lunes, 25 de enero de 2010

UN climate chief Rajendra Pachauri 'got grants through bogus claims'


The Himalayan glaciers

(AP Photo/Channi Anand)

The chairman of the UN's Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC), has used bogus claims that Himalayan glaciers were melting to win grants worth hundreds of thousands of pounds.

Rajendra Pachauri's Energy and Resources Institute (TERI), based in New Delhi, was awarded up to £310,000 by the Carnegie Corporation of New York and the lion's share of a £2.5m EU grant funded by European taxpayers.

It means that EU taxpayers are funding research into a scientific claim about glaciers that any ice researcher should immediately recognise as bogus. The revelation comes just a week after The Sunday Times highlighted serious scientific flaws in the IPCC's 2007 benchmark report on the likely impacts of global warming.

The IPCC had warned that climate change was likely to melt most of the Himalayan glaciers by 2035 - an idea considered ludicrous by most glaciologists. Last week a humbled IPCC retracted that claim and corrected its report.

Since then, however, The Sunday Times has discovered that the same bogus claim has been cited in grant applications for TERI.

One of them, announced earlier this month just before the scandal broke, resulted in a £310,000 grant from Carnegie.

An abstract of the grant application published on Carnegie's website said: "The Himalaya glaciers, vital to more than a dozen major rivers that sustain hundreds of millions of people in South Asia, are melting and receding at a dangerous rate.

"One authoritative study reported that most of the glaciers in the region "will vanish within forty years as a result of global warming, resulting in widespread water shortages,"

The Carnegie money was specifically given to aid research into "the potential security and humanitarian impact on the region" as the glaciers began to disappear. Pachauri has since acknowledged that this threat, if it exists, will take centuries to have any serious effect.

The money was initially given to the Global Centre, an Icelandic Foundation which then channelled it, with Carnegie's involvement, to TERI.

The cash was acknowledged by TERI in a press release, issued on January 15, just before the glacier scandal became public, in which Pachauri repeated the claims of imminent glacial melt.

It said: ""According to predictions of scientific merit they may indeed melt away in several decades."

The same release also quoted Dr Syed Hasnain, the glaciologist who, back in 1999, made the now discredited claim that Himalayan glaciers would be gone by 2035.

He now heads Pachauri's glaciology unit at TERI which sought the grants and which is carrying out the glacier research.

Critics point out that Hasnain, of all people, should have known the claim that the Himalayan glaciers could melt by 2035 was bogus because he was meant to be a leading glaciologist specialising in the Himalayas.

Any suggestion that TERI has repeated an unchecked scientific claim without checking it, in order to win grants, could prove hugely embarrassing for Pachauri and the IPCC.

The second grant, from the EU, totalled £2.5m and was designed to "to assess the impact of Himalayan glaciers retreat".

It was part of the EU's HighNoon project, launched last May to fund research into how India might adapt to loss of glaciers.

In one presentation at last May's launch, Anastasios Kentarchos, of the European Commission's Climate Change and Environmental Risks Unit, specifically cited the bogus IPCC claims about glacier melt as a reason for pouring EU taxpayers' money into the project.

Pachauri spoke at the same presentation and Hasnain is understood to have been present in the audience.

The EU grant was split between leading European research institutions including Britain's Met Office, with TERI getting a major but unspecified share because it represented the host country.

The "Glaciergate" affair has seen Pachauri come under increasing pressure in India, prompting him to call a press conference yesterday (Saturday) where he dismissed calls for his resignation and said no action would be taken against the authors of the erroneous section of the IPCC report.

He said: "I have no intention of resigning from my position," adding the errors were unintentional and not significant in comparison to the entire report.

However, other questions remain. One of the most important is in connection with Pachauri's earnings.

In an interview with The Sunday Times he said his only income came from his salary at TERI. However TERI does not publish his salary and he refused to divulge it.

In India questions are also being asked about Pachauri's links with GloriOil, a Houston, Texas-based oil technology company that specialises in recovering extra oil from declining oil fields . Pachauri is listed as a founder and scientific advisor.

Critics say it is odd for a man committed to decarbonising energy supplies to be linked to an oil company.

The problems come at a bad time for the IPCC which is recruiting scientists for its fifth report into the science and impacts underlying global warming.

Yesterday, Pachauri said he intended to remain as director of the IPCC to oversee the fifth IPCC assessment report dealing with sea level rise and ice sheets, oceans, clouds and carbon accounting. The report is expected by 2014.

(The Times/London. The author is the Science and Environment Editor of The Times)

domingo, 24 de enero de 2010

Guerra al narcotráfico

Hace poco más de tres años, el presidente mexicano vistió una casaca militar y declaró una guerra frontal de gran escala contra el narcotráfico, enviando al Ejército a las calles, carreteras y pueblos de México. En aquel momento, Felipe Calderón recibió un amplio respaldo, interno y externo, por una decisión vista como valiente y necesaria. Se esperaban rápidamente resultados tangibles.

El Gobierno de Bush prometió respaldo estadounidense -la llamada Iniciativa de Mérida, pactada en 2007-, Obama reiteró su apoyo en 2008, y las encuestas de opinión pública demostraban que Calderón, de un golpe, había dejado atrás las angustias de su estrecha y cuestionada victoria electoral, ganándose la confianza del pueblo mexicano. Hoy, las cosas se miran de manera diferente. Por fin ha surgido un debate nacional en México sobre la guerra contra el narco, que debió haberse realizado mucho antes: en la campaña electoral de 2006, durante la cual ninguno de los candidatos, y mucho menos Felipe Calderón, se la propusieron a la sociedad mexicana.

Muchos -que votamos por Calderón y apoyamos con entusiasmo sus propuestas de reforma política, por ejemplo- hemos sostenido desde el principio de su sexenio que, al igual que la invasión de Irak, la guerra contra la droga en México fue optativa: no debió haber sido declarada, no se puede ganar y le está causando un daño enorme a México. Un creciente número de mexicanos comparte esta opinión.

Los resultados brillan por su ausencia; la violencia en el país aumenta. En los primeros ocho días del año, tuvieron lugar 223 ejecuciones, el doble del mismo periodo del 2009, y tres veces más que en 2008 o 2007. Durante el año recién transcurrido, se registraron más de 6.500 ejecuciones, superando el total del año pasado, el doble de 2007. De las más de 220.000 personas arrestadas por vínculos con el narcotráfico desde que Calderón asumió su cargo, las tres cuartas partes han quedado en libertad y apenas 5% de las 60.000 restantes han sido juzgadas y sentenciadas. Al concentrarse los esfuerzos en impedir el tráfico vía México de cocaína colombiana a Estados Unidos, la superficie sembrada de amapola y marihuana en el país ha crecido, según el Gobierno de Estados Unidos. La producción potencial de heroína pasó de 13 toneladas en 2006 a 18 en 2008, la de goma de opio de 110 toneladas a 149, y la de cannabis subió ligeramente, alcanzando 15.800 toneladas. Pero las restricciones al transbordo de cocaína no causaron mayor mella en los precios al menudeo en Estados Unidos, que se dispararon en 2008 para luego estabilizarse en 2009en niveles inferiores a sus picos históricos de los noventa. Por otra parte, Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la Revisión por Pares Universal del Consejo de Derechos Humanos de la ONU han documentado, con mayor o menor precisión y evidencia, un incremento de violaciones a los derechos humanos, y una ausencia notable de responsables procesados por las mismas.

Desde comentaristas como el director editorial del diario Reforma, Rene Delgado, hasta el líder del izquierdista PRD en el Senado, Carlos Navarrete, y el gobernador priísta de Coahuila, en días recientes han aflorado más dudas que nunca sobre los orígenes de la guerra, sus perspectivas y sus costos. Sus justificaciones han resultado falsas (de acuerdo con las mismas cifras del Gobierno, el consumo de estupefacientes en México no ha crecido en el último decenio, y la violencia, medida por el número de homicidios por 100.000 habitantes, se había reducido desde 1992 hasta el 2007), o alarmistas (México se hallaba al borde de la colombianización).

Cobra cada día más fuerza la idea de que la única explicación satisfactoria, aunque no demostrada, de declaración de guerra consistió en el deseo de Calderón de legitimarse, en vista de las dudas en torno a su elección en 2006, dudas que sus seguidores nunca compartimos. Lo logró: sus índices de popularidad subieron y se han mantenido a niveles comparables a los de sus predecesores.

Frente a este escepticismo, el Gobierno de Felipe Calderón ha procurado mejorar su defensa. La más inteligente e ilustrada se halla en un artículo publicado en la revista Nexos por Joaquín Villalobos, el ex comandante guerrillero salvadoreño, quien fue contratado como asesor por el Gobierno mexicano desde 2005, primero por la Secretaría de Seguridad Pública y posteriormente por la Procuraduría, para la cual trabaja desde 2006. Al tratar de refutar Doce mitos sobre la guerra contra el narco, Villalobos, que siempre fue considerado como el más brillante de los militares revolucionarios de su país, aprovecha la distancia de una mirada externa y deja de lado algunas críticas al Gobierno, acepta otras, y se concentra en una tesis.

