lunes, 19 de agosto de 2024

La izquierda no ha muerto. Columna Transversal de Paolo Luers

 

"Mientras se sigue postulando que la meta de la izquierda es construir una sociedad igualitaria, al fin siempre se llegará a sistemas autoritarios."

Publicado en EL DIARIO DE HOY, martes 20 agosto 2024     

El periodista y escritor argentino Martín Caparros intentó, en su ensayo “La izquierda ha muerto, viva la izquierda”, a complementar su crítica a la izquierda autoritaria con una visión de una izquierda, democrática. Un intento loable, pero difícil - y en parte fracasado. 

 

Es mucho más fácil caracterizar la naturaleza de la izquierda autoritaria que definir cómo sería una izquierda ‘verdadera’. Basta ver hacía Venezuela para ver la cara fea de regímenes autoritarios que se llaman de izquierda. Y para ver las contradicciones de la supuesta izquierda democrática basta observar las contorsiones y retorcimientos de sus figuras Lula, Petro y López Obrador frente al fraude electoral en Venezuela.


Caparros escribe: “Parejas como Fidel y Raúl Castro, Rosario y Daniel Ortega, Maduro y Hugo Chávez, Néstor y Cristina, AMLO y El Chapo, han conseguido que la noción de “izquierda” quede automáticamente asimilada a unos regímenes donde el personalismo, la represión, la miseria, la violencia –en proporciones variables– copan el espacio.“ Sería difícil describir mejor la mentira que es llamar ‘de izquierda’ a estos regímenes. 

 

También es correcta la pregunta que Caparros se hace: “Si lo que se llama y se hace llamar izquierda no es la izquierda, ¿qué es la izquierda?”

 

Lo difícil es cómo responder esta pregunta. El intento de Caparros: “En términos socioeconómicos, la respuesta puede ser muy clara: somos de izquierda los que queremos una sociedad donde todos tengamos lo que necesitamos y nadie tenga exageradamente más.”

 

Con esto, Caparros introduce en su definición de izquierda auténtica un principio viejo, que posiblemente está en el fondo del fracaso y de las perversiones de la izquierda: el imperativo igualitario: “que nadie tenga exageradamente más...”

 

Caparros está consciente del dilema: “Tenemos un problema central: no sabemos cuál sería la forma política necesaria para construir una sociedad así. Hasta ahora las que dicen que lo intentaron fracasaron miserablemente.”

 

Ante este dilema fracasa el intento de Caparros. Mientras se sigue postulando que la meta de la izquierda es construir una sociedad igualitaria, al fin siempre se llegará a sistemas autoritarios. Esto está comprobado, todos conocemos los ejemplos. El igualitarismo termina en una sociedad, en la cual todos son pobres, excepto los miembros de la vanguardia. El estalinismo, el maoísmo, el fidelismo, el socialismo del siglo 21 no son excepciones o excesos, son la regla.

 

Las izquierdas que no han llevado a sus países a la pobreza generalizada son las que han roto con el dogma de la igualdad, que buscan justicia social en vez de igualdad. Dicho de otra manera: que construyen igualdad de oportunidades, no igualdad de resultados. Que no combaten la riqueza, sino la pobreza...

 

Pero, hay dos modelos de izquierda diferentes y opuestos que han abandonado la búsqueda de igualdad: la socialdemocracia y el modelo que desarrolló el PC chino luego del fracaso de Mao Tse Tung. La concepción china fue: adoptar un esquema de mercado ‘libre’ controlado por el partido y el Estado. Todos hemos su éxito. Sacó a millones de la pobreza y llevó al país a ser una potencia económica y tecnológica. Pero sin el énfasis que la izquierda socialdemócrata pone en la justicia social y en la democracia. La China comunista actual es uno de los países con más injusticia social, incluso con formas de esclavitud. Y sin ni siquiera la apariencia de democracia y respeto a derechos ciudadanos.

 

El modelo socialdemócrata, así como practicado en Europa, resulta ser el único que la izquierda ha desarrollado que no privilegia la justicia social encima de la democracia. Este compromiso con la democracia liberal implica que esta izquierda respeta el pluralismo, la alternancia en el poder, la empresa privada, la acumulación de riqueza - con las limitaciones para su meta de construir justicia social que esto puede implicar. Dicho de otra manera: esta izquierda acepta que puede implementar sus políticas y reformas sociales solamente si logra convencer a la mayoría de votantes. Si no, entrega el poder, aunque esto signifique que haya contrarreformas que reduzcan las oportunidades de los menos privilegiados. Por tanto, estos regímenes siempre son imperfectos. Pero tienen una ventaja: no imponen políticas por la fuerza, no se perpetúan en el poder con la justificación de representar a los pobres y el destino de la historia. No se vuelven autoritarios. 

 

La triste lección de la historia es que quien busca la sociedad ideal, en la cual todos serán iguales, termina construyendo dictaduras. En cambio, la democracia no es ideal, por definición es imperfecta. No hay forma de gobierno perfecta - y la democracia liberal es la mejor de las imperfectas. La izquierda viable es la que dentro de un mundo imperfecto trabaja para hacer avanzar la justicia social para todos. Las izquierdas latinoamericanas tendrán futuro en la medida que abandonen las tentaciones del igualitarismo – y de la imposición. Pero además necesitan volverse combativas contra todos los autoritarismos, no solo los de derecha. Necesitan definirse como parte de las fuerzas que, independiente de sus tendencias de izquierda o derecha, defienden la democracia. Las izquierdas latinoamericanas que más han avanzado en esta dirección son la uruguaya y la chilena.

 

Las dificultades que tienen las otras izquierdas latinoamericanas con esto, las observamos en tiempo real, viendo las contorsiones que sufren Lula, AMLO y Petri ante la dictadura de Maduro.

 




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