuitas acarreó una conmoción internacional considerable, pero todavía situada en un plano moral y humanitario, aunque generó debates, como el de la suspensión de la ayuda militar a El Salvador, que ya se situaban en el terreno de la política internacional. Ambos hechos produjeron, indudablemente, un incremento cuantitativo y cualitativo en la atención de la comunidad internacional al conflicto salvadoreño, pero no eran todavía base suficiente para la participación de Naciones Unidas en el auspicio de una solución global al conflicto.
En ese sentido, la crisis del Sheraton, el episodio de las armas antiaéreas con su potencial afectación del curso de la guerra, la consecuente ruptura de relaciones entre El Salvador y Nicaragua, con petición expresa de que el problema fuera abordado en el Consejo de Seguridad, las fricciones diplomáticas entre Estados Unidos y la Unión Soviética por razón de ese mismo episodio, y la situación crítica y posterior evacuación de ciudadanos y personal de la Embajada de Estados Unidos fueron los factores que, de manera más evidente y directa, abrieron la ranura histórica por la que se coló la idea de los auspicios de Pérez de Cuéllar para unas negociaciones que pusieran término a la guerra civil en El Salvador.
Fue esta, también, la situación inmediata en la que Estados Unidos y la Unión Soviética, ambos miembros permanentes del Consejo de Seguridad, decidieron, en Malta, realizar esfuerzos conjuntos para buscar una salida al conflicto, aunque no pretendieron delinear el tipo de solución o la modalidad de negociaciones que era necesaria implementar. Y fue ese también el contexto inmediato de la reunión que los representantes del FMLN realizaron el 6 de diciembre, en Montreal, con Álvaro De Soto, en la que surgieron los primeros perfiles generales de lo que sería la operación diplomática más exitosa de Naciones Unidas en un largo periodo.
A partir de este momento, Pérez de Cuéllar pudo contar con una relevancia internacional demostrada por el giro del conflicto salvadoreño y con un cambio de luz roja a luz amarilla intermitente por parte de los miembros más poderosos y decisivos del Consejo de Seguridad.


Epílogo

Decidimos reproducir estas páginas, para que el lector contemporáneo, incluyendo la nueva generación que no vivió estos capítulos de nuestra historia, también pueda entender cómo la guerra, precisamente en el momento de su máxima expresión, produjo una ventana de oportunidad para la paz. Consideramos importante que los salvadoreños tengan acceso a este capítulo
del libro de Salvador Samayoa, que narra el camino de la guerra a la paz.

Ya sabemos cómo terminó esta historia: Naciones Unidas asume la mediación, y en tres años de complejas negociaciones, llegan a Acuerdos, que permiten que el 31 de diciembre del año 1991, el gobierno del presidente Alfredo Cristiani y la Comandancia del insurgente firman un cese al fuego definitivo; que el 16 de enero del 1992 si firma la paz en el castillo de Chapultepec en la capital mexicana; y que a partir de esta fecha estamos construyendo un país sin militarismo, sin represión, sin violencia política, con libertad de expresión y organización y con un sistema de pluralismo político.  Falta mucho por hacer en esta construcción, pero será más fácil si todos entendemos cómo llegamos a este nuevo capítulo. (Paolo Lüers)
(El Diario de Hoy)