Comparte una postura de muchos críticos: la violencia en México es mucho menor que en buena parte del resto de América Latina, y México no es Colombia (Mito # 2); tampoco rebate la afirmación de que dicha violencia iba en descenso hasta 2006. Acepta que la legalización de la mariguana es una alternativa parcial, pero, como subrayan muchos, sólo de la mano de Estados Unidos (Mito # 10): "Sin la participación de Estados Unidos y Europa una estrategia de este tipo (la legalización), aplicada en México o Colombia, por ejemplo, sería un suicidio para la seguridad de estos países". Insiste como muchos, en las diferencias entre México y Colombia.

Pero concentra su esfuerzo en una cierta interpretación de las dudas dirigidas al Gobierno al que aconseja: "No se debió confrontar al crimen organizado". (Mito # 1) Y explica, de manera un poco contradictoria, cómo, en una guerra, si no se gana se pierde, cómo el Estado mexicano, sin correr el peligro de colombianizarse, sí podía haber sido capturado por el crimen organizado, que habría pasado de algunos Estados a la misma capital de la República: "No hacer nada podría haber llevado a México a una situación similar a la que enfrentó Colombia a finales de los ochenta... El nivel de violencia actual en México deja bien claro que el monstruo era real, fuerte y peligroso".

El problema para muchos mexicanos críticos de la embestida gubernamental yace en la relatividad de estos temores. A diferencia de muchos de sus colegas del FMLN, Villalobos no pasó largos ratos en México durante la guerra salvadoreña, ni vivió en México después de la firma de la paz en 1992. Lo cual tal vez le impida ubicar el dilema mexicano en su pleno contexto histórico, al afirmar que: "En el pasado los narcos eran un problema policial de segundo orden y para lidiar con ellos se requería una lógica operacional local y no una estrategia de Estado. Durante muchos años no fueron un tema central ni para México ni para nadie".

Cualquier mexicano que recuerde los episodios de la guerra del narco en Sinaloa, Chihuahua y Guadalajara en aquellos años; la grave crisis con Estados Unidos que implicó la ejecución del agente de la DEA Enrique Camarena; la captura de la Dirección Federal de Seguridad entera por el crimen organizado, al grado que fue disuelta por el presidente Miguel de la Madrid; la violencia de capos como Caro Quintero, Félix Gallardo, García Abrego, Carrillo Fuentes, los Arellano Félix y otros; o el bochorno que le causó al presidente Ernesto Zedillo en 1998 que su zar antidrogas, un general del ejército, resultara narco, podría discrepar de Villalobos. Por supuesto que se trataba entonces y ahora de un tema central para México. Lo era -con mayúsculas- en la política interna, en las relaciones internacionales del país, y en la economía regional de zonas que entonces, como ahora, vivían del narco.

Quizás la necesidad de contar con un consejero y defensor externo creíble, revela la complejidad del reto que enfrenta Felipe Calderón. Se ve obligado a recurrir a apoyos como el de Villalobos -al grado de solicitarle que presentara la estrategia gubernamental ante los embajadores y cónsules de México durante su reunión anual hace unos días- porque son los mejores y los únicos. Pero argumentos construidos a la distancia, por lúcidos que parezcan, difícilmente podrán convencer a una sociedad mexicana que cada día se cansa más de una guerra fallida y sin fin.

(El País/Madrid; el autor, ex secretario de Relaciones Exteriores de México, es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.)

The Court’s Blow to Democracy

With a single, disastrous 5-to-4 ruling, the Supreme Court has thrust politics back to the robber-baron era of the 19th century. Disingenuously waving the flag of the First Amendment, the court’s conservative majority has paved the way for corporations to use their vast treasuries to overwhelm elections and intimidate elected officials into doing their bidding.

Congress must act immediately to limit the damage of this radical decision, which strikes at the heart of democracy.

As a result of Thursday’s ruling, corporations have been unleashed from the longstanding ban against their spending directly on political campaigns and will be free to spend as much money as they want to elect and defeat candidates. If a member of Congress tries to stand up to a wealthy special interest, its lobbyists can credibly threaten: We’ll spend whatever it takes to defeat you.

The ruling in Citizens United v. Federal Election Commission radically reverses well-established law and erodes a wall that has stood for a century between corporations and electoral politics. (The ruling also frees up labor unions to spend, though they have far less money at their disposal.)

The founders of this nation warned about the dangers of corporate influence. The Constitution they wrote mentions many things and assigns them rights and protections — the people, militias, the press, religions. But it does not mention corporations.

In 1907, as corporations reached new heights of wealth and power, Congress made its views of the relationship between corporations and campaigning clear: It banned them from contributing to candidates. At midcentury, it enacted the broader ban on spending that was repeatedly reaffirmed over the decades until it was struck down on Thursday.

This issue should never have been before the court. The justices overreached and seized on a case involving a narrower, technical question involving the broadcast of a movie that attacked Hillary Rodham Clinton during the 2008 campaign. The court elevated that case to a forum for striking down the entire ban on corporate spending and then rushed the process of hearing the case at breakneck speed. It gave lawyers a month to prepare briefs on an issue of enormous complexity, and it scheduled arguments during its vacation.

Chief Justice John Roberts Jr., no doubt aware of how sharply these actions clash with his confirmation-time vow to be judicially modest and simply “call balls and strikes,” wrote a separate opinion trying to excuse the shameless judicial overreaching.

The majority is deeply wrong on the law. Most wrongheaded of all is its insistence that corporations are just like people and entitled to the same First Amendment rights. It is an odd claim since companies are creations of the state that exist to make money. They are given special privileges, including different tax rates, to do just that. It was a fundamental misreading of the Constitution to say that these artificial legal constructs have the same right to spend money on politics as ordinary Americans have to speak out in support of a candidate.

The majority also makes the nonsensical claim that, unlike campaign contributions, which are still prohibited, independent expenditures by corporations “do not give rise to corruption or the appearance of corruption.” If Wall Street bankers told members of Congress that they would spend millions of dollars to defeat anyone who opposed their bailout, and then did so, it would certainly look corrupt.

After the court heard the case, Senator John McCain told reporters that he was troubled by the “extreme naïveté” some of the justices showed about the role of special-interest money in Congressional lawmaking.

In dissent, Justice John Paul Stevens warned that the ruling not only threatens democracy but “will, I fear, do damage to this institution.” History is, indeed, likely to look harshly not only on the decision but the court that delivered it. The Citizens United ruling is likely to be viewed as a shameful bookend to Bush v. Gore. With one 5-to-4 decision, the court’s conservative majority stopped valid votes from being counted to ensure the election of a conservative president. Now a similar conservative majority has distorted the political system to ensure that Republican candidates will be at an enormous advantage in future elections.

Congress and members of the public who care about fair elections and clean government need to mobilize right away, a cause President Obama has said he would join. Congress should repair the presidential public finance system and create another one for Congressional elections to help ordinary Americans contribute to campaigns. It should also enact a law requiring publicly traded corporations to get the approval of their shareholders before spending on political campaigns.

These would be important steps, but they would not be enough. The real solution lies in getting the court’s ruling overturned. The four dissenters made an eloquent case for why the decision was wrong on the law and dangerous. With one more vote, they could rescue democracy.

Chávez saca a RCTV de programación por cable

El Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, a través de CONATEL, se ha dirigido informal e ilegalmente a los servicios de difusión por suscripción para solicitarles que se excluya la señal de RCTV internacional de su oferta a los suscriptores venezolanos si, en el criterio del gobierno, nuestro canal incurre en infracción de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión.

Esa conducta de CONATEL es absolutamente ilegal puesto que, si el gobierno considera que RCTV internacional ha cometido alguna infracción, lo que procede es abrir un procedimiento administrativo al canal, dándole la oportunidad a RCTV internacional de ejercer su derecho a la defensa, como lo ordena y garantiza la Constitución. Sin seguir el procedimiento legal correspondiente, CONATEL no tiene potestad alguna para dar esa orden a los servicios de difusión por suscripción.

Así, el gobierno los presiona indebidamente para que tomen decisiones ajenas a sus responsabilidades, con el propósito de enturbiar las relaciones entre esas empresas y sus suscriptores. De esta manera, el gobierno no asume su responsabilidad, escudándose de manera reprochable en los servicios de televisión por suscripción, violando así nuevamente la Constitución y la ley.

sábado, 23 de enero de 2010

Carta a David Munguía Payés, ministro de Defensa

Estimado ministro:

Usted sabe que tuve mis dudas cuando le nombraron ministro. Hubiera preferido a un civil en Defensa. Hoy tengo que decir: ¡Mi respeto! No tomando en cuenta (por razones obvias) a una señora octogenaria, usted es el único con cojones en este gabinete...

Como muchos advertimos (incluyendo usted), el presidente decidió sacar al ejército a la calle, pero lastimosamente con las manos atadas. Sin plan. Sin control de las cárceles, donde funcionan los puestos de mando de las pandillas. Sin tener el valor de declarar un Estado de Emergencia...

Usted tiene razón: O hay emergencia - entonces hay que declararla, con todo lo que significa. O no hay emergencia - entonces no tiene sentido movilizar al ejército.

Todos sabemos que hay emergencia. Hace falta recuperar el control que las autoridades han perdido a las pandillas en varios municipios.

Usted ha mostrado paciencia. Después de tres meses de tener a sus tropas en el territorio, pero con las manos atadas, tiene el derecho (es más, ¡el deber!) de hablar fuerte y exigir al presidente que no les deje solos en la calle.

Tiene razón en exigir que declaren el Estado de Emergencia en los municipios donde quieren que el ejército entre a disputarle el control a las pandillas. Tiene razón de exigir que exista un plan integral de combate a la delincuencia. Tiene razón en demandar al presidente que asegure que PNC y Dirección de Cárceles hagan lo suyo.

Todo esto requiere valor. Y como nadie más en el gobierno lo está mostrando, usted habló fuerte. Ojala le escuchen.

¡Qué triste (y típico) que en un gobierno de izquierda el único que se atreve a hablar a calzón quitado de Seguridad sea un militar...!

Saludos, Paolo Lüers

(Más!)

Cero tolerancia

Cuando el vicepresidente de la República Salvador Sánchez Cerén declaró que "las normas pétreas en materia constitucional son una aberración jurídica", muchos inmediatamente saltaron en defensa de nuestra democracia.

Que bueno, porque uno de los tres hombres que concentran el poder dentro del FMLN estaba clasificando de "aberración" el hecho que nuestra Constitución dicta que "no podrán reformarse en ningún caso los artículos de esta Constitución que se refieren a la forma y sistema de gobierno, al territorio de la República y a la alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia de la República".

Pero en el mismo discurso del 16 de enero, el vicepresidente dijo una frase que casi pasó desapercibida: "Al pueblo no se puede negar si por voluntad mayoritaria decide reformar la Constitución".

¡Equivocado, señor vicepresidente! ¡Reprobado, señor ministro de Educación! Se puede negar. Se debe negar. Es mandato de la Constitución.

No es la 'voluntad mayoritaria' que tiene derecho de cambiar la Constitución. Es precisamente el propósito de nuestra Constitución evitar que cualquiera que en dado momento disponga de una 'voluntad mayoritaria' pueda alterar la Constitución.

Por esto, la Constitución, en el artículo 248, dice: "La reforma de esta Constitución podrá acordarse por la Asamblea Legislativa, con el voto de la mitad más uno de los Diputados electos.

Para que tal reforma pueda decretarse deberá ser ratificada por la siguiente Asamblea Legislativa con el voto de los dos tercios de los diputados electos".

Es privilegio de los diputados, no del pueblo como tal en votación directa (por ejemplo, un referéndum), reformar la Constitución. Con el candado de la mayoría calificada de dos tercios de los diputados, o sea la reforma constitucional requiere de una concertación entre varios partidos. O sea, tiene que haber un amplio consenso que va mucho más allá de una mayoría coyuntural.

Esa es la mera esencia de nuestro sistema político (el mismo que la Constitución no permite alterar): la democracia representativa que deja las decisiones trascendentales no en manos directamente del electorado, sino de representantes elegidos, las toman en base de su conciencia, del interés común, tomando en cuenta no sólo 'la voluntad mayoritaria' y coyuntural del pueblo, sino igualmente los intereses de las minorías y las necesidades del país a largo plazo.
¿Está funcionando bien este sistema de la democracia representativa? Obviamente que no.

Pero esto no es razón para desechar este sistema y sustituirlo por otro que pretende ser 'democracia directa' o 'democracia popular', pero que resulta tener mucho menos garantías contra el autoritarismo y el populismo demagógico.

Las evidentes deficiencias de nuestro sistema de democracia representativa son razón para una urgente reforma política. Urge mejorar la manera que funciona esta representación.

Urge una ley de partidos políticos que asegura el carácter democrático de los partidos así como regula y transparenta sus finanzas y campañas. Urge una reforma electoral que permita que el electorado pueda elegir libremente a cada uno de los diputados.

O sea con listas abiertas donde no depende de las cúpulas partidarias quién entre a la Asamblea, sino de los electores.

Si para lograr todo esto hay que hacer enmiendas constitucionales, hay que consensuarlas, aprobarlas y, en la Asamblea Legislativa siguiente, ratificarlas con mayoría calificada. Nada de buscar un atajo o un bypass.

Nada de trucos chucos. Nada de cambiar o pervertir con elementos plebiscitarios el sistema, sino agotar todas las medidas para reformar y perfeccionarlo. Nada de aventuras a la venezolana o nicaragüense...

Es grave que el partido de gobierno -así lo expresan no sólo las declaraciones de Sánchez Cerén, sino de casi todos sus dirigentes- tiene otra concepción de la democracia.

Siempre me ha asustado cuando partidos o líderes políticos de corte autoritaria, que además se sienten 'vanguardia' y expresión de los verdaderos intereses del pueblo, hablen de 'voluntad mayoritaria' o 'voluntad popular'.

No importa que sean de izquierda o de derecha o de esas nuevas mezclas de izquierda/derecha (como Hugo Chávez, Mel Zelaya o los peronistas de Argentina), hay que tenerles cuidado y no permitir que perviertan las constituciones.

Cero tolerancia con los que juegan fuera de la Constitución. Siempre cuando salgan a la luz declaraciones e intenciones como las de Sánchez Cerén (o Daniel Ortega o Mel Zelaya), todos los sectores democráticos tenemos que unirnos en defensa de nuestro sistema político. Y la mejor forma de defensa es la reforma.

(El Diario de Hoy)

jueves, 21 de enero de 2010

Carta a William Walker, ex-embajador de Ronald Reagan en El Salvador

Mr. Ambassador:

Usted vino a explicarnos lo que hasta ahora era un misterio: el verdadero carácter de nuestro nuevo gobierno: “El de Funes es un gobierno de centro, imitando a la izquierda.” Dicho por el ex-embajador de Reagan en El Salvador.

Pero surge otro misterio: ¿Qué diablos significa que usted fue el invitado de honor en el lanzamiento del llamado ‘Partido Popular’ de personajes como Orlando Arévalo y Ronal Umaña?

¿Cómo explicarnos esta atrevida definición de ‘centro’ por parte de un prominente soldado de la guerra fría de Ronald Reagan?

El de Funes es, a todas luces, un gobierno de izquierda imitando al centro. Y el de Arévalo y Cia. es, a todas luces, un partido de la derecha lumpen y corrupto disfrazado de ‘centro’ y apoyando al gobierno Funes, también de ‘centro’...

Formar un gobierno de izquierda no tiene nada malo. Tampoco formar partidos de derecha como GANA, MANA, LANA y PP. Lo sospechoso es el disfraz. Funes dio oxígeno al FMLN, que nunca hubiera llegado a gobernar sin el discurso ‘centrista’ de Funes y sus amigos.

Usted no lo entiende. De hecho, los guerreros fríos nunca entendieron nada. Cuando la izquierda salvadoreña estuvo librando su guerra, no entendieron que se trataba de una lucha por la democracia y contra el autoritarismo militar. La vieron como parte de la estrategia soviética. Había que eliminarla.

Y hoy, en tiempos de paz y democracia, el FMLN de la posguerra es parte de una estrategia real de Cuba y Venezuela – y ustedes se dejan engañar de un disfraz centrista. Hoy que la izquierda va contra la historia, usted le tira flores. Cuando la izquierda tenía razón de pelear, les tiró fuego. Equivocado entonces, equivocado hoy...

Resulta que al fin de cuentas, ya un poco senil, el arquitecto de la guerra fría se convirtió en otro tonto útil.

Goodbye, Paolo Lüers

(Más!)

miércoles, 20 de enero de 2010

Haití: Un desafío internacional

Miro una foto de una tristeza, dolor, crueldad y violencia inmensas: un hombre toma del pie el cadáver de un niño y lo arroja al aire. El cuerpo va a dar a la montaña de cadáveres -decenas de millares en una población de 10 millones-. Saldo terrible del terremoto en Haití. Cuesta admitir que una catástrofe más se añada a la suma catastrófica de esta desdichada nación caribeña. El 80% de sus habitantes sobrevive con menos de dos dólares diarios. El país debe importar las cuatro quintas partes de lo que come. La mortalidad infantil es la más alta del continente. El promedio de vida es de 52 años. Más de la mitad de la población tiene menos de 25 años. La tierra ha sido erosionada. Sólo un 1,7% de los bosques sobreviven. Tres cuartas partes de la población carece de agua potable. El desempleo asciende al 70% de la fuerza de trabajo. El 80% de los haitianos vive en la pobreza absoluta.

Los huracanes son frecuentes. Pero si la naturaleza es impía, más lo es la política humana. Primer país latinoamericano en obtener la independencia, en 1804, se sucedieron en Haití gobernantes pintorescos que han alimentado el imaginario literario. Toussaint L'Ouverture, fundador de la República, depuesto por una expedición armada de Napoleón I. El emperador Jean-Jacques Dessalines extermina a la población blanca y discrimina a los mulatos, pero es derrotado por éstos. Alexandre-Pétion, junto con el dirigente negro Henry Christophe, convertido en brujo y pájaro por Alejo Carpentier en su gran novela El reino de este mundo, espléndido resumen novelesco del mundo animista de brujos y maldiciones haitianas. Fueron los "jacobinos negros".

El verdadero maleficio de Haití, sin embargo, no está en la imaginación literaria, ni en el folclore, sino en la política. Sólo después de la ocupación norteamericana (1915-1934), Haití ha sufrido una sucesión de presidentes de escasa duración y una manifiesta ausencia de leyes e instituciones, vacío llenado, entre 1957 y 1986, por Papá Doc Duvalier y su hijo Baby Doc, cuyas fortunas personales ascendieron en proporción directa al descenso del ingreso de la población, el desempleo y la pobreza. Patrimonialismo salvaje que intentó corregir, en 1990, el presidente Jean-Baptiste Aristide, exiliado en 1991, de regreso en 1994, y desplazado al cabo por el actual presidente René Préval.

Este carrusel político no da cuenta de las persistentes dificultades provocadas por la guerra de pandillas criminales, herederas de los terribles tonton-macoutes de Duvalier, incontenibles para una policía de apenas 4.000 hombres y avasallada por las realidades de la tortura, la brutalidad, el abuso y la corrupción como normas de la existencia.¿Qué puede hacer la comunidad internacional sin que los préstamos del Banco Mundial o del Banco Interamericano desaparezcan en el vértigo de la corrupción? La presencia de una fuerza multinacional de la ONU, la MINUSTAH o Misión Estabilizadora (con gran presencia brasileña) ha contribuido sin duda a disminuir el pandillismo, los secuestros y la violencia. La inflación disminuyó de 2008 acá de un 40% a un 10% y el PIB aumentó en un 4%. Prueba de que hay soluciones, por parciales que sean, a la problemática señalada. Pero hoy, el terremoto borra lo ganado y abre un nuevo capítulo de retraso, desolación y muerte.

La comunidad internacional está respondiendo, a pesar de que Puerto Príncipe ha perdido su capacidad portuaria, el aeropuerto tiene una sola pista y el hambre, la desesperación y el ánimo de motín aumentan. El presidente Barack Obama ha dispuesto (con una velocidad que contrasta con la desidia de su predecesor en el caso del Katrina en Nueva Orleans) medidas extraordinarias de auxilio.

Obama ha tenido cuidado en que el apoyo norteamericano sea visto como parte de la solidaridad global provocada por la tragedia haitiana, y ha hecho bien. Las intervenciones norteamericanas en Haití están presentes en la memoria. Entre 1915 y 1934, la infantería de marina de Estados Unidos ocupó la isla y sólo la llegada de Franklin Roosevelt a la Casa Blanca le dio fin a la intervención. No hay que ser pro-yanqui para notar que la ocupación trajo orden, el fin de la violencia y un programa de obras públicas, aunque no trajo la libertad, ni acabó con la brutalidad subyacente de la vida haitiana.

La presencia actual de muchas naciones y muchas fuerzas, militares y humanitarias, en suelo haitiano, propone una interrogante. Terminada la crisis, pagado su altísimo costo, ¿regresará Haití a su vida de violencia, corrupción y miseria?

Acaso el momento sea oportuno para que la comunidad internacional se proponga, en serio, pensar en el futuro de Haití y en las medidas que encarrilen al país a un futuro mejor que su terrible pasado. Que dejado a sí mismo, Haití revertirá a la fatalidad que lo ha acompañado siempre, es probable. Que la comunidad internacional debe encontrar manera de asegurar, a un tiempo, que Haití no pierda su integridad pero cuente con apoyo, presencia y garantías internacionales que asistan a la creación de instituciones, al imperio de la ley, a la erradicación de la pobreza, el crimen, la tradición patrimonialista y la tentación autoritaria, es un imperativo de la globalidad.

Ésta, la globalización, encuentra en Haití un desafío que compromete la confianza que el mundo pueda otorgarle a la desconfianza que todavía la acecha. La organización internacional prevé (o puede imaginar) maneras en que Haití y el mundo unan esfuerzos para que la situación revelada y subrayada por el terremoto no se repita.

Haití no debe ser noticia hoy y olvido pasado mañana. Haití no cuenta con un Estado nacional ni un sector público organizados. Los Estados Unidos de América no pueden suplir esas ausencias. La inteligencia de Barack Obama consiste en asociar a Norteamérica con el esfuerzo de muchos otros países. Porque Haití pone a prueba la globalidad devolviéndole el nombre propio: internacionalización, es decir, globalidad con leyes.

P.S. Una manera de entender a Haití más allá de la noticia diaria consiste en leer a algunos autores de un país de cultura rica, economía pobre y política frágil. Me refiero a Los gobernadores del Rocío de Jacques Roumain, un autor que partió de una convicción: el orgullo de los haitianos en su cultura. Tanto en Los gobernadores como en La presa y la sombra y La montaña encantada, Roumain resume en una frase el mal de Haití: "Todo mi cuerpo me duele". Junto con él, los hermanos Pierre Marcelin y Philippe Thoby-Marcelin escribieron la gran novela del Haití del vudú, las peleas de gallos y la superstición, Canapé-Vert, así como El lápiz de Dios y Todos los hombres están locos. Esta última prologada en inglés por Edmund Wilson, quien ve en ella, más allá del drama de Haití, "la perspectiva de las miserias y fracasos de la raza humana, nuestros amargos conflictos ideológicos y nuestras ambiciones aparentemente inútiles".

(El País/Madrid)

Cuba profana la memoria de Ellacuría

En noviembre de 2009 se cumplieron veinte años del asesinato de Ignacio Ellacuría junto a otros cinco jesuitas y una señora que colaboraba en la limpieza de la Universidad Centro Americana (UCA) y su hija menor. Este horrendo e injustificable crimen sucedió en San Salvador en medio (o casi al final) de una durísima ofensiva de las guerrillas comunistas del FMLN sobre la capital.

Tropas del ejército vinculadas al Batallón Atlacatl, bajo órdenes de un alto oficial (que niega la veracidad de esta información), irrumpieron en los predios de la UCA y exterminaron a los educadores jesuitas y a las dos infelices mujeres que se encontraban, casualmente, en el lugar de los hechos. Todas las víctimas, naturalmente, estaban desarmadas, y en la institución ni siquiera encontraron propaganda en contra del gobierno de Alfredo Cristiani, el primer presidente electo de la etapa democrática salvadoreña, hombre que en 1992 firmaría la paz con las guerrillas.

El crimen sucedió (la fecha es importante para lo que luego sigue) el 16 de noviembre de 1989. Ignacio Ellacuría, vasco, de familia intensamente católica, con otros dos hermanos sacerdotes, era el rector de la UCA y se le tenía, justamente, por un teólogo notable. Había estudiado su doctorado en Filosofía en Madrid, en la Universidad Complutense, bajo la dirección de Xavier Zubiri, filósofo que en aquellos años gozaba del prestigio de ser, tal vez, el pensador más original y profundo de España.

Ellacuría, sin embargo, se apartó parcialmente de la línea de reflexión de Xubiri –más dado a la metafísica abstracta--, y se acercó a la Teología de la Liberación surgida de la Conferencia de Medellín de 1968, cuando una parte de la iglesia católica latinoamericana, tras una lectura sesgada de la Biblia, le dio un giro de 180 grados a su trabajo pastoral y redefinió su misión: su prioridad más urgente sería luchar junto a los pobres en el terreno político, aunque la redención de los humildes acarreara admitir, a veces, la necesidad de recurrir a la violencia.

Pocos meses antes del vigésimo aniversario del asesinato de Ellacuría y las otras siete víctimas, la Audiencia Nacional de Madrid, presidida por el juez Eloy Velasco, se había declarado competente para encausar a los responsables de este “crimen contra la humanidad”, a tenor de la creciente actuación de los tribunales de otras naciones ante ciertos delitos que no deben quedar impunes.

A fin de cuentas, cinco de los seis jesuitas habían nacido en España, aunque tenían nacionalidad salvadoreña. Por otra parte, la Comisión de la Verdad formada en El Salvador había investigado el crimen exhaustivamente, conocía los datos precisos sobre cómo se llevó a cabo la matanza, y había divulgado los nombres de los oficiales que habían dado la orden de acabar con los jesuitas “sin dejar testigos”, por lo que los soldados también eliminaron a la señora de la limpieza y a su hija de 16 años sin la menor compasión.

No obstante, según narra el diario El Mundo de Madrid en su edición del domingo 15 de noviembre de 2009, en una crónica firmada por Antonio Rubio, de acuerdo con unos documentos desclasificados del Departamento de Estado del gobierno de Washington y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la embajada de Estados Unidos y la Embajada de España en San Salvador, esta última por medio del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), supuestamente tenían información de que los jesuitas de la UCA iban a ser asesinados por el ejército en represalia por la ofensiva de las guerrillas del FMLN.

Fue en ese punto en el que el gobierno cubano, con una asombrosa falta de escrúpulos, decidió utilizar el cadáver de Ellacuría para sus fines propagandísticos. ¿Cómo? Nada menos que acusándome de complicidad con los asesinatos. Vale la pena entender la estructura de la manipulación porque es toda una lección sobre cómo funciona la maquinaria de desinformación de la dictadura cubana.

La profanación del cadáver de Ellacuría

Previamente, durante años, los voceros castristas habían difundido intensamente dos mentiras en mi contra con el objeto de tratar de desacreditar mis análisis y denuncias sobre la tiranía cubana expresados en artículos, conferencias y libros. Habían difundido mil veces la falsedad de que yo era un agente de la CIA con un turbio pasado terrorista, algo que, además de falso, no dejaba de ser irónico, dado que el terrorismo es una especialidad del gobierno cubano, que no sólo me envió a mi oficina de Madrid y a mi nombre una bomba dentro de un libro titulado Una muerte muy dulce, sino que, como demuestra la biografía de Carlos Ilich Ramírez, el Chacal había sido entrenado en Cuba junto a numerosos asesinos de misma vertiente política.

Además, alegaba la propaganda castrista, supuestamente yo estaba vinculado a Luis Posada Carriles, con quien jamás he tenido la menor relación política, una persona acusada por el gobierno de los Castro de cometer actos terroristas, activista cubano asociado a la CIA en su juventud, quien durante la Guerra fría luchara en Venezuela y en El Salvador contra las guerrillas comunistas por cuenta de Estados Unidos.

Para colmo de mala fe, pésimo periodismo y ausencia de escrúpulos, me imputaban haberme graduado de oficial en Fort Benning, Atlanta, sitio que no he pisado en mi vida, mientras aseguraban que mi padre era un asesino al servicio de Batista, cuando, en realidad, había sido amigo de Fidel Castro, fue su colega en el Partido Ortodoxo, y lo defendió como periodista que era en la lucha contra la anterior tiranía. Simultáneamente, mi tío, José de Jesús Ginjaume Montaner, había sido jefe y mentor de Fidel en la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), una organización clave en el violento gangsterismo político que azotó a Cuba en la segunda mitad de los años cuarentas, grupo en el que Fidel protagonizó algunos de sus primeros hechos de sangre.

Otro objetivo de la campaña de desinformación en mi contra, al margen de tratar de silenciarme, era crear “un factor de contagio” con el propósito de intentar destruir “por asociación” a otras personas de la oposición democrática y de forjar las bases para acosarlas ante la opinión pública y, eventualmente, acusarlas ante los tribunales, mediante el sencillo expediente de relacionarlas conmigo.

Por ejemplo, de acuerdo con el guión escrito por la policía política, yo era un deleznable “terrorista y agente de la CIA”, así que una de las maneras que tenían de intentar callar a la joven cronista Yoani Sánchez, famosa bloguera cubana, era “contagiarla” conmigo, afirmando que yo, que jamás la he visto personalmente, y con la que ni siquiera he cruzado palabra escrita, la había “adiestrado” en Alemania para sus tareas periodísticas, y me dedicaba a conseguirle los merecidos premios que le han otorgado diversas instituciones internacionales, como si esta valiosa escritora fuera una fabricación mía, que era tanto como decir, de acuerdo con la campaña de desprestigio, “una invención de la CIA”.

La utilización propagandística del cadáver de Ellacuría se montó con la secuencia de un silogismo: en primer término, situaban como premisa la dolorosa verdad de que hacía dos décadas el ejército salvadoreño había asesinado a Ignacio Ellacuría y a las otras víctimas; en segundo lugar, aparentemente, había unos documentos que demostraban que la CIA y el CESID conocían lo que iba a suceder; por último, Montaner “como era de la CIA” sabía que iban a matar a Ellacuría; ergo, Montaner, desde Madrid, a ocho mil kilómetros de distancia de los hechos, había sido cómplice en el asesinato de Ellacuría y del resto de las víctimas. Basta una consulta en Google para leer decenas de artículos al respecto.

La persona a cargo de poner a circular la difamación fue Jean-Guy Allard, un periodista franco-canadiense que llegó a Cuba hace muchos años por penosas razones personales que no viene al caso contar, y cuya función profesional primaria en la Isla es firmar o redactar en Granma cualquier nota que le entregue u ordene el aparato de la Seguridad del Estado, pero cuya tarea policiaca secundaria es todavía mucho más infamante y comprometedora: como no ignoran las autoridades canadienses, Allard hace informes sobre su país de origen o sobre sus compatriotas notables que visitan Cuba, lo que lo convierte, objetiva y peligrosamente, en un traidor a su patria. La nota de Allard inmediatamente se publicó en la edición de Granma en varios idiomas y se reprodujo por las agencias de prensa del régimen y por las decenas de páginas web que Cuba posee, dirige o financia dentro y fuera de Cuba, dando lugar a la habitual madeja periodística que se retroalimenta vertiginosamente.

Otra mentira y la amenaza que nunca existió

Como los elementos con que Allard fabricaría su mentira por encargo del director de Granma, Lázaro Barredo, eran muy poco creíbles (los detalles de la muerte de los jesuitas se conocían perfectamente), era necesario agregar otra mentira que le diera cierta verosimilitud a la fabricación: entonces se inventaron que unos pocos días antes del crimen, en Madrid, en un debate organizado en Televisión Española por la periodista Mercedes Milá (a quien injustamente calificaron de “falangista”), casi al finalizar el programa yo había amenazado de muerte a Ignacio Ellacuría, dado que conocía el secreto de que pronto sería asesinado.

En efecto, el debate había tenido lugar, moderado por Mercedes Milá, que no era una “falangista”, sino una periodista independiente, seria y respetada, muy popular, quien hizo las preguntas que le parecieron convenientes, algunas incómodas para mí, como era su deber, y en él participaron el entonces embajador del sandinismo en España, Orlando Castillo, el jesuita Ellacuría y yo, pero el programa no había sucedido unos días antes del crimen, sino en el verano de 1984, más de cinco años antes de los asesinatos, y no hubo el menor asomo de amenaza, sino una discusión respetuosa, como corresponde a personas educadas que sostienen puntos de vista diferentes. Ni yo era capaz de amenazar a nadie, ni tenía por qué hacerlo, ni el jesuita Ignacio Ellacuría, que era una persona valiente y cívica, se iba a dejar intimidar por nadie.

Cuando en noviembre de 2009 apareció la fabricación de Granma y el posterior barraje propagandístico, opté por no responder hasta dar con la copia del debate para demostrar la falsedad del burdo montaje de la policía política cubana. No fue fácil, porque el programa había tenido lugar hace más de un cuarto de siglo, cuando los VHS estaban en pañales y los sistemas de copiado eran poco frecuentes. Seguramente, el aparato de difamación del castrismo contaba con que nunca aparecería una copia, pero se equivocó: los lectores pueden acceder al programa por medio de YouTube (Parte 1, Parte 2), y así comprobarán por qué los medios de comunicación de Cuba carecen totalmente de credibilidad. No sólo son capaces de mentir sin el menor recato: se atreven, incluso, a utilizar para sus fines la memoria de alguien tan respetable como Ignacio Ellacuría, porque está muerto y no puede defenderse, y a quien le hubiera repugnado que se utilizara la mentira para intentar destruir la reputación de una persona con la que discrepaba en el terreno político. Ellacuría era una persona honorable, no un policía dedicado a la difamación.

(Firmaspress)

El arma secreta para provocar terremotos

El antiamericano Gobierno de Venezuela, en su habitual paranoia contra el imperio yanqui, asegura que el seísmo de Haití «es resultado de una prueba de la Marina estadounidense», y denuncia que lo que devastó el país caribeño fue «un terremoto experimental de EE.UU.».
Si hace diez días Hugo Chávez sacó de internet la foto de un avión de guerra y acusó a Washington de violar el espacio aéreo venezolano, ahora culpa directamente al tío Sam de arrasar Haití «con estas pruebas en cuyo objetivo final está el plan de destruir Irán con una serie de terremotos diseñados para derrocar a su régimen islámico».

La imaginación del presidente bolivariano se basa en un presunto informe «preparado por la Flota Rusa del Norte» y publicado en la web de la televisión estatal Vive. «La Flota del Norte monitorea las actividades navales de EE.UU. en el Caribe desde 2008, cuando Washington restableció la Cuarta Flota que había sido disuelta en 1950 y Rusia comenzó sus primeros ejercicios en la zona desde la Guerra Fría».

El supuesto informe compara, según Caracas, «esta última prueba con otra en el Pacífico la semana pasada que causó un terremoto de 6.5 grados en California, sin provocar muertes, a diferencia de la tragedia haitiana». El texto concluye: «Es más que probable que EE.UU. conociera el daño que provocaría porque había posicionado en Haití a su comandante del Comando del Sur, el general P. K. Keen, para supervisar las labores de ayuda si fuesen necesarias».

(ABC/Madrid. Vea también el sitio Web de la televisora gubernamental VIVE de Venezuela)

Tres Obamas y un año presidencial

La Casa Blanca, construida por esclavos en 1800 y reconstruida después de que los británicos la quemaran en 1812, es demasiado pequeña para la cantidad de oficinas y funcionarios que componen actualmente la presidencia de Estados Unidos (el equipo de Franklin Roosevelt durante el New Deal y la guerra era más pequeño que el de la actual primera dama). Resulta especialmente pequeña para Obama, porque, ahora que cumple un año en el cargo, hay tres Obamas que ocupan el edificio.

El primero es el Obama de las pesadillas republicanas. Los más primarios, que están a punto de arrebatar el partido a los últimos conservadores civilizados que quedaban, consideran que es ilegítimo. Insisten en que nació en Kenia y por tanto no puede elegírsele para el cargo, en que es musulmán y ajeno a una nación cristiana, un "socialista" empeñado en la expropiación total de la esfera privada, y un alfeñique que pide disculpas cuando nuestro país pretende ejercer la fuerza para defender nuestras evidentes virtudes. Esto lo piensa tal vez uno de cada cuatro estadounidenses. Hacen causa común con gente que está insatisfecha por otros motivos (culturales y económicos) y, entre todos, constituyen un frente de individuos que se sienten desposeídos espiritualmente. La elección de Obama con los votos de una coalición de afroamericanos, hispanos, mujeres, jóvenes, sindicalistas y la élite cultural fue, sin duda, un acontecimiento histórico, pero, por ahora, la nueva era pertenece a los blancos airados que odian por igual a quienes están por debajo y por encima de ellos. Mientras escribo estas líneas, un desconocido que es representante en la Asamblea Local del Estado de Massachusetts tiene serias posibilidades de ganar el escaño que ocupaba en el Senado Edward Kennedy, y eso sería una tremenda derrota para el presidente.

El segundo es el Obama que pintan sus partidarios iniciales más fervientes y más decepcionados: un político calculador con una larga lista de principios que ha traicionado de manera sistemática. Nombró a leales representantes de Wall Street para los principales puestos económicos, defiende la reforma de la sanidad como una cuestión de gestión económica prudente y no de justicia social. Acepta que la reducción presupuestaria es una prioridad, lo cual hace imposible ampliar los programas oficiales destinados a ofrecer un estímulo económico inmediato o a subsanar nuestras crecientes desigualdades. Proclama que el país está en guerra con el "terror", con lo que, en la práctica, prosigue la guerra de Bush contra el islam. Deja decisiones en manos de nuestros generales como si mandaran un ejército de ocupación. Los militares mantienen 1.000 bases en más de 100 países y permanecen relativamente inmunes a las restricciones presupuestarias. Obama ha hecho poco para impedir que se atenúen y se anulen las libertades constitucionales. Y además, es con frecuencia un personaje remoto, que vive en un país mitificado en el que reina el consenso, y no unas disputas enconadas. Estos argumentos tienen algo -no todo- de verdad, así que no podemos despreciarlos.

Ahora bien, existe un tercer Obama, el verdadero presidente, que se enfrenta a una pesada herencia y a un sistema político disfuncional. Encabeza un Partido Demócrata desunido, con una mayoría por muy poco margen en la Cámara de Representantes y 60 votos (el mínimo necesario para poder someter leyes a votación) nada seguros en el Senado. El poder legislativo está inundado de grupos de presión económicos, étnicos, ideológicos y religiosos. Los medios de comunicación son agentes sistemáticos de la ignorancia y la desinformación. El aparato militar y de política exterior es experto en negar a los presidentes cualquier libertad para cambiar la inercia del imperio americano y, al mismo tiempo, aficionado a hacerles responsables de la catástrofe permanente que es nuestra presencia en el mundo. Hay sectores mayoritarios de ciudadanos que se aferran firmemente a dos creencias fundamentales. La primera es que todos les engañan y los explotan, tanto desde el sector privado como por parte de políticos corruptos y mentirosos. La segunda, que viven en "el mejor país de la tierra". En esas circunstancias, a un presidente le resulta extremadamente difícil ejercer el liderazgo, sobre todo si, al hablar, expone ideas de más de una sílaba y defiende cambios que amenazan los intereses existentes.

Si tenemos en cuenta esos obstáculos al ejercicio racional de la política, Obama no lo ha hecho demasiado mal. Su programa de estímulos ha salvado la economía de la quiebra. Si consigue una mínima reforma de la sanidad, habrá evitado que sigamos descendiendo hacia la desintegración social. Aumentar las inversiones en educación y ciencia y las infraestructuras sociales son sus prioridades en su búsqueda de un capitalismo socialmente responsable, un proyecto que resulta difícil por la escasez de capitalistas con responsabilidad social. Pero ahora ha empezado a regular de nuevo los bancos.

Al entablar unas tortuosas negociaciones con Irán y bloquear un ataque israelí, ha impedido que haya un caos total en Oriente Próximo y ha permitido que la oposición iraní gane tiempo. Se ha atrevido a criticar a Israel, aunque todavía no a ejercer serias presiones sobre un Estado satélite autodestructivo cuyos partidarios incondicionales en Estados Unidos ya no pueden contar con el apoyo absoluto de otros norteamericanos. Se ha negado al enfrentamiento con China y Rusia y ha consolidado una alianza con India. En Latinoamérica ha sido excesivamente precavido sobre la idea de abandonar la actitud hostil hacia Cuba. Gran parte de la opinión pública informada está harta de los exiliados cubanos intransigentes. Es ridículo que tengamos relaciones normales con Vietnam y no con Cuba. En cuanto al resto, ha reconocido que los latinoamericanos tienen derecho a gobernarse a sí mismos. En medio ambiente, está luchando por sacar adelante un proyecto a largo plazo ante la ignorancia de la población y la cínica oposición del capital. De Europa no le han llegado más que discursos serviles de Barroso y Rasmussen. El problema de los europeos también es nuestro: en su día nos ayudó contar con las opiniones independientes de Fischer y Vedrine, Chirac y Schroeder, De Gaulle, Brandt y Schmidt.

Nadie está preparado para la presidencia: noten de qué forma tan visible ha envejecido el joven presidente en un año. Su capacidad de aprender es evidente, y es muy posible que se recupere del hoyo en el que se encuentra ahora. Entonces tendremos a un cuarto Obama.

(El País, Madrid; el autor es catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. )

Haití en el corazón

Cuando en marzo del año pasado el avión se alejaba de Puerto Príncipe para poner proa hacia el mar Caribe iluminado por los fuegos de la mañana, sentí, no sin melancolía, que dejaba atrás un territorio de sombras y desesperanza.

Había pasado allí una semana, empeñado en preparar un reportaje bajo encargo del diario EL PAÍS y Médicos sin Fronteras (MSF), dentro de la serie Testigos del horror, y horror había encontrado suficiente al recorrer las calles desbordadas de gente en convivencia con las cloacas y los mares de basura; al visitar los mercados y los puestos callejeros de alimentos donde se venden tortas de lodo aderezadas con sal y margarina, que es un alimento corriente de los más pobres entre los pobres en Haití; al visitar las escuelas derruidas por la vejez, los hospitales hacinados y mal equipados, las clínicas de MSF sembradas en medio de la miseria desolada donde los médicos y enfermeras hacían esfuerzos sobrehumanos por procurar salud a miles de visitantes cada día.

Hoy, tras la tragedia inconmensurable del terremoto, pienso en Haití en medio de sus carencias, ya damnificado de antemano por décadas de injusticia y de pobreza, de dictaduras, la última de ellas la de la familia Duvalier, y de violencia, de corrupción, de anarquía, de golpes de Estado, de proyectos mesiánicos, de intervenciones militares.

El terremoto no ha hecho más que alzar ese lienzo de olvido y desinterés tendido sobre el cuerpo lacerado del país, para enseñarnos sus heridas multiplicadas por la nueva tragedia causante de miles de muertos y millones de víctimas que se vienen a sumar a las muertes y damnificados que ya habían dejado los últimos huracanes en serie tras los cuales quedaron viviendo en campamentos más de 300.000 personas en el área rural, destruidos sus hogares.

Los problemas políticos crónicos, las contradicciones entre líderes de facciones, las penurias y las carencias, la falta de recursos, habían hecho que el Estado haitiano no pudiera afrontar los graves problemas de seguridad nacional, y dejara los asuntos de orden público en manos de una policía internacional al mando de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), a cargo de lidiar con el narcotráfico, con las pandillas juveniles violentas y con los secuestros, tres grandes males del país.

Ahora, el jefe de esa misión, el diplomático tunecino Hédi Annabi, con el que me entrevisté largamente en su despacho del quinto piso del Hotel Christopher, su cuartel general, ha muerto al derrumbarse el edificio entre cuyas ruinas quedaron atrapados decenas más de miembros de la MINUSTAH. Sus palabras, al terminar la entrevista, cuando le pregunto por el fin de la misión que encabeza, fueron, como consigno en mi reportaje: "Habrá que irse, pero irse para no regresar".

Es decir, irse cuando el gobierno del presidente René Préval hubiera conseguido los elementos de estabilidad suficientes, cuando existiese un nivel aceptable de consolidación de las instituciones y de funcionamiento pacífico del Parlamento, cuando el sistema judicial dejara de ser el remedo que es, cuando el Estado pudiera asumir las funciones policiacas, incluido el control de las cárceles. Todo esto estaba previsto que fuera revisado en el año 2011. ¿Y ahora?

El terremoto resquebraja las posibilidades de conseguir un gobierno estable y consolidar la existencia de un Estado nacional, capaz de organizar la Administración pública y de tener poder coercitivo. En semejantes circunstancias, la palabra soberanía se borra por sí misma.

El gobierno no ha podido siquiera, en estas condiciones trágicas, ejercer el control del aeropuerto internacional de Puerto Príncipe, en manos ahora de Estados Unidos, ya no se diga ejercer el control de la ayuda humanitaria. A los 8.000 soldados de la MINUSTAH se han agregado ya 10.000 más de Estados Unidos, que se quedarán cuanto sea necesario, según declaraciones de la Casa Blanca.

Para Washington, además, las emigraciones masivas desde Haití son consideradas un problema de su propia seguridad nacional, y buscará evitar que se den nuevas avalanchas de expatriados hacia su territorio.

Lo peor falta aún por venir, con millones de hambrientos, sin electricidad ni agua potable, sin viviendas, sin hospitales ni escuelas.

Los reflectores fijados hoy sobre Haití se apagarán necesariamente, y las cámaras de televisión se irán reclamadas por otros asuntos sensacionales en el mundo. Toda ayuda humanitaria es temporal, y llegará un momento en que para los países que han acudido en auxilio de Haití se acabará la situación de emergencia. Pero el país seguirá impotente, inválido, destruido, y sin posibilidad ninguna de subsistir por sus propios medios. Ésta es una tragedia aún mayor, la del olvido.

Es entonces cuando habrá que escuchar a Haití, esa tierra doliente y sombría.

(El País, Madrid)

martes, 19 de enero de 2010

Carta al vicepresidente Salvador Sánchez Cerén

Estimado Leonel:

me había jurado de no seguir dirigiéndote más cartas. Pensaba que ya te había dicho todo lo que había que decir y qué cada crítica más ya era jodedera...

Pero, ¿cómo voy a cumplir con esta buena intención, si vos seguís dando declaraciones como las del sábado pasado, en el acto partidario de conmemoración de los Acuerdos de Paz?

Todo el mundo esperaba que a nombre del Frente ibas a pedir perdón, así como el presidente lo hizo a nombre del Estado, por los abusos y crímenes cometidos durante la guerra. ¡Y vos pidiendo perdón al pueblo “por las acciones militares” de la guerrilla! No es por haber hecha la guerra que tenías que pedir perdón. Teníamos razón para hacer la guerra. Era justa y necesaria la guerra de guerrillas para llegar a la democracia. Pero hubo abusos y crímenes, también del lado nuestro. Había que pedir perdón por los abusos de autoridad cometidos a nombre del FMLN y de la revolución. Por la masacre de cientos de colaboradores en San Vicente. Por los asesinatos políticos y los secuestros. Pero estos crímenes ni siquiera los mencionás. Como si nunca hubieran existido. No se mencionan en el discurso del presidente, y tampoco en el discurso tuyo. ¡Que zafada más sinvergüenza!

Con tal que ninguno de ustedes dos (que representan tanto al Estado como al FMLN) pidió perdón a las víctimas de las violaciones de derechos humanos y crímenes cometidos por unidades del FMLN.

En la visión de ustedes, sigue habiendo víctimas buenas y víctimas malas. Sigue habiendo víctimas-mártires-héroes y víctimas-enemigos-traidores, cuyas familias no merecen que les pidan perdón.

Me despido con tristeza,

Paolo Lüers

(Más!)

lunes, 18 de enero de 2010

El enigma de la página perdida del discurso del presidente Funes

En marzo 2006, el gobierno del entonces presidente Saca tuvo que cumplir con un fallo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el caso de las hermanas Serrano, desaparecidas por la Fuerza Armada durante un operativo militar.

Para cumplir con el fallo, el gobierno salvadoreño tuvo que pedir públicamente perdón a los familiares de las niñas Serrano.

En vez de ir personalmente a Chalatenango, el presidente Antonio Saca mandó a su canciller, como si Chalatenango fuera otro país.

En vez de aprovechar la ocasión para, de una vez por todas, pedir perdón --no sólo a la familia Serrano, sino a todos los afectados por crímenes y violaciones de Derechos Humanos cometidos por la Fuerza Armada en nombre del Estado salvadoreño--, el gobierno declaró que “entendía el sufrimiento” de la familia Serrano.

En vez de aprovechar la ocasión para pedir perdón porque así lo mandaba la conciencia y la historia, el gobierno Saca se limitó a medio salir del mandado de la Comisión Interamericana, de malas ganas y sin convicción alguna.

En esa ocasión yo usé mi columna (que en aquel entonces publiqué en El Faro) para escribir el “Discurso de un estadista que no fue”. Me inventé el discurso que el presidente no tuvo el valor de pronunciar en Chalatenango, donde no tuvo la dignidad de ir...

Reproduzco una parte del discurso que no fue:

“A nombre del Estado salvadoreño que represento como Presidente de la República, y a nombre de la Fuerza Armada salvadoreña que represento como su Comandante en Jefe, me dirijo al pueblo salvadoreño para pedir perdón por los abusos, atropellos, crímenes que a nombre y bajo la responsabilidad del Estado y de la Fuerza Armada han sido cometidos contra ciudadanos salvadoreños durante el conflicto armado”.

Lástima que este discurso no se pronunció. Y que, para escribir algo positivo, tuvo que recurrir a la ficción. Lo mismo pasó un año después, en enero del 2007, cuando el presidente Saca convocó, así como lo hizo el presidente Funes ahora, un 16 de enero, a los firmantes de la paz y a la élite del país para conmemorar los Acuerdos de Paz. Tuve que inventarme, para mi columna en El Faro, una “página perdida del discurso presidencial”, porque el presidente no fue capaz de reconocer el aporte del FMLN a la construcción de la paz.

En la página que faltaba al presidente hubiera dicho:

“A mí, como Presidente de toda la nación, no me cuesta reconocer la verdad que tal vez sigue doliendo o incomodando a muchos de mis correligionarios: La paz es conquista de todos, incluyendo a los miles de combatientes de la guerrilla, quienes con la misma disciplina, con el mismo sacrificio que mostraron en la guerra, cumplieron al pie de la letra el cese de fuego, depusieron sus armas y se incorporaron a la vida política y social del país. La firma de los Acuerdos de Paz -y su cumplimiento- no hubiera sido imaginable sin el espíritu patriótico, la visión de país y la responsabilidad de los dirigentes históricos del FMLN...“

Dicen que la historia, cuando uno no aprende sus lecciones, se repite. Es cierto. El actual Presidente de la República no ha aprendido nada de la triste historia de discursos -y actuaciones- incompletos de sus antecesores. Tan así que en su discurso del 16 de enero de 2010, cuando pidió perdón al pueblo salvadoreño por los abusos, crímenes, masacres y violaciones de Derechos Humanos que sufrió durante la guerra, se limitó a pedir perdón por los crímenes cometidos por las fuerzas gubernamentales. Aplaudo el hecho de que al fin un Presidente haya dicho estas palabras: Pido perdón a nombre del Estado que ha cometido abusos y crímenes”.
Pero igual que a Saca, a Funes se perdió una página de su discurso. Por suerte, la logramos recuperar. En esta página el presidente Funes hubiera dicho:

“De igual forma, como el primer presidente electo con la bandera del FMLN, pido perdón al pueblo salvadoreño por todos los abusos, masacres, torturas, ejecuciones, asesinatos a civiles y otros crímenes cometidos por fuerzas guerrilleras y a nombre del FMLN, partido que hoy tengo el honor de integrar y que me llevó a la Presidencia. Igual como el Estado no puede dar las espaldas a las víctimas de crímenes cometidos en su nombre, tampoco el FMLN a las víctimas de crímenes cometidos en su nombre. No soy vocero del FMLN, pero me siento obligado a decir estas palabras, para que el pedido de perdón que he pronunciado hoy sea completo y honesto”.

Palabras no pronunciadas por el presidente Funes. Alguien podrá decir: Pero el vicepresidente Salvador Sánchez Cerén, en otro acto el mismo día, pidió perdón a nombre del FMLN. Sin embargo, así de fácil no puede zafarse de la responsabilidad. El vicepresidente y ex-miembro de la Comandancia General del FMLN no pidió perdón por los crímenes contra civiles cometidos por el FMLN. Ni menciona estos crímenes, mucho menos los que tienen que ver con su historia personal y con su responsabilidad como comandante en jefe por las ejecuciones sumarias cometidas por las FPL en San Vicente.

El vicepresidente Salvador Sánchez Cerén dijo el 16 de enero en un acto partidario: “El FMLN le pide perdón a todo el pueblo salvadoreño afectado por nuestras acciones militares”.

Pero nunca se trató de pedir perdón por las acciones militares. Hay que pedir perdón por los abusos y crímenes. El vicepresidente ni siquiera menciona que el FMLN, aparte de acciones militares, también cometió violaciones a los Derechos Humanos y crímenes y masacres. ¡Así de fácil no se puede zafar!

(El Diario de Hoy)

sábado, 16 de enero de 2010

Carbon tax preferable to cap and trade

Two recent Star Tribune pieces address the need for comprehensive energy/carbon policy. The first argued that congressional indecision is counterproductive for both investment and the environment ("Midwest hurt by energy dithering," Dec. 27). The second, from two Copenhagen participants, urged enactment of federal cap-and-trade legislation ("Copenhagen a good first step," Dec. 28).

Certainty on carbon is needed to accelerate renewable investment. But cap and trade is the wrong way to achieve it.

Instead, efforts need to be redirected toward a better approach: a carbon tax.

In theory, cap and trade works by setting a limit on overall emissions (the cap), requiring emitters to purchase emission permits, then allowing those permits to be bought, sold, arbitraged, etc., on a newly created "carbon market" (the trade). A market is said to produce reductions more efficiently than traditional command-and-control regulations.

Supporters point to the success of a similar scheme for sulfur dioxide emissions. While sulfur emissions have decreased, addressing greenhouse gas emissions through cap and trade is orders of magnitude more complicated. And Europe's experiment with carbon markets suggests it won't reduce carbon emissions.

So why is cap and trade favored by many? Two reasons:

First, supporters aren't motivated by an unbending confidence in free markets. Instead, they support cap and trade because they don't have to call it a tax -- which they have accepted from the start to be politically impossible.

Second, Wall Street supports cap and trade. The "evolving carbon market" is predicted to become the world's largest commodities market -- far bigger than corn, citrus, gold or pork bellies -- supposedly growing to more than $3 trillion by 2020.

Orginal de Star Tribune:

Continua en: http://www.startribune.com/opinion/commentary/81790957.html?page=2&c=y

Is the U.S. doing enough for Haiti?

With conditions in Haiti growing worse by the hour, the Obama administration has pledged $100 million and is sending 5,000 troops to help in relief efforts there. Should the U.S. be doing more? Does it have an obligation different from other nations? Should the U.S. take on a nation-building project in Haiti?

(The New York Times)

1992 y 2010

Es un mal chiste que Tony Saca y sus 13 enanos hayan elegido la fecha 16 de enero para lanzar su partido.

Por más bulla que hagan hoy, el 16 de enero siempre será el día que los salvadoreños pusimos fin a la guerra civil y firmamos la paz.

¿Realmente serán tan ingenuos para pensar que pueden eclipsar a su némesis Freddy Cristiani eligiendo para su show esta fecha tan vinculada al presidente arenero que firmó la paz y abrió el camino a la democracia?

Digo ingenuo, porque siguen subestimando a Freddy Cristiani y su capacidad de convencer (o si fuera necesario, obligar) a los grupos de poder de la derecha a que acepten (o incluso le ayuden empujar) reformas trascendentales.

Lo hizo negociando la paz y las reformas implícitas en los Acuerdos de Paz, consiguiendo que al final hasta los guerreros más reacios alrededor del mayor D'Aubuisson y el alto mando militar aceptaran y apoyaran las transformaciones de 1992.

Y aunque muchos no lo logran ver todavía, ahora don Alfredo está haciendo lo mismo nuevamente: Está consiguiendo el apoyo de la empresa privada y de los fundadores de ARENA para que el partido se deshaga de su bagaje de corrupción, anticomunismo radical y defensa cerrada del estatus quo, para convertirlo en el motor de la reforma, del crecimiento económico, del progreso, y de la lucha por erradicar la pobreza.

Como en 1992, hay resistencias fuertes. Como en 1992, hay quienes abandonan ARENA porque no quieren las reformas (o sólo las quieren como eslogan populista). Como en 1992, otros se quedan pasivos porque no creen en la factibilidad de las transformación del partido y del país, o porque esperan quién se impone...

Como en 1992, la apertura y la cordura y la moderación se van a terminar imponiendo. No necesariamente por las convicciones democráticas y reformistas de la derecha. Simplemente porque, como en 1992, no hay alternativa.

De esto Freddy Cristiani está convenciendo, poco por poco, a los areneros tradicionales y los empresarios, metiéndolos en la corriente de la apertura del partido y de la reforma al país.

Así que, por más que los seguidores de Antonio Saca traten de robarse la fecha del 16 de enero, no al ex presidente Cristiani, sino a todos los que seguimos actuando bajo la lógica de los Acuerdos de Paz y de la construcción conjunta de la democracia, es imposible, porque va contra el sentido y la dirección de la historia.

La fecha del 16 de enero es incompatible con un proyecto que sustituye la reforma por la demagogia, la lucha contra la pobreza por el clientelismo populista, y la construcción de acuerdos nacionales por el transe de voluntades políticas.

¿Y el FMLN y el presidente? Aunque este día 16 de enero aparecen en fiestas separadas, en el fondo coinciden en celebrar la fecha del 16 de enero como el día que comenzó la derrota de ARENA que se consumaría finalmente en las elecciones presidenciales de 2009.

Para el Frente y Funes, la fecha histórica del arranque de la refundación democrática de la nación salvadoreña no es el 16 de enero del año 1992, cuando se firmó la paz, sino el 1 de junio, cuando asumió el primer gobierno de izquierda.

ARENA, por su lado, debería aprovechar la fecha del 16 de enero y los Acuerdos de Paz como nuevo ancla para ubicar su partido definitivamente en aguas de moderación, de reforma y de la construcción conjunta de la democracia, y para impedir que sea arrastrado por corrientes peligrosas, ni del populismo de una supuesta 'derecha popular' ni tampoco de un conservadurismo inmóvil.

Así que este 16 de enero no habrá capacidad de unirnos en una fiesta nacional que exprese unidad en torno a los principios y rumbos conjuntamente definidos en los Acuerdos de Paz.

(El Diario de Hoy)

Carta a los firmantes de la paz

Estimados amigos:

No sé cómo ustedes celebrarán este cumpleaños de sus hijas, la paz y la democracia. Me imagino que con los mismos sentimientos que todos tenemos cuando nuestras hijas se vuelvan adultas: orgullo y temor...

Porque ustedes no sólo firmaron la paz. La hicieron. La negociaron. La chinearon. La defendieron contra los escépticos en ambos lados y contra ataques e intentos de secuestros.

Como buenos padres, ustedes creyeron en sus hijas -la paz y la democracia-, cuando para muchos parecían condenados a muerte natal. Nos hicieron creer en ellas y defenderlas.

Hoy la paz y la democracia cumplen 18 años. Teóricamente son adultas. Pero siguen necesitando de sus padres. Necesitan, para desarrollarse y poder defenderse solas, de la sabiduría de David Escobar Galindo y Freddy Cristiani, del espírito crítico de Joaquín Villaobos y Salvador Samayoa, de la calidad humana de Ana Guadalupe Martínez y Fermán Cienfuegos, de la influencia que Salvador Sánchez Cerén ejerce en el Frente...

Estar juntos no hace buenos padres. La responsabilidad lo hace. Si no pueden actuar y celebrar juntos, no importa. Pero deben seguir asumiendo responsabilidad para defender y guiar a sus hijas, cada uno por su lado, con lo que mejor puede aportar. Y no se preocupen, todos somos compadres, listos para asistir. Listos también, como buenos compadres, para decirles cuando la están regando con sus hijas...

¡Felicidades!

Paolo Lüers

(Mas!)